Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles Mora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles Mora. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de septiembre de 2023

MÓNICA DOÑA. OSCURA HIERBA

Oscura hierba
Mónica Doña
Nota de contracubierta de Ángeles Mora
Ediciones Sonámbulos
Granada, 2023



GOLPES DE LUZ

  

   Hace muy pocos meses apareció la antología Esta voz que me escribe (La Edad del Agua, 2022), una compilación de voces femeninas de Granada, con texto de introducción de Luis García Montero y notas finales de Francisco David Ruiz. En las páginas de aquella selección, junto a Ángeles Mora, Carmen Canet, Ioana Gruia, Teresa Gómez y Trinidad Gan, estaba Mónica Doña porque no puede entenderse su cosecha obra lírica sin el entorno vitalista y pleno de luz de la ciudad de la Alhambra. Nacida en Jaén, pero residente en Granada desde los primeros pasos del siglo XX, comienza su práctica poética en el año 2000 con el poemario Nueve lunas que, tras un largo silencio de más de una década, expande límites con las entregas La cuadratura del plato (2011), Adiós al mañana (2014), ¿Quién teme a Telma & Louise? Mundo fantasma.
   En todas estas amanecidas se percibe una voluntad estética figurativa y una dicción limpia e intimista. La poeta bebe en las aguas transparentes de la poesía de la experiencia y hace de la temporalidad y lo cotidiano estratos argumentales básicos, junto a la huella fuerte del cine y su lenguaje visual. En la nueva entrega  Oscura hierba emplea como única cadencia versal la frágil estrategia del haiku. Ángeles Mora, en su sabia nota de contracubierta, advierte que Mónica Doña se acerca a la tradicional estrofa japonesa con el verbo conciso de un golpe de luz. Desde la brevedad de los tres versos explora los contraluces cambiantes del entorno; nunca describe sino que indaga dentro para percibir latidos y vibraciones. De esta mirada nace el haiku como escueto fogonazo de un paisaje interior que va mostrando rincones del yo, para establecer la senda caligráfica del tiempo. Mónica Doña precisa el contorno semántico de Oscura hierba como una compilación de instantes poéticos, donde es perceptible la aleación entre pensamiento y filosofía para buscar la imagen “sorprendente y magnética” en la mínima arquitectura verbal del haiku, entre las contingencias anímicas de la subjetividad y la cartografía de un espacio cotidiano cambiante que respira habitado por la paradoja y la inquietud existencial.
  Mónica Doña organiza los haikus en tres secciones. En la primera, “Caída libre”, que se abre con una cita de Miguel Hernández, se busca el tono narrativo del testigo que enuncie de forma directa, sin interrupciones digresivas: “Me baño y miro / los ojos transparentes / de las burbujas”, “En la laguna / la grulla equilibrista / alza una pata”, “Nunca están solas / las cerezas van siempre / de dos en dos”.
   Llega al lector el deje manifiesto de una percepción cerrada, sin líneas colaterales.  En este apartado destacan las pinceladas poéticas nacidas de la contemplación de un cuadro. La pintura se vuelve hilo argumental para ver a cada artista más allá del epitelio cromático, para interpretar los parámetros estéticos que convocan a la emoción.
   La poeta, en el tramo central “Oscura hierba” que da título al libro, no duda en afrontar el otoño de la incertidumbre que dispersa el discurrir. La naturaleza es plenitud, pero también contorno de sombra, finitud, estar transitorio: “Pasos efímeros. / la arena de las dunas / no deja huellas”, “Obsceno octubre / bajo las arbledas / que se desnudan”, “Entre dos luces / todo cambia. Me acoge / la oscura hierba.”
  Los trazos insomnes de “Caligrafías” cierran las páginas de Oscura hierba. Con ese sentimiento de comunión directa con el instante y las formas que nos rodean hasta donde alcanza la vista, la mano de Mónica Doña escribe. Hace de cada haiku una manera de estar. No hay imperativos urgentes sino itinerarios sensoriales. Se incorporan al patrimonio cognitivo de quien vive la existencia como un caminar hacia el asombro y la experiencia, esa entera verdad del tiempo que se escribe para dar fe de vida: “Cualquier fisura / puede albergar semillas / que un día brotan “.
 

JOSÉ LUIS MORANTE



lunes, 24 de julio de 2023

PAULA BOZALONGO. LA PIEL DE LA NARANJA

La piel de la naranja
Paula Bozalongo
Prólogo de Frank Báez
Ediciones Hiperión / Poesía
Madrid, 2022


 FOTOGRAMAS

 

   Antes de abordar la lectura de La piel de la naranja de Paula Bozalongo (Granada, 1991, arquitecta y poeta, recuerdo dos circunstancias íntimamente ligadas al trayecto poético de la escritora: la obtención del XXIX Premio de Poesía Hiperión en 2014 y el Premio Bridges of Struga, concedido por la Unesco en el Festival de Poesía de Struga (Macedonia) a la mejor amanecida de una voz nueva, con el libro Diciembre y nos besamos (Hiperión, 2014). Los reconocimientos impulsaron una excelente acogida crítica y la presencia en antologías como Re-Generación (2016) que la ubicaba entre los nombres propios más representativos del ahora poético. Pero la poeta no cambió el paso y siguió trabajando a ritmo lento, mientras concluía sus estudios de arquitectura. Ese transitar sosegado deja ahora una nueva estación poética de la que Ángeles Mora, en su luminoso apunte de contracubierta, escribe: “Desde el comienzo del libro, la autora se sitúa dentro de una genealogía familiar que la llevó y la lleva de la mano, pero de la que tenía que ir despegándose inevitablemente hasta poder construir el territorio propio, es decir, su necesaria soledad”.
   Sirve de umbral a La piel de la naranja una indagación introductoria  del poeta, narrador y cronista dominicano Frank Báez.  Desde la anécdota del primer encuentro entre ambos escritores en un festival de Bogotá va naciendo un magma literario de complicidad que se asienta en un conocimiento profundo de esta propuesta, a la que ha visto crecer con un “tono sobrio, ordenado y preciso” que tiene algo de tabla de naufragio donde soportar a solas la intemperie. Por tanto, es un libro en el que se entrelaza la experiencia personal y la escritura como asentamiento y equilibrio del transitar del tiempo. ​
  La voz poética se alía con el despojamiento expresivo para recorrer un itinerario de conocimiento. El poema escucha; sondea el rumor confidencial que hace recuento de pérdidas y ausencias: “Los desperfectos hacen / incómoda una casa / pero aquellas presencias que no acaban de irse / la hacen inhabitable”. El dolor y la sombra abren rincones que convulsionan todas las palabras. La emoción se hace un registro fuerte, un puente esencial de acercamiento al yo interior y las contingencias de la realidad como molde del espacio vital. Quien percibe toma conciencia de que lo que sucede es grave y significativo, agrieta la calma y envuelve en sombra lo que toca. La enfermedad se hace estridencia, retumba en cada célula y deja un mensaje de finitud e impotencia en un hablante con una identidad conformada de sustratos emocionales y perspectiva filial. La madre es el centro del poema y quien escribe no puede desprenderse del limo turbio de la enfermedad, una presencia inesperada que provoca el dolor y la queja, las erosiones del derrumbe, como si el miedo fuese el único cordón umbilical. Testigo de un tiempo desapacible, la palabra se hace insistente evidencia y lugar de encuentro del propio latido: “Somos un par / de magnitudes físicas observables. / Somos nada, / principio de incertidumbre / que necesita al otro / para encontrar su sitio: / solo en sus ojos, / solo entre sus manos”.
   El camino argumental integra, junto al habitual poema breve, algunas composiciones en prosa poética en las que se evidencia la textura reflexiva. Es el caso de “Todas las casas están torcidas…” cuyo texto refleja una nítida sensibilidad onírica conectada con el discurso arquitectónico: ese equilibrio inestable es una manera de percibir la realidad que recuerda el sentir lírico de Joan Margarit cuando afirmaba que la poesía requiere un cálculo de estructuras; es un empeño en encontrar la máxima resistencia con los mínimos materiales. Paula Bozalongo también nos deja su propia poética: en “Jarabe contra el ruido””: “Escogí la poesía / por la ficción honesta, / por ser un ritmo ajeno / al miedo de los días. / Escogí la poesía / porque hace de cada lágrima / un frasco de jarabe contra el ruido, / y advierte su prospecto: / en esta irrealidad / también son imposibles los finales “.
   El poema que da título al libro deja en primer plano los rasgos nucleares de La piel de la naranja desde una anécdota infantil: la búsqueda incesante de la perfección que dé sentido a un tiempo de intemperie y soledad. Más que un juego infantil, pelar una naranja suponía cortar la piel como un camino continuo sobre la cáscara expandida e ilesa, dispuesta a mostrar su longitud en espiral.
   Paula Bozalongo explora en su poesía la soledad congénita del ser y también la pulsión expresiva del pasado. La pérdida del añorado entorno familiar obliga a buscar nuevas raíces y alzar los muros de otra casa que afronte una implacable resistencia al tiempo. El tono confidencial del poema, despojado, escueto y esencial, nunca pierde la conciencia de lo temporal. El afán introspectivo descubre un miedo silente que obliga a buscar compañía y complicidad en otras pupilas que conforman la periferia del yo. Todo es transitorio y perecedero. Y hay que esforzarse en mantener ilesa la piel de la naranja o sumar sus fragmentos, como si nada hubiera sucedido.


JOSÉ LUIS MORANTE


sábado, 3 de diciembre de 2022

TERESA GÓMEZ. PLAZA DE ABASTOS

Plaza de abastos
Teresa Gómez
Prólogos de Ángeles Mora
y Juan Carlos Rodríguez
Fundación José Manuel Lara
Sevilla, 2022 

 

EL QUICIO DE LAS HORAS

 
 
   La poesía contemporánea aglutina una luminosa conjunción de etiquetas que definen, con discutible precisión, los ensanches del género. Así sucede con la expresión machadiana “La otra sentimentalidad”, que nombra el grupo literario nacido en Granada a principios de los años 80, cuyos vértices referenciales más notables, en su comienzos, fueron Álvaro Salvador, Javier Egea y Luis García Montero. Pero la etiqueta adquiría solvencia con otras identidades como Ángeles Mora, Inmaculada Mengíbar y Teresa Gómez (Puebla de Don Fadrique, Granada, 1960), Licenciada en Filología Hispánica y Psicopedagogía. El trayecto personal compendia las publicaciones Subasta en mi ventana (2000), Tu silencio (2004), La espalda de la violinista (2018) y ahora, como definitivo amanecer tras una notable presencia en revistas y algunas antologías, Plaza de abastos, un libro escrito en el primer tramo de los años ochenta y presentado en 1986, aunque destinado muy poco después a soportar un largo paréntesis de silencio.
   En su acercamiento prologal, Ángeles Mora recuerda el clima cultural de la época. Aquella etapa en la que la Universidad de Granada era un hervidero de iniciativas culturales, auspiciadas por magisterios como el profesor Juan Carlos Rodríguez. La lírica de Teresa Gómez sonaba fuerte en lecturas públicas y recitales y había sido reconocida por la revista Olvidos de Granada. Pero sus poemas de viva voz solo tuvieron el apunte de una aparición fugaz, aunque contaran en aquella amanecida temporal con el refrendo presencial de Juan Carlos Rodríguez cuyas palabras sirven ahora como pórtico a esta edición. El investigador y ensayista recalcaba un aspecto clave de Plaza de abastos: la creación de una metafísica del cuerpo, exento y liberado de su condición biográfica.
   Ahora Teresa Gómez desvela el misterio de Plaza de abastos, ese modo de percibir que marca las estratagemas del solitario desde la poesía. Las palabras son intuición del espíritu; profundizan en la realidad y dan cuenta de la experiencia del conocer las fuentes esenciales del sujeto: el amor, el itinerario hacia el otro, la conciencia de la temporalidad y los claros indicios de la contemplación de lo cotidiano.
   En Plaza de abastos los poemas muestran su trabazón interna en torno a cuatro secciones. La del comienzo, “Variaciones sobre un tema inesperado” solo contiene dos composiciones, pero en ellas concurren los rasgos definidores del poemario. La voz confidencial explora de manera directa el cauce sentimental. Abre ventanas al cuerpo, percibe las huellas marcadas en la epidermis de los días que la sensibilidad lírica moldea, en una suerte de registro verbal: “Extendida la arena más allá de las costas / yo sostuve en tu cuerpo una formulación de mi pasado”. El inicio celebratorio de la pulsión amorosa establece en el segundo poema una analogía entre  los pormenores del deseo y el desplazamiento del yo existencial hacia su ineludible destino en la ceniza.
    El campo semántico del apartado “Oferta” se ajusta con destreza al acontecer del hablante en torno a su relación con el latir del cuerpo. El tiempo borra y distancia, pone niebla en las coordenadas del destino: “Son todos estos años de pie frente a la verja, / las preguntas aquellas con la luz apagada / y una explosión de ti a deshora / con un gesto en los ojos / terminantemente prohibido”. Frente a los días quedan los rastros del cansancio, el tacto áspero de un paisaje en el que languidece un callado rumor de besos.
   El conjunto de poemas “Ocasiones” incorpora en el cauce argumental la mirada social. En este tramo destacan poemas de sensibilidad oral mediante el empleo de recursos literarios como la repetición, el juego visual de las grafías y un ritmo de canción que recuerda el folklore. Junto al personaje, cercano permanece un escenario colorista que halla en la percepción de quien contempla un itinerario de retorno. En el avance de “Ocasiones” se muestra un atinado ejemplo de aliento transversal que hace propicio el tiempo para una cosecha de sentimientos diáfanos como el amor, la soledad, el desamparo de la calle –tan certero en el poema “Estado de sitio”- o las fotografías de un tiempo que buscaba esperanza tras la ominosa travesía de la dictadura.
   Se reflexiona en el apartado final “Demanda” sobre el ser de quien recorre el pálpito coral de lo cotidiano en su empeño de definir esperanzas y sacudir el tedio. La caligrafía de la intimidad siempre es el sencillo y eficaz salvavidas diario: “Y ahora llegas tú / con veinticinco mil maneras de acariciar mis dedos / aunque no estés de acuerdo con lo que yo / pensé / del precio de la piña  y la última decisión / que ha tomado el gobierno”.
  Recuerdos y experiencias son señas presenciales presenciales.  Son elementos vivificadores, símbolos plurales de cuyo existir se deducen inflexiones intimistas para animar la caligrafía aleatoria del pasado. El abrazo entre meditación y vivencias conceden al poemario textura meditativa.
  En los poemas de Plaza de abastos el tejido experiencial adquiere una importancia explícita; las evocaciones trasmiten la vigencia activa de la memoria; desde su cercanía se marcan los latidos del presente y las cualidades del entorno, ese contexto urbano marcado por las contingencias del sentir. Este singular encuadre personifica el apoyo en magisterios como Rafael Alberti y su momento creador surrealista. Teresa Gómez deja en Plaza de abastos un tramo escritural intimista, experiencial y evocador, que no olvida la preocupación formal y supera hermetismos y oscuridades para expresar la pulsión tensión de una identidad que camina hacia adentro, para reconocer sus vibraciones, los nuevos signos de la amanecida.


JOSÉ LUIS MORANTE

miércoles, 28 de septiembre de 2022

ÁNGELES MORA. SOÑAR CON BICICLETAS

Soñar con bicicletas
Ángeles Mora
Tusquets Editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2022

 

LA HUELLA DE LOS SUEÑOS
 

 
   Ángeles Mora nació en Rute, agradecido municipio cordobés que en 2017 nombró a la escritora “Hija predilecta”. Allí abrieron surco sus composiciones de aprendizaje, casi en la adolescencia, recuperadas parcialmente en el libro Caligrafía de ayer (Rute, 2000). Pero el perfil literario más definido conecta directamente con la ciudad de Granada, donde se instala a comienzos de los años ochenta y concluye la Licenciatura en Filología Hispánica. Pronto participa de lleno en la pujanza cultural del momento, un intervalo de agitación y compromiso que ya forma parte de la historia literaria más reciente bajo dos etiquetas de alto significado: la Otra sentimentalidad y la poesía de la experiencia. Allí alzaría vuelo en 1982 su libro Pensando que el camino iba derecho. Tras esta primera salida el itinerario creador prosigue con La canción del olvido (1985) y, en el cierre de la década, en 1989, encuentran andén La guerra de los treinta años, reconocida con el Premio Rafael Alberti, y La dama errante (1990). Hitos importantes en su poblado recorrido lírico son Contradicciones, pájaros (2000), que consiguió el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla y Ficciones para una autobiografía (2015), reconocido con  el Premio de la Crítica (2015) y el Premio Nacional de Poesía (2016).
   Dejo al margen compilaciones, balances, cuadernos y otros títulos del trayecto para centrarme en la verdad poética de Soñar con bicicletas, donde el ideario de Ángeles Mora se define desde una sensibilidad que enlaza la voz verbal y la condición del yo ficcional zarandeado por sus retos existenciales. De nuevo conviene recalcar el magisterio literario del profesor y ensayista Juan Carlos Rodríguez y su  insistencia en que el río versal está ligado a un tiempo histórico.
   La poesía se gesta alrededor del patio oscuro de la memoria, y ese es el latido que impulsa el apartado “Mi vida secreta” donde escribir es abrir ventanas a un estar oculto, inadvertido, que trasciende los estratos aparentes del entorno para escarbar en la claridad dormida de los sueños. La conciencia percibe que la existencia tiene contraluces y asimetrías, decepciones y una brumosa soledad que invita a la renuncia. Toma cuerpo en el pensamiento la condición de mujer, ese empeño en soñar con bicicletas y mantener en vilo las grafías oníricas para que se ensanchen las aceras angostas de lo cotidiano: “Buscar la luz, / no mirar por los rotos /donde el rencor oculta / su negrura infinita”:.
   El recuerdo reivindica sitio; pone un foco de luz en el ámbito privado de la intimidad. Allí donde se asientan esos vértices tradicionales que construyen la identidad femenina en el mercado, en las tareas de la casa o en las relaciones sociales restringidas. Los roles secundarios se ocultan bajo el vestido de novia y el sometimiento a unas convenciones que borran la luz y la alegría para respirar el aire contaminado de la rutina. El tiempo impone su andadura y todo se transforma en el polvo dormido del pasado, como si las vivencias durmieran dentro, calladas y exhaustas, como “cosas lejanas que no vuelven nunca, / ni tampoco se van”.
   La senda metaliteraria llevar al espacio de las palabras en la segunda sección “La luz del poema” que ubica como umbral el título memoria de la melancolía. Recuerda la autobiografía de María Teresa León que narra sus teselas vitales en los años de la república y el exilio. La poesía se desnuda; convoca hilos de intensidad y sustrato emotivo. Apoya su voz en lo cercano para enlazar con el tono humilde del sentir cotidiano sin retóricas grandilocuentes ni esteticismos hueros. El poema cobija imágenes, adquiere a veces la textura del homenaje, como sucede en “Flores del pensamiento” dedicado a las invisibles poetas del 27, despojadas de las estanterías de la literatura, para ser solo voces de una historia dictada por el olvido. En “Ayer” encontramos otro homenaje a la luz y la memoria de Antonio Machado, junto a una reflexión sobre el deambular del tiempo. El apartado cobija otras presencias intangibles como Federico García Lorca, Chopin, Teresa de Jesús o la ya citada María Teresa León, renacida en el monólogo dramático de “Una mirada en el exilio”.
  El libro dedica el tercer apartado “”Underworld” (Inframundo) a perfilar los rasgos del yo que se asoma a las pesadillas de la propia conciencia en esa distancia continua entre la realidad y el sueño. Lo transitorio asola, nos convierte en oquedades sin luz en medio del fluir de las cosas. Del mismo modo, en el páramo de la historia, el yo femenino ha ido buscando su definición, acotado en su condición marginal que convertía su presencia en una estela dolorosa de mujeres rotas. El poema “Imágenes para una exposición” clarifica el compromiso de la poeta con la defensa de valores de igualdad, tolerancia y respeto, y el derecho a un mundo nuevo más habitable,  sin miseria y explotación.
   Poco a poco el confinamiento de la pandemia se diluye en la memoria, como si hubiera sido un paréntesis de soledad y sombras, de calles clausuradas, y de ausencias que callaron su voz en los días más duros del encierro. Poemas como “Extraña primavera” y “Siempre es domingo” evocan aquella soledad deshabitada de las avenidas sin nadie esperando la luz del nuevo día.
    Uno de los nombres cimeros de la novela negra, Raymon Chandler, presta su voz para la coda final del libro, “El largo adiós”, un grupo de poemas dedicado a Juan Carlos Rodríguez. En los estratos argumentales conviven el intimismo del yo poético y el marco habitable de la ciudad dormida; esa ciudad tan ligada a la propia existencia cuyo callejero ha sentido día a día el paso de la historia, las mutaciones de un tiempo en el que se cobijan las historias del aprendizaje sentimental.
   El recuerdo del compañero de vida y del maestro persiste con la fuerza del amor, tan nítidamente reflejada en “¿Qué hacer?: “Todo al fin me lo diste. / Todo te lo llevaste: la literatura, la vida (…) Esa provocación. / Bien sabías que me bastaba / para seguir queriéndote.”. Y junto a esos instantes compartidos los pasos de la madurez preservados en la memoria, los rostros y señales que anidan en lo emotivo como diligentes fotogramas de una hermosa película que son fieles testigos de lo que nunca vuelve.
   Ángeles Mora ubicaba en el pórtico de su libro el poema breve “Unbalanced” (Desequilibrado), cuya filosofía asocia el caminar por una realidad contradictoria al esfuerzo de la voluntad por sostener sus pasos en el tiempo, buscando verticalidad y equilibrio, como notas sobre un pentagrama. Se trata de alcanzar el destino marcado para sentimientos y sensibilidad, ese atardecer que trae la noche y nos deja a solas con el temblor del frío, para poder soñar con bicicletas.
 
JOSÉ LUIS MORANTE

    

domingo, 1 de marzo de 2020

PILAR SASTRE TARDUCHY. TACTO INVIDENTE

Tacto invidente
Pilar Sastre Tarduchy
Prólogo de Ángeles Mora
Plaquette Poesía nº 8
Ediciones Búho Búcaro
San Sebastián de los Reyes
Madrid, 2018


AFÁN DE LUZ


   El proyecto editorial Búho Búcaro Poesía está ligado desde su amanecida a dos nombres propios, Óskar Rodrigañez Flores y Pilar Sastre Tarduchy. Ambos han puesto en marcha una colección poética que se singulariza por mantener en su maquetación el humilde formato de la plaquette y por el aspecto artesanal del diseño. La directora editorial desde 2007, Pilar Sastre Tarduchy hace compatible la gestión de contenidos y un trayecto creador que ya tiene sitio en diversas revistas digitales y en papel y en compilaciones y antologías de España, Uruguay e Italia. Los poemas de amanecida se integraron en la XXV selección de Voces Nuevas (Torremozas, 2012). Y han reforzado la vocación literaria reconocimientos como la Mención de Honor en el Concurso Internacional de Poesía Revista Letra Nueva-Ediciones Botella al Mar (Uruguay, 2014) y la distinción “Justino Zabala Muñiz” (Punta del Este, Uruguay). Entre sus estaciones poéticas están Doctora del Alma (2008), Aman-ecer vs Atar-decer, en colaboración con Óskar Rodrigáñez (2013) y Elementos para un Pensamiento Homogéneo (2015).
    Tras el periplo biobibliográfico de la escritora, Tacto invidente integra como pórtico un texto de la poeta Ángeles Mora, uno de los nombres esenciales del ahora poético, que define con lúcida precisión la atmósfera escritural: “Tacto invidente nos ofrece una metáfora de la soledad, la ceguera, la miseria de un mundo por donde a tientas intentamos abrirnos camino, comprenderlo, para al mismo tiempo comprendernos a nosotros mismos y saber por qué y para qué estamos aquí. Por qué vivimos entre sombras intentando encontrar la luz. Saber y sabernos, nada menos”. En ese enclave conceptual donde el afán de luz es esperanza y norte se dibujan los poemas de Pilar Sastre Tarduchy. Avanzan precedimos de un expresivo paratexto: el proverbio árabe “Los ojos no sirven para nada a un cerebro ciego” y un aserto del genio renacentista Leonardo Da Vinci: “La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega”.
   La voz del yo poético habla en primera persona, como si necesitase clarificar de inmediato las afinidades del yo biográfico y su empeño en habitar las rutas expresivas de los enunciados. Como herramienta esencial para conocer el entorno el bastón blanco se convierte en un apéndice necesario del existir. Se personifica como un intermediario básico para dialogar con la realidad cercana y conocer sus coordenadas desde un tacto ciego que oferta en cada amanecida la claridad entrevista y la estela borrosa de un pasado que habita en la memoria con los ojos de la infancia.
  La sabiduría existencial crea una sensibilidad nueva. En ella se integra en la esencia de ser las cicatrices del dolor, siempre presente con su abrazo de lluvia, y la certeza de una identidad que hace balance de la carencia. Las palabras buscan su lugar en un estar contradictorio, entre la sombra y la luz, entre la oscura ciudad de la ceguera y la plenitud solar de lo diáfano. Así van germinando los versos, zarandeados a cada instante por la realidad que deja en las manos un paisaje desvanecido, el presente encallado en la tristeza, mientras hace balance del discurrir del tiempo, o sueña con un renacer que busque el verdadero rostro de las cosas, que conozca sus códigos y que preserve en ese tantear de quien camina superando las frustraciones y oquedades ilusorias de lo temporal.
    También en un entorno físico de sombras, con los vislumbres de la esperanza, en la poesía de Pilar Sastre Tarduchy convergen la naturalidad expresiva y un caminar marcado por lo simbólico. El movimiento y la búsqueda, los pasos de un yo que activa, desde el sentir elegíaco y la emoción, estrategias de supervivencia, mientras entre sus párpados callados resuena inalterable el gotear del tiempo.



lunes, 16 de diciembre de 2019

ÁNGELES MORA (ENTREVISTA)

Ángeles Mora (Córdoba, 1952)
Premio Nacional de Poesía 2016

 ÁNGELES MORA, PREMIO NACIONAL DE POESÍA

Entrevista de JOSÉ LUIS MORANTE


Aunque nació en Rute (Córdoba), el trayecto literario de Ángeles Mora se vincula con la ciudad de Granada. Allí llegó a comienzos de los años ochenta, cuando la ciudad vivía una auténtica eclosión creadora con los poetas de la otra sentimentalidad, y allí obtuvo su licenciatura en Filología Hispánica. La poeta consiguió en 2016 el Premio Nacional de Poesía por su poemario Ficciones para una autobiografía (Bartleby, 2015)

 -El premio invita a recorrer de nuevo el dilatado pasillo del recuerdo. ¿Cuándo comienza su escritura?

Comencé a escribir cuando era una adolescente, después de mis primeras lecturas. Escribía ingenuos poemas que poco a poco fui reuniendo en dos primeros cuadernos de aprendizaje, De ellos surgió un primerísimo libro ya muy olvidado y otro de canciones, que no llegaron a publicarse. Más tarde trabajé un poco más y recuperé parte de esos poemas en un libro titulado Caligrafía de ayer, que se publicó en mi pueblo natal, Rute (Córdoba), en el año 2000. Pero, en serio, comencé a escribir a finales de los años 70, después de que pasaran mis años que llamo de “vida oculta”, tras mi primer matrimonio y mis tres hijos que nacieron rápidamente. Durante un tiempo me dediqué únicamente a ellos. Cuando llegué a Granada, en el año 79, tenía muy avanzado ya mi primer libro: Pensando que el camino iba derecho, un libro donde empecé a romper con mi inconsciente poético esencialista juvenil, porque ya había comenzado a leer a poetas como Eliot, Gil de Biedma, Ángel González, Brecht, Emily Dickinson, aunque aún no había comprendido bien el lugar donde, poéticamente hablando, me hallaba. Por eso en ese libro a veces los poemas se me escapaban, se me iban por las ramas… Con lo que también empecé a romper en ese libro fue, desde luego, con mi inconsciente vital, porque ya me había dado cuenta de que la vida no era como me la habían pintado. No lo era para nadie, pero mucho menos para una mujer. Por eso el primer título que le puse a ese libro era “Donde da la vuelta el corazón”. Y por eso en ese libro hay poemas como “Claudicar y muriendo” donde ya hablo de algo que se cae irremediablemente.

-A comienzos de los años 80, la poesía española vivía una amplia brecha con la generación novísima. Granada se convirtió en epicentro de la Otra sentimentalidad, alternativa estética que después dio origen a la poesía de la experiencia. ¿Qué pervive de aquella etapa?

Cuando llegué a Granada y conocí a Álvaro Salvador, Luis García Montero y Javier Egea y me hablaron de Juan Carlos Rodríguez, de “La otra sentimentalidad”, etc. me sentí cerca de ellos, porque también yo traía una herencia común a la que ellos habían recibido. Me refiero, como he dicho antes, a la lectura de poetas que pensaban que la poesía no podía reducirse a ser una mera expresión de la sensibilidad sino que había que tratar de “decir cosas” en poesía. Eliot, Gil de Biedma, Brecht, Emily Dickinson son ejemplos de la necesidad de decir “ideas poéticas”, de plantear en el poema el “yo ficticio” y utilizar el lenguaje cotidiano, porque no tenemos otro. Así que yo me sentía cercana a ellos. Luego vinieron las clases en la Universidad, las conversaciones poéticas, el estudio…
Sí, Granada removió el ambiente poético del país. Aquella fue una etapa importante, crucial, para el nuevo rumbo que había de tomar la poesía. La otra sentimentalidad supuso un vuelco radical entonces a la manera de entender la poesía y la literatura en general. Como muy bien sabemos nació de las enseñanzas y la manera de analizar el hecho literario del profesor Juan Carlos Rodríguez, que en la Universidad de Granada nos enseñó a leer los textos de otra manera, a indagar en el inconsciente ideológico que los sostenía, los producía. También a no dar el yo por presupuesto, a pensar que somos producto de una determinada concepción histórica de las relaciones sociales, de una ideología que nos entra desde que nacemos por la misma piel. En nuestra poesía intentábamos romper con ese inconsciente ideológico que nos domina, que aprendemos desde que tomamos la leche materna. Las mujeres lo intentábamos desde nuestra particular condición, desde las circunstancias especiales que vivimos. Nunca saldremos de la trampa ideológica en que vivimos si no rompemos las dicotomías que plantea la burguesía capitalista: privado/ público, razón/ sensibilidad. Las mujeres lo teníamos peor porque siempre fuimos destinadas a lo privado y a la sensibilidad, frente a lo público y la razón, que eran del hombre. Si nos quedamos en el yo que nos construye el inconsciente ideológico de la familia, las relaciones sociales, etc., nunca romperemos esta historia de explotación en la que vivimos (más las mujeres, pero también los hombres)

 -¿Se reconoce en aquella fotografía de grupo de la poesía de la experiencia?

Esas fotografías de grupo en el fondo no existen. Son etiquetas que te cuelgan, una manera de despersonalizarte. Yo sé lo que aprendí en mis estudios y en la práctica poética de aquellos años. Sé lo que me proponía conseguir para llegar a tener mi propia voz, para buscarme poética e ideológicamente. Después de mi paso por la universidad de Granada, por supuesto hubo una ruptura en mi posición poética, en el sentido de que yo no quería situar la palabra poética en un lugar incontaminado ni sublime. La quería hacer terrenal, llevar al espacio de la razón, también de la emoción, por supuesto. La poesía necesita intensidad, emoción. Quería que la poesía me dijera cosas sobre la vida y no que se convirtiera en un esteticismo vacío. Frente al esteticismo prefería una especie de épica cotidiana.


-Tanto en lo personal como en lo literario, su vinculación con el profesor Juan Carlos Rodríguez fue máxima. ¿Qué aportó el ensayista al discurso poético de la lírica granadina?

Creo que esta pregunta ya te la he ido contestando en las anteriores. En La canción del olvido, que fue el primer libro que publiqué, después de conocer a Juan Carlos Rodríguez, primero como profesor y después en un aspecto más personal, quise olvidar muchas cosas, empezando por mi educación sentimental. Las mujeres de mi época crecimos con un inconsciente que nos situaba como objetos de los demás, más que como sujetos de nuestra historia. Las mujeres pertenecíamos al ámbito de lo privado (como la poesía, por otra parte) y los hombres al ámbito de lo público. Esa dicotomía privado/ público fue una de las cuestiones ideológicas que “La otra sentimentalidad” pretendía derribar en su práctica. Ni el amor, ni la mujer ni la poesía pertenecen exclusivamente al ámbito de lo privado. Tal vez convenga, pensábamos, sacar nuestro amor a la plaza pública y tal vez se convierta así en el espacio de las preguntas, de la reflexión y el encuentro.

-En muchos de sus versos, ¿es la autobiografía el punto de partida?

Lo que yo creo es que un poema siempre surge de una imagen, de una idea, siempre tiene que ver con nuestra vida, con la manera personal de ver la vida y reflexionar sobre ella. Mi poesía siempre ha ido hacia donde ha querido mi conciencia. La conciencia que tengo del mundo y de mí. Nunca he escrito poesía como consuelo sino como búsqueda, como quien tiene necesidad de saber o de “saberse”, porque la poesía es una forma de buscar el sentido de la vida. No importa tanto de dónde arranca un poema sino hacia dónde te lleva. Siempre digo que el poeta se interna en el poema como quien se abre camino en un bosque con la luz y el cuchillo de la palabra. Cada paso es un verso. Importa el final, pero también el camino.

-¿Es correcta esa apreciación crítica que entiende Ficciones para una autobiografía como un desahogo biográfico, como una fusión entre sujeto verbal y yo real?

Eso es una tontería. Yo no lo he leído en ninguna de las críticas que se han publicado sobre este libro, y quien lo piense no tiene verdadera idea de lo que es expresar directamente tus sentimientos y lo que es la elaboración literaria, la construcción de un poema a partir de imágenes vitales, reales o supuestas. Este libro tomó la forma de una autobiografía fictiva (aunque no en un sentido lineal), hurgando en los rincones de la memoria, del presente o del pasado para reflexionar, una vez más, sobre nuestra vida y adónde nos lleva el ambiente en que vivimos, la educación que recibimos, el “yo” que nos construye el inconsciente ideológico de que hablaba al principio. Este libro comienza con un poema que se refiere a mi nacimiento (mal puede nadie recordar su nacimiento), pero ahí comienza la autobiografía fictiva que propongo, partiendo de imágenes de mi vida (en realidad podrían ser de cualquier vida) para que me lleven a una reflexión sobre el mundo en que viví de niña y en el que vivo de mujer. Cada poema de este libro supone una elaboración poética que trata de reflexionar sobre nuestra vida y nuestras contradicciones. Como bien dice la cita del principio, de Philippe Lejeune, “Toda autobiografía implica un pacto con el lector”. Esta autobiografía también supone ese pacto con el lector, pero el añadido de “Ficciones” da otro giro al asunto: bajo la apariencia autobiográfica lo que busca es la verdad que crea cada poema. Finalmente como dice la cita de Blas de Otero con que se cierra el libro: “Esta es la historia de mi vida, / dije, y tampoco era”.
Este es un libro elaborado durante varios años. Venir a decir ahora que es un desahogo biográfico me parece demasiado simple o mal intencionado.

-Otro elemento central de su poesía es la identidad femenina, el continuo debate sobre su rol social. ¿Hay margen en el poema para la cuestión de género?

También he hablado algo de esto en las anteriores preguntas. Naturalmente que sí, y en este libro yo trato esa cuestión en varios poemas. Unas poetas han abordado este tema de una manera y otras lo han hecho de otra. Históricamente, podríamos decir que la mujer tuvo que hacer un doble distanciamiento para entrar en ese universo poético que parecía reservado solo para el hombre (las llamadas románticas del XIX fueron pioneras. Y no digamos Rosalía de Castro, que pasó ampliamente de ese “terreno acotado” que se concedía a las poetisas): la mujer tuvo que distanciarse primero de su propio inconsciente que le decía que ella pertenecía al mismo ámbito –el del sentimiento, la sensibilidad, lo sublime- que la poesía. Es decir, distanciarse primero de su educación sentimental para entrar en el ámbito de la razón, el mismo que el hombre siempre se reservó para sí, desde que se consideró sujeto. Pero las mujeres, a veces, utilizamos ese lugar femenino para deconstruirlo con distanciamiento y con ironía. Por ejemplo, es lo que yo hice –o intenté hacer, al menos- en mi poema “Gastos fijos”, del libro La dama errante

-¿Todavía hay factores que condicionan la historia de la participación femenina en el campo literario?

Sí, todavía, al menos en el asunto de la visibilidad y la consideración social, a las mujeres que escribimos nos cuesta más cualquier logro. Aunque yo, realmente, este año no me puedo quejar, porque recibir el Premio Nacional de Poesía es un honor que me ha hecho muy feliz y me ha recompensado del poco eco que otras veces han obtenido mis libros. Este logro, desde luego, lo dedico a la lucha de las mujeres por la igualdad, también en este terreno, ese campo literario de que me hablas.

-El entorno digital es signo de identidad de nuestro tiempo. ¿Cómo afecta a su escritura?

Creo que no afecta a mi escritura. Tal vez puede ayudar a la visibilidad. Eso sí. Pero tampoco tanto.

-Respiramos una etapa histórica compleja, que ha introducido en el discurrir existencial los titulares de la actualidad, esa respiración entrecortada de un tiempo social en conflicto. ¿Se puede o se debe reivindicar la poesía desde lo público?

Yo diría que se puede y se debe. Dentro del deber de un intelectual está cuestionar lo que existe, si no está de acuerdo con el sistema de dominación en el que vivimos. Hubo un tiempo en que se habló de “poesía comprometida” y otra que consideraba ese compromiso como rebajarse, porque creía que la poesía pertenecía a un terreno superior, incontaminado por lo público. Pero nada existe hoy “incontaminado” por lo público. En el fondo, comprometidos estamos todos. Por acción u omisión. Creo que la poesía puede y debe implicarse en esa lucha ideológica. Creo que debe intentar, al menos, “crear saber”, por así decirlo, para ayudar a cambiar el mundo.

                                                      JOSÉ LUIS MORANTE

La entrevista se publicó en 2016 en las páginas de la revista Clarín, con motivo de la concesión del Premio nacional de Poesía. Hoy se recupera cuando la escritora dona su legado literario al Instituto Cervantes, como acto de homenaje y reconocimiento. 




miércoles, 6 de marzo de 2019

MANUEL LARA CANTIZANI. HAIKUS DEL BUEN AMOR

haikus del buen amor
desde Lucena (y del mundo)
Lara Cantizani (Ed.)
Prólogo de Luis Alberto de Cuenca
Epílogo de Ángeles Mora
Lucena, 2019 


EL HAIJIN LARA CANTIZANI


  Debo mis primeras lecturas de haikus al poeta lucentino Manuel Lara Cantizani (Lucena, 1969). Con el profesor de Lengua y Literatura Castellana y Concejal de Cultura de su ciudad, aprendí a caminar por esta forma poética de aparente sencillez y severa pauta métrica, cuyo origen se remonta hacia el siglo XVI, aunque es previsible que existieran precedentes en el cauce oral de la literatura japonesa. Otro poeta, Josep M. Rodríguez me pidió haikus de mi autoría para una antología de contemporáneos, que se llamo Alfileres, y fue editada en la Colección Cuatro Estaciones del Ayuntamiento de Lucena. Así entré de lleno en contacto con las japonerías del municipio que no tienen parangón en ninguna otra localidad andaluza o peninsular. Poco a poco fueron manando libros colectivos escritos por alumnos de ESO y bachillerato como 11 de marzo. Antología de haikus desde Lucena (Béjar, 2004), Haikus del mal amor (Málaga, 2005) y Deshielo en primavera (2006). Mientras el poeta daba a imprenta once poemarios y su quehacer creador era reconocido con los premios de poesía Mario López, Ciudad de Burgos y el Premio de Poesía Mística de la Fundación Miguel Castillejo.
  Haikus del buen amor, aserto que se acompaña con la clarificación espacial desde Lucena (y del mundo) ha nacido por una dolorosa contingencia personal, que Lara Cantizani describe en su nota de autor. El día 30 de julio una resonancia magnética detectó un tumor cerebral y la forma inmediata de afrontar aquella realidad abrumadora fue escribir un primer haiku. De esa sencilla catarsis fue aflorando un animoso canto solidario hasta el 31 de agosto de 2018. Ese día se cerraba un libro editado por la Junta Local de Lucena de la Asociación Española contra el Cáncer. El volumen integra textos de 269 haijines, muchos de ellos escritores de amanecida que con su aportación manifestaban al poeta que no estaba solo, que alrededor la voz del haiku era un telegrama de esperanza, una razón de vida. Y contiene además otra centena de haikus de Lara Cantizani  que cuenta una historia de verdad, valentía personal y familiar y fuerza para encarar una enfermedad que exige fe, tratamiento y confianza en los buenos oficios del sistema sanitario español.  
  Luis Alberto de Cuenca ha empleado el esquema versal en su obra y apenas hace unas semanas que ha salido, con prólogo de Ricardo Virtanen, la compilación Haikus completos (1973-2018) en la editorial madrileña Los libros del Mississippi. Su prólogo es un abrazo, una esperanza, un empeño en seguir porque todos los hombres están hechos, como aseveraba W. Shakespeare, de la misma materia que los sueños.
  He comentado en otras reseñas y en encuentros con lectores y alumnos que “mi inclinación afectiva hacia esta forma lírica se cimenta en su brevedad. Asegura una intensidad gozosa. Y es pupila abierta para cobijar argumentos, mucho más allá de su supuesta condición de lírica estacional, por su carencia de artificio retórico y por la condición de chispazo inmediato". La mirada crítica aquí debe soslayar cualquier prurito de profesionalismo pretencioso y dejar que los textos manen solos, con esa voz natural que tienen las pulsaciones del corazón. Sin más, porque Lara Cantizani deja en el cristal del deseo estos leves trazos: “Busco en el haiku / equilibrio. Lo encuentro / en las palabras”.  
  Los haikus reunidos cuentan con un epílogo de la poeta Ángeles Mora. La premio nacional de poesía de 2016 resalta el imparable impulso de Lara Cantizani y esa imaginación creadora que regala fantasía, gusto y delicadeza tanto en los proyectos editoriales como en su órbita creativa. Esa faceta vital y esa capacidad de entrega se percibe también en el cauce de afecto que da vida a este libro, que une emoción y escritura en un deseo de esperanzada poesía.
  Matsuo Basho, hito esencial de la tradición literaria japonesa, definió el haiku como un camino de perfección. Que estos Haikus del buen amor, reunidos por una causa tan humana, por el sencillo deseo de que Lara Cantizani recobre la salud cuanto antes y vuelva a caminar al mediodía, sean un camino de esperanza, una fuerza, un abrazo.




martes, 15 de noviembre de 2016

ÁNGELES MORA. PREMIO NACIONAL DE POESÍA 2016

Ángeles Mora (Rute, Córdoba)

CARTA ABIERTA


  El tiempo aprende a hablar por nosotros, querida Ángeles, y adquiere su propia personalidad literaria, como si fuese un contertulio más con el que compartir a media tarde los posos del recuerdo. La memoria insiste en abrir páginas comunes; nos conocimos en Lucena, a finales del año 2000, gracias al afecto municipal y poético de Manuel Lara Cantizani. El joven poeta lucentino nos invitó a formar parte de la colección Cuatro Estaciones. Fue un proyecto editorial irrepetible, empeñado en editar libros con una calidad visual ejemplar Una antología poética de tus versos, que salía junto a mi libro de entrevistas Palabras adentro, me preguntó: ¿Las mujeres son mágicas?; y yo, que soy torpe por convicción y por naturaleza no supe responder. Aquel primer encuentro fue umbral hospitalario de otras citas y preservó un espacio común en los calendarios del afecto. Puntuales, los años fueron dejando entre mis manos tus nuevos libros con cálidas respuestas, versos que me aportaron intimismo y reflexión sobre el sentido del poema y esa verdad interior en la que encuentra techo nuestra identidad, siempre en construcción. Con la tinta solemne de los grandes eventos, llega la noticia de que te han concedido el Premio Nacional de Poesía por Ficciones para una autobiografía, también reconocido con el Premio de la Crítica; y es fácil aposentar la alegría en mi buhardilla.
  Sé que son días contradictorios para ti –se ha escrito con perseverante quietud, el amor y la muerte siempre entrelazan en su azaroso discurrir una única pulsión- porque el dolor acampa en tus andenes y te ha dejado el alma llena de lluvia; pero sé también que las palabras limpias del poema funcionan como fuerza de transformación para que en el amanecer sea claridad emotiva y armonía. Hoy te percibo libre de cualquier incertidumbre, mientras la mañana te dibuja “… en el salón, abierta la ventana, / respirando cierta tristeza, / como quien gana y pierde al mismo tiempo, / viendo brillar la tarde, al paso de los años, / antes de que el verano nos aplaste, / suavemente estirando las arrugas / del corazón / planchando las camisas del invierno*
  Muchas felicidades, poeta, por un premio tan grande. Ahora sé, con esperanza y convencimiento, que las mujeres son mágicas.
  
PD.- Los versos pertenecen al poema “Planchando las camisas del invierno” de Ficciones para una autobiografía (Bartleby Editores, Madrid, 2015)


jueves, 8 de septiembre de 2016

ÁNGELES MORA. BAJO LA ALFOMBRA

Bajo la alfombra
Ángeles Mora
Visor Poesía, Madrid, 2008

                          EL LENGUAJE DE TODOS LOS DÍAS

   Calmada y casi olvidada la agitación pintoresca que provocara en el cierre de siglo la etiqueta “poesía de la experiencia”, se puede ahora, con reflexiva mesura, encarar el trayecto que sus componentes emprenden, libres ya de las compuertas de una taxonomía simplificadora. Ángeles Mora nace en Rute en 1952 y su amanecida poética coincide con sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada. La ciudad disfrutaba en los años ochenta de un ambiente cultural enriquecedor que prodigaba iniciativas y sacaba a la luz una buena cosecha de voces emergentes bajo el magisterio teórico de Juan Carlos Rodríguez y el credo estético de Juan de Mairena. Ángeles Mora entrega como carta de presentación el libro Pensando que el camino iba derecho, una obra editada en 1982, que busca su título en un verso de Garcilaso de la Vega para esbozar un cancionero de ausencia.
   Desde aquel inicio hasta Bajo la alfombra ha culminado un largo viaje creador, del que dan cuenta las muestras Antología poética (1982-1995), con palabras liminares de Luis Muñoz, y Las mujeres son mágicas, una edición impecable de Cuatro Estaciones presentada por Miguel Ángel García. Son panorámicas enriquecidas más tarde con la entrega Contradicciones, pájaros, en 2001.
   Bajo la alfombra alude a ocultación y desvelamiento, a lugar que esconde intimidad, y a materia cotidiana que testifica la convivencia del sujeto con lo doméstico. La apertura “De poética y niebla” insiste en la idea asociando dos términos contradictorios en apariencia: la poética explicita intenciones; la niebla borra. El sentido final de la escritura no revela enigmas, es únicamente un impulso de búsqueda que se asoma a ese fondo sin límites por donde aparecen las palabras para dar cuenta de una subjetividad que avanza tanteando: “Escribir es niebla. / Para mí quiero / todas las palabras. / Cuando escribo me escriben. / En su tela me enredo”. Lo metaliterario es hilo argumental que unifica las composiciones de la primera parte; la palabra integra la posibilidad de decir, da sentido a los hechos, alumbra sensaciones y una convivencia solidaria con las cosas. El segundo conjunto, “De poética erótica” asocia palabra y deseo; del mismo modo que la palabra lleva desde una búsqueda de significado a otra búsqueda, el deseo impulsa a recorrer un paciente laberinto que nos acerque al otro, traza itinerarios, supone encuentros que anulen la condición de solitarios y nos dejen la luz de un sol ajeno, el camino de una piel por compartir. La indagación en la materia verbal concluye con “Interrogaciones”, articulación de la duda desde la poesía, indagación en la sensibilidad que habita no en lo trascendente sino en el lenguaje de todos los días.
   La monotonía esencial de lo cotidiano vertebra la sección central, “para seguir viviendo”. La mirada introspectiva acusa el devenir, percibe la erosión que busca sitio en la profundidad de los espejos; la felicidad del pasado y la esperanza languidecen en un presente cárdeno, que abunda en reflejos y anuncia el final de la tarde.
   La semántica del apartado de cierre, “caminos de vuelta”, sugiere una estructura circular. Como escribiera Brecht, la verdad es concreta; el protagonista lírico en su viaje de conocimiento ha descubierto que oscuridad y luz se entrelazan en el itinerario. El sentido de las cosas no es diáfano; la salida puede ser una entrada al laberinto; detrás de cada historia se escribe otra historia subterránea.
  La entrega Bajo la alfombra permite descubrir las claves de un discurso lírico en su etapa de madurez. Los poemas argumentan itinerarios de ida y vuelta sobre dos nociones: las variables expresivas de la palabra en su búsqueda de sentidos y la constante refundación que el fluir temporal somete al protagonista verbal: “Pronto / otras palabras subirán deprisa / la escalera, / se abrirán cuando rompan / la corteza de las que te dimos. / Es un rumor creciente el porvenir”. 


jueves, 12 de mayo de 2016

ÁNGELES MORA. FICCIONES PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA

Ficciones para una autobiografía
Ángeles Mora
Bartleby  Editores
Madrid, 2015





LA VERDAD DEL POEMA

  La concesión del Premio de la Crítica en 2016 a Ángeles Mora por su libro Ficciones para una autobiografía perfila con nitidez los trazos de un legado poético que arranca en 1982 y que está compilado en volúmenes como  ¿Las mujeres son mágicas?, con prólogo de Miguel Ángel García, y Antología poética, selección editada por Luis Muñoz. A ellas se incorpora en 2008 la entrega  Bajo la alfombra.
  En este periodo creador de la poeta de Rute, afincada en Granada desde su formación universitaria, hay una explícita apuesta por el intimismo confesional, una poesía a media voz que crea musculatura al yo verbal para marcar un trayecto existencial que encuentra su verdad en el poema. Otra vez renace esa fértil discusión crítica que indaga la trama convivencial entre sujeto real  y entidad literaria, un debate que marcó sendas de lucidez en las décadas del cierre de siglo, cuando fue etiqueta vertebradora la denominada “poesía de la experiencia”
  La cita de arranque que Ángeles Mora elige para su poemario establece un punto de partida, como si dejara al lector en una convención establecida. Pertenece a Philippe Lejeune: “Toda autobiografía implica un pacto con el lector”. Por tanto, no interesa tanto el cauce secuencial del pasado repleto de contingencias sino la reconstrucción de una etapa en la que la conciencia de ser recupera una identidad con caligrafía objetiva. El pasado regresa al ahora para dar voz a un tiempo cambiante que se ha preservado dentro del yo.
  Es el hilo roto de la vida en curso y solo permite una lectura fragmentaria en los rincones de la memoria. Esa lectura está repleta de indeterminación y niebla, como si la percepción sensorial tuviese que aportar una dimensión nueva, entre la realidad y el espacio onírico. Así se vislumbra en el poema “¿Quién anda aquí?”: “¿Quién anda aquí? /¿Quién va y viene sin ruido entre mis cosas, / penetra con sigilo  / de noche en mis papeles / usurpando sus notas? / ¿Quién vierte la tinta / que me roba el sueño?” En el tranquilo devenir de las horas, la rutina difunde su extravío. Expande sus quehaceres, salpica de sedentaria quietud y deja una apariencia gastada sobre lo cotidiano donde resulta difícil reencontrarse. Los caminos de regreso están dentro y hay que saber preservar los destellos que convierten los latidos diarios en ejercicios de plenitud y belleza: “Regando el corazón  / que se te ofrece / puedes ser más feliz / que si lo arrancas. / Busca dentro de ti / las luces que más arden “.
  En el quehacer de Ángeles Mora se hace preocupación recurrente el rol femenino y sus arquetipos, como sucede en magisterios cercanos a la autora como Wislawa Szymborska. Ese estar tradicional del ama de casa abocada a representar un papel secundario en el cuarto oscuro de la soledad altera el ánimo del verso y exige abrir ventanas. Hay que buscar lugares al sol, rincones habitables sin príncipes azules ni engañosas migajas de una realidad que desenfoca la dignidad de lo femenino.
  La poesía de Ficciones para una autobiografía respira el aire libre de lo necesario; sirve para percibir el fulgor emotivo que habita en las encrucijadas del tiempo. Allí permanecen los signos más precisos de la propia imagen, sin límites ni gradaciones, convirtiendo el poema en una búsqueda que dota de sentido cada amanecida., aunque el yo que perdura nunca sea el mismo.