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Salto de fe Marcos Nogales Accésit Premio Adonáis, 2024 Ediciones Rialp Madrid, 2025 |
DESVELOS
Comienza la travesía lírica de Marcos Nogales (Móstoles,
Madrid, 1994), graduado en periodismo y colaborador de cultura en diferentes
publicaciones digitales, con el poemario Salto de fe, reconocido con un accésit del Premio Adonais de 2024 “por su capacidad
para integrar el humor y la emoción en una poesía cercana y transparente y con
un marcado tono generacional”, según el juicio crítico de un jurado formado por
excelentes poetas y cualificados representantes de la línea clara como Eloy
Sánchez Rosillo, Amalia Bautista, Julio Martínez Mesanza, Aurora Luque, Enrique García-Maíquez y Carmelo Guillén Acosta.
El poeta abre su entrega Salto de fe con emotivas dedicatorias a quienes conforman la esencial compañía afectiva en el caminar por lo cotidiano. Ellos son los que estimulan e inspiran; los referentes vocacionales que necesita el intento de transcender emociones y pensamientos y buscar el núcleo germinal de la existencia. De igual modo, las dos citas de Ana Merino y Óscar García Sierra reivindican el tanteo reflexivo del protagonista verbal, siempre observador del entorno en su continua percepción de la incertidumbre y lo mudable. El transcurso de la temporalidad teje desplazamientos indagatorios para acercarse al conocimiento interior, a los estratos que componen la arquitectura fuerte de la identidad y su continua siembra de interrogantes.
Desde los primeros versos, escuchamos la voz de un yo presencial, cercano, confidente, que hace de su palabra una manera de buscar y estar atento a lo que pasa. La existencia reitera pasos y recuerdos. Asume que la realidad es desbroce y poda; expansión y repliegue. Quien percibe, engulle dentro para dar significado a tantos paisajes de ida y vuelta. Llegan aleatorias ráfagas de luces y sombras y conviene acumular espejismos y sueños; la encubierta certeza de que el yo es población activa de un deambular hacia el crepúsculo de la finitud. Pero no hay quejas, sino un estar casi celebratorio que emparenta lo contingente de las aceras cotidianas con la memoria cultural del testimonio bíblico. Retornan Moisés y sus mandamientos, Jesús en el huerto de los olivos, las bodas de Caná, o Lázaro resucitado. El yo verbal se viste de ropa de calle, con la esperanza de encontrar en la casa del pensamiento consejos, similitudes y espirales para moldear y afianzar los sentimientos. Quien oye el aletear de la vida hace del amor, no un recuerdo, sino una vivencia que amalgama el ser y estar, una mirada circular que impregna cada percepción.
En el acto de ser habita la extrañeza, una multiplicidad de estados de ánimo. El latir de los días va percibiendo las erosiones de seres cercanos y las deudas afectivas con muros firmes como la madre, tan presente en el poema “Acotaciones”. También afloran en los versos los contornos generacionales dictados por la precariedad laboral, que conectan Salto de fe con las preocupaciones estéticas de otros poetas que ya son coordenadas centrales de su promoción literaria como Rocio Acebal. También las incertidumbres de la fe son pliegues del discurrir argumental y sus posibilidades expresivas.
El material lírico explora las posibilidades del registro conversacional. Figurativo y cercano, incorpora instantáneas e imágenes de la memoria, que buscan, en la monotonía de lo previsible, destellos de asombro y esperanza. Su carga sentimental enuncia la claridad transparente del mediodía; caligrafía respuestas que plasman en los poemas secuencias habitables, no con un mero afán enunciativo sino con el empuje de que al menos, en la habitación con vistas de las palabras, los cristales reflejen trinos y pájaros.
El poeta abre su entrega Salto de fe con emotivas dedicatorias a quienes conforman la esencial compañía afectiva en el caminar por lo cotidiano. Ellos son los que estimulan e inspiran; los referentes vocacionales que necesita el intento de transcender emociones y pensamientos y buscar el núcleo germinal de la existencia. De igual modo, las dos citas de Ana Merino y Óscar García Sierra reivindican el tanteo reflexivo del protagonista verbal, siempre observador del entorno en su continua percepción de la incertidumbre y lo mudable. El transcurso de la temporalidad teje desplazamientos indagatorios para acercarse al conocimiento interior, a los estratos que componen la arquitectura fuerte de la identidad y su continua siembra de interrogantes.
Desde los primeros versos, escuchamos la voz de un yo presencial, cercano, confidente, que hace de su palabra una manera de buscar y estar atento a lo que pasa. La existencia reitera pasos y recuerdos. Asume que la realidad es desbroce y poda; expansión y repliegue. Quien percibe, engulle dentro para dar significado a tantos paisajes de ida y vuelta. Llegan aleatorias ráfagas de luces y sombras y conviene acumular espejismos y sueños; la encubierta certeza de que el yo es población activa de un deambular hacia el crepúsculo de la finitud. Pero no hay quejas, sino un estar casi celebratorio que emparenta lo contingente de las aceras cotidianas con la memoria cultural del testimonio bíblico. Retornan Moisés y sus mandamientos, Jesús en el huerto de los olivos, las bodas de Caná, o Lázaro resucitado. El yo verbal se viste de ropa de calle, con la esperanza de encontrar en la casa del pensamiento consejos, similitudes y espirales para moldear y afianzar los sentimientos. Quien oye el aletear de la vida hace del amor, no un recuerdo, sino una vivencia que amalgama el ser y estar, una mirada circular que impregna cada percepción.
En el acto de ser habita la extrañeza, una multiplicidad de estados de ánimo. El latir de los días va percibiendo las erosiones de seres cercanos y las deudas afectivas con muros firmes como la madre, tan presente en el poema “Acotaciones”. También afloran en los versos los contornos generacionales dictados por la precariedad laboral, que conectan Salto de fe con las preocupaciones estéticas de otros poetas que ya son coordenadas centrales de su promoción literaria como Rocio Acebal. También las incertidumbres de la fe son pliegues del discurrir argumental y sus posibilidades expresivas.
El material lírico explora las posibilidades del registro conversacional. Figurativo y cercano, incorpora instantáneas e imágenes de la memoria, que buscan, en la monotonía de lo previsible, destellos de asombro y esperanza. Su carga sentimental enuncia la claridad transparente del mediodía; caligrafía respuestas que plasman en los poemas secuencias habitables, no con un mero afán enunciativo sino con el empuje de que al menos, en la habitación con vistas de las palabras, los cristales reflejen trinos y pájaros.
JOSÉ LUIS MORANTE
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