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martes, 3 de septiembre de 2024

JOSÉ ÁNGEL VALENTE. MEMORIA DE POETA

JOSÉ ÁNGEL vALENTE
Ourense, 1929-Ginebra, 2000

                  

       
LECTURAS DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE
 
 
El guardián del fin de los desiertos.
Perspectivas sobre Valente
Edición de José Andújar Almansa y Antonio Lafarque
Pre-Textos, Valencia, 2011
 
   El corpus de José Ángel Valente (1929-2000), fallecido en Ginebra a los 71 años,  preserva su vigencia y se ha convertido en línea medular de buena parte de la nómina poética española del cierre de siglo, acogida bajo el epígrafe “poética del silencio”, un aserto esquemático y ambiguo. El escritor sedimenta una estética de la transcendencia que incide en la sumisión de la palabra al pensamiento; el verso se convierte en territorio de búsqueda e incertidumbre, en un descenso hacia la soledad en el que se hace tema substancial la exploración del lenguaje como medio de conocimiento. Su obra diversificada en lírica, páginas autobiográficas, aforismos y ensayos aglutina desnudez, despojamiento e indagación en el sentido último de la finitud a través de elementos simbólicos recurrentes como la luz, la noche, el desierto y la ceniza.
    Valente fue un poeta escindido por voluntad propia de la rama generacional del medio siglo, aunque participara en la puesta en escena que se convirtió en la imagen más nítida de la promoción: la visita a Colliure el 22 de febrero de 1959 y el homenaje a Antonio Machado. Sobre el encaje colectivo de aquellas voces, que tanto debe a Carlos Barral y a las maniobras promocionales de la Escuela de Barcelona, Ángel González ironizó: “Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho”. Reacio a cualquier retrato de grupo, José Ángel Valente hizo de la independencia un parapeto, disolvió afinidades y analogías de contexto, tachó estereotipos y desoyó compromisos sociales para vivir al margen los últimos quince años de su existencia. Tras una breve estancia en Málaga, buscó casa en Almería, un lugar de la periferia, a trasmano del mercadeo editorial, que lo acogió con hospitalidad. Al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, la ciudad mediterránea fue sede de un encuentro de estudiosos y especialistas para abordar la singularidad creadora y el legado intelectual.
   El conjunto de enfoques se compila en El guardián del fin de los desiertos, una aproximación diversa coordinada por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque, con disposición de tríptico. El apartado inicial, “La memoria”, explora el anclaje biográfico a través de testimonios que integraron el círculo más íntimo. El introvertido carácter del poeta se disipa pronto, con los bocetos afectivos de Fernando Lara, Ramón de Torres y José Guirao, quien subraya la pasión por la plástica y el profundo calado de los ensayos sobre arte. Son textos que rehumanizan la figura existencial, muchas veces proclive a la aspereza y al juicio espinoso. Para los creadores de asimetrías entre vida y obra, la conclusión general de “La memoria” incide en la idea de que son conceptos complementarios. En esta cronología vivencial figura Antonio Gamoneda con una reflexión que une el pensamiento poético con los hitos biográficos esenciales: vida y muerte, y cierra este núcleo temático el análisis de Andrés Sánchez Robayna sobre el diario inédito. La miscelánea, custodiada tras la muerte del poeta por la compañera sentimental, Coral Gutiérrez, arranca en los años cincuenta y se mantiene hasta sus últimos días. Conviene descartar de inmediato la autoconfesión analítica; la discontinua redacción aglutina apuntes biográficos, esbozos críticos sobre lecturas, citas, disquisiciones aforísticas y bocetos en verso o en prosa. Como es sabido, en septiembre de 2011 el Diario anónimo fue publicado por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
    Cuatro aportaciones forman la segunda sección, “Los signos”, centrada en el recorrido creativo. El apartado desvela la segregación natural: poesía, traducción y ensayo. En él sondean José Andújar Almansa, Lorenzo Oliván, Miguel Gallego Roca y Jordi Doce. Exploran la diversidad  genérica y su común aspiración a la unidad a través del carácter cognitivo del lenguaje. La palabra poética trasciende la realidad, multiplica símbolos y oculta a la razón el significado común porque las referencias se disuelven; la escritura no se deja llevar por la inercia de lo establecido. El aporte de José Andújar incide en la visión lírica de Valente, defiende que la poesía nace de la crisis de identidad del sujeto poético y de la necesidad de recobrar el sentido originario de las palabras de la tribu. Lo subjetivo debe disolverse, hacerse barro magmático en el que se cobije la existencia y sus fragmentos. Lorenzo Oliván  establece una cata de las conexiones existentes entre la prosa de creación y el discurso lírico. Toma como punto de partida el aforismo, un género de confluencia que enlaza discurso reflexivo y poesía. Gallego Roca analiza el concepto de traducción del escritor, cuya labor se compiló en 2002 en  su Cuaderno de versiones, prologado por Claudio Rodríguez Fer. El rastreo de obras de otra lengua permite profundizar en legados foráneos y, al mismo tiempo, ayuda a clarificar el sentido de su propia tradición.
   El pensamiento crítico de Valente promueve el ensayo de Jordi Doce; el poeta y traductor perfila un contexto personal a partir de la precaria situación ensayística de los noventa en nuestro país y recupera el supuesto enfrentamiento teórico entre dos magisterios de ese tiempo en los que no percibe suturas: Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Jordi Doce emplea como punto de arranque de su aportación los escritos de naturaleza política, o sociohistórica, nacidos en el devenir de la Transición; en ellos, los conceptos de poder y libertad son sustratos reflexivos de primer orden. El análisis del ensayo crítico de Valente resalta la congruencia del mismo con la vertiente lírica.
   El muestrario de cierre acumula enfoques abiertos. Abre la sección María Payeras, investigadora que ha firmado valiosas aproximaciones a la promoción del 50 y a la colección Colliure; de ahí que se detenga en el tramo inicial del discurso lírico, cuando Valente se aproxima a una estética compartida, su discurso teórico se inserta en una realidad simbólica y se proyecta la imagen del autor en la obra. En el primer tramo escritural no pueden difuminarse los enlaces con los fugaces compañeros de viaje. Es una etapa en la que el contexto resulta integrador; la expeditiva presencia de la dictadura reafirma una poética declarativa y testimonial, de fuerte entramado anecdótico, realista y crítica.
   Sobre la convergencia entre estética y filosofía profundiza Carlos Peinado Elliot sobre Tres lecciones de tinieblas, tal vez la entrega más hermética. Conviene recordar que, ya en 1973, Valente emplea la prosa poética en su libro El fin de la edad de plata. En él se extrema la decantación y concisión de la palabra, su misteriosa opacidad para emitir un sentido alegórico, que conecta con la creencia de la poesía como forma de visión.
   La presencia literaria de José Ángel Valente no ha hecho sino acrecentarse. El valor y la actualidad de su testimonio intelectual fomentan aproximaciones y contribuyen a profundizar en un intenso proceso de escritura que ya puede analizarse con perspectiva histórica; una estética de rigor y despojamiento que lleva al lenguaje hasta el punto cero, “en el que el signo vuelve a hacerse pura expectativa”, ámbito de quietud y sosiego donde se manifiesta lo que ha estado oculto.
 
 
 
                                                                JOSÉ LUIS MORANTE



domingo, 12 de febrero de 2023

JOSÉ ÁNGEL VALENTE: DESDE LA ISLA

José Ángel Valente
(1929-2000)
         

 

       

LECTURAS DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 
El guardián del fin de los desiertos.
Perspectivas sobre Valente
Edición de José Andújar Almansa y Antonio Lafarque
Pre-Textos, Valencia, 2011
 
   El corpus de José Ángel Valente (1929-2000), fallecido en Ginebra a los 71 años,  preserva su vigencia y se ha convertido en línea medular de buena parte de la nómina poética española del cierre de siglo, acogida bajo el epígrafe “poética del silencio”, un aserto esquemático y ambiguo. El escritor sedimenta una estética de la transcendencia que incide en la sumisión de la palabra al pensamiento; el verso se convierte en territorio de búsqueda e incertidumbre, en un descenso hacia la soledad en el que se hace tema substancial la exploración del lenguaje como medio de conocimiento. Su obra diversificada en lírica, páginas autobiográficas, aforismos y ensayos aglutina desnudez, despojamiento e indagación en el sentido último de la finitud a través de elementos simbólicos recurrentes como la luz, la noche, el desierto y la ceniza.
    Valente fue un poeta escindido por voluntad propia de la rama generacional del medio siglo, aunque participara en la puesta en escena que se convirtió en la imagen más nítida de la promoción: la visita a Colliure el 22 de febrero de 1959 y el homenaje a Antonio Machado. Sobre el encaje colectivo de aquellas voces, que tanto debe a Carlos Barral y a las maniobras promocionales de la Escuela de Barcelona, Ángel González ironizó: “Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho”. Reacio a cualquier retrato de grupo, José Ángel Valente hizo de la independencia un parapeto, disolvió afinidades y analogías de contexto, tachó estereotipos y desoyó compromisos sociales para vivir al margen los últimos quince años de su existencia. Tras una breve estancia en Málaga, buscó casa en Almería, un lugar de la periferia, a trasmano del mercadeo editorial, que lo acogió con hospitalidad. Al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, la ciudad mediterránea fue sede de un encuentro de estudiosos y especialistas para abordar la singularidad creadora y el legado intelectual.
   El conjunto de enfoques se compila en El guardián del fin de los desiertos, una aproximación diversa coordinada por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque, con disposición de tríptico. El apartado inicial, “La memoria”, explora el anclaje biográfico a través de testimonios que integraron el círculo más íntimo. El introvertido carácter del poeta se disipa pronto, con los bocetos afectivos de Fernando Lara, Ramón de Torres y José Guirao, quien subraya la pasión por la plástica y el profundo calado de los ensayos sobre arte. Son textos que rehumanizan la figura existencial, muchas veces proclive a la aspereza y al juicio espinoso. Para los creadores de asimetrías entre vida y obra, la conclusión general de “La memoria” incide en la idea de que son conceptos complementarios. En esta cronología vivencial figura Antonio Gamoneda con una reflexión que une el pensamiento poético con los hitos biográficos esenciales: vida y muerte, y cierra este núcleo temático el análisis de Andrés Sánchez Robayna sobre el diario inédito. La miscelánea, custodiada tras la muerte del poeta por la compañera sentimental, Coral Gutiérrez, arranca en los años cincuenta y se mantiene hasta sus últimos días. Conviene descartar de inmediato la autoconfesión analítica; la discontinua redacción aglutina apuntes biográficos, esbozos críticos sobre lecturas, citas, disquisiciones aforísticas y bocetos en verso o en prosa. Como es sabido, en septiembre de 2011 el Diario anónimo fue publicado por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
    Cuatro aportaciones forman la segunda sección, “Los signos”, centrada en el recorrido creativo. El apartado desvela la segregación natural: poesía, traducción y ensayo. En él sondean José Andújar Almansa, Lorenzo Oliván, Miguel Gallego Roca y Jordi Doce. Exploran la diversidad  genérica y su común aspiración a la unidad a través del carácter cognitivo del lenguaje. La palabra poética trasciende la realidad, multiplica símbolos y oculta a la razón el significado común porque las referencias se disuelven; la escritura no se deja llevar por la inercia de lo establecido. El aporte de José Andújar incide en la visión lírica de Valente, defiende que la poesía nace de la crisis de identidad del sujeto poético y de la necesidad de recobrar el sentido originario de las palabras de la tribu. Lo subjetivo debe disolverse, hacerse barro magmático en el que se cobije la existencia y sus fragmentos. Lorenzo Oliván  establece una cata de las conexiones existentes entre la prosa de creación y el discurso lírico. Toma como punto de partida el aforismo, un género de confluencia que enlaza discurso reflexivo y poesía. Gallego Roca analiza el concepto de traducción del escritor, cuya labor se compiló en 2002 en  su Cuaderno de versiones, prologado por Claudio Rodríguez Fer. El rastreo de obras de otra lengua permite profundizar en legados foráneos y, al mismo tiempo, ayuda a clarificar el sentido de su propia tradición.
   El pensamiento crítico de Valente promueve el ensayo de Jordi Doce; el poeta y traductor perfila un contexto personal a partir de la precaria situación ensayística de los noventa en nuestro país y recupera el supuesto enfrentamiento teórico entre dos magisterios de ese tiempo en los que no percibe suturas: Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Jordi Doce emplea como punto de arranque de su aportación los escritos de naturaleza política, o sociohistórica, nacidos en el devenir de la Transición; en ellos, los conceptos de poder y libertad son sustratos reflexivos de primer orden. El análisis del ensayo crítico de Valente resalta la congruencia del mismo con la vertiente lírica.
   El muestrario de cierre acumula enfoques abiertos. Abre la sección María Payeras, investigadora que ha firmado valiosas aproximaciones a la promoción del 50 y a la colección Colliure; de ahí que se detenga en el tramo inicial del discurso lírico, cuando Valente se aproxima a una estética compartida, su discurso teórico se inserta en una realidad simbólica y se proyecta la imagen del autor en la obra. En el primer tramo escritural no pueden difuminarse los enlaces con los fugaces compañeros de viaje. Es una etapa en la que el contexto resulta integrador; la expeditiva presencia de la dictadura reafirma una poética declarativa y testimonial, de fuerte entramado anecdótico, realista y crítica.
   Sobre la convergencia entre estética y filosofía profundiza Carlos Peinado Elliot sobre Tres lecciones de tinieblas, tal vez la entrega más hermética. Conviene recordar que, ya en 1973, Valente emplea la prosa poética en su libro El fin de la edad de plata. En él se extrema la decantación y concisión de la palabra, su misteriosa opacidad para emitir un sentido alegórico, que conecta con la creencia de la poesía como forma de visión.
   La presencia literaria de José Ángel Valente no ha hecho sino acrecentarse. El valor y la actualidad de su testimonio intelectual fomentan aproximaciones y contribuyen a profundizar en un intenso proceso de escritura que ya puede analizarse con perspectiva histórica; una estética de rigor y despojamiento que lleva al lenguaje hasta el punto cero, “en el que el signo vuelve a hacerse pura expectativa”, ámbito de quietud y sosiego donde se manifiesta lo que ha estado oculto.
 
 

                                                                  JOSÉ LUIS MORANTE  



miércoles, 21 de enero de 2015

LITORAL. MUSEUM (LA PINTURA ESCRITA)

Litoral. MUSEUM. La pintura escrita


Litoral,  nº 258 (Museum, La pintura escrita)
Revista de arte, poesía y pensamiento
Málaga, 2014
Dirección:
Lorenzo Saval
Asesores Literarios:
José Antonio Mesa Toré, Antonio Lafarque

   El catálogo de la revista Litoral ha convertido en rutina la amistad cordial de la poesía con elementos de la realidad o con disciplinas artísticas y científicas. Así se han ido sucediendo monográficos de la publicación que emparentan la poesía con la ciencia, el árbol, los viajes, la música o los espacios geográficos...
  Ve la luz en la amanecida de 2015 la edición de Museum, subtitulado La pintura escrita. El volumen explora -y hago mía la expresión de Lorenzo Saval - “la complicidad entre poesía y pintura”, una relación convivencial de envidiable solidez. Las diferentes secciones enlazan narratividad, lírismo y textura visual en un recorrido que visita todas las épocas artísticas, desde las pinturas rupestres del Paleotíco hasta las creaciones del arte contemporáneo. Resulta así un didáctico museo que fusiona emoción y belleza, que ilumina la exposición dual de imágenes y textos, ya sean estos breves ensayos indagatorios sobre el arte o poemas que se ajustan a  los cuadros que se han ido sucediendo en una incansable cronología creadora. Una vez más, los lectores de Litoral se encuentran con la propuesta feliz de una revista que muestra su excelente friso de colaboraciones. Lorenzo Saval y María José Amado, junto a un equipo de colaboradores formado por Antonio Lafarque, Miguel Gómez Peña, Rafael Godoy, Pilar Salado, Victoria Valmaseda y Carmen  Saval Prados, nos acercan un patrimonio escritural que amalgama clásicos y contemporáneos para dar voz perdurable al sosegado estar de la pintura. Un número para exponer, con sitio preferente, en todas las bibiotecas.

jueves, 24 de abril de 2014

JUAN DE DIOS GARCÍA. ÁRTICO.

Ártico
Juan de Dios García
Germania, Valencia, 2014 

DESDE EL FRÍO
 
 Tras la aparición de Nómada en 2008 y las colaboraciones en entregas colectivas, Juan de Dios García (Cartagena, 1975) nos deja Ártico, un libro que se incorpora al catálogo de Germania. El poemario cuenta con una reflexión prologal de Antonio Lafarque en la que se apuntan algunas consideraciones sobre la poética del autor, los rasgos del hablante verbal o la textura de lo contingente en las composiciones; al cabo, las cuestiones siempre esenciales de esa ecuación sin resolver que es cualquier libro de poesía.
  Más que un aserto didáctico, la poética de Juan de Dios García es un horizonte especulativo: “No tiene que buscar sentido a nada. / Mate la mariposa que ha escondido / dentro de su cabeza. “ Parece claro que la propuesta de este poema conlleva un carácter simbólico; pero, ¿qué naturaleza tiene esa mariposa? Antonio Lafarque hace bien en recordar la polvareda modernista que convulsionó el tranquilo páramo mesetario con una retórica ampulosa y grandilocuente. En esta mariposa no cabe tanto, así que al menos admitamos que representa a una belleza frágil y apariencial, un maquillaje estético del lenguaje. Tampoco es desdeñable que la mariposa, si nace como consecuencia del primer verso, represente la lógica de lo real, la percepción sensible, el juego de impresiones de lo matérico. Así que la poética se convierte en una invitación al lector.
  El yo poemático vela el carácter confesional de esta poesía, no convierte al poema en un espejo privado sino en un espacio compartido, en una senda llena de infinitivos: “Avanzar a ciegas abriéndose paso a través del pecho. / Preguntar cómo se llega a ninguna parte. / Hablar tanto que ya no se sienta lo que dice. / Ser muy viejo para morir joven. “ Los rasgos del sujeto se marcan en composiciones como “Acuarela”, una enumeración de gustos; “Decisión”, aporte sobre el quehacer literario, o “Autorretrato”, versos que indagan en la identidad de quien sale a descubierta.
  Abunda en el poemario la consideración de lo contingente como estela de adversidad y pérdida. El acontecer dibuja cicatrices, sobrevuela un aire denso, de impotencia y desánimo. Como sugiere el título, se busca un norte frío, una estrategia para reparar los desgarros y proseguir la ruta con la esperanza puesta en el deshielo, aun cuando la memoria haya convertido en hábito la tristeza.
  Los lectores de Nómada recordarán el acarreo culturalista que en la nueva salida no pasa inadvertido; se multiplican los guiños a la biblioteca porque, después de Auschwitz, hay que seguir buscando la razón del poema. Dispuestos a ocupar su butaca entre los versos hallamos a Sartre, Camus, Juan Ramón o la completa nómina del poema “Linaje”, un puñado de afectuosa genealogía aplicada en el terco quehacer de inventar un lenguaje.
   Concluyo. Los mejores registros de la poesía emergente tienen problemas de convivencia con el vecindario taxonómico. Se llevan mal con el carácter reductor de las etiquetas porque faltan claves clasificatorias o, sencillamente, porque en tan corto itinerario es imposible moldear a medida un sendero literario. Pero hay datos que no se ocultan: la buena poesía nunca se sale por la tangente; es una suma al contado de emociones, pensamientos y sueños. Y esta suma deja su evidente resultado en Ártico, donde cada poema nombra con lucidez el desconcierto de lo cotidiano. Si duele, aplica frío.   
     

lunes, 16 de julio de 2012

LITORAL. CIENCIA Y POESÍA.

 Revista Litoral
Director: Lorenzo Saval
Coordinador: Antonio Lafarque
Nº 253, Málaga, 2012

   La revista Litoral, nacida en Málaga en 1926, gracias al empeño de  Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, continua su itinerario como revista de arte y pensamiento, convertida en una de las publicaciones periódicas más importantes del horizonte cultural español. Su número 253  se dedica a conexionar dos parcelas de la inteligencia, ciencia y poesía, aparentemente disociadas: frente al temperamento práctico del saber científico, la razón poética muestra un carácter ideal y aleatorio.
   El monográfico, coordinado por Antonio Lafarque, cuenta con un liminar de su director, Lorenzo Saval, que aborda la relación entre conocimiento científico y expresión artística, un enlace fecundo cuyo resultado parece una metáfora del corazón. También el coordinador, Antonio Lafarque, investiga ambas disciplinas y repasa su aleación, con un listado concreto de tiempos y autores.
   La estructura del número integra como punto de partida un breve ensayo de Federico Mayor Zaragoza que formula una propuesta de interés: “las ciencias son, en realidad, una modalidad artística, ya que se trata de crear, de innovar, de imaginar…”, actividades intelectivas en pos de una utilidad social que mejore las condiciones de vida y sea respetuosa con el entorno natural. Otro trabajo de Juan Antonio González Iglesias sondea el tema en la antigüedad grecolatina. Firman otros enfoques Francisco Fortuni, Jesús Aguado que recuerdan situaciones históricas, logros y avances significativos.
   Pero el cuerpo central de la publicación lo constituye una amplia muestra poética de autores clásicos y contemporáneos que han empleado como eje argumental de sus versos facetas de la ciencia como la alquimia y la medicina. Son nombres propios con una identidad prestigiosa que abordan los más diversos matices científicos y literarios: Leonardo de Vinci, Quevedo, Dikinson, Kavafis… para desembocar en una mirada al horizonte estético actual.
   El monográfico se completa con una mirada a la biografía creadora de hombres de ciencia como Ch. Darwin, Curie, Freud, Newton o Eistein para investigar los mecanismos internos de su trabajo y las motivaciones.
   Los contenidos dejan sitio a la glosa de experiencias artísticas novedosas como el arte electrónico, sustentado en la tecnología, que muestra otra forma de percibir el mundo y depara al espectador el código visual de un nuevo lenguaje que en no pocas ocasiones genera dudas y desconcierto hasta la implantación definitiva de sus mensajes comunicativos.
  Como es norma de la casa, el formato de Litoral convierte cada entrega en un objeto de coleccionista. En esta salida cuenta con un amplio índice de ilustraciones y con la calidad de diseño de siempre. Si queda claro que ciencia y poesía ocupan habitaciones contiguas y bien comunicadas entre sí, la edición  de Litoral dejan de nuevo relevantes huellas de interés, calidad y buen gusto.