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lunes, 18 de mayo de 2020

ÓSKAR RODRIGÁÑEZ FLORES. BARRO LÍQUIDO

Barro líquido
Óskar Rodrigáñez Flores
Editorial El Búho Búcaro Poesía
San Sebastián de los Reyes, Madrid, 2020 (2ª edición)


MOLDES DEL YO


    A veces la lectura de una trayectoria poética se ralentiza porque su perfil biográfico se asocia a un determinado campo laboral que casi monopoliza los rasgos; así me sucede con Óskar Rodrígáñez Flores, Diplomado en Osteopatía, Técnico en Comercio Internacional e impulsor y coeditor de la editorial Búho Búcaro de Poesía. El madrileño ha mostrado su fertilidad creadora en un corto espacio de tiempo firmando los poemarios Memento mori (2016), Loco Lúcido (2017), y  Evoluzione dell’Amore (2018), junto a la entrega Dos poetas en el espejo, escrito con Pilar S. Tarduchi, y Poesía transoceánica, en colaboración con Guillermo Lopetegui. Precisamente es este último poeta quien abre las páginas de la plaquette Barro Líquido, reeditada por segunda vez en marzo de 2020.
   El título Barro Líquido emplea la apertura semántica del oxímoron para acentuar la naturaleza anfibia del elemento, su mestizaje contradictorio entre la claridad transparente del agua y la opaca solidez moldeable del limo. Sobre este aporte conceptual se escribe el prólogo “Amor de barro” de Guillermo Lopetegui. El poeta resalta la capacidad simbólica de la expresión, su disposición a fusionar la voluntad del artesano con el quehacer matérico para dar forma y expresión. Así la palabra y el verso, así el poema y su mapa dispuesto para aglutinar el sustrato informe y darle voz de tango, cadencia inaugural para el dolor, el desencanto, la soledad o la espera. Son sensaciones del desasosiego que definen el conjunto de poemas de Óskar Rodrigáñez Flores. La poesía alienta una indagación en los laberintos interiores de la identidad y una inmersión en la conciencia para descifrar los propios enigmas. 
   El prefacio del poeta y crítico Manuel Quiroga Clérigo parte del quehacer editorial conjunto con Pilar S. Tarduchy para adentrase en las raíces de los progenitores literarios que dan fuerza y volumen a la travesía personal; al cabo, el mismo Óskar Rodrigáñez Flores abre su libro con una conocida cita de Borges que enaltece la condición lectora sobre cualquier otra seña de identidad del escritor. Desde ese territorio germinal la poesía del madrileño sondea espacios de sensaciones que dan senda libre a la experiencia vital y a sus claroscuros; los efectos erosivos de la decepción y el tiempo conviven con la pulsión emotiva y las razones del corazón. 
   Los poemas iniciales presentan una epidermis reflexiva; quien comparte las líneas de escritura de la intimidad vive en la incertidumbre, se siente a sí mismo como un muñeco de arena moldeado por manos ajenas que deja atrás un existir compartido para habitar ahora un presente de ausencias, un estar en el que cobra fuerza la evocación de otros días. La búsqueda tenaz del sujeto solo encuentra entre sus manos desolación y amargura, como si el amor fuese un espectro, un espejismo del tiempo que se ha ido borrando poco a poco. Todo es recuerdo, melancolía, el humo manso que asciende desde un despertar de soledad que ha perdido la inocencia de los pasos comunes.  
   Pero el clima nocturnal de muchas composiciones no anula la claridad posible del amanecer; el amor perdura, tantea la azarosa distancia del regreso, vivifica en la sorpresa nocturna de la caricia, se hace deseo y reencuentro o se contrae hecho dolor, como atestigua la composición “Dolor sombrío”. Entre el creer y el no creer deambulan las palabras; desde esa duda llegan los recuerdos de un tiempo compartido y llega también el cansancio que sugiere la rendición y el abandono.
   Sorprenderá el poema “Síndrome tóxico”, que se aleja de la temática amorosa general del poemario para recordar una dolorosa contingencia sanitaria que afectó a muchas familias en nuestro territorio nacional. El año 1981 fue testigo de la muerte de miles de víctimas por el envenenamiento masivo del aceite de colza. De tanto sufrimiento y dolor nacen los versos que hablan de muertes inocentes, personas discapacitadas e inocencias perdidas.
   Es solo un intervalo temático en un hilo argumental marcado por las variaciones anímicas del amor; o  del desamor porque los últimos poemas “Tu levedad”, “Soledad perenne” y “Ültimo olvido” la cicatriz se va cerrando para dar paso a un vacío, a la levedad de una estela que se hace nube invisible. El estar desapacible perdura; en el último olvido el presente abre sus manos para hacerse evocación y el resplandor callado del recuerdo. Lo vivido no es más que barro líquido, un molde extraño que se ajusta a las ásperas manos del tiempo. 



domingo, 1 de marzo de 2020

PILAR SASTRE TARDUCHY. TACTO INVIDENTE

Tacto invidente
Pilar Sastre Tarduchy
Prólogo de Ángeles Mora
Plaquette Poesía nº 8
Ediciones Búho Búcaro
San Sebastián de los Reyes
Madrid, 2018


AFÁN DE LUZ


   El proyecto editorial Búho Búcaro Poesía está ligado desde su amanecida a dos nombres propios, Óskar Rodrigañez Flores y Pilar Sastre Tarduchy. Ambos han puesto en marcha una colección poética que se singulariza por mantener en su maquetación el humilde formato de la plaquette y por el aspecto artesanal del diseño. La directora editorial desde 2007, Pilar Sastre Tarduchy hace compatible la gestión de contenidos y un trayecto creador que ya tiene sitio en diversas revistas digitales y en papel y en compilaciones y antologías de España, Uruguay e Italia. Los poemas de amanecida se integraron en la XXV selección de Voces Nuevas (Torremozas, 2012). Y han reforzado la vocación literaria reconocimientos como la Mención de Honor en el Concurso Internacional de Poesía Revista Letra Nueva-Ediciones Botella al Mar (Uruguay, 2014) y la distinción “Justino Zabala Muñiz” (Punta del Este, Uruguay). Entre sus estaciones poéticas están Doctora del Alma (2008), Aman-ecer vs Atar-decer, en colaboración con Óskar Rodrigáñez (2013) y Elementos para un Pensamiento Homogéneo (2015).
    Tras el periplo biobibliográfico de la escritora, Tacto invidente integra como pórtico un texto de la poeta Ángeles Mora, uno de los nombres esenciales del ahora poético, que define con lúcida precisión la atmósfera escritural: “Tacto invidente nos ofrece una metáfora de la soledad, la ceguera, la miseria de un mundo por donde a tientas intentamos abrirnos camino, comprenderlo, para al mismo tiempo comprendernos a nosotros mismos y saber por qué y para qué estamos aquí. Por qué vivimos entre sombras intentando encontrar la luz. Saber y sabernos, nada menos”. En ese enclave conceptual donde el afán de luz es esperanza y norte se dibujan los poemas de Pilar Sastre Tarduchy. Avanzan precedimos de un expresivo paratexto: el proverbio árabe “Los ojos no sirven para nada a un cerebro ciego” y un aserto del genio renacentista Leonardo Da Vinci: “La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega”.
   La voz del yo poético habla en primera persona, como si necesitase clarificar de inmediato las afinidades del yo biográfico y su empeño en habitar las rutas expresivas de los enunciados. Como herramienta esencial para conocer el entorno el bastón blanco se convierte en un apéndice necesario del existir. Se personifica como un intermediario básico para dialogar con la realidad cercana y conocer sus coordenadas desde un tacto ciego que oferta en cada amanecida la claridad entrevista y la estela borrosa de un pasado que habita en la memoria con los ojos de la infancia.
  La sabiduría existencial crea una sensibilidad nueva. En ella se integra en la esencia de ser las cicatrices del dolor, siempre presente con su abrazo de lluvia, y la certeza de una identidad que hace balance de la carencia. Las palabras buscan su lugar en un estar contradictorio, entre la sombra y la luz, entre la oscura ciudad de la ceguera y la plenitud solar de lo diáfano. Así van germinando los versos, zarandeados a cada instante por la realidad que deja en las manos un paisaje desvanecido, el presente encallado en la tristeza, mientras hace balance del discurrir del tiempo, o sueña con un renacer que busque el verdadero rostro de las cosas, que conozca sus códigos y que preserve en ese tantear de quien camina superando las frustraciones y oquedades ilusorias de lo temporal.
    También en un entorno físico de sombras, con los vislumbres de la esperanza, en la poesía de Pilar Sastre Tarduchy convergen la naturalidad expresiva y un caminar marcado por lo simbólico. El movimiento y la búsqueda, los pasos de un yo que activa, desde el sentir elegíaco y la emoción, estrategias de supervivencia, mientras entre sus párpados callados resuena inalterable el gotear del tiempo.