viernes, 21 de agosto de 2026

JAVIER MATEO HIDALGO. SINFONÍA PARA UN SOLO MÚSICO

Sinfonía para un solo músico
Javier Mateo Hidalgo
Prólogo de Daniel Huerta Goya 
Editorial El Sastre de Apollinaire
Colección Poesía
Madrid, 2025

 

QUEDA LA MÚSICA

 
    La poesía de Javier Mateo Hidalgo (Madrid, 1988) mantiene una nítida solución de continuidad, como si los cimientos del yo encontraran en el taller abierto una manera de recorrer lo cotidiano; una búsqueda de sentido de la condición existencial. La voluntad creadora fija lo efímero, trasciende la inmediatez perecedera. Profesor de Bellas Artes en un instituto público madrileño, crítico, dramaturgo y artista visual, la estela lírica de Javier Mateo Hidalgo alienta un discurso reflexivo que fortalece músculos con la experiencia vital.
   El paso armonioso de sus entregas conforma una travesía formada por dos tramos claramente definidos. Un tramo de formación y epifanía integrado por El mar vertical (2019), Ataraxia (2022) y algunos momentos de La imagen sonora (2023), aunque esta entrega puede considerarse una bisagra hacia el afianzamiento. Y una etapa de madurez que deja registros en Arquitectura del sueño (2024) y se fortalece en los conjuntos Novela (2024), y Exposición permanente (2025). A este intervalo creador se suma el libro que alienta esta reseña, Sinfonía para un solo músico, una compilación unitaria de poemas con un pórtico conciso de Daniel Huerta Goya.
   El texto alerta de la afinidad ética y estética con el autor y la existencia en su propuesta de dos núcleos temáticos esenciales: aditamento biográfico y soporte cultural. Son anclajes significativos que, en su condición semántica, muestran afinidades con el juicio crítico de José María Parreño, escrito para Exposicion permanente: “El poema enuncia tejidos de memoria y pensamiento y constituye nuestra única forma de fijar, transmitir y descifrar poesía”. Por tanto, nos hallamos ante una autobiografía ficcional repleta de vislumbres del ser. Un retrato íntimo del yo recreado con un tono meditativo, con pulsión vitalista y sensibilidad elegíaca. Javier Mateo Hidalgo recobra la entidad del pasado, vuelve los ojos hacia los repliegues de la confidencia para encontrarse consigo mismo.
   La introducción examina también el sesgo regulador de la música y su mano inspiradora para dotar a la escritura de un sosegado epitelio sonoro. Sobrevuela los sentidos la séptima sinfonía de Beethoven. Sus movimientos sirven para estructurar un poemario en el que la atmósfera sonora constituye una pulsión orgánica. Para el poeta la música es un paisaje vivo, cambiante, pleno de empatía sensorial, en el que se acumulan sensaciones empeñadas en perdurar. En él se ensamblan vivencias dormidas y sensaciones. Sus armoniosos pasos acogen secuencias del tránsito vivencial. Llenan de significado el tiempo oscurecido, mientras el poeta contiene el aliento para oír la voz de Whitman, Juan Jamón Jiménez y María Zambrano.
   Toca interpretar las partituras. Hay que improvisar escalas y arpegios desde la memoria. En el trasiego de lo cotidiano, repleto de mudanzas y cambios, el poema traza un camino interior. Es una forma de evitar la niebla del tiempo y su capacidad para borrar los pasos de la identidad. El recuerdo llena vacíos, descubre en la pared las huellas de un niño que se desplaza hacia el ahora.
  Cada movimiento abre el misterio. Despierta una respiración que se acompasa entre la obligación y el sueño. Pensamiento e imaginación moldean la belleza del mundo. La música pone voz y sensaciones. El yo poético se siente “un simple trasmisor de la voz de la música”.
   En una poesía enunciativa de aliento realista, donde el ideario versal niega sombras y hermetismos, sorprenderá al lector el perfil caligramático del poema “Diálogo entre el músico y sus instrumentos (Caligrama)”. Se trata de una composición que conjuga fuerza visual y enunciado narrativo.
   Tras la obertura, el libro deshoja destellos que conforman espacios simbólicos. En la segunda sección “Allegretto” resalta el tono emocional de lo biográfico y la captación de atmósferas: las amistades perdidas o recuperadas en el tiempo, la soledad del diferente en las gregarias aulas del instituto, y ese lento proceso de maduración personal, con recuerdos desperdigados en la brisa de los días.
   Poco a poco, el escritor expone con sinceridad las líneas maestras del libro. Así sucede en el poema “Pastoral impresionista”, donde escribe: “Aunque la estructura de este poemario / tiende a ser una falsificación / de la séptima beethoveniana, quiero hablar ahora…”. El comentario verbal no solo define los contornos del conjunto sino también concede un papel protagonista al legado cultural, a la hora de diseñar la escenografía interior y a la música, como desvelo emocional permanente.
  El apartado “Descanso” acentúa el registro evocador. En esa apelación a la memoria, cuajada a veces de sensaciones de soledad e incomprensión, se fortalecen el amor a la música, la literatura y los viajes en los que Italia, por su inagotable, friso cultural, se singulariza como escenario de felicidad gozosa.
   El cierre de Sinfonía para un solo músico, titulado “Presto”, corrobora que la caligrafía invisible de la expresión musical es la manera de transcender la abulia cotidiana. Reconforta el desfile de nombres propios de compositores y piezas inolvidables. El entrelazado de piezas y sensibilidades también articula la partitura vital, ”es embalse, lámina de azogue limpia”. Idealiza y convierte el amor en ensoñación.
   El poemario de Javier Mateo Hidalgo, sobre cualquier otra consideración, es un sostenido homenaje a la música. Cada audición se hace armonía y vuelo en el verso. Es una manera de buscar los sentidos ausentes de quien dispersó pasos en el tiempo y encontró un fondo sonoro que perdura intacto.


JOSÉ LUIS MORANTE




 

jueves, 20 de agosto de 2026

GENTE COMÚN

Vintage
Archivo general de internet

 


                                           Hablar poco  es lo natural.
                                           Por eso
el torbellino no dura toda la mañana
ni dura todo el día la tormenta.
 
                        Lao  Zi
 
El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible
y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta.
 
                        Jorge Luis Borges
  7


GENTE COMÚN

 

La escritura y yo, versión literalista del matrimonio, restaurante discreto en el que sólo hay sitio para dos comensales.

Alguien escribe. Soy parte de la trama. Un personaje episódico.

En la lisura del cristal, los aspersores del jardín difunden transparencia en el corazón del verano. Pienso en aquella línea de Jorge Luis Borges: “No pasa un día en el que no estemos, un instante, en el paraíso”.

Que el desconcierto no sea obstáculo interpuesto; camina junto a él.

Estoy aquí. Aunque desconozco la localización exacta del aquí.

Colecciona fósiles. Quiere entender el discurrir del tiempo sin la nebulosa atribulada de lo inmediato.

Como Narciso, hice del espejo un lugar de introspección.

Ejemplos del vacío, las estatuas carecen de secretos.





miércoles, 19 de agosto de 2026

POÉTICA

POEMA

 

     
 
E-mail
 
El mensaje conciso,
sin tallo emocional,
sin hojarasca;
sólo el misterio
de la transparencia
y el hilo concesivo
del discurso coherente.
Que el teclado perciba
desnudez, eficacia,
y la respuesta fiel
del mensajero.
 
           JOSÉ LUIS MORANTE

martes, 18 de agosto de 2026

RODOLFO SERRANO. HOTEL EN LAS AFUERAS

HOTEL EN LAS AFUERAS
Registro de viajeros
Rodolfo Serrano
Prólogo de José Luis Morante
Lastura ediciones
Madrid, 2025

 

DESDE EL PONIENTE

  
   Una luz amarilla y gastada alumbra la distancia entre la madurez y el camino de vuelta de la senectud. Es un recorrido vital que enseña a bajar la voz y moldea, en la esfera de todos los relojes, el instante gastado de un presente continuo. Ya no resulta necesaria la prisa. El ahora convierte su cronología en un lugar doméstico, una sala de estar con ventanas a la memoria y con tertulia sensitiva con el pasado. Lo vivido muda en constante página en reconstrucción, donde todo tiene la textura de lo contingente. Solo las cuestiones esenciales de cada ecuación diaria preservan las incógnitas sin resolver.
   La palabra poética se convierte en crónica vital. Mira, con los ojos casi cerrados, un futuro que se diluye lentamente, mientras sus pasos rezagados conducen a ninguna parte. Mañana es un horizonte especulativo, un tranquilo páramo mesetario ajeno al maquillaje ampuloso y grandilocuente de la celebración. El pensamiento secuencia su fluir apoyado en la lógica de lo real, en la percepción sensible que depara el juego de impresiones de lo cercano. Así que la poética se convierte en una invitación a la confidencia sobre los procesos vitales que conducen al escepticismo y la decepción, al umbral del olvido.
   Siempre que regreso al quehacer literario de Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947) el yo poemático muestra un cálido carácter confesional. El poema se convierte en un espejo privado que necesita ahondar en lo que permanece y en la validez de la experiencia. Los versos alumbran un espacio compartido, una senda llena de sensaciones que recorre los paisajes interiores de la naturaleza humana. La voz explora los rasgos del sujeto marcados en el tiempo e indaga en la identidad de quien sale a descubierta desde la meditación para acercarse a sí mismo.
   Abunda en el poemario Hotel en las afueras la soledad desnuda de quien hace recuento de algunos paraísos perdidos: el amor, la belleza, la pasión, el deseo o aquellas arquitecturas sentimentales que cobijaban sueños, ilusiones y esperanzas.  La voz de quien recapitula sobre la existencia como estela de adversidad y pérdida. Casi todo lo que tuvimos está detrás. El acontecer dibuja los relieves de un áspero mundo que muestra las cicatrices del trascurrir, mientras sobrevuela un aire denso, de melancolía y nostalgia. La felicidad parece una vivencia ajena, un reflejo fósil encerrado en resina. Como sugiere el título, se busca un refugio compartido, una trinchera a resguardo para suturar las heridas abiertas y proseguir ruta en el tablero de lo cotidiano, con la esperanza puesta en la evocación, aun cuando la memoria haya convertido en hábito la tristeza como ensimismada compañía. Toca vivir rebobinando fragmentos, siendo fiel en lo posible a los restos del naufragio.
  Los lectores que busquen la razón del poema en Hotel en las afueras percibirán en la sensibilidad de Rodolfo Serrano una nítida cercanía con los poemas de Raymond Carver, el poeta que vivía la esperanza como una función esencial de la conducta diaria, como la búsqueda de algo indefinido que detendría el tiempo, como sucede en los reductos visuales y el cromatismo frío de Edward Hopper. Añadiría también, en la afectuosa genealogía de magisterios, a Ángel González, el inolvidable poeta de la generación del medio siglo, autor de Palabra sobre palabra, y a Karmelo C. Iribarren, siempre aplicado en el terco quehacer de inventar al lenguaje una barra de bar con lluvia fuera, un centro indispensable de emoción. Son poetas que, en el deambular de la conciencia y en su capacidad de comprender, abren una ruta de salida, un minifundio que cura la cellisca desapacible de la soledad, un espacio de penumbra y sueño donde el camarero sabe los nombres de pila de sus parroquianos y deja la penúltima por cuenta de la casa.
    El cuerpo no se acostumbra nunca a dormir solo. Necesita el oxígeno del poema para buscar un hueco a los andenes solitarios donde solo la niebla espera la llegada del último tren; donde las habitaciones de una noche prestan la mano alzada de sus espejos a los desconocidos; o  marcan la silueta de un cuerpo tumefacto que muestra en su epidermis las magulladuras de los sueños que nunca alzarán vuelo. Cae la tarde; con el pulso tembloroso de la melancolía, una mano cansada escribe versos de amor y de nostalgia, historias de pasiones inventadas en las que se abrazan sombras invisibles.
   En los registros de la poesía meditativa nunca tienen problemas de convivencia la filosofía existencial, hecha de certezas provisionales, y la llama encendida de los sentimientos. La buena poesía nunca se sale por la tangente; es una suma al contado de latidos asimétricos, pensamientos y sueños dispuestos a arrimar el hombro a los muros de la realidad. Y esa lluvia de polen deja su evidente resultado en Hotel en las afueras, donde cada poema nombra con lucidez las páginas manoseadas de lo cotidiano. La conciencia del personaje lírico encaja con la vestimenta del perdedor. Alguien que se mueve a contracorriente, sin nadie al lado en quien depositar un brazo sobre el hombro. Apura a solas el cigarrillo de la resignación, como si entre la noche hubiera consumido una historia de amor que se diluye con la luz del día. Si duele, queda el poema, los silencios escritos que dicta el corazón. Cae la tarde y alguien escribe sobre la piel de la añoranza, mientras contempla el vuelo de algún pájaro sin nido. En su mirada, la encendida plenitud de quien aspira un resplandor de amanecida porque “la vida, y el poema y los amores / son, todo,  sombras, de la misma luz”.    
     
JOSÉ LUIS MORANTE



 

Rivas, primavera de 2024

lunes, 17 de agosto de 2026

PELDAÑOS

Ascensión al vacío

 
 PELDAÑOS

Alguien
            cae
     en
         su
primera caída
 
ALEJANDRA PIZARNIK
 
 
Inadvertido nadie, ángel que acaba de llegar y ya regresa.
 
 
Durmió en la umbría de lo real un largo sueño y amaneció cubierto de musgo.
 
 
Anda cerca. La voz del ramaje predice la música del vuelo.
 
 
En la lisura del espejo las plumas son esquirlas.
 
 
En la enésima inmersión aprendió a  aletear bajo el agua
 
Con dedos de aurora moldeó un sueño: se hizo hombre.
 
 
Cansancio. Alas cosidas.
 
 
A la intemperie, el ángel solo practica el vuelo raso.
 
 
He visto un nuevo poblador de azules. No es igual que yo. Sus alas son más sólidas. Se llama Ícaro.
 
 
Desnudez; el excesivo equipaje ralentiza el vuelo.
 
Sentido de lo mágico. el pez volador quiere ser ángel.

(Aforismos en la escalera)




sábado, 15 de agosto de 2026

POESÍA Y CRÍTICA

Recorridos

 

LA CRÍTICA COMO PLACER LECTOR


   En su tarea de hacer lectores, la crítica traza juicios sobre la realidad literaria, pero también construye trampantojos y confunde al lector cuando se pliega a intereses editoriales concretos; el crítico entonces se convierte en un hacendoso comercial que puerta a puerta enaltece las invisibles cualidades de un producto.
 
   Ya he comentado en varios sitios las razones privadas que justifican mi dedicación a la crítica. La lectura frecuente de autores como Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Jaime Gil de Biedma o Luis Cernuda propician la idea de que la escritura de varios géneros convive sin problemas de vecindario y es un hecho natural en la tradición literaria. Poesía y crítica en mi caso se ensamblan sin disidencias; la crítica no es un subproducto, prolonga el pensamiento teórico dedicado a mi propia poesía. El quehacer crítico debe ejercerse sin ningún dogmatismo, sabiendo que la obra literaria tiene un sentido plural y que los aportes de nuestra visión analítica tienen una vigencia limitada y parcial. El crítico es un lector intuitivo que poco a poco completa una personalidad intelectual.     
 
   El ejercicio de la crítica me ha deparado momentos de gran felicidad y ese es uno de sus efectos más reseñables; casi tanto como algunos sujetos comunes de carne y hueso, ha marcado mi vida el persistente contacto con identidades imaginarias con un alto poder de persuasión que han clarificado y dado consistencia a las relaciones de mi yo con los otros.
   En tiempos  de incurable materialismo es hermoso pensar que la lectura nos concede la posibilidad de construir un abismo; de sustituir el mundo real por un mundo ficticio.


(Apuntes sobre la crítica)



viernes, 14 de agosto de 2026

EL IMPOSTOR

El otro
Madrid

 

EL IMPOSTOR

 

Un sueño es la mitad de una realidad

JOSEPH JOUBERT

 

   Sin ángulos muertos, se vio a sí mismo en los meandros del sueño prodigando actitudes insólitas. Cerró los ojos ante la imagen patibularia. Su comportamiento estaba lejos del molde de rigidez victoriana que se atribuía. Era un impostor. Debajo de la historia existencial permanecía el registro intacto de otra biografía. Necesitaba una purificación extrema, mientras sentía en el pecho la punta de aguja de la desolación. Empezó por no respirar. Ahora sabe que solo cuando duerme es él. En el sueño en silencio retornan las cosas a su funcionamiento natural.


(De Cuentos diminutos)