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miércoles, 24 de diciembre de 2025

JOSEFINA AGUILAR RECUENCO. LA ETERNIDAD MENGUANTE

La eternidad menguante
Josefina Aguilar Recuenco
VII Premio Internacional de Poesía
Juan Rejano-Puente Genil
Editorial Pre-Textos / Poesía
Valencia, 2025

 

INSTANTÁNEAS

 
   Profesora de Ciclos Formativos en un instituto público de Secundaria, Josefina Aguilar Recuenco (Almería, 1971) se ha convertido, en solo una década, en una presencia fuerte del territorio poético contemporáneo. Una alternativa multipremiada, reconocida y singular. Desde aquella amanecida de agudo título, Overbooking en el paraíso (Ultramarina, 2016) hasta La eternidad menguante (Pre-Textos, 2025) la poeta entiende la escritura como un ejercicio de introspección de la propia identidad a través del lenguaje. El camino versal se convierte en herramienta expresiva inconforme, empeñada en descubrir laberintos de imágenes y metáforas sorprendentes y en recuperar tramas a partir de referentes literarios.
   Un leve apunte de apertura sobre Lewis Carrol parece sugerir un guiño cómplice sobre las formas de percibir el tiempo y la realidad, siempre mudable en los espejos. Así comienza un libro que sorprende por lo explícito de los títulos de las composiciones y por la expansión de argumentos con un fuerte epitelio imaginario. Los poemas nacen como instantáneas que salen a encontrarse con la luz. Sesiones mínimas para captar el interior de hendiduras conceptuales como la realidad, el espejo, el infierno, un fantasma o una clase de ilógica… Con semejante estrategia, se puede fotografiar el rostro quieto de la oscuridad y percibir en su esplendor que los espejos no tienen fondo, que son una rendija donde cabe la hacendosa población de los sueños.
   La fotografía necesita ausencia de movimiento, concentración, un paréntesis de no ser en medio de una respiración suspendida. Solo así es posible que una sesión fotográfica se convierta en eternidad menguante. El desamparo de un ojo que mira un hueco, un agujero que engulle, una caída que está dentro de los sentidos.
   La extensión de cada poema y sus renglones centrados conceden a la lectura la apariencia de caminar por un género híbrido. Josefina Aguilar Recuenco yuxtapone en las páginas poesía, por la concentración de símbolos e imágenes, y prosa, por resetear  los ecos de los libros de Carrol. La escritora se siente cómoda ena esa convivencia aleatoria entre imaginación y sueños.
  De ese mundo que sueña, Josefina Aguilar Recuenco extrae situaciones insólitas., que recorren espacios ambiguos de opacidad y transparencia, que gestan una verdad distinta, dispuesta a deshacer convenciones y a prodigar diminutos asombros.  De este modo, el tiempo del poema se diluye, da saltos entre el pasado y el ahora; simplemente, ocurre, crece, se desploma, enmascara belleza para que aparezca intacta en alguna sesión fotográfica.
   La caja oscura de la cámara se hace fondo para cobijar lo insólito y buscar el comienzo de todas las cosas. La quietud se diluye: “detrás de mi ojo sucede el mundo”. Cada jornada laboral se hace memoria dilatada; es una puerta abierta a la fantasía y al caminar libre de la imaginación. La realidad se trastoca, muda en espacio alucinatorio y se llena de elementos lúdicos. Crea ilusión sobre la incertidumbre. Traza la silueta exacta de lo efímero.
   La eternidad menguante es una colección de poemas repleta de belleza por la originalidad de sus metáforas, por el sentido orgánico de las composiciones y por recuperar la fantasía como terapia de una realidad diluida entre sombras. Josefina Aguilar Recuenco explora; abre surcos para sembrar la espera fértil de lo que no existe.
 
JOSÉ LUIS MORANTE




 

sábado, 12 de octubre de 2024

JORGE PÉREZ CEBRIÁN. PERO NUNCA LOS HUESOS DE LAS AVES

Pero nunca los huesos de las aves
Jorge Pérez Cebrián
XVI Premio de Poesía joven RNE y Fundación Montemadrid
Editorial Pre-Textos
Valencia, 2024


 

ESTACIÓN FINAL

 

   En la primavera de 2024, en la ciudad cervantina de Alcalá de Henares, tuve la oportunidad de abrazar por primera vez a Jorge Pérez Cebrián (Requena, Valencia, 1996) en un evento organizado por la poeta y traductora Elisabeta Botan, en el que participaban con nosotros otros poetas como Cristina Penalva, Fernando Pastor  y Darío Márquez. Desde su voz amanecían los nuevos proyectos literarios del joven valenciano y pude escuchar, en el cálido ambiente de una biblioteca pública, una lectura altamente emotiva con una selección de poemas de Pero nunca los huesos de las aves, un meritorio anticipo del libro publicado por la editorial Pre-Textos, tras ser reconocido con el XVI Premio de Poesía Joven de RNE, en colaboración con la Fundación Montemadrid.
  Hasta la fecha, Jorge Pérez Cebrián había publicado las entregas La voz sobre las aguas (Valparaíso, 2019), La lumbre del barquero (Olélibros, 2021), y De cuánta noche cabe en un espejo (2022), obra que consiguió el Premio Arcipreste de Hita y también llegó a los escaparates  publicada por la editorial Pre-Textos. Este río continuo de poesía permite establecer algunas premisas sobre la singladura personal. Jorge Pérez Cebrián desdeña lo anecdótico y vela la biografía concreta para convertir sus composiciones en estratos reflexivos que recorre un pensamiento en vigilia. Los versos trasmiten una perspectiva humanista, una forma de ser y de sentir el devenir existencial y la temporalidad, dos vértices conceptuales recurrentes.
   En un clarificador artículo publicado en Zenda el escritor exploraba el sentido de su entrega Pero nunca los huesos de las aves. La palabra poética enuncia las cualidades del ave como presencia simbólica: grácil y ligera pobladora del aire, el ave habita ese peldaño que nos acerca a la divinidad y el paraíso; es reflejo del alma. Esta imagen, tan espiritual y transparente, oculta un esqueleto que nunca supera su condición de fisiología frágil y vulnerable, de elemento matérico con fecha de caducidad. Se abre entre realidad e ideal un panorama conceptual de contrastes, un espacio tensional que produce enajenación y desencanto. Lo inasible convoca a una cita en la distancia, e invita a la voluntad a descubrir sus lejanas posibilidades para emprender un viaje interminable.
   La apertura del libro “Devolver el remo” sugiere un instante final de claudicación y quietud, la llegada a un andén que sella más pasos perdidos. Después del ocaso la voz emprende un caminar descalzo que soporta el peso del frío y el cumplimiento de un porvenir impuesto en el que sólo queda la mano alzada del recuerdo.
   La vibración 440 herzios, número en apariencia misterioso que da titulo a un poema, sirve como estándar de referencia para afinar la altura musical, la nota que desbroza el silencio que sellan las sílabas gastadas. Es también un destello de esperanza que se convierte en una refutación de la sombra. La carne muere y solo queda el barro y el aliento de los dioses, una dimensión transcendida del yo.
   El final emplea algunos referentes culturales como Sinar, la bíblica llanura entre los ríos Éufrates y Tigris donde se asentó la civilización mesopotámica, Esa geografía del pasado contribuye a crear una dimensión mítica del poema, lejos de lo cotidiano y lo biográfico. Todo el apartado tiene la evolución de una sensibilidad nocturnal. Todo es noche, un oscuro horizonte perdido en un mapa, un yo colectivo que soporta el peso de la carne y muere un poco cada día.
   El conjunto de poemas “Antes de que nos halle la mentira” recupera la evocación del polvo de la historia, ese largo rastro de lo perdido en el que se entrelazan también la geografía de los sueños y el tenue resplandor del desencanto, al descubrir los frágiles cimientos del mañana. Solo el amor y el deseo siembran amanecidas, construyen una íntima patria de celebración y canto, donde habita el todavía. La muerte se apaga y renacen las cosas que no han sido, aunque el amor se desvanezca.
   El aserto culturalista “La sangre de Agamenón en el cuello del cisne” enriquece la semántica del mito haciendo de la muerte una cercana presencia que condiciona el destino, y pone en lo cotidiano el color bermejo de la finitud. En su indagación sobre la trama vital se percibe la ceniza que recubre nuestra condición. El poniente acecha al atardecer y a él se encamina el complejo mecanismo de los días. Todo está dispuesto para el cierre final, para el otoño de tareas que deja al caminante ligero de equipaje, con un legado de quien nunca tuvo nada y, por tanto, nada retiene.
   Los poemas de Jorge Pérez Cebrián sobrecogen. Su voz pronuncia tristeza ante la certidumbre de un destino poco proclive al cumplimiento del ideal. La vida apenas deja sitio a lo inasible, a la intensidad del vuelo, a la asunción de los certeros trazos que alumbran la belleza, que apagan en cada instante el rumor de los huesos de las aves, el plumaje de una densa oscuridad.



JOSÉ LUIS MORANTE



martes, 3 de septiembre de 2024

JOSÉ ÁNGEL VALENTE. MEMORIA DE POETA

JOSÉ ÁNGEL vALENTE
Ourense, 1929-Ginebra, 2000

                  

       
LECTURAS DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE
 
 
El guardián del fin de los desiertos.
Perspectivas sobre Valente
Edición de José Andújar Almansa y Antonio Lafarque
Pre-Textos, Valencia, 2011
 
   El corpus de José Ángel Valente (1929-2000), fallecido en Ginebra a los 71 años,  preserva su vigencia y se ha convertido en línea medular de buena parte de la nómina poética española del cierre de siglo, acogida bajo el epígrafe “poética del silencio”, un aserto esquemático y ambiguo. El escritor sedimenta una estética de la transcendencia que incide en la sumisión de la palabra al pensamiento; el verso se convierte en territorio de búsqueda e incertidumbre, en un descenso hacia la soledad en el que se hace tema substancial la exploración del lenguaje como medio de conocimiento. Su obra diversificada en lírica, páginas autobiográficas, aforismos y ensayos aglutina desnudez, despojamiento e indagación en el sentido último de la finitud a través de elementos simbólicos recurrentes como la luz, la noche, el desierto y la ceniza.
    Valente fue un poeta escindido por voluntad propia de la rama generacional del medio siglo, aunque participara en la puesta en escena que se convirtió en la imagen más nítida de la promoción: la visita a Colliure el 22 de febrero de 1959 y el homenaje a Antonio Machado. Sobre el encaje colectivo de aquellas voces, que tanto debe a Carlos Barral y a las maniobras promocionales de la Escuela de Barcelona, Ángel González ironizó: “Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho”. Reacio a cualquier retrato de grupo, José Ángel Valente hizo de la independencia un parapeto, disolvió afinidades y analogías de contexto, tachó estereotipos y desoyó compromisos sociales para vivir al margen los últimos quince años de su existencia. Tras una breve estancia en Málaga, buscó casa en Almería, un lugar de la periferia, a trasmano del mercadeo editorial, que lo acogió con hospitalidad. Al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, la ciudad mediterránea fue sede de un encuentro de estudiosos y especialistas para abordar la singularidad creadora y el legado intelectual.
   El conjunto de enfoques se compila en El guardián del fin de los desiertos, una aproximación diversa coordinada por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque, con disposición de tríptico. El apartado inicial, “La memoria”, explora el anclaje biográfico a través de testimonios que integraron el círculo más íntimo. El introvertido carácter del poeta se disipa pronto, con los bocetos afectivos de Fernando Lara, Ramón de Torres y José Guirao, quien subraya la pasión por la plástica y el profundo calado de los ensayos sobre arte. Son textos que rehumanizan la figura existencial, muchas veces proclive a la aspereza y al juicio espinoso. Para los creadores de asimetrías entre vida y obra, la conclusión general de “La memoria” incide en la idea de que son conceptos complementarios. En esta cronología vivencial figura Antonio Gamoneda con una reflexión que une el pensamiento poético con los hitos biográficos esenciales: vida y muerte, y cierra este núcleo temático el análisis de Andrés Sánchez Robayna sobre el diario inédito. La miscelánea, custodiada tras la muerte del poeta por la compañera sentimental, Coral Gutiérrez, arranca en los años cincuenta y se mantiene hasta sus últimos días. Conviene descartar de inmediato la autoconfesión analítica; la discontinua redacción aglutina apuntes biográficos, esbozos críticos sobre lecturas, citas, disquisiciones aforísticas y bocetos en verso o en prosa. Como es sabido, en septiembre de 2011 el Diario anónimo fue publicado por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
    Cuatro aportaciones forman la segunda sección, “Los signos”, centrada en el recorrido creativo. El apartado desvela la segregación natural: poesía, traducción y ensayo. En él sondean José Andújar Almansa, Lorenzo Oliván, Miguel Gallego Roca y Jordi Doce. Exploran la diversidad  genérica y su común aspiración a la unidad a través del carácter cognitivo del lenguaje. La palabra poética trasciende la realidad, multiplica símbolos y oculta a la razón el significado común porque las referencias se disuelven; la escritura no se deja llevar por la inercia de lo establecido. El aporte de José Andújar incide en la visión lírica de Valente, defiende que la poesía nace de la crisis de identidad del sujeto poético y de la necesidad de recobrar el sentido originario de las palabras de la tribu. Lo subjetivo debe disolverse, hacerse barro magmático en el que se cobije la existencia y sus fragmentos. Lorenzo Oliván  establece una cata de las conexiones existentes entre la prosa de creación y el discurso lírico. Toma como punto de partida el aforismo, un género de confluencia que enlaza discurso reflexivo y poesía. Gallego Roca analiza el concepto de traducción del escritor, cuya labor se compiló en 2002 en  su Cuaderno de versiones, prologado por Claudio Rodríguez Fer. El rastreo de obras de otra lengua permite profundizar en legados foráneos y, al mismo tiempo, ayuda a clarificar el sentido de su propia tradición.
   El pensamiento crítico de Valente promueve el ensayo de Jordi Doce; el poeta y traductor perfila un contexto personal a partir de la precaria situación ensayística de los noventa en nuestro país y recupera el supuesto enfrentamiento teórico entre dos magisterios de ese tiempo en los que no percibe suturas: Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Jordi Doce emplea como punto de arranque de su aportación los escritos de naturaleza política, o sociohistórica, nacidos en el devenir de la Transición; en ellos, los conceptos de poder y libertad son sustratos reflexivos de primer orden. El análisis del ensayo crítico de Valente resalta la congruencia del mismo con la vertiente lírica.
   El muestrario de cierre acumula enfoques abiertos. Abre la sección María Payeras, investigadora que ha firmado valiosas aproximaciones a la promoción del 50 y a la colección Colliure; de ahí que se detenga en el tramo inicial del discurso lírico, cuando Valente se aproxima a una estética compartida, su discurso teórico se inserta en una realidad simbólica y se proyecta la imagen del autor en la obra. En el primer tramo escritural no pueden difuminarse los enlaces con los fugaces compañeros de viaje. Es una etapa en la que el contexto resulta integrador; la expeditiva presencia de la dictadura reafirma una poética declarativa y testimonial, de fuerte entramado anecdótico, realista y crítica.
   Sobre la convergencia entre estética y filosofía profundiza Carlos Peinado Elliot sobre Tres lecciones de tinieblas, tal vez la entrega más hermética. Conviene recordar que, ya en 1973, Valente emplea la prosa poética en su libro El fin de la edad de plata. En él se extrema la decantación y concisión de la palabra, su misteriosa opacidad para emitir un sentido alegórico, que conecta con la creencia de la poesía como forma de visión.
   La presencia literaria de José Ángel Valente no ha hecho sino acrecentarse. El valor y la actualidad de su testimonio intelectual fomentan aproximaciones y contribuyen a profundizar en un intenso proceso de escritura que ya puede analizarse con perspectiva histórica; una estética de rigor y despojamiento que lleva al lenguaje hasta el punto cero, “en el que el signo vuelve a hacerse pura expectativa”, ámbito de quietud y sosiego donde se manifiesta lo que ha estado oculto.
 
 
 
                                                                JOSÉ LUIS MORANTE



lunes, 11 de marzo de 2024

POESÍA CONTRA EL OLVIDO: 11- M



ESCRITOS CON DOLOR
 
Madrid, once de marzo (Poemas para el recuerdo)
Edición de Eduardo Jordá y José Mateos
Pre-Textos, Valencia 2004.
 
11-M ( El Sornabique -7)
Edición de Luis Felipe Comendador
LF Ediciones, Béjar, 2004
 
11-M: Poemas contra el olvido
Edición y coordinación de José Paz Saz y Manuel Rico
Bartleby, Madrid, 2004.
 
    Aunque el ánimo no podrá acostumbrarse nunca a la gratuidad de la acción terrorista y el pensamiento racional anula cualquier indicio que intente justificar la autoría intelectual del atentado, llegará un tiempo en el que el once de marzo en Madrid será un suceso pretérito, difuso, en el que cueste ubicar las circunstancias, los nombres de las víctimas, o las dimensiones de la tragedia. La memoria tiene esos mecanismos de defensa para disfrazar las aristas más rechazables de la condición humana y la vorágine del devenir en la gran ciudad restablece, con enfermiza urgencia, el hilo de continuidad tras las conmociones. Sin embargo, para que el olvido no se instale en el territorio de lo cotidiano y haga de la historia una página de signos desvaídos, se han publicado tres volúmenes que contienen unos centenares de poemas. Todos están escritos con dolor.
    Son muchos los nombres que se repiten y casi todas las generaciones en activo están  presentes en este gesto de solidaridad y esperanza;  todos somos pasajeros en los trenes de cercanías que sufrieron la barbarie del fanatismo.
   Madrid, once de marzo, subtitulado poemas para el recuerdo ha sido coordinado por Eduardo Jordá y José Mateos. El conjunto, presentado por la editorial Pre-Textos, parte de una idea de la librería madrileña Rafael Alberti que al día siguiente del atentado colgó en sus escaparates los lamentos y despedidas de poetas y madrileños anónimos. Tal iniciativa desbordó las previsiones de los organizadores y cuajó en una obra que contiene poemas escritos en todas las lenguas del estado y en la que comparten página clásicos como José Antonio Muñoz Rojas, nombres ilustres de la generación del cincuenta como José Manuel Caballero Bonald y poetas que todavía no han traspasado el umbral de los veinte años como Elena Medel; entre los tres, más de cien voces que han dejado las huellas del dolor en textos en los que predomina el desgarro y en los que las preguntas esenciales, una vez más, se quedan sin respuesta.
   11-M es la escueta leyenda de portada con la que la revista Los cuadernos del Sornabique nos deja un monográfico para coleccionistas, por su hermoso diseño, que cuenta con el blanco y negro de dos jóvenes fotógrafos, Javier Cabañero Valencia y Fernando Sánchez Fernández. Los objetivos miran, sin truculencias ni amarillismos, con panorámicas donde la normalidad impone su ritmo diario; los paisajes de la desolación se van llenando de seres anónimos que abandonan su silencio en los asientos y pasillos de los nuevos trenes. Y después, versos que reivindican, desde la palabra, la dignidad del hombre y su derecho a vivir en paz, una aspiración que ya no tiene el amplio listado de víctimas que cierra el número.  El director de la publicación, Luis Felipe Comendador, -cuyo poema ha sido musicado por el cantautor onubense Javier Díaz- como han hecho los editores de las otras publicaciones reseñadas, destinará los beneficios del número a asociaciones de afectados y a los familiares de víctimas del terrorismo.
   La editorial Bartleby  es la responsable del ultimo libro comentado,  11-M: poemas contra el olvido que ha sido coordinado por Pepo Paz y Manuel Rico. Como los anteriores, nació de la urgencia y del lamento anónimo de un tiempo detenido. Asume una respuesta inmediata que nos sitúa al lado de las víctimas y remarca la frontera contra la virulencia de lo macabro. En la reacción no se oye una sola modulación; cada poema es un estado de ánimo: desolación, condena, horror, sufrimiento, necesidad de sobrevivir... Plural relieve de un paisaje emocional. El cierre no es un vengativo ajuste de cuentas o la persecución de otra forma de pensar sobre la que llueven tantos lugares comunes y recelos ante la discrepancia; es expresión de angustia y canto a la vida desde la tolerancia cultural, desde la integración y el mestizaje, con un texto del marroquí Abdellatif Laâbi.
   Los libros comparten propósitos de cohesión para cerrar la puerta al discurso apocalíptico y al mar de asfalto de un pesimismo cuyos rasgos concretos son los efectos del atentado. El derribo requiere una reconstrucción de las ideas y de la sensibilidad. La conciencia poética está enmarcada en el tiempo que le ha tocado vivir; el acto de escritura es una oportunidad para conocer un horizonte reflexivo común, que sale del ensimismamiento y muestra su adhesión al pálpito del entorno.
   Sentimientos en forma de palabras solidarias para buscar un hueco en la memoria, para reiterar, en la desolación y en la impotencia, en la angustia, aquellos versos de Blas de Otero: aunque haya desaparecido la risa y la ternura se desangre por una cicatriz abierta al miedo, nos queda la palabra.
 
                                                                               
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 
 
 
 
 
  

domingo, 12 de febrero de 2023

JOSÉ ÁNGEL VALENTE: DESDE LA ISLA

José Ángel Valente
(1929-2000)
         

 

       

LECTURAS DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 
El guardián del fin de los desiertos.
Perspectivas sobre Valente
Edición de José Andújar Almansa y Antonio Lafarque
Pre-Textos, Valencia, 2011
 
   El corpus de José Ángel Valente (1929-2000), fallecido en Ginebra a los 71 años,  preserva su vigencia y se ha convertido en línea medular de buena parte de la nómina poética española del cierre de siglo, acogida bajo el epígrafe “poética del silencio”, un aserto esquemático y ambiguo. El escritor sedimenta una estética de la transcendencia que incide en la sumisión de la palabra al pensamiento; el verso se convierte en territorio de búsqueda e incertidumbre, en un descenso hacia la soledad en el que se hace tema substancial la exploración del lenguaje como medio de conocimiento. Su obra diversificada en lírica, páginas autobiográficas, aforismos y ensayos aglutina desnudez, despojamiento e indagación en el sentido último de la finitud a través de elementos simbólicos recurrentes como la luz, la noche, el desierto y la ceniza.
    Valente fue un poeta escindido por voluntad propia de la rama generacional del medio siglo, aunque participara en la puesta en escena que se convirtió en la imagen más nítida de la promoción: la visita a Colliure el 22 de febrero de 1959 y el homenaje a Antonio Machado. Sobre el encaje colectivo de aquellas voces, que tanto debe a Carlos Barral y a las maniobras promocionales de la Escuela de Barcelona, Ángel González ironizó: “Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho”. Reacio a cualquier retrato de grupo, José Ángel Valente hizo de la independencia un parapeto, disolvió afinidades y analogías de contexto, tachó estereotipos y desoyó compromisos sociales para vivir al margen los últimos quince años de su existencia. Tras una breve estancia en Málaga, buscó casa en Almería, un lugar de la periferia, a trasmano del mercadeo editorial, que lo acogió con hospitalidad. Al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, la ciudad mediterránea fue sede de un encuentro de estudiosos y especialistas para abordar la singularidad creadora y el legado intelectual.
   El conjunto de enfoques se compila en El guardián del fin de los desiertos, una aproximación diversa coordinada por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque, con disposición de tríptico. El apartado inicial, “La memoria”, explora el anclaje biográfico a través de testimonios que integraron el círculo más íntimo. El introvertido carácter del poeta se disipa pronto, con los bocetos afectivos de Fernando Lara, Ramón de Torres y José Guirao, quien subraya la pasión por la plástica y el profundo calado de los ensayos sobre arte. Son textos que rehumanizan la figura existencial, muchas veces proclive a la aspereza y al juicio espinoso. Para los creadores de asimetrías entre vida y obra, la conclusión general de “La memoria” incide en la idea de que son conceptos complementarios. En esta cronología vivencial figura Antonio Gamoneda con una reflexión que une el pensamiento poético con los hitos biográficos esenciales: vida y muerte, y cierra este núcleo temático el análisis de Andrés Sánchez Robayna sobre el diario inédito. La miscelánea, custodiada tras la muerte del poeta por la compañera sentimental, Coral Gutiérrez, arranca en los años cincuenta y se mantiene hasta sus últimos días. Conviene descartar de inmediato la autoconfesión analítica; la discontinua redacción aglutina apuntes biográficos, esbozos críticos sobre lecturas, citas, disquisiciones aforísticas y bocetos en verso o en prosa. Como es sabido, en septiembre de 2011 el Diario anónimo fue publicado por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
    Cuatro aportaciones forman la segunda sección, “Los signos”, centrada en el recorrido creativo. El apartado desvela la segregación natural: poesía, traducción y ensayo. En él sondean José Andújar Almansa, Lorenzo Oliván, Miguel Gallego Roca y Jordi Doce. Exploran la diversidad  genérica y su común aspiración a la unidad a través del carácter cognitivo del lenguaje. La palabra poética trasciende la realidad, multiplica símbolos y oculta a la razón el significado común porque las referencias se disuelven; la escritura no se deja llevar por la inercia de lo establecido. El aporte de José Andújar incide en la visión lírica de Valente, defiende que la poesía nace de la crisis de identidad del sujeto poético y de la necesidad de recobrar el sentido originario de las palabras de la tribu. Lo subjetivo debe disolverse, hacerse barro magmático en el que se cobije la existencia y sus fragmentos. Lorenzo Oliván  establece una cata de las conexiones existentes entre la prosa de creación y el discurso lírico. Toma como punto de partida el aforismo, un género de confluencia que enlaza discurso reflexivo y poesía. Gallego Roca analiza el concepto de traducción del escritor, cuya labor se compiló en 2002 en  su Cuaderno de versiones, prologado por Claudio Rodríguez Fer. El rastreo de obras de otra lengua permite profundizar en legados foráneos y, al mismo tiempo, ayuda a clarificar el sentido de su propia tradición.
   El pensamiento crítico de Valente promueve el ensayo de Jordi Doce; el poeta y traductor perfila un contexto personal a partir de la precaria situación ensayística de los noventa en nuestro país y recupera el supuesto enfrentamiento teórico entre dos magisterios de ese tiempo en los que no percibe suturas: Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Jordi Doce emplea como punto de arranque de su aportación los escritos de naturaleza política, o sociohistórica, nacidos en el devenir de la Transición; en ellos, los conceptos de poder y libertad son sustratos reflexivos de primer orden. El análisis del ensayo crítico de Valente resalta la congruencia del mismo con la vertiente lírica.
   El muestrario de cierre acumula enfoques abiertos. Abre la sección María Payeras, investigadora que ha firmado valiosas aproximaciones a la promoción del 50 y a la colección Colliure; de ahí que se detenga en el tramo inicial del discurso lírico, cuando Valente se aproxima a una estética compartida, su discurso teórico se inserta en una realidad simbólica y se proyecta la imagen del autor en la obra. En el primer tramo escritural no pueden difuminarse los enlaces con los fugaces compañeros de viaje. Es una etapa en la que el contexto resulta integrador; la expeditiva presencia de la dictadura reafirma una poética declarativa y testimonial, de fuerte entramado anecdótico, realista y crítica.
   Sobre la convergencia entre estética y filosofía profundiza Carlos Peinado Elliot sobre Tres lecciones de tinieblas, tal vez la entrega más hermética. Conviene recordar que, ya en 1973, Valente emplea la prosa poética en su libro El fin de la edad de plata. En él se extrema la decantación y concisión de la palabra, su misteriosa opacidad para emitir un sentido alegórico, que conecta con la creencia de la poesía como forma de visión.
   La presencia literaria de José Ángel Valente no ha hecho sino acrecentarse. El valor y la actualidad de su testimonio intelectual fomentan aproximaciones y contribuyen a profundizar en un intenso proceso de escritura que ya puede analizarse con perspectiva histórica; una estética de rigor y despojamiento que lleva al lenguaje hasta el punto cero, “en el que el signo vuelve a hacerse pura expectativa”, ámbito de quietud y sosiego donde se manifiesta lo que ha estado oculto.
 
 

                                                                  JOSÉ LUIS MORANTE  



domingo, 27 de noviembre de 2022

ANAIS VEGA. SECUELAS DEL FUEGO

Secuelas del fuego
Anais Vega
XIV Premio de Poesía Joven
RNE-FUNDACIÓN MONTEMADRID
Pre-Textos, Poesía
Valencia, 2022

 

RITUALES DIARIOS


   Si exploramos los itinerarios estéticos de la generación nacida en el cierre de siglo, percibimos una producción cadenciosa y diversa,. En ella se conjugan nombres propios que ponen frescura e intimismo en su creación. En este sustrato histórico comienza su andadura Anais Vega (Córdoba, 1991), que cursa en el ahora Filología Hispánica en la Universidad de Córdoba. Su trabajo más temprano, Azules y otras sombras, fue reconocido con el Premio de Poesía Joaquín Benito de Lucas; también su segunda entrega Secuelas del fuego sale de amanecida al obtener el XIV Premio de Poesía Joven RNE-Fundación Montemadrid.
  La poeta elige como vértice iluminador de su escritura una cita del mexicano José Emilio Pacheco, cuyo sustrato lírico está marcado por la exploración del inasible ritual diario y por la percepción del discurrir existencial que crea de continuo inquietud y desconcierto, secuelas de ceniza. También la estela poética de Anais Vega opta por varias señas reconocibles: la cercana dicción del coloquialismo, la trama de lo cotidiano, el papel relevante del diálogo con los otros al compartir sueños, decepciones y sosiego y, en el propósito formal, el uso del poema breve como propuesta cercana y transparente, despojada de aditamentos herméticos. Quien camina por la hondura gris del amanecer dibuja una identidad reflexiva: “Es una extraña la que pinta / mis labios / mirándose al espejo. / Contesta algunos wasaps / y ríe con sus amigas, / madruga, / hace deporte, / y después el amor. / Es una extraña y yo / simple pared / e involuntaria espectadora.”
   Por tanto, la marcha argumental de Secuelas del fuego hunde su raíz en el devenir de lo contingente. Está marcada por los afanes de un ser individual que sobrevive a la monotonía del discurrir. Una calma aparente se posa en el entorno, como un extraño marco de representación. De repente aparece un suceso que convulsiona todo, que pone en la tristeza una estridencia, un tacto áspero, un grito que recuerda los mecanismos desgastados de  un mundo inicuo, “que solo puede haberlo creado un loco”.  
  El balance vital prosigue indeclinable hasta dejar al hablante poético en las frontera de los treinta; es un tiempo de transición que zarandea aquellas aspiraciones entusiastas de la juventud. Qué excelente reflejo de ese impulso vital el poema “Los jóvenes de abajo" que enfoca la decepción en la grisura de lo laborable. Poco a poco, se perciben también las mutaciones propias, esas inadvertidas erosiones que van tomando formas nuevas y dejan en las aceras ausencias y pensamientos nacidos desde la evocación. Todo lo que fue un día, ya es distinto. Son otras las ramas que sostienen, o las voces que suenan en el parque y que describen, íntimas, esas certezas que los años mueven de sitio;  ilusiones que no saben terminar un buen autorretrato.
   En el apartado central “Chispa y llamarada” Anais Vega se asoma al presente sin filtros desde una hermosa cita de Joan Margarit; no busca retocar sino que encuentren una ventana con luz las preguntas de siempre; aquellas que saben que la naturaleza de fondo del existir está cubierta por una vaga niebla. Resalta la coherencia del sujeto verbal en asumir su identidad biográfica y el pensamiento con mínimos cambios de planes. Un ambiente sin decoración que tanto recuerda en ocasiones a la sala de espera de un psiquiatra con sus expresionistas contornos de normalidad. Pero también allí crece una brizna de esperanza, salta la chispa que no pierde la fe en la supervivencia, por más que los lobos nunca cambien o se disfracen con pieles de temporada.
   En la poesía de Anais Vega, con voz sabia y precisa, se dibujan los contornos de la realidad y su tendencia intacta de cobijar la umbría y el pesimismo existencial. Los pasos afloran con huella frágil, destinados a ser silencio y humo, un poco de vaho en los espejos. Desde ese sentimiento elegíaco, que enlaza con magisterios como Ángel González, comienza un trayecto marcado por la inquietud de una conciencia insomne. Quien piensa sabe que un día no estaremos, pero sabe también que vivencias y percepciones no son definitivas. Que es posible emerger con palpitaciones vivas. Ser otra vez un ave fénix, cuando el amor rescata con su mano tendida y libera de cualquier sensación crepuscular “Con la Noche estrellada bajo el brazo”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 

domingo, 31 de julio de 2022

JORGE PÉREZ CEBRIÁN. DE CUÁNTA NOCHE CABE EN UN ESPEJO

De cuánta noche cabe en un espejo
Jorge Pérez Cebrián
Premio de poesía Arcipreste de Hita
Editorial Pre-Textos
Valencia, 2022

 

MIRADAS

 

   Estudiante de Filosofía, gestor cultural y poeta con dos entregas en la mesa de novedades, La voz sobre las aguas (Valparaíso, 2019) y La lumbre del barquero (Olé Libros, 2021), Jorge Pérez Cebrián (Requena, 1996) consiguió el Premio de poesía Arcipreste de Hita con su tercer trabajo De cuánta noche cabe en un espejo, que se incorpora al imprescindible camino editorial de Pre-Textos.
  La poesía, más allá de lo metalingüístico, comienza allí donde germinan las preguntas esenciales de la identidad y su imaginería ontológica; y esa aseveración, con cierto aire de solemnidad pero centrada en el epitelio humano y existencial del lenguaje, bucea en la sensibilidad de esta arquitectura verbal. El hablante lírico rastrea los estratos que configuran el devenir, donde abre trayecto la celebración del cuerpo, el tacto de la carne y su vuelo de sensaciones. Con ellos, esos perfiles diluidos entre sombras que propagan las cosas más cercanas para asumir las formas mudables de “todo aquello que cabe en los espejos”.
   No pasa inadvertido para el lector el empeño de Jorge Pérez Cebrián por limitar el enunciado confidencial explícito y su carácter figurativo para buscar sitio a una dicción cuidada y luminosa, que opta por envolver lo anecdótico en un tejido de imágenes. También es una presencia fuerte en el marco asentado del poema el espacio semántico; la conciencia de lo transitorio y su estela de mutaciones y silencios alumbrando cavilaciones: “Porque eso será todo lo que quede, / los bordes diluidos del recuerdo, / la nostalgia: / las formas inexactas de la vida”.
  Aunque prevalece el poema breve y confidencial, que enlaza la palabra del protagonista lírico con los contraluces de la memoria, hay composiciones que exploran otros parámetros formales; así sucede en el texto “Una ventana en tres actos” que alude a la puesta en escena de una representación que conforma un soliloquio entre pasado y presente. La acotación teatral suelta el hilo argumental: (Un hombre solo entra en el cuarto. Abre / la ventana. Se sienta. / La sombra crece en las paredes grises / y el cuarto está sembrado de mañana)”. Con tales pertrechos se hace centro la circunvalación introspectiva para indagar el paso leve de lo transitorio. Las horas marcan una actitud de espera. El tacto adormecido de las cosas cotidianas simula la profundidad de una ilusión, moldea un espejismo que busca sitio en la percepción.
   De cuánta noche cabe en un espejo postula un camino interior, de regreso a una memoria que condensa el pasado. Buscar las huellas marcadas en el polvo del tiempo es un modo de exorcizar la rutina. En este desandar afectivo, el poeta emplea referentes culturales (Véase el poema “Calícrates concibe el Partenón”) para explorar el azaroso deambular del destino y el aceptar sumiso de la incertidumbre. La conciencia en el fluir de su orfandad explora ese desorden callado del peregrinaje vital, como si fuera un sueño diluido que se disgrega en el ahora.
   La creación lírica de Jorge Pérez Cebrián teje fronteras entre la textura emocional del yo y el largo viaje dubitativo del pensamiento por incertidumbres y decepciones. En ella cobra relieve el camino gris de la memoria y la fragilidad de nuestro rastro. “Solo es nuestro aquello que no estamos a salvo de perder”. Y en este despojamiento, las palabras caminan. Forjan raíces en el suelo intacto del idioma, entreabren la pupila para abolir el gris de la ceniza.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 

sábado, 6 de noviembre de 2021

JULIO CÉSAR GALÁN. CON PERMISO DEL OLVIDO

Con permiso del olvido
Antología poética (1996-2020)
Julio César Galán
Prólogo de Antonio Ortega y Marco Antonio Núñez
Epílogo de Eduardo Espina
Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur
Valencia, 2021
 


BOSQUE ADENTRO

   El amplio intervalo temporal que acoge la antología Con permiso del olvido de Julio César Galán (Cáceres, 1978), acotada entre 1996 y 2020, permite conocer con minuciosa perspectiva una modulación incesante. La obra asienta su razón de ser en la autoexploración lingüística y en el propósito transgresor, no exento, en ocasiones, de opacidad por el uso de una simbología hermética. Así lo ratifiqué en su día al comentar la selección propia Ahora sí, donde estaban representadas cinco entregas del autor, con apertura crítica de Antonio Ortega. Buena parte de la senda argumental del estudioso se reitera en el umbral “La escritura de Julio César Galán. Apuntes para una topología poética” escrito en colaboración con Marco Antonio Núñez. Gran especialista en la travesía versal de Julio César Galán y en su concepción constructiva, Antonio Ortega, junto a Marco Antonio Núñez, recuerda dos aspectos que permiten una interpretación programática de esta arquitectura. Por un lado, el magma conceptual de una identidad que supera el enclaustramiento limitado para transformarse en urdimbre de un relato diseminativo; el yo genera variaciones, se disgrega en entidades autónomas separadas entre sí, que adquieren un perfil de singularidad polifónica. La segunda clave advierte sobre la dimensión formal del texto, desde su presentación gráfica hasta el potencial de tramas referenciales. Con ambos asideros el breve ensayo sondea los pasos cronológicos del poeta y la progresiva solidez de la pulsión creadora ante lo contingente. La excavación ratifica el tanteo, habla del inacabamiento del poema y de la incierta realidad proteica del espacio exterior.
   El fresco indagatorio conecta con la praxis textual cuyo paso inicial es El ocaso de la aurora (2004) publicado en su día con una introducción de Miguel Ángel Lama. Quedan fuera los libros de poesía firmados con los heterónimos Luis Yarza, Pablo Gaudet y Jimena Alba; son propuestas que han disuelto la monotonía de una identidad concluida y deslían en el afuera poético sensibilidades complementarias. Con criterio retrospectivo, la primera página, la ya citada epifanía El ocaso de la aurora se considera una insinuación de signos, un cumplido segmento de aprendizaje donde se refugia el fluir de la conciencia y su magma de pérdidas, olvidos e incertidumbres hasta asumir una soledad progresiva, huérfana de certezas. Será reescrito parcialmente en Tres veces luz (2007), salida impulsada como nuevo empeño de claridad auroral. Los poemas iniciales dejan una sensibilidad evocativa e intimista, que humaniza las cosas y borra distancias entre la esencia interna del hablante verbal y el territorio entornal, como espacio de contemplación y quietud. La dimensión del contexto es percibida desde una observación meditativa que agrieta la superficie y se hace profundidad. En un diálogo lúcido que debe superar en el tiempo la sensación de continua irrealidad. El poema se hace ascensión cognitiva, busca altura sobre el nivel del mar, un aprendizaje de las distancias que enseña a caminar, desde la constancia, hacia un horizonte lejano, sin la necesidad de mirar hacia atrás.   
  La tercera página Márgenes fue reconocida en 2012 con el Premio Villa de Cox. Las composiciones dan voz a una senda existencial de continua mudanza, lumbre y luz renacida. Es tiempo de amor y calma, propicio a la rememoración y la esperanza. La plenitud sentimental es canto y júbilo que hace de la otredad paisaje franco donde buscar respuestas; casi la edad del paraíso; los versos son canto celebratorio, pupilas con la alegría por dentro.
  La voz que gesta Inclinación al envés (2014) quiebra el conformismo y rompe enlaces con el cauce anterior. Como si el poeta abriese un nuevo ciclo, al que se sumarán en el tiempo El primer día Testigos de la utopía, las directrices del poema son definidas como “poesía non finito”. Se muestra a través del esbozo,  del boceto, mediante imágenes que parecen inacabadas y de sentido abierto. El texto retiene los momentos del proceso creador. Se guardan versos desechados o, mejor, versiones expresivas que descosen un único sentido; y se añade a pie de página  la punzada estricta de una idea objetivada. Las notas conforman ceniza digresiva que diluye los límites concretos del texto. El poema profundiza significados, como si velase claves u optara en el avance por desaprender y preguntarse de nuevo. La línea de horizonte argumental abre fisuras para alojar la enfermedad y el horror. Solo las palabras abrigan. Solo el poema, en cuya escritura se hilvanan fragmentos críticos, teselas metaliterarias o impresiones personales que clarifican la naturaleza del título; de este modo Inclinación al envés no es sino el empeño de fusionar en un punto de encuentro la sensación de estar dentro o fuera, la idea de hacer visible lo invisible mediante variaciones, tanteos y reescrituras, asumiendo que, más que la consumación del resultado, el proceso es el fin.
   El primer día (2016) opta por una intensa libertad transgresora. Desde la ruptura, recupera textos antiguos y los somete a revisiones y reescritura para asumir sensaciones atemporales. La textura absorbente del pasado humedece el ahora y construye planos simultáneos. El verso es posibilidad, despliegue de conexiones, caligrafía de una escritura subjetiva, barroca, intertextual, que deforma el sentido lógico para abordar itinerarios alternos –poesía non finita, intrapoesía, poesía especular…-, reconstruidos con el despliegue de elementos que convierten al poema en un espacio maleable con pluralidad significativa.
   Percibo en el aserto Testigos de la utopía (2017)  una semántica de esperanza y cumplimiento. Con él aborda Julio César Galán un núcleo básico, el viaje migratorio, una incisión autobiográfica en Argelia y Mallorca en un tiempo arrumbado por los desajustes económicos y la aleatoria distribución del mercado laboral. De este modo la existencia se hace errancia y nomadismo en un territorio donde se acrecientan el desarraigo, la condición de extranjería y el estar solo. Del mismo modo, escribir el poema es tantear materiales y mostrar la travesía procesual; es fluir y alejarse, crecer con otra savia que busca puntos de fuga.
   El volumen anticipa composiciones de un próximo libro, Un adiós abierto, cuya disposición formal concede la apariencia de una yuxtaposición de textos que proponen conexiones insólitas o aperturas de sentido aparentemente caóticas. El tratamiento discontinuo de asuntos alienta más la sensación que la glosa, como una destilación de la conciencia en la que se licúan recuerdos, voces del afuera, evocaciones o estelas oníricas. 
   El poeta y ensayista de Montevideo Eduardo Espina añade un epílogo interpretativo en torno a la hermenéutica innovadora de Julio César Galán y a su libre albedrío rupturista. De alguna manera dialoga con Correos a los editores (2021) propuesta ensayística aparecida casi al mismo tiempo de Con permiso de olvido que abre interpretaciones y expone procesos constructivos a partir de respuestas editoriales. La obra se construye a partir de cartas con tonalidades alternas que capturan rechazos, sugerencias, asentimientos y propuestas, en suma; el peso del lenguaje dialogal.
   La antología Con permiso del olvido nos adentra en una poética signada por el riesgo y la singularidad. Exige un lector activo que no acomode su percepción a la semántica impuesta por el manso cauce de la tradición, y desdeñe el empleo de una terminología asentada en un contexto histórico concreto. El conjunto hace visible la realidad indagatoria del avance y la asunción de incógnitas en la resolución formal y en las rupturas de sentido. Poesía indefinida, signada por la metafísica del boceto, que hace de la escritura un espacio abierto, tensional, ajeno al perímetro. Poesía germinal de sorpresa y asombro, que nunca olvida aquella amonestación de Frank O’Hara:”No seas aburrido, no seas flojo, no seas trivial”.

JOSÉ LUIS MORANTE

  
 
 
 

jueves, 21 de octubre de 2021

JUAN DE BEATRIZ. CANTAR QUÉ

Cantar qué
Juan de Beatriz
XXI Premio de Poesía Emilio Prados
Editorial Pre-Textos
Málaga, Valencia, 2020

CADA DÍA LA LUZ

 

 
   Los buenos pasos iniciales, forjados en el sosiego de la calidad y en el quehacer paciente de las bibliotecas, propician de inmediato un movimiento de traslación hacia la arquitectura central del espacio literario actual. Así sucede con la escritura de Juan de Beatriz (Lorca, 1994), graduado en Filología Hispánica con Máster en Estudios Literarios y Teatrales. En 2018 consiguió el I Premio Internacional de Investigación literaria revista Crátera. Y con su primera entrega poética Cantar qué obtiene  el prestigioso certamen de Poesía Emilio Prados. Son dos excelentes registros de atención para abordar la obra de Juan de Beatriz, becario de la Fundación Antonio Gala en el curso 2020-2021, donde el libro Cantar qué adquirió su definitiva redacción..
   El joven poeta recurre a elementos paratextuales de solidez matérica, con citas de Olvido García Valdés, Hugo Friedrich y José Ángel Valente, cuya perspectiva semántica tiene un claro enlace con la dedicatoria personal del libro: se canta, como advertía Machado, lo que se pierde, y así lo corroboran los dos poetas elegidos. Sirven de balizas orientadoras para un título, Cantar qué, cuyo escueto enunciado ratifica la indefinición que muestra umbrales y amanecidas al yo poético: “Tan solo en éxtasis se aprenden / las más altas lecciones…” De este modo, la entrega poética de Juan de Beatriz apunta firme hacia una concepción de la poesía cercana a la intuición visionaria y la confianza en los estratos simbólicos del poema. Acerca del descubrir  esas claves secretas que hilvanan la esencia interior del poema también insiste la reflexión “Saborear el fruto” de Antonio Gamoneda que ratifica el carácter inefable de la creación, más allá de la senda logística del conocimiento racional.
   Como síntesis del ser esencial de quien escribe, Juan de Beatriz comienza senda con miradas introspectivas hacia el hablante verbal y hacia el magma integrado en la composición, más allá del sedimento argumental y de su condición de estrategia comunicativa. Leemos en el poema en prosa scriptorium: “Sin embargo, a oscuras de sentido, estás cantando, para que lo invisible estalle y cuente su porqué”.
    Si en la senda inicial “cantar qué” prevalecía una cierta preocupación metalingüística que hacía del lenguaje una realidad diseminada en los significados,  la voz reflexiva de “Carne de asombro” amplía el hilo de asuntos y conforma un apartado en el que conviven la reflexión sobre la mirada del sujeto frente a lo aparente, y cómo afecta esa realidad oculta a la propia condición de ser. En el espacio interior del poema se localizan también las incertidumbres de la percepción, la condición transitoria del estar y la presencia del amor como centro neurálgico, tan presente en el poema fragmentado “Cuádruple forma de la ausencia”, un hermoso texto marcado por la ausencia.
   La contemplación del entorno descubre un espacio interior en que se localizan asimetrías y claroscuros, esa piel de la paradoja y la contradicción que esconde la cadencia estacional. Así sucede en la instantánea que cobija el haiku: “Cuántos inviernos / esconden los jardines / en primavera”. El marco de percepciones abriga su condición perecedera en el entorno doméstico donde también encuentre cauce lo vivido, esa memoria que acoge a presencias tangibles como la abuela o las caras de cansancio de lo laborable: “Cada día temprano / un metro en hora punta / es una flecha que lanza ficciones al futuro”.
   La evocación toma la palabra para luchar contra la desmemoria y para comprender la lengua del silencio. Y junto a ese rescate del pretérito y de sus siluetas más afectivas, la pulsión  del amor, tan presente en la sección “Todo lo cóncavo”. En ella el pensamiento como veta nutricia del poema observa y escarba. No se entrega a la mera contemplación sino que clarifica sus interrogaciones: la esperanza, el deseo que desquicia la calma con su urgencia, el otro como justificación existencial. Y el recuerdo tenaz de quien perdura más allá de la ausencia, en hueco, socavón, vacío y ceniza, dando pie a la copla manriqueña o, mejor, dando continuidad al magisterio de Miguel Hernández, por más que el poema deje como umbral unos versos de Abraham Gragera.
   Los poemas finales, que conforman  “Adiós al tiempo de las rosas” se empeñan en abrir un nivel de gratitud al legado literario, recreando el tema de la rosa con el matiz implicado del homenaje afectivo al abuelo. O glosando a la literatura como brizna de permanencia ante la caducidad del existir. La coda “Bolaño me da el tono y cierro Cantar qué”  pone término al poemario con la percepción del lenguaje como un tránsito que solo encuentra su significado en lo inefable, en la negación de lo explícito. Es necesario desandar el lenguaje, asumir que tan solo somos “ceniza en la ceniza” como si la existencia cerrara un círculo orbital, una realidad transcendida
  El yo poemático de Cantar qué dicta la amanecida de un poeta que ubica su voz en en la sugerencia, que hace de la evocación y la memoria una excusa reflexiva sobre las variantes y arritmias del lenguaje, sobre el empeño inútil del canto que tantea en lo oscuro.
 

viernes, 27 de noviembre de 2020

STANISLAW JERZY LEC. 5 AFORISMOS

Stanislaw Jerzy Lec
(Leópolis, Ucrania, 1909-Varsovia, Polonia, 1966)
 

 5 AFORISMOS DE STANISLAW J. LEC 

 Cuando el trabajo crítico agota mi energía, duermo el teclado y me refugio, con cansancio de náufrago, en la roca firme de la relectura. Hoy elegí los intensos laconismos de Stanislaw Jerzy Lec. El escritor polaco casi siempre escribió sus aforismos en estado de sitio, con las cortinas echadas del escepticismo para apagar el exceso de luz de la calle. El enlace entre la compleja biografía personal y la obra es evidente y en Pensamientos despeinados (Pre-Textos, 2014) las incisiones verbales despiden un jugo melancólico, casi ácido, que contagia el ánimo lector. Apenas cultivo el género durante una década, en su etapa de madurez, a partir de 1955. Falleció una década después, en 1966, empeñado en el propósito de entrenar la memoria para que aprenda a olvidar:

 Su conciencia estaba limpia. Nunca la había utilizado.

*

Sé realista. No digas la verdad.

*

Hasta su silencio tenía errores de lenguaje.

*

Me desconcierta el rostro del enemigo porque veo cuánto se me parece.

*

Los que nadan contra la corriente no deben esperar que ésta modifique su dirección.

José Luis Morante



miércoles, 18 de noviembre de 2020

HUMILDAD

Ser y estar
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

El palabrerío incontinente y la inteligencia usan zapatillas desparejas.

Sin compasión, con la chispa encendida por Andrés Trapiello, incansable valedor de Pre-Textos, las redes han llevado al cadalso a la agencia literaria de Louise Glück, última Premio Nobel de Literatura. La norteamericana, tras el reconocimiento de la academia sueca, no renueva contrato con Manuel Borrás. Pre-Textos ha publicado casi la totalidad de su poesía en España, asumido gastos de traducción y comercialización, e impulsado una obra minoritaria que apenas ha vendido ejemplares. La poeta no necesita más riqueza, la dotación es cuantiosa, ejerce en la universidad y ha recibido otros premios importantes. Su racanería (consciente o permisiva) es enfermiza y merece página completa en algún libro de la infamia. 

Por cierto, muchos de los humillados y ofendidos por el talante avaro de la poeta jamás han leído sus poemas. El ofuscamiento no disimula su indigencia lectora.

Más Premios para nombres encajados en una larga relación lectora y afectiva: Premio Nacional de las Letras para Luis Mateo Díez y Premio Cervantes para Francisco Brines. Ecuánime aplauso para los dos.

El enanismo literario tiene en la red un altavoz potente. Un poeta que confunde sonetos y castañuelas y cuyo valor literario no llega a chico de los recados,  puede decir sin más que Margarit no está a la altura del Cervantes o que García Montero más que escribir conspira. Y de inmediato hay un entusiasmo coral para refrendar su estupidez. Lástima que en ese barullo de necios participen también algunos amigos que muestran sin pudor el talón de su criterio estético. 

Hay lectores tan susceptibles que solo retiran la denuncia en la guardia civil si salvas al mirlo que canta en el poema.

(Apuntes para el diario)



miércoles, 14 de octubre de 2020

LOUISE GLÜCK. ARARAT

Ararat
Louise Glück
Traducción de Abraham Gragera
Editorial Pre-Textos, Colección Cruz del Sur
Valencia, 2008

 

ROMPER LO FRÁGIL

  

   La concesión del Premio Nobel de Literatura de la Academia Sueca genera una incontenible tormenta verbal que suele ser más riñas de gatos que opiniones y vislumbres inteligentes. Eran candidatos transeúntes Adonis, Margaret Atwood, António Lobo Antunes, Anne Carson, Haruki Murakami o Javier Marías. Pero la ganadora anunciada el día 8 de octubre de 2020 fue Louise Glück, poeta y ensayista norteamericana de reconocido palmarés cuyos libros están en el catálogo de Pre-textos desde hace casi dos décadas. Gracias al traductor de Ararat, el poeta Abraham Gragera conocí la poesía de Louise Glück (Nueva York, 1943) a finales de 2008. En una grata tertulia madrileña, donde intercambiamos libros, Gragera recalcó el ideario figurativo y el aire frágil de aquellos poemas donde lo autobiográfico se convertía en vigoroso argumento. Así que para introducirse en el faro de Louise Glück, formado por una decena de poemarios, entre los que sobresalen Praderas, AraratAverno y El iris salvaje, es recomendable sondear en elementos biográficos que tienen una simbiosis misteriosa con el material poético. Nacida en la metrópolis, pasó una ensimismada primera infancia en Long Island de contornos sombríos, trazados por el fallecimiento de una hermana antes de que ella naciera, que disolvió la armonía familiar. Tejió silenciosamente una fuerte voluntad lectora, que creció en la adolescencia cuando se diagnosticó una anorexia incontrolada. La enfermedad exigiría un prolongado tratamiento de psicoanálisis y la interrupción de su formación académica en Columbia. En este tiempo es cuando aflora su poesía,. cuyo despertar poético supone una imitación de los modos poéticos de William Blake, T.S. Eliot y W. B. Yeats. La prolongada soledad y la terapia le permiten una indagación profunda en las secuencias vitales y un cuestionamiento del clima relacional. Esas dolorosa incisiones no se oculta tras nubes metafóricas, sino que la palabra se convierte en terapia objetiva, como escribe en la indagación crítica Educación del poeta o en el rescate evocativo de Ararat, cuya configuración explana las relaciones familiares, la extrañeza, la sensación de estar fuera de sitio, el proceso erosivo de lo cotidiano y el precipicio final. Son aspectos descritos, como subrayaba la comunicación de Anders Olsson, presidente del comité del premio Nobel, con austeridad minimalista, que enuncian enfoques de grisura desde una ética muy exigente que busca trascender el intimismo emocional. Por tanto, la clave argumental de Ararat es la familia, grupo de cohesión donde los vínculos afectivos exigen una intensa relación, como parte del crecimiento personal. Pero la perspectiva de Louise Glück en estos poemas es el desasosiego, una relevante vigilia que revisa grietas y necesidades nunca cubiertas. El yo poético muestra una potente capacidad observadora que asimila y rechaza secuencias vitales. Así amanece un método reflexivo que cuestiona la realidad interna del núcleo familiar. Cada miembro ha sido expulsado del paraíso para afrontar sufrimientos y absorber sentimientos contradictorios. Así se gesta una identidad separada, un esqueje no exento de frustración que busca clarificar su experiencia emocional. Ararat propicia una imagen autobiográfica en la que el hablante lírico intenta romper su fragilidad. Su voz revisa estereotipos sin estridencias, con un lenguaje lacónico, sin la tela cálida de los adjetivos. Como ha manifestado, al comentar su estética despojada, Louise Glück hace poesía en el páramo verbal: “Me atraen las elipsis, lo no dicho, la sugerencia, el silencio elocuente y deliberado. Lo que no se dice, para mí, ejerce un gran poder: a menudo desearía poder hacer un poema completo con este vocabulario. Es análogo a lo invisible, por ejemplo, al poder de las ruinas o las obras de arte dañadas o incompletas”. Poesía que hace de la humildad una aspiración mística y una cicatrización, para que las palabras encuentren su lugar y su afán de conocer. Latido humano y sangre tibia que surgen de la vida y la experiencia de un yo ubicado en el caos, que se sabe fuera de lugar y se amarra al poema y la esperanza.




martes, 23 de julio de 2019

JESÚS MUNÁRRIZ. ESCARAMUJOS

Escaramujos
Jesús Munárriz
Editorial Pre-Textos
Colección La Cruz del Sur
Valencia, 2019

SABOR DE INFANCIA



   En la antología Materia del asombro, seleccionada por Francisco Javier Irazoki, se vislumbra el largo itinerario lírico de Jesús Munarriz, entre 1970 y 2015, a través de una selección representativa de setenta y cinco poemas. El cardinal servía de homenaje afectivo para conmemorar el septuagésimo quinto cumpleaños del poeta, traductor y editor. La muestra integra un liminar sobre la voz poética de Munárriz con este párrafo clarificador: “En ella está la voz del hombre que cuida su idioma, la del coleccionista de preguntas, la de un ser enamorado, la del artista con inquietudes cívicas, la del que acompaña a un guía…”. Evidencia que los argumentos se nutren de un yo plural que fusiona contingencia y pensamiento, que hace del lenguaje un sustrato instrumental para constatar la sensibilidad y el compromiso del sujeto.
  La preceptiva clásica japonesa del haiku impone al yo una veladura especular; la imagen del poeta se borra para focalizar en primer plano un entorno natural, sometido al renovado proceso de lo transitorio. El devenir contemporáneo difunde nuevas perspectivas líricas y es frecuente encontrar haikus en los que se asoma esa solitaria voz coral que enmarca en tres versos sus visiones sobre el entrelazado que conforman entorno y sujeto receptor. Asú sucede en los libros de haikus que Jesús Munárriz ha ido escribiendo hasta la fecha, Jaikus aquí (2005) y Capitalinos (2018), a los que ahora se añade Escaramujos (2019), una obra cuyo título recupera el sabor de infancia y enaltece la cercanía a la naturaleza,  aquel deambular entre zarzas, moras y rosales silvestres
   Si en Capitalinos el laberinto urbano se convertía en lugar del poema, en Escaramujos el paseante retorna al hábitat campestre y a los espacios de sosiego y soledad rural: “Llueve en el pueblo, / En lo alto de la sierra / cuaja la nieve”, “Pican los tordos / entre la nieve blanca / escaramujos”, “En un sembrado / un bando de avefrías; /  recobran fuerzas”. Se tantea el sentir más clásico de la estrofa, ese minimalismo formal que convierte cada detalle del paisaje en materia poética. También resuena el carácter temporalista del haiku y la palabra de estación que convierte a cada etapa anual en apartado organizativo; los haikus de invierno, primavera, verano y otoño revitalizan las vestimentas temporales de las cosas y su actitud de espera y goce sensorial.
  El trébol verbal es introvertido. Le gusta el rumor leve de la confidencia que convierte la sensación en una estela mínima: “Entro en el monte. / Me saluda la jara / con su perfume”, “Se arremolinan / las semillas del chopo / como algodones”, “Le hace cosquillas / al álamo temblón / la leve brisa”, “ Mota de polvo / en un rayo de sol. / Así me siento”. Crea sinestesias donde se abrazan sensaciones sensitivas y sentimientos. La realidad se convierte en un espacio interior en concordancia con la forma de sentir y pensar del figurante lírico. Frente a los sentidos se alza una multiforme pared de colores y formas; sus estímulos se transforman en experiencia estética: “Tiñen de malva / las laderas del monte / los tomillares.”, “Entre la niebla / en que se hunde el camino / suena una esquila”, “Escaramujos / incendiando las zarzas / en el crepúsculo”.
     Jesús Munárriz ha comentado en algunas entrevistas que la difusión y edición de poesía japonesa le ha llevado al cultivo del haiku. El lector recordará que la editorial Hiperión ha creado un poblado catálogo de traducciones de poetas esenciales del canon. Y en Escaramujos hay guiños evidentes a los magisterios de Bashô, Santoka, Sokan; para no extenderme solo constato un ejemplo que muestra la calidez gozosa del homenaje: “Salta la rana. / Resuena el viejo estanque / como hace siglos”.
    Kigo es la palabra estacional que aparece en el tríptico y conforma un concepto esencial en la mentalidad japonesa. Jesús Munárriz titula “Sin Kigo” la última sección, como si formulara una poética personal sobre la estrofa; pero no hay ninguna quiebra semántica. Cada uno de los textos, con o sin palabra estacional, difunde la belleza de lo mínimo: “Vuelve y se duerme / el mochuelo en su olivo / de amanecida”, “Primeras luces, / silban los mirlos, silban / asoma el gato”, “Sobre la hierba, / las plumas del gorrión / y, cerca, el gato”.
   En la poblada trayectoria del poeta editor el haiku ha encontrado tierra firme; es una sugerente manifestación de verdad y belleza que, en su minimalismo formal, esencializa una percepción del mundo. Son cálidos destellos que nos muestran, con cercanía afectiva las heterogéneas aristas de la realidad.  Escaramujos es un libro excelente; parte del conocimiento profundo de la tradición oriental para incardinar ese saber, con naturalidad y sencillez, en un entorno complejo y consistente, pleno de vida, proclive a la emoción de quien contempla.




lunes, 18 de marzo de 2019

JUAN CARLOS ABRIL. EN BUSCA DE UNA PAUSA

En busca de una pausa
Juan Carlos Abril
Editorial Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur
Valencia, 2018



MUSGO O MEMORIA


   El vitalismo de Juan Carlos Abril (Los Villares, Jaén, 1974) perfila una persoanlidad literaria de contornos proteicos. Profesor universitario, traductor, crítico, articulista, director de la revista Paraíso, ensayista y antólogo, completa la definición creadora con un quehacer lírico que emprende ruta, casi en el cierre de siglo, con la entrega Un intruso nos somete (1997) y que avanza en el tiempo con dos títulos, El laberinto azul (2001) y Crisis (2007). A ellos se suma, más de una década después, En busca de una pausa.
   La composición de inicio, “Exilio involuntario” alienta la sensación del estar impreciso, como si el personaje verbal postulara rasgos en un entorno marcado por la espera. La identidad requiere nueva epifanía; abrir ventanas para una amanecida: “Hay que recuperar los sueños / y la nostalgia del futuro”. Ello implica además recobrar la capacidad del lenguaje para romper discordancias y lugares comunes. Quien habla reconoce el fracaso, busca otras estrategias cognitivas en pos de un lenguaje más depurado y esencial, exento del oropel metafórico y de la humedad emotiva del sentimentalismo. Es un estar a solas donde aflora la vocación insular, el permanente estar a la intemperie que refuerza lo oscuro.  
   La conciencia de existir recrea un pretérito cercano, con un yo perdido en lo imaginario. Cerca, la realidad muestra sus desajustes, mientras la soledad implica un empeño en el que se superponen vivencias. La experiencia concede un inconformismo sabio. En él, tienen sitio la luz de la poesía y la autocrítica, en busca de una perfección que integra voluntad y memoria. En la cronología del ayer afloran las raíces, el afán intacto de llegar al presente.
  El yo meditativo regresa a la estela biográfica para observar los estratos existenciales. Como enunciara José Ángel Valente, el sujeto se adentra en la secreta desolación de un páramo que afirma el vivir como un estar en la renuncia. Frente al coro de lo gregario, la sensibilidad personal postula una pautada pretensión de entender lo real, a través de una moral propia y subjetiva que no se subordina a las coordenadas dictadas por los otros: “Atravieso ese inhóspito / territorio hacia lo desconocido / de la conciencia, este espacio / que por la reflexión se multiplica / en posibilidades / y antigüedad, sin dejar rastro / como el viento, que juega “(P. 42).
   Fortalecer el sistema de valores del yo requiere soslayar cualquier épica, adentrarse en un devenir que dialoga con las cosas más pequeñas, que hace de lo sencillo el refugio de lo cotidiano. El recorrido es complejo, está trazado por lo aleatorio y en él se yuxtaponen la indeterminación y lo imprevisto, los errores y el vacío. Quien explora se identifica con la orfandad; conoce esos senderos que se bifurcan y llevan a un afán cognitivo que nunca contiene epígrafes perfectos: “No recuerdo el inicio de los sueños / entre los pasos cómplices del alba / rica en interrogantes / cuando no hay respuestas. / Pero los actos nos definen “.
  Vivir es desandar distancias, asumir la actitud del transeúnte que deja sus pasos en un largo viaje hacia el vacío. Se suceden los andenes como fragmentos de una realidad repleta de extraños significados. Así ven la luz los poemas de En busca de una pausa. Moldean eficaces encrucijadas del pensamiento. Son como relatos de un aprendizaje que perdura en el tiempo, siempre a la sombra de la soledad: "De día, pasos de hormiga / donde no hay más horizonte / que estas palabras secas / en la negociación con uno mismo".