sábado, 27 de enero de 2018

FRANCISCO CARO. EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA

El oficio del hombre que respira
Francisco Caro
Eola Ediciones
Premio Antonio González de Lama
León, 2017

CALLADO OFICIO


   Poeta de vocación intensa y publicación tardía, Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha impulsado en la última década un recorrido literario de más de diez títulos, de los cuales Locus poetarum y El oficio del hombre que respira son sus últimas estaciones.
   Estamos ante una voz intimista que conserva en su formulación un acento confesional y un estar subjetivo frente a las pequeñas cosas de lo diario; la escritura se convierte en autobiografía ética y fe de vida, como si el latido fugaz necesitase el refugio callado del poema. Son las primeras sensaciones que habitan en los poemas ganadores del Premio Antonio González de Lama, una convocatoria de amplia tradición castellano-leonesa.
   Francisco Caro recobra en las citas iniciales algunas balizas que no son habituales en la amplia geografía lírica actual; Luis Feria y César Simón, que aportan citas junto al verso aforístico de V. Martín, parecen perdurar en un discreto espacio de la biblioteca, lejos de la algarada celebratoria de la Generación del 50, que hoy constituye el obligado referente especular para los más jóvenes.
  La apertura integra en el verso el marco de la naturaleza. Lejos del hombre disgregado de la sensibilidad urbana, Francisco Caro siente el contexto del poema como un reflejo de la encendida existencia rural, un espacio revitalizado por elementos aleatorios y expuestos a la mirada. Así nace un verso reflexivo, cuajado de cicatrices temporales en el callado oficio de vivir. Son paisajes pasajeros que habitan en las composiciones para subrayar que el largo transito despliega a la vez intemperie y refugio; el sujeto está vinculado a lo transitorio, es un rumor de pasos que se pierde en bifurcaciones y hace de su senda un reto cognitivo. Y en ese itinerario, el poeta guarda sitio para presencias tutelares que ayudan a dar solidez al trazo personal; los nombres de Borges, Juarroz, Antonio Colinas o Aníbal Núñez constituyen sustratos lectores que hacen de la escritura no una mera crónica de una realidad evidente y transitoria sino una mirada al secreto que guarda lo inefable. Así se va gestando la respuesta del afán que mueve la propia voz, la persistencia de un callado oficio hecho de tedio, tiempo e incertidumbre: “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”.
 Desde una contemplación implicada, el poema recrea el desconcertante diálogo entre lo fugaz y lo inmóvil. En su decurso  se define la voluntad del sujeto por descubrir en el paisaje la íntima belleza de lo diario, pero también la inadvertida erosión que conlleva un estar pasajero, que va dejando en su discurrir un rastro de señales ambiguas, propicio a la interrogación: “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  



2 comentarios:

  1. La gratitud. Qué menos a quien pone mirada cierta y serena sabiduría en el afecto de su lectura.

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    1. El afecto, qué menos, de quien se siente feliz de tener entre las manos tu sabiduría poética, tu amistad. Un gran abrazo y seguimos, querido poeta, "que el arte es largo..."

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