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La ciudad de las luces muertas David Uclés Premio Nadal de Novela 2026 Ediciones Destino Colección Áncora y Delfín Barcelona, 2026 |
OSCURIDAD
La reciente propuesta ficcional
de David Uclés (Almería, 1978) La ciudad de las luces muertas, tras el
irrepetible terremoto literario que supuso su entrega La península de las
casas vacías, en 2024, llega avalada por el Premio Nadal de Novela y una contradictoria
acogida de lectores y crítica.
El libro es, ante cualquier otra cosa, un relato coral que sirve de
homenaje atemporal a Barcelona y convoca, en su caminar narrativo, a un completo
inventario de personajes relacionados con la cartografía urbana de la ciudad.
Incluso el paratexto de las citas iniciales es también una deuda afectiva con
la emblemática urbe, en la que participan Carmen Laforet, Mercè Rodoreda y
Montserrat Roig. También el prólogo, que tiene como figura central a Carlos
Ruiz Zafón en el intervalo crepuscular de su despedida entre los rascacielos
neoyorkinos, sirve de excusa para ubicar un visión insólita: la llegada en
barco de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona, la obra arquitectónica
de Antoni Gaudí, por fin concluida que, de forma extraordinaria, se despega de
su emplazamiento convencional para huir de una contingencia inexplicable. Ha
desaparecido la luz y en esa densa negrura envolvente, el discurrir en cada
rincón parece imitar la silenciosa paz de un cementerio. Las construcciones respiran,
vacías y desoladas, como si todos sus habitantes se hubieran acogido a una
extraña ausencia inexplicable.
Los capítulos rescatan presencias literarias conocidas, cuyo encuadre
crea un clima de complicidad con el lector. Así sucede al comienzo de la novela
cuando, en la grisura de 1941 en una Barcelona desangelada y ruinosa que
muestra con estrépito las heridas de la guerra civil, emerge la juventud
inquieta de Carmen Laforet. Una misteriosa invitación, que llega a las manos de
la futura escritora de forma casual, le hace partícipe de unos pintorescos juegos
florales que reivindican al amparo de la noche la celebración del catalán y la
poesía. El escenario tiene mucho de propuesta teatral, por donde deambulan actores,
artistas y músicos, como Paul Casals.
Al regreso, el laberinto urbano acoge otras identidades como Julio
Cortázar, trasmutado en fotógrafo, cuyos recuerdos depuran la pretensión de
buscar los pasos de la Maga en el callejero barcelonés. La libertad imaginativa
dibuja un plano misterioso e irreal, cuyo tejido se trastoca de continuo. Monopolizan
los enclaves reconocidos figurantes: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jaime
Gil de Biedma y Simone Weil. Son nombres que postulan un yo narrativo
enriquecido por incontables referentes culturales.
Aunque el estilo de David Uclés es mucho menos exuberante que en su
libro anterior, no pasa inadvertido el propósito de buscar un lenguaje más
despojado y comunicativo que explora también algunos recursos formales como el
texto manuscrito o páginas negras en las que se personifica el apagón y la
textura de un tiempo que siembra oscuridad en cada rincón y trastoca la
sucesión lineal de la cronología. El complejo estar se debe a una contingencia
ilógica que desconcierta al mismísimo Pablo Picasso, visitando una librería que
contiene ediciones del futuro.
En este estado de oscuridad perpetua, la ciudad asume un desconcierto de
tiempos y ambientes. Es un lugar inquietante con textura onírica, cuya
naturaleza nadie acierta a comprender. Se genera una compleja situación
política que siembra el caos cívico. Épocas, acontecimientos y personajes, solapados de continuo, crean una
atmósfera de imaginación y fantasía que convierte las calles y plazas en
escenarios imposibles y caóticos. La paz social finiquita, como si sobrevolara
sobre cualquier existencia un cataclismo inabordable. Aquel mínimo deseo de la
joven Carmen Laforet -el personaje vertebrador del relato- de aspirar a ver la
Sagrada Familia con luz perenne, más allá de cualquier oscuridad, ha generado
una densa sombra sobre lo diario, a la que se buscan explicaciones ideológicas
y beligerantes.
Uclés afirma el hilo narrativo con apariciones instantáneas de nombres
propios ligados a la ciudad, que alguna vez fueron activos protagonistas del
arte, la cultura o la vida social. Esa riqueza nominal de personajes genera
asociaciones insólitas y añade a la lectura distintos planos de comprensión y
significados simbólicos, no exentos en ocasiones de una persistente gratuidad
en la ramificación argumental. El caudal digresivo genera desconcierto y rompe
el ritmo lector, hace que la lectura no encuentre un ritmo pausado, esa
maravillosa cualidad de otras novelas que hicieron de Barcelona un escenario
inolvidable como las de Eduardo Mendoza y Juan Marsé, tan distintos, tan
sólidos, tan dispuestos a crear sensaciones de añoranza y nostalgia ante el
experimentalismo desbordado de David Uclés.