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| Espera |
MÁS ALLÁ
Antes de partir se apunta a un taller literario sobre el arte de novelar. Los recorridos aproximan pormenores reales y ficción.
*
El trayecto largo altera la identidad. La imagen en los espejos del hotel nunca es fiel al original.
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José Luis Morante
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| Espera |
MÁS ALLÁ
Antes de partir se apunta a un taller literario sobre el arte de novelar. Los recorridos aproximan pormenores reales y ficción.
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El trayecto largo altera la identidad. La imagen en los espejos del hotel nunca es fiel al original.
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| DESDOBLAMIENTOS |
APARICIONES
Como si necesitase propagar las
nociones del miedo, su desastrada imagen regresa en el espejo de improviso. Recuerda un
destello diluido que va perdiendo intensidad. Hay en los gestos un estar apocado. Su soledad conforme conjetura que está en ese tiempo en el que los fantasmas no son pesadillas
sino compañía.
(De Cuentos diminutos)
| Después del incendio |
SEQUÍA MENTAL
Las ilusiones salvaguardan los periodos de sequía mental, muestran una querencia natural por los proyectos inacabados.
A los fanáticos de las ideas incendiarias les viene bien la proximidad vecinal a un parque de bomberos.
La literatura dista de ser vida literaria a granel, ese mercadillo de intereses individuales.
Una obligación ineludible del cerebro formado es ser coherente. Si alguien pone púlpito y considera que España es un país periférico y subdesarrollado, es absurdo que se asiente aquí. El mundo de las opiniones sensatas no debe estar en conflicto con los itinerarios de la razón.
(Anotaciones del diario)
ALICE MUNRO. LA HUMILDAD
DEL RELATO.
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| El cantar de los pájaros Fotografía publicitaria |
AUDÍFONOS
Ausente habitual en el silencio, se puso a leer la carta personal del dueño de la tienda con
interés creciente. “Los audífonos serán una extensión del cuerpo, una abertura
para recuperar en lo diario el canto de los pájaros, el gotear de un grifo mal
cerrado, o el mismo caer inadvertido de las hojas…”. La cadena de precisiones
saltó por encima de su incredulidad, advirtiendo que, cerca, ocurren maravillas
insólitas, como en los dormidos itinerarios de la inocencia. No se desanimó
ante la compleja instalación manual en el pabellón auditivo. Todo era difícil.
Por el ventanal del salón percibió una mañana de luz oblicua, sesteando en el
jardín. Salió fuera. Buscó un sillón y acogió distraído un libro de poemas de
José Hierro para la espera. No recordaba el canto de los mirlos. Una hora
después, el reloj comenzó a prodigar algún bostezo. No sucedió nada. En el
jardín, los signos de reconciliación con el sonido se mantienen al margen.
Suspiró sin exigir. Nada justifica la duda o el desengaño, todavía. A veces, la
esperanza no es más que un intento de fuga.
(Cuentos diminutos)
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| Los Invernaderos (Madrid-Río) |
El poeta sitúa al personaje, a la persona objetiva, en la vía esmarrita. Pero no se aturde, sino que encara el tránsito, el rito de paso con un exquisito sentido del humor: he ahí el último endecasílabo, que recuerda cultamente a su primogenitura, “un soneto me manda hacer Violante”, del padre Lope, también llamado Félix, será por algo. El poeta es profesor, marca, como el cantero en la piedra de las catedrales y palacios del Medioevo, su seña, que retrata su trayectoria, ahora que el jubileo se traduce por crepúsculo, por no llamarlo vejez. El poeta convive con su sombra terca, porque la sombra es un invento, como la conciencia, que viene de marca, al nacer, en la primera señal del cantero, y se adhiere como un herpes espiritual al sistema. Y hay en esa vejez, que antes se llamaba ancianidad, un plus de madurez, que le advierte que, entre la niebla, y con los ojos semicerrados, también se atisba algún rayo de luz. El poeta es contemplación, “renglón absorto”, que nos recuerda algún pasaje analítico de Gaston Bachelar. Y aspira a ser, a realizar en un recorrido, para el que un soneto (he ahí el rasgo de humor que remata y salva al soneto, y lo salva porque lo corona), recorrido, digo, para el que el soneto, se queda corto.
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| El afán de seguir (Álbum personal) |
FUTURO IMPERFECTO
Picoteo aquí y allá, páginas salteadas de La
península de las casas vacías, de David Uclés. Un autor del que todo el
mundo habla y cuya lectura parece una cuestión de estado. Novela abrumadora de
setecientas páginas. Mi desazón es enorme porque el número de lecturas
pendientes se ha desbordado en el comienzo del año. Así que abro la novela con el
entusiasmo de quien hace cemento en un octavo piso. A ver si aguanto la
embestida verbal de Uclés. Sospecho que no. pero aguanto mucho menos las polémicas que genera el autor. Uclés puede participar en los coloquios que desee y desechar sin problemas compañeros de mesa no deseados. Eso se llama libertad.
El desborde postal demanda criterios selectivos para reseñar los libros nuevos. Una aspiración revolucionaria. Desde hace años camino a tientas por el gusto lector.
Perdonen la tristeza. En mi cara parece un manchón aterido que deja preocupados a los amigos que siempre están. Mis disculpas; este intervalo temporal en casa merece la sonrisa de quien guarda un sueño del que no quiere despertar.
Cada vez más convencido de que el uso permanente del sarcasmo es signo preclaro de estupidez, de un carácter descompuesto y oscuro al que duele ser rama baja, apéndice de luz escasa.
(Apuntes del diario)