martes, 23 de julio de 2019

JESÚS MUNÁRRIZ. ESCARAMUJOS

Escaramujos
Jesús Munárriz
Editorial Pre-Textos
Colección La Cruz del Sur
Valencia, 2019

SABOR DE INFANCIA



   En la antología Materia del asombro, seleccionada por Francisco Javier Irazoki, se vislumbra el largo itinerario lírico de Jesús Munarriz, entre 1970 y 2015, a través de una selección representativa de setenta y cinco poemas. El cardinal servía de homenaje afectivo para conmemorar el septuagésimo quinto cumpleaños del poeta, traductor y editor. La muestra integra un liminar sobre la voz poética de Munárriz con este párrafo clarificador: “En ella está la voz del hombre que cuida su idioma, la del coleccionista de preguntas, la de un ser enamorado, la del artista con inquietudes cívicas, la del que acompaña a un guía…”. Evidencia que los argumentos se nutren de un yo plural que fusiona contingencia y pensamiento, que hace del lenguaje un sustrato instrumental para constatar la sensibilidad y el compromiso del sujeto.
  La preceptiva clásica japonesa del haiku impone al yo una veladura especular; la imagen del poeta se borra para focalizar en primer plano un entorno natural, sometido al renovado proceso de lo transitorio. El devenir contemporáneo difunde nuevas perspectivas líricas y es frecuente encontrar haikus en los que se asoma esa solitaria voz coral que enmarca en tres versos sus visiones sobre el entrelazado que conforman entorno y sujeto receptor. Asú sucede en los libros de haikus que Jesús Munárriz ha ido escribiendo hasta la fecha, Jaikus aquí (2005) y Capitalinos (2018), a los que ahora se añade Escaramujos (2019), una obra cuyo título recupera el sabor de infancia y enaltece la cercanía a la naturaleza,  aquel deambular entre zarzas, moras y rosales silvestres
   Si en Capitalinos el laberinto urbano se convertía en lugar del poema, en Escaramujos el paseante retorna al hábitat campestre y a los espacios de sosiego y soledad rural: “Llueve en el pueblo, / En lo alto de la sierra / cuaja la nieve”, “Pican los tordos / entre la nieve blanca / escaramujos”, “En un sembrado / un bando de avefrías; /  recobran fuerzas”. Se tantea el sentir más clásico de la estrofa, ese minimalismo formal que convierte cada detalle del paisaje en materia poética. También resuena el carácter temporalista del haiku y la palabra de estación que convierte a cada etapa anual en apartado organizativo; los haikus de invierno, primavera, verano y otoño revitalizan las vestimentas temporales de las cosas y su actitud de espera y goce sensorial.
  El trébol verbal es introvertido. Le gusta el rumor leve de la confidencia que convierte la sensación en una estela mínima: “Entro en el monte. / Me saluda la jara / con su perfume”, “Se arremolinan / las semillas del chopo / como algodones”, “Le hace cosquillas / al álamo temblón / la leve brisa”, “ Mota de polvo / en un rayo de sol. / Así me siento”. Crea sinestesias donde se abrazan sensaciones sensitivas y sentimientos. La realidad se convierte en un espacio interior en concordancia con la forma de sentir y pensar del figurante lírico. Frente a los sentidos se alza una multiforme pared de colores y formas; sus estímulos se transforman en experiencia estética: “Tiñen de malva / las laderas del monte / los tomillares.”, “Entre la niebla / en que se hunde el camino / suena una esquila”, “Escaramujos / incendiando las zarzas / en el crepúsculo”.
     Jesús Munárriz ha comentado en algunas entrevistas que la difusión y edición de poesía japonesa le ha llevado al cultivo del haiku. El lector recordará que la editorial Hiperión ha creado un poblado catálogo de traducciones de poetas esenciales del canon. Y en Escaramujos hay guiños evidentes a los magisterios de Bashô, Santoka, Sokan; para no extenderme solo constato un ejemplo que muestra la calidez gozosa del homenaje: “Salta la rana. / Resuena el viejo estanque / como hace siglos”.
    Kigo es la palabra estacional que aparece en el tríptico y conforma un concepto esencial en la mentalidad japonesa. Jesús Munárriz titula “Sin Kigo” la última sección, como si formulara una poética personal sobre la estrofa; pero no hay ninguna quiebra semántica. Cada uno de los textos, con o sin palabra estacional, difunde la belleza de lo mínimo: “Vuelve y se duerme / el mochuelo en su olivo / de amanecida”, “Primeras luces, / silban los mirlos, silban / asoma el gato”, “Sobre la hierba, / las plumas del gorrión / y, cerca, el gato”.
   En la poblada trayectoria del poeta editor el haiku ha encontrado tierra firme; es una sugerente manifestación de verdad y belleza que, en su minimalismo formal, esencializa una percepción del mundo. Son cálidos destellos que nos muestran, con cercanía afectiva las heterogéneas aristas de la realidad.  Escaramujos es un libro excelente; parte del conocimiento profundo de la tradición oriental para incardinar ese saber, con naturalidad y sencillez, en un entorno complejo y consistente, pleno de vida, proclive a la emoción de quien contempla.




lunes, 22 de julio de 2019

CONSTRUCCIÓN DEL YO (Aforismos)

El yo fantasma
Imagen
 de
Pinterest


CONSTRUCCIÓN DEL YO

Los demás caeríamos como moscas
con los primeros fríos

JESÚS MUNÁRRIZ

Cuánto ridículo abarca la vista aérea del yo.

Habla de sí mismo con solvencia insólita, como si conociese la estructura nómada de las corrientes marinas, la temperatura interior de un volcán activo o la disolución exacta de la niebla.

Con la edad, el yo es un edificio de renta antigua; hay grietas visibles y parte de su estructura se ha venido abajo.

Publicidad monolítica; nunca cesa de anunciarse a sí mismo.

Inesperada aparición del otro. Suponía que era el único habitante de la galaxia, una identidad anfibia de Adán y Eva.

Silencio: estacionamiento subterráneo del yo.

(Aforismos de estío)





domingo, 21 de julio de 2019

VERÓNICA ARANDA. RÍO MEKONG

Río Mekong (Haikus)
Verónica Aranda
Ilustraciones de Manel Sánchez
www.cartoneraisland.com, Colección 31
Cartonera Island
Tenerife, 2018


TRÍPTICOS


  Con un intenso quehacer literario, que aglutina cauce lírico, coordinación y gestión editorial, traducción y el norte de la colección de poesía Toda la noche se oyeron…, centrada en Latinoamérica e impulsada por la Editorial Polibea, Verónica Aranda (Madrid, 1982) ha cultivado el haiku en varias entregas y vuelve a la estrofa en Río Mekong, una edición artesanal de Cartonera Island ilustrada por Manes Sánchez. 
   Siempre que retorno al quehacer poético de Verónica Aranda percibo una intensa coherencia entre expresión verbal y paisaje. El sujeto reflexivo observa el entorno, acumula los elementos que se dispersan entre sus coordenadas y los interioriza para que se integren en el tacto profundo de la subjetividad. Así amanece una claridad perceptiva en la que el exterior se difumina en la lejanía para que implosionen sus efectos en una suerte de contacto espiritual entre sujeto y hábitat. De esta perspectiva se nutren poemarios como Poeta en India, Alfama, Café Hafa y Otoño en Tanger, todos derivados de una localización geográfica muy explícita.
   Con ese enfoque del caminante en ruta se construyen los haikus de Rio Mekong, donde el esquema versal japonés se hace único molde para abordar las experiencias nómadas del protagonista lírico. Recordarán los lectores que el cauce fluvial asiático es una arteria nacida en China que atraviesa Laos, Birmania y Tailandia para adentrarse en su curso bajo por las llanuras aluviales de Camboya y Vietnam, hasta desembocar en el Mar de China, formando un fértil delta cenagoso que propicia el cultivo de arroz, sustrato alimenticio básico en todos los países.
   La poeta alude de inmediato a la primera dimensión de esta poesía: la contingencia del viaje que ponen en primer plano una geografía cognitiva: “Comienza el año / navegando el Mekong / Nuevos propósitos”; el mínimo aviso pone en marcha unos sentidos receptivos que vuelcan la memoria en el discurrir y se disponen a un acercamiento a la otredad; recordemos que una de las características del haiku clásico es el rechazo al yo como protagonista del poema y la necesidad de velar sus emociones y pensamientos para convertirse en un privilegiado testigo del ciclo estacional: “Bajo el calor / coletean las carpas. / Río con flores”. La mirada focaliza sensaciones y mínimos sucesos que se poetizan de inmediato: “Claro fugaz. / El pescador de ostras / contempla la montaña” . El haiku anterior sirve también como inciso formal: el habitual esquema silábico 5/ 7/ 5/ no se cumple y se incardina en el poema un verso conclusivo de siete sílabas; de ahí que haya titulado la presente reseña con un acierto expresivo de Rafael Cadenas, quien en sus haikus aformales utilizó el término “Tríptico" para denominar un haiku que no se escribe al modo clásico y varía la suma silábica. No es una torpeza formal sino una variante expresiva que invita al lector a romper el monolitismo estrófico con otras combinatorias versales: por ejemplo 7/5/7. Veamos un hermoso ejemplo: “Mercado de Saigón. / Cortan despacio / Flores de calabaza”.
  La identidad poética más representativa de Verónica Aranda propicia un realismo pensativo  cuyas notas singulares se aplican con textura artesanal a la piel expresiva del haiku: textos muy breves, minimalistas, que con escasos materiales consiguen un sorprendente desarrollo argumental y una fuerte solidez emotiva. De este modo, los destellos de la memoria se transforman en un patrimonio sentimental preservado contra las erosiones del olvido. Cuando el viaje concluye, prosigue ruta en el poema. ese refugio abierto donde cabe cualquier itinerario.













viernes, 19 de julio de 2019

CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS. APOSENTO

Aposento
Carlos Roberto Gómez Beras
Isla Negra Editores
Colección Filo de Juego
San Juan, Puerto Rico, 2019, 2ª edición



VOLVER AL YO


   Catedrático universitario, editor de Isla Negra, uno de los pilares editoriales del Caribe, y poeta de profusa y reconocida travesía, Carlos Roberto Gómez Beras (República Dominicana, 1959) ha dejado en sus páginas de madurez entregas esenciales como Árbol (2017), salida reeditado un año después en serbio y castellano, cuya estética esencial y fragmentaria muestra un afán de búsqueda. Esa indagación en el lenguaje es también aplicable a su obra más reciente Aposento, denso volumen aparecido en la Colección Filo de juego. 
   El poeta sostiene que titular es un arte, un oficio que debe ejercitarse con extrema perfección porque supone el comienzo de ruta. El sustantivo “Aposento” del título alude a un hábitat cercano e intimista en el que se acomodan los rasgos internos,  más frágiles y personales del personaje poético. Ya en el poema “El ave”, compilado en el libro Solo el naufragio, se añade al nombre una semántica expansiva“… que en el sueño de un poeta / también hay aposento / para la ola que despierta / para el himno que florece (…)”. Entre las cuatro sílabas se encaja el rostro claro del asombro.
   La entrega inicia senda evocativa con unos versos de José Ángel Valente que subrayan el papel esencial de la memoria, ese itinerario hacia el origen  Cada identidad preserva un yo a resguardo en el trayecto vital, una presencia que es quemadura y testimonio. Con ese reflejo intacto se despliega el hilo argumental del primer poema. Sus versos airean una sensibilidad proclive al recuerdo que abre la mirada a vivencias autobiográficas, enriquecidas por el tacto mágico de la imaginación. La voz introspectiva recupera un pretérito moldeado por la ternura de la niñez. El protagonista poético desanda distancias hacia sí mismo por los caminos de la nostalgia con la esperanza de volver a ser Robertico, frágil presencia de la niñez asomada al misterio de la vida al paso. Recordar es dar cauce también a una línea de sombra que subraya la fugacidad y el espejismo; ser es encarnar una pieza en el tablero en manos del destino. Aquella epifanía, habitada por sentimientos y asombros, se va despojando en el cumplimiento de un sendero individual que convierte el ahora en un espacio de estragos y lejanía. De ese estar dan fe las palabras empeñadas en quebrar la sombra: “Contra ruina y cadáver / La palabra que hoy nos despierta. / Escribir  sobre el agua que fluye / porque somos cuerpo y despedida.”
   En la persistente suma de pasos, poco a poco, se oculta la luz para oír cada vez más nítido el rumor de la ceniza. El paisaje humano se hace árido, como si exigiera establecer un balance de sensaciones y olvidos; la filigrana de una estela vacía. Las palabras aluden con frecuencia a identidades familiares que tenían un claro significado existencial; por ejemplo la abuela Rosa, que abandonaba el balanceo de su mecedora para acoger en su estar “un corazón, una caricia y un cielo”. Entre esos rescates afectivos, propiciados por una fotografía o un simple recuerdo, también se vislumbra el lejano perfil del padre y su ausencia madrugadora: “Ayer soñé con mi padre. / Nunca su mirada fue tan horizonte. / Nunca su sonrisa fue tan río. / Nunca sus manos fueron tan caminos”; o la ensimismada biografía de Pepé, aquel tío que sufrió una realidad desapacible. Así se va completando la inasible trama del existir en el que cada vez adquiere más fuerza la percepción de la muerte; nada queda del niño perdido en la memoria. Ahora el yo es el depositario de una conciencia de finitud y cumplimiento, un constructor de dudas que se mira con la sensación de que pronto llegará la noche, como un denso paraguas crepuscular para borrar máscaras y apariencias, mientras las palabras dejan su saldo de gestos, miradas y retornos.
   En el cuerpo central de Aposento sobresale el poema “El bar de Yoryi”, una larga composición narrativa que despliega una emotiva educación sentimental. Se recrean indicios biográficos que marcan el paso a la autonomía juvenil. La pureza infantil y aquel mundo de claridad sentimental son abandonados en el rincón de la melancolía. La existencia ahora es un espacio de inquietud marcado por la mitología del deseo. Recuerdo que en la compilación Aún (1992-1989), que integra los cuatro primeros libros de Carlos Roberto Gómez Beras, se recogía este juicio del escritor y crítico dominicano José Alcántara Almanzor: “Estamos en presencia de una fuerza avasalladora, un universo sensorial en el que la mujer ocupa el centro indiscutible”. En la voz del deseo el cuerpo es un libro de panes, peces y palabras. Con el impulso de quien canta los signos del yo femenino se describen las circunvoluciones del amor, ese sentir que acorrala y desasosiega, que se hace meta y urgencia.
   Para quien concibe el lenguaje como patria del ser, es casi obligatorio el sustrato metapoético y la mirada a la experiencia literaria. En los poemas finales se cobija una filosofía de la creación que muestra un pensamiento pendular entre poeta y poema o entre la voluntad de la escritura  de dar a lo transitorio un espacio de permanencia.
   En la vasija rota del discurrir el poemario Aposento deja una perspectiva de continuidad. Muestra el perfil de la memoria, como quien explora en la piel los oscuros trazos de una cicatriz para resucitar lo perdido, para que no se apaguen las luces del recuerdo y dejen en el poema rastros de luz. La palabra se hace autobiografía, un territorio poético que enlaza tiempos e identidades como un largo puente, tendido en el vacío de ser.



     





jueves, 18 de julio de 2019

VISIONES

La casa de bambú


VISIONES

El camino está siempre por hacer
Así se erigen ciudades y vidas

PEDRO SÁNCHEZ SANZ

Los espejismos
reparan lo real;
corrigen sueños.

                                                            (Del libro A punto de ver, Polibea, 2019)



miércoles, 17 de julio de 2019

EL DON

bajo techo
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


EL DON

Qué inseguro se está aquí,
Sobre las cumbres del corazón

                                  R.M. RILKE

   Su cercanía requiere la actitud vigilante del insomne. Tras la máscara aleatoria de su sonrisa tiene un don. Con él ejerce a cada paso una insólita capacidad para convertir un techado en intemperie, un afecto en limo sentimental.
   Chapotea su maldad en el barro. Así es feliz.

(De Cuentos diminutos)




martes, 16 de julio de 2019

ESPACIOS AZULES (AFORISMOS)

En la orilla
(Paisaje escocés)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia
CON ESPACIOS AZULES




Escribía aforismos; le gustaba patinar sobre zancos.

Voluntad continua para especializarse en el autorretrato. Pero no encontraba modelo.

En la consulta, frente al doctor, bajo los ojos. Confieso mi adicción. Una y otra vez recorro un paisaje con espacios azules.

Escribir es vencer el miedo. La literatura es un acantilado que reclama el salto.

Mientras estoy en ella, la realidad es transparencia.

Para explicarme uso el silencio. Se entiende mejor.

La felicidad atestigua demoliciones. Lo que pudo haber sido.

Enfermé de ausencia. Nunca estoy. Si vuelvo retorno amorfo e impreciso, como si me hubiese perdido en el camino.

Las máscaras engañan cuando mienten, y cuando dicen la verdad.

Sobre el dintel de cada aforismo alerta preventiva: aquí hablar mucho cuesta caro.

(Aforismos al paso )