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| Adán en la ventana |
En el centro del lugar se alzaba todavía el árbol del bien y del mal; miró aquella silueta y se hizo efectiva la soledad de un tronco calcinado y rijoso.
No aguantó más. Bajó los ojos y convocó el olvido, como si el paraíso no hubiese existido nunca. Con andar dubitativo, se precipitó hacia la salida. Sus pasos tropezaron con el ala inerte de algún ángel, el metal chamuscado de una espada herrumbrosa y una oscura camisa de serpiente.

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