A María Millán y a Elena Pérez
Padezco el síndrome de Cenicienta. Después de las doce de la noche, yo soy otro: el que apaga la luz y hace un torpe balance de pormenores vitales hasta que llega el sueño desde una nubosidad nórdica. Un sueño que se quiebra en pocas horas, pero sólido y suficiente para volver al día con el cuaderno abierto por la página de asuntos pendientes. Por eso salgo poco, dosifico con temperamento avaro mis salidas nocturnas y aspiro a hacer de la amanecida la hora de regreso.
Ayer fue una excepción. Había un concierto doble en la Sala Clamores y mi amigo Ricardo Virtanen (que tiene la genética de Leonardo de Vinci) estrenaba grupos: es el guitarra de "Jose Insaciable y los Custom Rockers" y el batería de "Speed Limit Cruiser", dos grupos que siguen la estela rockera de otros grupos hispanos de los ochenta, aunque no cierran los ojos a versionar temas conocidos de otros grupos.
En Clamores -sigue siendo una sala llena de vida donde la música se disfruta a unos metros del escenario- el afecto cordial de algunos compañeros de instituto (María, Mariam y Elena) y los amigos de Rivas que no se pierden nunca una convocatoria cultural (Elena Muñoz, Paco y María), también otros amantes de la música como Ana María y Alberto Ávila... Mucha gente que sólo necesita la buena compañía de una cerveza fría y música en directo.
El concierto lleno de calidez y con versiones diferenciadas en su modo de entender el rock: un repaso del itinerario popular el primero y un remake de temas propios y ajenos el segundo, con el que disfruté en grande: casi salgo a bailar. Menos mal que Javi puso un poco de sensatez y me invitó a otra cerveza.
Hoy toca en Madrid Leonard Cohen, una razón suprema para salir de casa y perderme en la noche de Madrid. Voy a tener que superar mi habitual síndrome de Cenicienta y sumar signos nuevos de mi nuevo estado. Acabo de contagiarme del Síndrome del vampiro.
