Presentación en Rivas de la edición crítica
ARQUITECTURAS DE LA MEMORIA
Joan Margarit y José Luis Morante
PLANO DE OBRA
(La poesía de Joan Margarit)
JOSÉ LUIS MORANTE
El
despliegue de vivencias generado por la contienda fratricida actuará como
severo condicionante. Concede al discurrir doméstico un sentido trágico y
lapidario, silueteado en la tupida fronda de la memoria. La poesía, con
referencias explícitas a escenarios y personajes, abre una perenne búsqueda de
respuestas en la indefinición cotidiana. Será tabla salvadora y refugio habitable
para reubicar lo vivido en la intensidad reflexiva de la evocación.
La luz del pasado nunca oscurece los lugares que suma el nomadismo
familiar y la clara estela de significados del aprendizaje. Sanaüja, en la
comarca leridana de la Segarra, delimita el primer entorno, la presencia
crepuscular de lo rural en los predecesores; Rubí retiene la pequeña escuela
donde ejerce la madre como maestra, la construcción frágil de las más tempranas
relaciones sociales, marcadas por el miedo y el ineludible fantasma de la
autoridad; Girona unifica la ciudad y el extrarradio con un claro impacto en
los estados de ánimo y el equilibrio inestable entre soledad y alegría; nace en
Barcelona la apertura a un mundo de coordenadas urbanas en cuyo seno emerge,
casi de improviso, un porvenir habitable en la transición del niño al
adolescente y, después, al vitalismo de la juventud. Desde 1948 a 1954,
Barcelona significa el arraigo, la estabilidad, la mejora de las condiciones
económicas y sociales. Además hace posible la estación del bachillerato,
cursado en el instituto Ausiàs March con sostenida frustración. La estructura
autoritaria de la docencia y la falta de motivación crearán un fuerte sentido
crítico en la curiosidad sentimental, que apenas encontró veladuras contra la
desidia.
El traslado paterno por cuestiones laborales a Canarias añade al mapa de
la memoria una parada nueva, Santa Cruz de Tenerife, que abrirá una fértil
cosecha de emociones aurorales. Tenerife oferta un paisaje prístino de luz y
belleza y un continuo caminar por el conocimiento. Serán cinco años de plenitud
en los que estalla la poesía como intensa y definitiva realidad del yo. Nace el
poeta de un modo natural y sencillo, al percibir el lenguaje como herramienta
de expresión sentimental. El joven encuentra en la lectura de Antonio Machado
un recorrido de savia y meditación, que persiste intacto cuando abandona la
isla para estudiar la carrera de arquitectura en Barcelona.
Poco a poco la lectura se integra en el devenir con amplia variedad:
André Gide, los novelistas rusos del siglo XIX, el poso narrativo del existencialismo,
los estratos que conforman la generación del 98, o el grupo del 27. El
estudiante sabe que la cartografía poética es un tantear digresivo y abierto a
la pulsión asistemática. No hay un trazado recto y monocorde. Tampoco en la
formación universitaria que se interrumpe en 1961, al incorporarse a la
editorial Plaza para asumir tareas de redacción sobre temas científicos en una
enciclopedia. Cuando retorna a las aulas ya sabe que elegirá la formación en el
cálculo de estructuras. El pensar asume que el proyecto y la calidad de los
edificios exigen una disposición matemática, sin fisuras, que se plasmará
también en la manera de acercarse al poema.
El
trayecto emprendido sigue una ruta con escalas. Establece como amanecida el
comienzo de los años sesenta, década donde el testimonio social, que alcanza el
mediodía en las obras de Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro, se
convierte en etiqueta impulsora de una urgente transformación. Joan Margarit
deja como amanecida Cantos para la coral
de un hombre solo, editado en 1963 con inesperado umbral de Camilo José
Cela. Así empieza una etapa en castellano de la que sólo sobrevivirán algunos textos
de Crónica, libro de 1975 en la
colección Ocnos. La claridad enunciativa y el ponderado empleo de recursos
literarios anulan cualquier conexión con la sensibilidad novísima del momento y
niegan el posible encaje generacional. En las composiciones no hay aderezos, ni
argumentos exóticos sino lírica reflexiva y dicción natural. Lo metaliterario
es un registro velado que no produce aperturas, desplazado por la perplejidad
existencial.
No tarda en aflorar un afán en el que la lengua autóctona es única
herramienta de expresión. Entre 1980 y 1984, un quehacer continuo en catalán, que
se inicia con L’ombra de l’altre mar,
deja un conjunto de siete salidas, compilado en L’ordre del temps. Poesia 1980-1984 (Barcelona, 1985). Es un periodo
creativo de identificación cultural y múltiples distinciones y premios. En
pocos años suma Mar d’hiver, La dona del navegant y Cantata de San Just. Pero al reunir
frutos en El primer frío. Poesía
1975-1995 (2004) someterá la producción a una severa poda, como si el
intenso quehacer no hubiera soportado con entereza las erosiones. De esta etapa,
el rigor propio salva únicamente treinta y seis poemas acogidos bajo el
epígrafe Restos de aquel naufragio.
Los textos que perduran guardan notorias afinidades al capturar secuencias
cotidianas, connotaciones figurativas de un paisaje moral.
Por tanto, la antología supone una demolición y otro montaje del
edificio poético que, de este modo, encuentra redacción definitiva. Con Luz de lluvia (1987) llega la madurez en
la voz, con una sostenida sintonía entre el aporte emocional y la austeridad
expresiva al materializar el poema. Como testigo presencial que percibiera el
monólogo continuo de la lluvia y su simbolismo semántico, el sujeto verbal
convierte la memoria en patrimonio capaz de remover el fluir de la conciencia.
Amalgama sensaciones y recuerdos. Con frecuencia se fija en relieves de la
experiencia utilizando la tercera persona del narrador omnisciente. Esta
perspectiva alienta la pulsión meditativa que así cobra una expresión menos
abierta a la intimidad emotiva. Las composiciones dispersan influencias
canónicas, Platón, Parménides, Baudelaire, Rilke, Pavese o Borges. Pero no
faltan vértices hegemónicos como la música, el mar o elementos extraídos del
paisaje urbano, junto a presencias de continua entidad como Mariola y Joana,
siempre a cubierto de olvidos y sombras.
La versión al castellano de Edat
roja (1990) a cargo del profesor, poeta y crítico Antonio Jiménez Millán
incorpora una apertura que condensa claves. A pesar del ámbito crepuscular de
algunos poemas, no es un itinerario umbroso sino un soliloquio dialogal con el
yo interior. En él se dan la mano el fluir de la razón y el recorrido de los
sentimientos, cuyos quiebros propician evocaciones y nostalgia. Como sucediera
en Luz de lluvia, el campo cultural
convoca a Maquiavelo y Mayakovsky, se busca en la música un refugio y renace el
prolijo rastro de sueños. Las vivencias siguen en el ahora; sugieren una lámina
caída sobre el asfalto del presente que las palabras del poema recogen para fertilizar
la mirada ajena: “Tus ojos serán míos un instante / y, a cambio de dejarte oír
en los cristales / la lluvia que ahora escucho, y hacerte cómplice / de mi
futuro, que tú podrás conocer, / impedirás que muera, y una tarde, / me dejarás
ser tú en otra lluvia”.
Al
hilo del poema de Rubén Darío que da título al libro, Los motivos del lobo (1993) se acrecienta la tendencia al
pensamiento. La composición se acerca a la fábula mediante la personificación
de animales, objetos inanimados o ideas abstractas que aportan una enseñanza
sobre arquetipos y valores. Asimismo es mayor el soporte enunciativo, al modo
de Carver o R. Frost. La poética aglutina además magisterios de Vallejo, Espriu
o Quevedo. Todos comparten una continua preocupación existencial, sin escorarse
en la queja, sin resignarse a la melancolía de quien reconoce los códigos
perecederos del tempus fugit. El
balance nacido de la introspección advierte del escueto patrimonio de ilusiones
y utopías que guardan los espejos. Resulta clarificadora la imagen del
monumento que tras la serena apariencia exterior solo es un vacío hecho de
óxido.
El prólogo que Luis García Montero escribe para Aguafuertes (1995) recalca
que trayecto existencial y cauce lírico son entidades próximas. Ambos se
complementan en la búsqueda de sentido del discurrir. El carácter de las
palabras, receptoras de señales abiertas por los días, crea realidades
transcendidas y habitables; añade sendas biográficas no vividas. Aguafuertes emplea la introspección para
interpretar los oscuros grabados de la realidad. Busca en el pensamiento
alternativas a la desolación. Ralentizadas en el friso sentimental, las escenas
encuentran funciones emotivas, someten al lenguaje a una decantación, como
defendiera Gabriel Ferrater, y depuran complejidades intelectuales. Nada se
escribe desde el artificio sino desde la intensidad testimonial.
Joan Margarit, al reflexionar sobre el periplo personal, engloba las
entregas Estación de Francia,
(1999), Joana (2002) y Cálculo de estructuras (2005) en un registro distinto, en el que
adquiere plena cimentación lo autobiográfico y la escritura de los
sentimientos. Este enfoque llega sin rupturas, preservando en la puesta en
escena hábitos formales y asuntos argumentales.
Fechada en marzo de 1999, resaltan en la salida de Estación de Francia dos elementos: el prólogo “Sobre las lenguas de
este libro” y el acopio de notas del epílogo. Se percibe como un poeta bilingüe
que crea en las dos lenguas al mismo tiempo. No traduce sino que ambas lenguas,
catalán y castellano, contienen la esencia del poema, sin prácticas sucedáneas,
y esa doble identidad se mantendrá sin veladuras hasta la conclusión del
recorrido.
El punto central que la fragilidad adquiere en la convivencia se hace
argumento único en el libro Joana (2002).
En la reconstrucción de lo vivido, el poeta encuentra salvación y consuelo
frente a la herida abierta del final. Las emociones se recrean con distancia
objetiva para alzar una puesta en escena autobiográfica. Los poemas son
anotaciones de un diario sentimental en el que despliega el adiós de la hija
afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe y fallecida a los treinta años.
Escribir es escuchar la voz interior, advertir lo efímero, sentir el frío y sus
rincones de soledad, y demorar los gestos del olvido.
La preparación científica y el ejercicio docente durante décadas como
catedrático de Cálculo de Estructuras en la Escuela Superior de Barcelona
resultan esenciales en la perspectiva elegida al escribir poemas. El haber
profesional inspira el título Cálculo de
estructuras (2002) y genera mayor dureza expresiva y el soporte minimalista
en la apertura de cauces sentimentales. El discurrir acumula ausencias; es presencia
tenaz el estar gravitatorio de la muerte como ineludible acantilado. El balance
borra cualquier rastro de paraíso edénico para ajustarse a la desnudez de la
partida. Así lo perciben la evocación y el tacto gélido de la melancolía al
asumir la certeza del último viaje. De cuando en cuando el pretérito muestra
rescoldos. Son impulsos de rebeldía para aventar el fondo de experiencias. De
ese sustrato nace un epitelio emotivo que se hace razón de vida y pone claridad
en lo diario.
El tramo de la senectud va acumulando el tacto de escarcha de la
intemperie. Cada vez se hacen más evidentes las incertidumbres, pero también el
consuelo de la palabra escrita, la certeza de una mínima luz que pone a salvo
entre los muros del poema. Casa de
misericordia (2007) afronta el campo estéril de lo real sin falsas
esperanzas, asumiendo los materiales proclives al deterioro de la identidad:
“Ser viejo es una especie de posguerra”. Se hace necesario saber dónde están
los espacios protectores y afrontar que las amanecidas son extraños epílogos,
escenarios que niegan el final feliz y llevan a la penumbra y el silencio.
Como secuencias al paso, los textos dibujan un fragmentario enjambre de
desolaciones. Recuerdos y mínimos apuntes urbanos que entrelazan callejones
oscuros y evocaciones son la letra menuda de un disgregado dietario. La
intimidad es musgo; se deshace en una estela de inertes señales de soledad. El
presente se transforma en una geografía de quietud por la que avanza, con paso
torpe, la memoria, ese lugar de encuentros donde sobrevuela la tristeza. Al
recuperar lo vivido se desdeña la abstracción para buscar el anclaje de
referentes concretos, aunque bañados en una cierta niebla atemporal. Otra vez
amanece la inocencia intacta de Joana y su cercanía. La existencia se percibe
como senda que convierte la pérdida en una sensación encallada. Recordar es un
acto de afirmación de la voluntad, una panorámica en el tiempo que ayuda a
liberarse de los propios fracasos.
La epidermis de los años mantiene sus incisiones, sus irregulares
declives. En el poemario Misteriosamente
feliz (2009) la textura del verso hilvana una mayor trascendencia
filosófica. Constata a través de símbolos nuestra naturaleza finita y temporal.
Las pérdidas recuerdan icebergs que, apenas visibles, acechan los pasos de la
travesía. Uno de los mejores poemas del libro “Amor y supervivencia” recuerda
miedos y esperanzas, da voz a esos rostros que han sobrevivo al áspero abandono
del vivir. Nada se repite y llega un tiempo donde nadie espera, pero espacios
germinales como el amor han sabido resguardarse y mantener a la temperatura adecuada
en el invierno. Quien se adentra en la meditación ha construido un estar
cumplido, sin especulaciones y falsas esperanzas; sin perturbaciones que
despejen incógnitas. Solo anida, con tercos materiales de entretiempo, la
certeza de que todavía la felicidad es posible.
Sale
en 2011 No estaba lejos, no era difícil.
La entrega profundiza las circunstancias de la naturaleza humana en el
discurrir. El cariz lírico sigue marcado por la mirada indagatoria y por los
surcos abiertos del recuerdo. La voz poética huye de esos cantos de sirena de
una realidad proclive a sucedáneos. El presente es el único tiempo, pero ejerce
una solitaria conversación con el pasado para evitar la mirada sombría del
porvenir. Queda la dignidad de asumir que se camina a solas y que el horizonte
está cerca y es sombra y vacío. Nadie se salva de la intemperie, pero no hay
miedo a la vejez. Conforta el patrimonio de lo vivido, los gestos que han
moldeado la sed de ser.
La digitalización ha creado su propio campo expresivo. Se trata de estar
conectados de forma continua a móviles, ordenadores y otros artilugios. Nada es
tan desconcertante como la desconexión y la impotencia de viajar por la red. El
poeta, siempre magnífico al titular sus libros, elige la expresión Se pierde la señal para su entrega de
2013, previamente publicada en Proa. En la misma estela de humanismo
existencial y realidad transcendida de salidas anteriores, el conjunto advierte
de la pérdida de fuerza vital, por más que la voluntad se empeñe en sortear las
acometidas del vendaval del tiempo. La finitud condiciona, pero la vida está
ahí cercana e intensa todavía. Puede contemplarse en toda su extensión porque
está dentro y conforma el laboreo sentimental de la memoria. La lucidez aleja
raíces oscuras y despliega una sensibilidad estoica, capaz de hallar calor en
los recuerdos y despertar vivencias. Las horas desveladas tienen voz, aprenden
que la poesía compone un relato autobiográfico, de lindes abiertas, desde el
lenguaje de la evocación.
El epígrafe Amar es dónde, que define la salida de 2015, transforma un concepto
en espacio físico, como si el lugar fuera estante en el que perdura intacto lo
vivido. Todo se percibe desde un mirador crepuscular y distante, bañado por una
luz tenue que mitiga los trazos del recuerdo. También el pasado envejece y su
tejido muestra una epidermis gastada, que acrecienta la sensación de
desvalimiento. El sujeto verbal es consciente de haber perdido para siempre un
paréntesis biográfico generoso que, poco a poco, se desvanece. Las palabras se
empeñan en anclar lo efímero y hacen del poema “una consecuencia de algo que no
ha existido”, aunque suena como un río rumoroso que deja conocimiento y
compañía.
Estremece leer el principio de verdad que habita en los poemas de Joan
Margarit, como en los versos del poema “Ciudad”: ”Sonriente también yo, te miro
al evocar / lo que con inocencia, de joven pretendía: / que nunca mis poemas
fueran literatura”. La coda en prosa de Amar
es dónde asocia la vejez con un itinerario en el que la indiferencia ayuda
a controlar la angustia. Es un tiempo que gana densidad porque concede una
lucidez alejada de lo superfluo y corrobora que “el poema no puede venir más
que de la propia vida. Solo así será muro firme contra la oquedad de fondo
creada por pérdidas y ausencias.
No hay tristeza en la percepción del final de ruta de la senectud. Un asombroso invierno (2018) asienta al
sujeto poético en un territorio de frontera. Más allá solo el vacío; aquí solo
un ahora que no admite engaños y que encuentra en el pasado la energía precisa
para beber del registro experiencial. En el umbral la alegría del presente,
tranquilizadora y conforme. La ausencia de autocompasión emana de la
honestidad del recorrido personal. Como
escribe el poeta en el epílogo: “El antes y el después, esos dos misterios cuya
tensión condicionaba el pensamiento, se han equilibrado ahora en una nueva
levedad. Lo que siempre he llamado e imaginado como el mañana ha sido sustituido por su olvido y, a la vez, mi pasado
ha sido catapultado tan lejos, que casi se ha vuelto, también olvido”. La terca
presencia de la vejez permite comprender, concede al pensamiento la claridad
que nunca tuvo. Ya no hay apego a la vida sino el paso dispuesto a caminar
ligero de equipaje.
Animal de bosque (2021) corrobora el vínculo esencial entre
expresión poética y trayecto biográfico. Las composiciones alumbran un
pensamiento metafísico, volcado en la tentativa de integrar la memoria y su
largo periplo hacia la inexistencia en la racionalidad simbólica del lenguaje.
La autorreflexión se desplaza por lo referencial para adentrarse en las
profundidades de lo humano. Es la voz de un solitario que ha llegado al confín
de sí mismo, que ha percibido los riesgos de sentirse vivo y los afronta con
coraje, hasta convertirse en un superviviente que asoma la mirada y el
cansancio al mar sin olas de la muerte. Como dunas de luz, los poemas de Joan Margarit nacen desde la soledad y
el silencio. Son sensaciones aislantes que mantienen a precisa distancia el paisaje
exterior. El ruido externo se diluye en escuetos rumores; permite oír un
pensamiento sensorial inmerso en la extrañeza de estar vivo. No hay vuelta
atrás en el fluir de la existencia, apenas el rastro polvoriento de momentos
únicos que solo la poesía puede reconstruir y dar sentido. En el umbral de
quien se dispone a habitar lo invisible, la claridad serena del conocimiento, la
herida insomne de que nada fue en vano.
La práctica del autor completa un plano de obra sin oscilaciones,
estructurado con solvencia en varias etapas temporales. Su dibujo aporta un
crecimiento orgánico que refuerza constantes y cimientos estéticos persistentes.
Nacido el 11 de mayo de 1938, en plena guerra civil, la infancia estará marcada
por la carencia y la pérdida. Esas manchas oscuras del entorno conforman el
sustrato narrativo del libro de recuerdos Para
tener casa hay que ganar la guerra (Austral, 2018) que el poeta considera
largo epílogo y acompañamiento necesario del legado lírico y la genealogía textual.
JOSÉ
LUIS MORANTE
Revista cultural
TURIA, número 141-142,
Marzo-mayo, 2022,
págs. 19-26
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