Fernando López Guisado
Editorial Vitruvio, Madrid, 2012
El discurrir poético de Fernando López Guisado
(Madrid, 1977) comienza en 1995, cuando sale a escena Aromas de soledad; tres años más tarde prosigue su labor literaria
con El altar de los siglos para
sumergirse después en un largo silencio editorial que sólo se rompe cuando el
poeta se instala en Rivas-Vaciamadrid y se incorpora de inmediato al ámbito
cultural que impulsan Elena Muñoz y José Guadalajara. Pero en ese paréntesis de
silencio nunca perdió el pulso de escritura, como demuestra La letra perdida, un volumen de lenta
gestación, cuya génesis ha explicado el autor en su blog “Buenas noches, Nueva
Orleans”, donde también hay un cumplido inventario creador en otros géneros
como el microrrelato, la reseña y el artículo.Fruto de un macerado proceso escritural, el poemario supone un cierre
con una idea hedonista y celebratoria de lo cotidiano para adentrase en las
costuras abiertas de la contradicción y los desajustes. La realidad propicia
una inseguridad existencial; la convivencia está herida en la línea de
flotación porque lo que prevalece de cada identidad es un personaje egocéntrico
que subordina al otro desde los dictámenes de una conciencia excluyente.
Antes
de adentrarme en esta propuesta lírica me gustaría recordar que debemos al
romanticismo la idea de libro orgánico: el poemario no es una acumulación de
textos que genera un espacio verbal laberíntico sino un territorio listo para
el cultivo que crece de forma natural, siguiendo las coordenadas que dictan la
razón y el sentimiento. Este es el enfoque de La letra perdida que sitúa como pórtico de las composiciones unos
párrafos de Neil Gaiman, escritor de comic, literatura fantástica y terror.
En la naturaleza del yo poemático que deambula por las aceras de La letras perdida están los pasos de un
individuo común que sobrevive al erosivo tránsito diario y reflexiona de manera
directa, en ocasiones con una voz lastrada por la incertidumbre, que no logra
escapar del desánimo y la desconfianza en un ideario que aglutina corazón y
karma. El entorno se percibe de modo fragmentario; se combinan la descripción
de ambientes y el pormenor biográfico, la indagación introspectiva y el
sustrato de los sentidos.
El libro revitaliza varias tradiciones y no se decide por una senda
explícita, como si hubiese superado ya aquella vieja polémica que ilustró el
fin de siglo entre lo figurativo y la abstracción. Hay narrativismo, reflexión,
emociones y una habitación con vistas al callejón del pesimismo que mana del
soporte cultural de una generación que cierra siglo y mira con desconfianza el
frágil decorado del progreso o los valores sociales que han cimentado una
sociedad en crisis. Es una generación que aporta otras constantes identitarias
como el cómic que no es sino una mutación en imágenes del cantar de gesta o una
nueva Iliada, digital y futurista.
En La letra perdida, Fernando
López Guisado concentra los mejores poemas hasta la fecha de su breve corpus.
Su poesía combina factura formal, tejido emotivo y reflexión inteligente,
activos al alza que hallarán, seguro, el cálido veredicto del lector.
