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| Mujer frente al espejo Isabel Marina El Sastre de Apollinaire, Colección Poesía Madrid, 2026 |
OFICIO DE SOLEDAD
No deja de llamar la atención la precisa cadencia con la que van
apareciendo los frutos poéticos de Isabel Marina (Avilés, 1968), periodista, firma
habitual de publicaciones culturales como Anáfora, Cuadernos
de Humo y Areté y columna firme que sostiene la travesía en
el tiempo de la revista Ítaca. Desde su amanecida, Acero en los labios, que llegó a las
librerías en 2016, ha construido un valioso retablo lírico, recorrido por un
paseante que hace signos propios la introspección, la estrategia expresiva coloquial
y el epitelio sentimental de las composiciones. Así se percibe, con notable
madurez, en las salidas más recientes, Un
árbol que tiembla (2022), poemario de claridad deslumbradora en torno al
transitar del tiempo, y en Donde siempre
es de día, una propuesta con
más de cien textos, cuyo discurso expresivo asocia, de inmediato, el acto de
escribir con una estrategia cotidiana de sanación terapéutica. El taller
creador fortalece un sosegado viaje interior. Llena de brisa los rincones
umbríos de la existencia. Atestigua que hay que seguir, aunque se vayan acumulando
en las estanterías cotidianas decepciones y pérdidas; esas inevitables
erosiones del deambular vital. La contemplación vislumbra un entorno receptivo
donde el quehacer escritural se muestra como una ventana indiscreta que muestra
las riquezas interiores de las casas y del propio yo. La mirada poética es “una
forma de ordenar el caos que a todos nos acosa, como una forma de explicarse
las maravillas y miserias del mundo, y explicarse también a sí misma”.
Resalta
en el paratexto la fuerza dialogal de las citas, que convierten al yo en
destinatario del fluir pensativo. Los ecos de Marián Suárez, Ángeles Mora y
Angelina Gatell ubican al protagonista verbal frente al espejo de la propia
conciencia; es un observador de gestos, actitudes y sentimientos, un
verificador de estados de ánimo. El
enfoque introspectivo cobra fuerza desde el primer poema. Quien trata de descubrir
los propios contornos es consciente del transitar temporal y de ese largo
recorrido en el que se van forjando ilusiones y sueños, decepciones y olvidos;
las incertidumbres del vivir: “Un sol que se desvanece / y mira a través de mis
ojos, / cuando está languideciendo / este oficio de soledad”.
Sobrevuela
en la escritura el rastro sensorial de lo perdido. Es un espacio íntimo,
atravesado de silencio. Un entrelazado de recuerdos hecho elegía y evocación de
espacios. Días ingrávidos que parecen abandonadas arquitecturas que se alzan en
manos del aire. El poema se convierte en senda cognitiva; vuelve los ojos hacia
adentro. Aglutina signos de divagaciones reflexivas en torno a la existencia.
La realidad se muestra como un escenario incierto y movedizo en el que hace
fuerte el compromiso de existir.
La segunda sección, que aporta citas de Sara Teasdale y Julia de Burgos,
tantea en su expresivo aserto el compromiso ontológico: “Ser”. La soledad es un
territorio de búsqueda donde el yo propicia su propio lugar de encuentro. En las
composiciones, el pasado enlaza con el ahora a través de esas incertidumbres
para las que no hay respuestas. Los recuerdos se hacen materia borrosa y
espacios de lindes imprevistas. La escritura vela por la coherencia de la
identidad; se convierte entonces, en trinchera y resguardo de la materia
sentimental que, poco a poco, amarillea y adquiere el color del otoño. Toca
preservar la soledad, escuchar su armonía. Dar espacio a una nueva quietud
donde cada instante conjuga un presente de aceptación y tránsito, de empeño por
continuar ese viaje de única dirección. Toca “Centrarnos en el ahora / mirarnos
frente a frente, / aceptar quienes somos. / Atrevernos a ser”. Las
composiciones labran un camina hacia dentro, como si el destino personal
exigiera coherencia y gratitud.
En Mujer frente al espejo se hace fuerte una forma de estar en lo
diario, una filosofía de asunción del destino que emparenta, en algunos
momentos, con la aceptación que emerge en algunos poemarios de Eloy Sánchez
Rosillo. Precisamente con citas de Joan Vinyoli y Eloy Sánchez Rosillo se abre
el tercer tramo del libro, “Visiones”. Se va gestando así un dietario
sentimental, sin el rigor de la anotación fechada, donde el temblor emotivo es
elemento constante del transitar. El recuerdo sostiene. Se convierte en símbolo
y estela imborrable. Es cartografía onírica, que guarda una entrañable
fidelidad a lo que fue. La memoria despliega evanescencia, visiones
fragmentarias. Se hace conjunción de nuestra condición transitoria, en la que
se adivina a lo lejos el color crepuscular que encarna el adiós definitivo.
Lo metaliterario se agudiza en el apartado “Santuario”. El hecho de escribir encarna un sueño, una
casa encendida, un santuario en el que se vive en continuo aprendizaje en el
que se recorren escenarios culturales y paisaje interiores. Con ellos se
construye un yo cambiante, que se hace encarnación de una cumplida experiencia
vital desde las palabras: “Con las palabras vamos formando/ la escultura de los
días. / Con ese material dúctil, maleable, / le vamos dado forma, como si fuera
plastilina”.
El conjunto de poemas “Epifanía” cierra el
libro; la evocación renace, deja en sus dedos la claridad de la amanecida. El hablante
verbal percibe el ahora y ese instante que exige su condición de ser, a pesar
de esa certeza de apurar un tiempo transitorio. Pasado y futuro son ahora;
corresponde caminar hacia un horizonte en fuga, un no lugar donde vamos
cumpliendo anotaciones vitales
Isabel Marina deja en Mujer frente al espejo una cálida muestra
de intimismo meditativo. Las composiciones se asoman a la condición aérea del
tiempo. Reflejan la percepción efímera que postula nuestra conciencia. Ese
caminar especular hacia la desnudez, donde pliegan sus alas ilusiones y sueños.
JOSÉ LUIS MORANTE

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