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miércoles, 25 de abril de 2018

ANTONIO MORENO. MÁS DE MIL VIDAS

Más de mil vidas
Antonio Moreno
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018


IMPRESIONES


   Si hubiese que definir al vuelo el arte poética del tiempo digital, sería insoslayable comentar la eclosión de las formas breves. El cultivo del aforismo en los últimos años muestra un vitalismo inusual, y lo mismo sucede con la estrategia expresiva del haiku, una estrofa activa que se ha liberado en su empleo de los caracteres canónicos del origen foráneo. La actual etapa creativa de Antonio Moreno (Alicante, 1964) ha optado por esta forma de versificación y entregó en 2016 el libro Unos días de invierno, un poemario escrito en un estado perceptivo insólito, según manifiesta el escritor en nota epilogal.
   Más de mil vidas incrementa la multiplicación de panes y peces en torno al haiku, La sensibilidad se despliega ecléctica y esencial y da vida a un haiku que es sutileza, un mirador que usa el lenguaje con rigor extremo. En él todo es depuración y voluntad de forma. El sujeto elimina distancias entre ámbito reflexivo y espacio entornal y ambos aportan fragmentos que se suman en un todo orgánico. Se logra así una pautada interpretación de lo diverso.
   Es sabido que Antonio Moreno tiene en su amplio recorrido literario un nítido sello meditativo en el que la naturaleza ocupa un núcleo vinculante con su palabra. Así mismo, la existencia deviene círculo paradójico donde marcar esas huellas propias que constituyen ensamblajes de asombro y rutina: “Más de mil vidas / las de quien anda y lleva / su afecto al alba”
   En los puntos de luz de la contemplación se hacen presentes, como señales de lo transitorio, elementos naturales que de pronto adquieren un perfil relevante, que anula el palpitar ensimismado del sujeto: “Entre mis dedos / a punto de soltarlo, / el saltamontes”, “Lo inescrutable: / las agujas de pino / que el pie contempla.”, “Pasa una mosca / junto al perro que muerde / de golpe el aire”.  La percepción abre un proceso cognitivo que humaniza el entorno; nada resulta ajeno. El yo se integra en el decurso de un ciclo vital que remoza los límites de lo real porque suscita respuestas sensoriales y estímulos del pensamiento.
   Salir al día es dejar que emprenda senda la conciencia y que experimente en sus incertidumbres que lo transitorio es un don que da voz y sentido al estar: “Todas las formas / -oh  flor, fruto, semillas- / donde está mi alma”, “Feliz quien ve / la ondulación del trigo / y da las gracias”, “Cómo enraíza / saber que cada piedra / también me escucha”.
   Como sucede en magisterios vertebradores como Francisco Brines o Eloy Sánchez Rosillo, Antonio Moreno es un poeta del tiempo. Sus haikus capturan secuencias marcadas por lo sucesivo: “Después de todo / quedará el mismo mar / para otros ojos”. Dejan impresiones de un trayecto que parece a punto de desvanecerse, pero cuyas brasas calientan a diario el fervor existencial. Son humildes briznas, relieves que moldean una perspectiva moral. Invitan a cantan el valor de lo humilde, ese legado inadvertido, complejo y simple, que rebrota a diario para el canto: “Por la rendija / el mar, la luz del mundo, / alguien que pasa”.



jueves, 8 de mayo de 2014

ANTONIO MORENO. EL VIAJE DE LA LUZ.

El viaje de la luz
(Antología poética)
Antonio Moreno
Prólogo de Vicente Gallego
Renacimiento, Sevilla, 2014
 
DÍAS DE AIRE CLARO

    Antonio Moreno (Alicante, 1964) irrumpe en la poesía en la amanecida de los años noventa. Era el tiempo del realismo experiencial, una tendencia musculosa y expansiva que en aquel momento creaba escuela y ocasionaba no pocos enconamientos líricos al ser acusada con reiteración de ser la causa epidémica de todas las desdichas: concesión de premios literarios, presencia en los medios, dominio del organigrama universitario de cursos y ponencias y manipulación de cualquier compilación antológica…. Con ese panorama, aunque su poesía mediterránea busque una línea clara y una expresión comunicativa, austera y luminosa, Antonio Moreno optó por el sosiego de la media distancia y la descansada vida de quien prefiere construir una senda personal, alejado de focos y estridencias.
   Así  lo recuerda el cordial prólogo de Vicente Gallego: “Hay autores que apuntalan su obra con la prisa y con la paja de su ubicuidad en el mundillo de los comercios literarios, porque nadie puede librarse de su carácter y de las circunstancias que lo favorecen; y los hay que la construyen con la piedra de la paciencia y con las manos limpias de toda espuria expectativa. “ Suscribo la valoración del poeta valenciano sobre la magnitud creadora de Antonio Moreno. El volumen Intervalo, editado en 2007 recogía la obra completa, formada hasta ese momento por siete entregas; el título del conjunto ya fue utilizado en un significativo poema de Polvareda, al que pertenecen estos versos: “No pretendo llegar a ningún sitio, / y sin embargo escribo cada noche. / Decir es dirigirse a algún lugar, / marchar a alguna parte, a un destino / al que uno se encamina con palabras / crecidas, luminosas como el cielo / de originaria y blanca luz nocturna ". En 2010 se publica la última estación, Nombres del árbol, hito central, pronto reconocido con el Premio de la Crítica Valenciana.
  El título de esta antología no oculta la filiación a una poesía meditativa, que enlaza lo pensado y lo sentido y que ha tenido en las últimas décadas cultivadores de primera línea como Francisco Brines, César Simón, Eloy Sánchez Rosillo o Antonio Cabrera, nombres propios con los que la poesía de Antonio Moreno tiene claras confluencias.
  El poeta es poco dado a contradecir sus hábitos formales, el uso del poema corto, con predominio de un ritmo versal endecasilábico, poemas en verso libre y tendencia al cierre aforístico; asimismo es ajeno a la digresión teórica, prefiere dejar la mano suelta en el desempeño de una labor creadora que traza una suerte de diario poético; los poemas acogen los continuos destellos del discurrir; con precisa palabra se capturan instantáneas percibidas por los sentidos o se evocan circunstancias biográficas o detalles concretos de un entorno pleno de estímulos vivenciales que en su fugacidad aguantan firmes.  
   El viaje de la luz nos deja un primer plano del perfil poético de Antonio Moreno. Un acercamiento hecho de trazos firmes y tangible emoción, en el que encuentran sitio el afán de trascendencia del ser ante un devenir que oferta cada día sus asombros y el remanso de una realidad que hace posible un existir elemental y puro, un respirar en días de aire claro.     

martes, 29 de abril de 2014

KARMELO C. IRIBARREN.


KARMELO  C. IRIBARREN

   Soy de los que consumen lo cotidiano en un estado de ánimo difuso, si miro la agenda de asuntos pendientes y el rimero de libros que guiará el paso del reloj en días venideros. En la bandeja de entrada de mis obigaciones la lectura, con notas, de una novela inédita, la selección de finalistas para un concurso literario, un prólogo en fase avanzada y laberíntica y algunas reseñas prioritarias (de Antonio Moreno y Luis Bagué Quílez, entre otros) que complementaré con la relectura. Tanto jaleo  me tiene cabizbajo y rumoroso, a pesar de las alegrías diarias que me está deparando Hilo de oro, la edición sobre Eloy Sánchez Rosillo y los contactos directos con abrazos próximos y lejanos.
   Y en mitad del naufragio me llama Karmelo C. Iribarren para pedirme unos folios sobre La ciudad que debo entregar en un plazo razonable: mañana. Tras la escueta conversación, digo sí, naturalmente; no conozco una estrategia más atinada para vestir de domingo a mi cacharrería emocional. Así que despejo mesa, aparto, recoloco, desordeno, cojo algún poemario reciclado y emprendo la tarea. Antes, un mínimo rito obligatorio: "Gracias por la confianza, Karmelo; tu poesía  es un bar abierto a cualquier hora. Con tapas de alta cocina".