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miércoles, 26 de agosto de 2026

ISABEL MARINA. MUJER FRENTE AL ESPEJO

Mujer frente al espejo
Isabel Marina
El Sastre de Apollinaire, Colección Poesía
Madrid, 2026

  

OFICIO DE SOLEDAD

 
   No deja de llamar la atención la precisa cadencia con la que van apareciendo los frutos poéticos de Isabel Marina (Avilés, 1968), periodista, firma habitual de publicaciones culturales como Anáfora, Cuadernos de Humo y Areté y columna firme que sostiene la travesía en el tiempo de la revista Ítaca. Desde su amanecida, Acero en los labios, que llegó a las librerías en 2016, ha construido un valioso retablo lírico, recorrido por un paseante que hace signos propios la introspección, la estrategia expresiva coloquial y el epitelio sentimental de las composiciones. Así se percibe, con notable madurez, en las salidas más recientes, Un árbol que tiembla (2022), poemario de claridad deslumbradora en torno al transitar del tiempo, y en Donde siempre es de día, una propuesta con más de cien textos, cuyo discurso expresivo asocia, de inmediato, el acto de escribir con una estrategia cotidiana de sanación terapéutica. El taller creador fortalece un sosegado viaje interior. Llena de brisa los rincones umbríos de la existencia. Atestigua que hay que seguir, aunque se vayan acumulando en las estanterías cotidianas decepciones y pérdidas; esas inevitables erosiones del deambular vital. La contemplación vislumbra un entorno receptivo donde el quehacer escritural se muestra como una ventana indiscreta que muestra las riquezas interiores de las casas y del propio yo. La mirada poética es “una forma de ordenar el caos que a todos nos acosa, como una forma de explicarse las maravillas y miserias del mundo, y explicarse también a sí misma”.
  Resalta en el paratexto la fuerza dialogal de las citas, que convierten al yo en destinatario del fluir pensativo. Los ecos de Marián Suárez, Ángeles Mora y Angelina Gatell ubican al protagonista verbal frente al espejo de la propia conciencia; es un observador de gestos, actitudes y sentimientos, un verificador de estados de ánimo.  El enfoque introspectivo cobra fuerza desde el primer poema. Quien trata de descubrir los propios contornos es consciente del transitar temporal y de ese largo recorrido en el que se van forjando ilusiones y sueños, decepciones y olvidos; las incertidumbres del vivir: “Un sol que se desvanece / y mira a través de mis ojos, / cuando está languideciendo / este oficio de soledad”.
  Sobrevuela en la escritura el rastro sensorial de lo perdido. Es un espacio íntimo, atravesado de silencio. Un entrelazado de recuerdos hecho elegía y evocación de espacios. Días ingrávidos que parecen abandonadas arquitecturas que se alzan en manos del aire. El poema se convierte en senda cognitiva; vuelve los ojos hacia adentro. Aglutina signos de divagaciones reflexivas en torno a la existencia. La realidad se muestra como un escenario incierto y movedizo en el que hace fuerte el compromiso de existir.
   La segunda sección, que aporta citas de Sara Teasdale y Julia de Burgos, tantea en su expresivo aserto el compromiso ontológico: “Ser”. La soledad es un territorio de búsqueda donde el yo propicia su propio lugar de encuentro. En las composiciones, el pasado enlaza con el ahora a través de esas incertidumbres para las que no hay respuestas. Los recuerdos se hacen materia borrosa y espacios de lindes imprevistas. La escritura vela por la coherencia de la identidad; se convierte entonces, en trinchera y resguardo de la materia sentimental que, poco a poco, amarillea y adquiere el color del otoño. Toca preservar la soledad, escuchar su armonía. Dar espacio a una nueva quietud donde cada instante conjuga un presente de aceptación y tránsito, de empeño por continuar ese viaje de única dirección. Toca “Centrarnos en el ahora / mirarnos frente a frente, / aceptar quienes somos. / Atrevernos a ser”. Las composiciones labran un camina hacia dentro, como si el destino personal exigiera coherencia y gratitud.
  En Mujer frente al espejo se hace fuerte una forma de estar en lo diario, una filosofía de asunción del destino que emparenta, en algunos momentos, con la aceptación que emerge en algunos poemarios de Eloy Sánchez Rosillo. Precisamente con citas de Joan Vinyoli y Eloy Sánchez Rosillo se abre el tercer tramo del libro, “Visiones”. Se va gestando así un dietario sentimental, sin el rigor de la anotación fechada, donde el temblor emotivo es elemento constante del transitar. El recuerdo sostiene. Se convierte en símbolo y estela imborrable. Es cartografía onírica, que guarda una entrañable fidelidad a lo que fue. La memoria despliega evanescencia, visiones fragmentarias. Se hace conjunción de nuestra condición transitoria, en la que se adivina a lo lejos el color crepuscular que encarna el adiós definitivo.
  Lo metaliterario se agudiza en el apartado “Santuario”.  El hecho de escribir encarna un sueño, una casa encendida, un santuario en el que se vive en continuo aprendizaje en el que se recorren escenarios culturales y paisaje interiores. Con ellos se construye un yo cambiante, que se hace encarnación de una cumplida experiencia vital desde las palabras: “Con las palabras vamos formando/ la escultura de los días. / Con ese material dúctil, maleable, / le vamos dado forma, como si fuera plastilina”.
    El conjunto de poemas “Epifanía” cierra el libro; la evocación renace, deja en sus dedos la claridad de la amanecida. El hablante verbal percibe el ahora y ese instante que exige su condición de ser, a pesar de esa certeza de apurar un tiempo transitorio. Pasado y futuro son ahora; corresponde caminar hacia un horizonte en fuga, un no lugar donde vamos cumpliendo anotaciones vitales
   Isabel Marina deja en Mujer frente al espejo una cálida muestra de intimismo meditativo. Las composiciones se asoman a la condición aérea del tiempo. Reflejan la percepción efímera que postula nuestra conciencia. Ese caminar especular hacia la desnudez, donde pliegan sus alas ilusiones y sueños.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 




 

miércoles, 5 de junio de 2024

ISABEL MARINA. DONDE SIEMPRE ES DE DÍA

Donde siempre es de día
Isabel Marina
Prólogo de Ángel Alonso
El Sastre de Apollinaire / Poesía
Madrid, 2024
 

 

REGRESOS

 
   Apenas dos años han transcurrido desde que la fertilidad creadora de Isabel Marina (Avilés, 1968), Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra, colaboradora habitual de travesías culturales como Anáfora y Areté e impulsora de la revista Ítaca, publicara Un árbol que tiembla (2022), un poemario de claridad deslumbradora en torno al transitar del tiempo, con ilustraciones de Federico Granell y prólogo de Ángeles Carbajal, cuya presentación en el Centro Asturiano de Madrid fue un pletórico abrazo entre música, poesía y amistad.
   Pero la poesía no deja de manar y renueva cauce con la entrega Donde siempre es de día que reúne más de cien textos, integrados en cuatro secciones. Ángel Alonso titula la mirada prologal “Catarsis” un sustantivo de semántica explícita que asocia de inmediato el acto de escribir con una estrategia de sanación terapéutica. Acaso con un sosegado viaje interior para llenar de brisa los rincones umbríos de la existencia donde se van acumulando en las estanterías cotidianas decepciones y pérdidas; esas inevitables erosiones del deambular vital. La escritora asturiana asume el quehacer escritural como “una forma de ordenar el caos que a todos nos acosa, como una forma de explicarse las maravillas y miserias del mundo, y explicarse también a sí misma”. El análisis de la introducción resalta también otro aspecto esencial del enfoque estético de la autora: las conexiones entre Arte y Poesía, como si fueran dos estaciones unidas por los itinerarios de la reflexión. En esa perspectiva rehumanizadora de la función del arte, que aglutina elegía, evocación y senda indagatoria, la existencia es un escenario incierto y movedizo en el que la expresión artística se inspira para crear lumbres encendidas de verdad y belleza.
   La sección inicial “La última matrioska” aporta citas de Carmen Martín Gaite, Piedad Bonnett y Katherine Mansfield, tres voces del canon que hacen de la poesía un árbol iluminado, una forma de salvación y encuentro con el rastro incierto de quien tantea la silueta imprecisa de la identidad. En este territorio de búsqueda nace el poema, como sostiene la composición de apertura “Mi forma de salvarme”: En sus versos el hablante lírico se busca a sí mismo, hurga en las heridas y erosiones e hilvana pérdidas y estados de ánimo; la escritura se convierte entonces en trinchera y resguardo, en pactada respuesta a las líneas de fuga que disuelven los pasos cotidianos: “La escritura es el poder / de los que no tienen historia, / la luz del faro que avista el náufrago, / el pan único para el hambriento, / el agua que puede calmar la sed.” La palabra camina hacia dentro, se hace reclusión en la raíz, misterio y enigma. Se va gestando así una crónica sentimental frente a la apresurada hostilidad del calendario, la cartografía desplegada de un mundo interior por donde el sujeto se coloniza a sí mismo, rellena el difuminado paisaje de la inexistencia con un epitelio de esperanza. Somos vacío y fugacidad, la música inacabada de un jardín interior.
   El hecho de vivir sostiene un continuo aprendizaje que va copando espacios de madurez, ese tiempo de aceptar el propio destino, de ir dando a la propia imagen los trazos justos, esa estela de reflejos dorados.
    El conjunto de poemas “Como pateras vacías” está concebido como una inmersión en lo perdido; la evocación invita a desnacer. El hablante verbal convierte su búsqueda en recuerdos clarificadores de un tiempo consumido, hecho de cambios continuos que hacen dudar a la memoria: “Qué fácil es engañarse, / qué fácil vivir para el sueño, / y qué difícil / observar mar adentro, / lo que ha quedado de nosotros, / el poco margen que tenemos”. El mapa de la memoria desaparece y la gelidez de la niebla cae sobre los ojos.; aloja un espacio de silencio y contemplación.
   En el apartado “Un mundo ordenado” el poema se convierte en espacio de observación que anota lo que sucede alrededor. Un anciano sentado en un banco con palomas, el solitario que añora la fuerza emotiva de otros días, la quieta belleza de una porcelana de Lladró o la estática quietud de la piedra son símbolos del transitar del tiempo. La percepción acumula en el pensamiento instantáneas de soledad y melancolía. Las formas y colores de un mundo ordenado que se hace también metáfora de todo lo perdido. El continuo fondo musical de los poemas revela la pasión de Isabel Marina por la música; un mediodía sonoro e instrumental que es a veces evocación y recuerdo del ayer, como la imagen de la madre tocando un viejo piano. Otras veces apunta el homenaje sensorial de quien se refugia en la armonía de alguna canción para desterrar la sombría percepción del reloj desbocado.
   Isabel Marina acentúa en Donde siempre es de día su intimismo reflexivo; con una clara continuidad estética, la poeta persiste en el largo caminar que enlaza pretérito y ahora en el norte vital de la palabra, las estelas del recuerdo y esa continua sensación de despojamiento que deja el existir. Queda en el poema la conjunción de ambos espacios meditativos, la aurora y el manso horizonte crepuscular. El empeño por recobrar vivencias que permitan comprender la arqueología sentimental “donde todo alumbra y es signo, aunque no lo sepamos, aunque no podamos reconocerlo y estemos sordos y ciegos, como el pájaro que canta, antes de que la ciudad despierte”.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE