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Lo entenderás más tarde Carmelo Guillén Acosta Ediciones de Cypress Cultura Colección Poesía al Albur Sevilla, 2025 |
LA LUZ QUE ESPERA
El perfil literario de Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955),
catedrático de Lengua y Literatura, con un amplio despliegue laboral en
institutos sevillanos, desde 1979 hasta su jubilación en 2015, está ligado al
Premio Adonáis, sin duda el certamen más conocido entre los incontables premios
de poesía del territorio peninsular. Comienza a dirigir la emblemática
colección de ediciones Rialp en 2003 y es presidente del jurado anual que se
empeña en apostar por la amanecida de voces jóvenes, capaces de remozar el
paisaje poético actual con sostenida cadencia. Pero más allá de esta clave definitoria,
el autor sevillano es traductor, biógrafo y poeta de profundo calado. Una parte
amplia de su trayectoria se reúne en el volumen Aprendiendo a querer. Poesía (revisada) completa 1977-2007. Los títulos alumbran un legado pleno,
de raíces humanistas, que mantiene una alta tensión lírica y da vida a un
ideario expresivo de línea clara y comunicativa, asentado en el venero clásico
de la tradición. La senda lírica busca, más allá del ejercicio lingüístico, lo
esencial del ser, su espiritualidad y transcendencia, como sucede en la obra
poética de San Juan de la Cruz, sin duda el más relevante magisterio de Carmelo
Guillén Acosta. Los poemas articulan una existencia emocionante e íntegra,
evocativa y celebratoria, capaz de transformar el aparente gregarismo de los
días al paso en dicción luminosa. El largo recorrido compilado no clausura la voz en el tiempo y siguen
fluyendo entregas como La vida es lo
secreto (2009), Las redenciones
(2017), En estado de gracia (2021) y
el volumen Lo entenderás más tarde, que impulsa en 2025 la colección Poesía
al Albur, dirigida por José Luis Trullo.
La semántica del libro se integra, sin digresiones, en la temática religiosa.
Comienza con una cita procedente del Evangelio de San Juan de la que nace el
título y nutre la raíz de una fronda argumental que entronca con “la palabra
poética como cauce de revelación”, según leemos en la clarificadora anotación
de contracubierta. El afán religioso ya cobra presencia en la composición de
apertura “Abba Padre”. El poema celebra la providencia divina en los pasos más
elementales del quehacer diario. La tarea poética percibe cómo el poder de la
gracia transporta a otra realidad, convierte el entorno cotidiano en un lugar
angélico y auroral. El escenario de lo creado se convierte en manifestación de
la grandeza de la creación, muestra al hombre, volcado en la contemplación de nítidos
meandros de luces y sombras que transforman la nada en heredad. Se abre el día
y desde los sentidos nos llegan las señales de un mundo conformado para
satisfacer la avidez de verdad y belleza; para recordar que, en la armonía de lo
creado, nace una aurora de felicidad frente a los linderos erosionados de lo
contingente. La voluntad divina empapa las palabras. Es pan de cada día: “No
cabe otra razón: abro los ojos / y el mundo me parece irresistible. Entiendo.
Vas conmigo. Me sostienes.”
El
deambular de la escritura refuerza el sentido religioso.
El yo poético hace de sus creencias quehacer propicio para recuperar la imagen
del Padre, siempre “Abba Padre” o de María, como madre misericordiosa que
preserva la voluntad intacta para no apartarse del camino. La primera sección
se alza sobre la arquitectura habitable de la fe. La plenitud de lo sagrado
funciona como fuego interior e iluminación introspectiva, capaz de reavivar en
el discurrir temporal el cántico silente del lenguaje y su pulsión vital.
En el caminar
del libro, en la segunda sección se impone la conciencia del desamparo y las
preocupaciones mundanas; esa certeza de que vivimos un intervalo donde la
sombra coloniza la esperanza. Es necesaria una fe fuerte, capaz de mantener la
búsqueda de lo transcendente. La naturaleza del sujeto es frágil y siembra
indicios que auguran rendición y flaqueza. Sobre ese umbral, el sujeto
verbal recuerda que hay que permanecer firmes y ser capaces de alumbrar la
esperanza. El poema “El mundo de los santos”, a mi modo de ver, uno de los
mejores de esta segunda parte, mantiene junto a la habitual fuerza expresiva,
los saludables efectos de la cercanía. Lejos de cualquier solemnidad el poeta
dibuja un entorno cercano, afín al de los hombres que laboran a diario con la
monotonía.
Coherente y unitaria, en el explícito registro de la poesía religiosa, esta exploración de la palabra
poética de Lo entenderás más tarde hace de
las composiciones un molde de espiritualidad y devoción, de fortalecimiento de
las creencias. El acto creativo ilumina el pensamiento para que descubra que
todo es amor y revelación de la esencia de ser, y que tras ese sentimiento, capaz de borrar los contornos de lo
perecedero, se cobija el misterio de lo transcendente.
JOSÉ LUIS MORANTE
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