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La herida y el cuchillo Santos Domínguez XXVIII Premio de Poesía Ciudad de las Palmas de Gran Canaria Ediciones La Palma Colección Ministerio del Aire Madrid, 2026 |
UNA HOGUERA DE
LUZ
Un luminoso texto de apertura del poeta sevillano José María Jurado,
titulado “El guardián del fuego”, propone una temprana indagación de La
herida y el cuchillo, nuevo libro de poemas de Santos Domínguez (Cáceres,
1955), reconocido con el XXVIII Premio de Poesía Ciudad de las Palmas de Gran
Canaria. Ratifica la introducción: “Los poemas de Santos Domínguez, por la
claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su
arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y
sinfónica”.
El título del poemario procede de un verso de Baudelaire “Soy la herida
y el cuchillo” y agrupa un material poético organizado en tres apartados: ”Quemadura
de sombra”, “Marca de aire” y “Una luz extranjera”. Desde las composiciones
iniciales se percibe que el autor impulsa su escritura bajo el resguardo de la
tradición literaria, siempre presente en citas y conocidas asociaciones
expresivas. Así, el primer poema toma como aserto el celebrado título de Tomas
S. Eliot y un inspirador verso de inicio para definir un paisaje verbal de
pulida dicción y atmósfera sensorial. La poesía emerge desde una ambientación
onírica, con personajes como la Sibila, El Rey Pescador, Artur Rimbaud o la
poeta Anise Koltz, para transmitir la oscura cicatriz en la que el tiempo
difumina vivencias y recuerdos. Lápidas, entierros, tumbas grises y ausencias dan
un aire solemne a la despedida final; llenan los colores opacos del día de
pompa y circunstancias para hacer del olvido el último lugar habitable. La
existencia insiste en diluirse y formar parte de una densa niebla de olvido.
El poema rastrea las estelas biográficas de aquellos que llegaron a la
estación final para sentir que ahora el cansancio, por fin, ha encontrado
sosiego. Lo vivido amalgama una sombra confusa que diluye límites y confunde,
por ejemplo, la belicosa fuerza del troyano y la quietud de Ovidio en Ponto
Euxino. El final de la vida es el aire vacío, igualatorio, que a todos nos
espera. Un jardín otoñal donde encuentran cobijo las ausencias: “Con negra
quemadura, / nos apuñala el tiempo
profundo de las sombras”.
Las composiciones de este primer apartado mantienen un aire solemne de
elegía y despedida, encauzan aportes culturales y acogen una dicción selecta y
luminosa, de vibrante cadencia musical, como si pretendieran cauterizar olvidos
y alejar el sitio final, esa funesta geografía de la ausencia que aguarda a
nuestra efímera condición.
Las composiciones reunidas en la sección “Marca de aire” alientan un yo
poético reflexivo, empeñado en formular, desde la soledad precaria de quien
busca con el corazón y la cabeza, la estela incierta del propio destino.
Alrededor, alza su tributo al continuo fluir un paisaje en ruinas, que es memoria de un tiempo de esplendor y ahora simbólico que recuerda nuestra
condición transitoria. La realidad se muestra, dispuesta al ejercicio de la
contemplación: “En los ojos del hombre la luz es un espejo / opaco y luminoso,
/ un cristal transparente, la delicada piel / de un mundo que respira
incansable en el lienzo / y siempre estuvo aquí.”. Queda la belleza del arte,
su manera de estar en cuadros y esculturas, como encendidas antorchas que
iluminan símbolos e historias, esa estela de sueños escrita sobre el agua. Las
distintas secuencias acercan con frecuencia conceptos esenciales como
desolación, tiempo y muerte; la plenitud solo dura un instante; pronto esconde
su fulgor para mostrarse como una raíz seca que dejó de existir: Quedan “La
desazón, los límites, las interrogaciones / de un mundo doloroso
incomprensible”
El tramo de cierre, “Una luz extranjera” retorna a la memoria callada de
las cosas. El tránsito temporal cambia el paso y lleva hasta la atardecida,
pero no hay queja; queda la plenitud gozosa de los días, la quietud de esas
sombras que van copando los espacios crepusculares de la existencia, que ponen
distancia y silencio en las horas.
Santos Domínguez deja en La herida y el cuchillo una emotiva meditación sobre la condición de
ser. Lo hace con la intensidad emocional de quien concentra en cada verso la
calma y serenidad de la palabra justa, ajena a la estridencia biográfica, para
que sea símbolo y conocimiento, un crecer en el tiempo, agua y claridad en lo
hondo.
JOSÉ LUIS MORANTE