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martes, 4 de mayo de 2021

PEDRO GARCÍA CUETO. FRANCISCO BRINES, EL OTOÑO DE UN POETA

Francisco Brines. El otoño de un poeta
Pedro García Cueto
Prólogo de José Luis Rey
Huega & Fierro Editores
Colección La Rama Dorada
Madrid, 2021

 

SED DE ETERNIDAD

                                                    
 
   El día 16 de noviembre de 2020, Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) era galardonado con el Premio de Literatura en Lengua castellana Miguel de Cervantes. El jurado destacaba como clave básica la densidad expresiva de un itinerario poético que enlaza lo carnal y humano con la dimensión metafísica y espiritual del sujeto en el discurrir existencial, a través de una persistente aspiración a la belleza. Desde hacía años la propuesta del reconocimiento era clamor entre los habitantes de la ciudad poética. El premio es también un refrendo más a la generación del 50, un grupo insular que ha ejercido un incansable magisterio en el presente lírico, configurando una tradición plural, ramificada, hecha de elementos heterogéneos.
   El escritor Pedro García Cueto (Madrid, 1968), incansable investigador del pulso lírico mediterráneo, con trabajos referenciales como los dedicados a Juan Gil-Albert, compendia ahora  en Francisco Brines. El otoño de un poeta una amplia perspectiva crítica del mundo poético de Brines. Lo hace con un enfoque diacrónico que permite descubrir códigos conformadores y núcleos temáticos en la poética del autor, que ya ha protagonizado estudios clásicos esenciales como los de José Olivio Jiménez, el primer gran estudioso del poeta, Dionisio Cañas, José Andújar Almansa y José Luis Gómez Toré.
   Precede al trabajo un liminar del poeta José Luis Rey, quien subraya el recorrido de una obra, nunca separada del pulso vital, y su inclusión en la mirada elegíaca. En las palabras resuena la conciencia de lo transitorio y las pérdidas, aunque superando la subordinación al periplo biográfico concreto. Subraya el acierto de Pedro García Cueto al establecer en su andadura una correlación teórica y práctica, mediante una selecta antología de composiciones.
   El acercamiento comienza con los datos biográficos y la conexión literaria con dos precedentes esenciales, Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda, junto a la temporalidad meditativa de Antonio Machado. El estudioso recupera las trayectorias biográficas de estos hitos referenciales para buscar desde allí la conexión literaria y personal. En Cernuda, por ejemplo, encuentra un tema clave de Brines: el amor. Son estratos argumentales compartidos la arquitectura natural del paisaje, el erotismo como ideal pagano y hedonista, el vitalismo emergente del jardín, la presencia tamizada de la luz, o el tacto sensorial de la mirada, como fuente de sensaciones y conocimiento. Esos vértices no cierran otros referentes de la tradición como la lírica barroca o los asideros con sus compañeros de generación, Valente, Claudio Rodríguez, Ángel González o José Manuel Cabañero Bonald, dejando sitio también al intimismo biográfico de Jaime Gil de Biedma. En el libro en prosa Escritos sobre poesía española (1995) se recoge todo el material ensayístico de Brines y en él hay una intensa información de lecturas preferenciales: Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Juan Gil-Albert, Ramón Gaya, Carlos Bousoño Gastón Baquero y Vicent Andrès Estelles.
   El poeta deja una visión unitaria de su poesía en 1974. Tituló el conjunto Ensayo de una despedida, aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se ha mantenido en ediciones posteriores que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. Pedro García Cueto se adentra en los registros de Brines libro a libro, según el orden de publicación. Su paso inicial Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas, aunque mantienen la intensidad vital. Están escritas desde la memoria de un sujeto que reflexiona sobre el pasado. Sentimientos y sensaciones se marchitan dejando en la ceniza una fuerte experiencia interior. En el presente, la esperanza no tiene sentido. Queda la serena aceptación de la soledad entre rescoldos y sombras, al recrear el trayecto que va desde la infancia hasta la madurez.
  La segunda entrega El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Hallamos sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos perfilando meditaciones. El sustrato común de la conciencia permite que el amor sea recurso liberador. Los poemas expuestos, “El Santo inocente”, “En la República de Platón” y “la muerte de Sócrates”, con la escueta voz narrativa del relato,  refuerzan la objetividad del discurso y ensanchan la visión del mundo.
   El itinerario se enriquece en 1966 cuando se edita Palabras a la oscuridad,  que se alzó con el Premio de la Crítica. El título sugiere que el misterio de la noche es interlocutor en quien se deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o las grafías desveladas de la soledad y la muerte.
   Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en él el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones de Brines como el derrumbe continuo de la carne y la dolorosa cicatriz del fracaso. Insistencias en Luzbel (1977) aborda una metafísica centrada en el recorrido que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. El latido diario se convierte en ensayo de una despedida; solo se vive plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem; que conjuga presente y captación de la belleza.
   Sus últimos libros son el menguado patrimonio del tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su periplo hace balance; el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido.
   Un sujeto poético que advierte sobre la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. Ya el título sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa el inalcanzable litoral cuando el mar nos ofrece su  distancia, como si no fuera posible el retorno. El viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron..
   La breve antología integrada, que se completa con inéditos del libro en preparación  Donde muere la muerte, alimenta unas cuantas certezas. Los cimientos de la obra son el fluir temporal y la belleza; el tiempo es tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada. Al interrogar el entorno, la belleza preserva los reflejos de la infancia y la identificación del hombre con la naturaleza. En ambos temas cobra sentido la palabra poética que es revelación y vida. A través de la escritura se aspira lo real, una realidad creada y emotiva que trasciende el localismo; la palabra poética es también una respuesta vital que recupera el balance del pasado en el ahora. La conciencia no acepta el autoengaño, es conocimiento y voz del tiempo que encuentra en la escritura una superación del olvido, un plano de permanencia. Palabras que trascienden la mirada fría del tiempo, que contemplan al yo con la distancia de la incertidumbre, “como si nada hubiera sucedido”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 


sábado, 21 de noviembre de 2020

FRANCISCO BRINES. PREMIO CERVANTES 2020


 FRANCISCO BRINES, PREMIO CERVANTES 2020

 

    La concesión del Premio Cervantes, el 16 de noviembre de 2020, a Francisco Brines (Valencia, 1932) ha generado una intensa corriente de complicidad literaria. La euforia es colectiva y unánime. Lo sé. Pero el yo personal quiere que recree aquí algunas instantáneas vitales compartidas con el poeta de Oliva. La memoria y las fotografías de la evocación dejan en la retina esa luz sutilísima de lo atemporal.  Conocí al poeta en Madrid, en los meses finales de un año de plenitud literaria. El 23 de noviembre de 1999 conseguía el Premio Nacional de las Letras y la repercusión mediática llenó su agenda de eventos. En la tertulia posterior de una lectura saludé al poeta, me firmó mis manoseados libros y acordamos fecha para preparar una larga entrevista en la revista Prima Littera, que yo coordinaba por entonces. Comimos juntos el 20 de enero de 2000, tomamos café y me invitó a su piso madrileño en Moncloa. Allí me regaló su poesía completa, publicada por Tusquets en 1997 y una maravillosa tarde de tertulia incansable sobre la generación del cincuenta. Ese mismo año organicé una lectura del poeta en la biblioteca del instituto público donde trabajaba, una comida con profesores en Chinchón y la presentación de la revista nº 6 de Prima Littera, con mi entrevista en páginas centrales. Nos vimos después para que yo conociera a uno de sus mejores estudiosos, José Olivio Jiménez y para disfrutar de algunos paseos por la calle Serrano, visitando tiendas de antigüedades. Aquella acogida del poeta solo se repitió dos o tres veces más, pero jamás he olvidado su palabra cordial y su sensibilidad cercana y celebratoria. Así que el retorno a sus poemas ha sido un hábito mantenido en el tiempo.

   Francisco Brines compiló su obra por primera vez en 1974 y tituló el conjunto Ensayo de una despedida, aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se repite en ediciones posteriores, que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. La última antología, Entre dos nadas (2017) crea un orden nuevo en el personal trayecto lírico, ya que sus piezas han sido elegidas por casi trescientos lectores. Por tanto, esta colaboración múltiple y amistosa da fe de un cálido homenaje al que pone prólogo Alejandro Duque Amusco, quien señala los registros de Brines como aguja magnética. Hay en toda la producción una intensa coherencia, un pensamiento circular que se alimenta de redundancias. Los cimientos creadores son el fluir y la belleza. El tiempo es tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada; la belleza es el modo de interrogar el entorno, que pone luz a los reflejos de la infancia e identifica al hombre con la naturaleza. En ambos centros germinales cobra sentido la palabra como revelación y vida. A través de la escritura se aspira una realidad que la memoria crea y dota de emoción; la palabra poética es también una respuesta vital que permite renacer el pasado en el ahora.   Su primer libro Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais, el más importante galardón de la posguerra. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas. Están escritas desde la memoria de un sujeto que reflexiona sobre el paso de los días. Sentimientos y sensaciones se marchitan, dejan entre las manos una menguada cosecha. En el presente, la esperanza no tiene sentido.  La segunda entrega de Brines, El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos dan cuenta de las meditaciones del hombre; ese sustrato común de la conciencia permite que el amor sea en nuestro devenir un recurso liberador. Los poemas, expuestos con escueta narratividad, refuerzan la objetividad del discurso. El itinerario se enriquece en 1966 con Palabras a la oscuridad, que se alzó con el Premio de la Crítica. El título sugiere que el misterio de la noche es interlocutor en quien el verbo deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o los signos desvelados de la soledad y la muerte.  Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en su contenido el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones de Brines como el derrumbe continuo de la carne. Insistencias en Luzbel aborda una poesía metafísica, centrada en el largo trayecto que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. La vida entonces -como ya expusimos- se convierte en ensayo de una despedida; solo es vivida plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem y conjuga presente y captación de la belleza. Sus últimos libros son el patrimonio del poeta en el tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su trayecto hace balance y sabe que el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido. 
Un sujeto poético que nos comunica la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. El epígrafe sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa la geografía litoral cuando el mar nos ofrece su  distancia, como si no fuera posible el retorno. El viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron.
  La antología consultada Entre dos nadas incluye algunos poemas del libro en preparación Donde muere la muerte. Su apertura “Brevedad de la vida” es un largo balance en prosa poética cuyo argumento deja el poso exacto de la aceptación: existir es el principio de la nada. Solo la escritura conjetura una posible salvación del olvido, un plano de permanencia en el recuerdo capaz de trascender la espalda fría del tiempo.
    En Selección propia, una edición del autor, publicada en 1995 por Letras Hispánicas, hay un estudio introductorio fundamental para entender su poética. Se titula “La certidumbre de la poesía”. El trabajo se hilvana a partir de un conjunto de reflexiones clarificadoras. A pesar del recelo al analizar la propia poesía, sugiere que la poética nace de la praxis como los poemas nacen de la necesidad. Sus indagaciones se orientan hacia el proceso de creación. Cuando el devenir nos destierra del paraíso de la infancia la palabra se convierte en fortaleza que salvaguarda la dimensión individual del hombre. Los versos son refugio que permiten construir una realidad que emana de nosotros mismos porque es interior y se nos otorga como revelación. Así va apareciendo el mundo del poeta, sus concretas experiencias vitales expresadas con un lenguaje donde la intuición dirige la evolución de una obra que ha hecho de la precisión y la claridad norte y rumbo. Como Antonio Machado o Luis Cernuda, Francisco Brines es un poeta del tiempo. Su palabra es recuento del existir desde una conciencia ética, dejar en el poema las huellas desgajadas que empiezan a borrase en un tacto de arena.

José luis Morante
 

sábado, 1 de septiembre de 2018

FRANCISCO BRINES. ELEGÍAS, REGRESOS

Francisco Brines (Valencia, 1932)
Fotografía de
El País


                                               ELEGÍAS, REGRESOS                                                 

   Francisco Brines (Valencia, 1932) reunió por primera vez su poesía completa en 1974. Tituló el conjunto Ensayo de una despedida, un aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se ha mantenido en ediciones posteriores que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. La última, la  antología Entre dos nadas crea un orden nuevo en el personal trayecto del poeta, ya que sus piezas han sido elegidas por casi trescientos lectores. Por tanto, esta colaboración múltiple y amistosa da fe de un cálido homenaje al que pone prólogo el poeta y crítico Alejandro Duque Amusco, quien se adentra en los registros con precisión de brújula. 
   Hay en toda la poesía de Brines una intensa coherencia, un pensamiento circular que se alimenta de redundancias. Los cimientos de su creación son el fluir temporal y la belleza; el tiempo es tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada; la belleza aparece como un mirador que interrogar el entorno, que pone luz a los reflejos de la infancia y la identificación del hombre con la naturaleza. En ambos temas cobra sentido la palabra poética como revelación y vida. A través de la escritura se aspira lo real, una realidad que la memoria crea y dota de emoción; la palabra poética es también una respuesta vital que nos permite vivir el pasado en el ahora.
   Su primer libro Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais, el más importante galardón de la posguerra. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas. Están escritas desde la memoria de un sujeto que reflexiona sobre el paso de los días. Sentimientos y sensaciones se marchitan dejándonos entre las manos una menguada cosecha. En el presente la esperanza no tiene sentido.
  La segunda entrega, El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos dan cuenta de las meditaciones del hombre, de ese sustrato común de la conciencia que permite que el amor sea en nuestro devenir un recurso liberador. Los poemas expuestos con la escueta narratividad del relato refuerzan la objetividad del discurso.
   El itinerario se enriquece en 1966 cuando se edita Palabras a la oscuridad, poemario que se alzó con el Premio de la Crítica. El título del mismo sugiere que el misterio de la noche es el interlocutor en quien el verbo deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o los signos desvelados de la soledad y la muerte.
   Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en él el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones, como el derrumbe continuo de la carne.
   Insistencias en Luzbel aborda una poesía metafísica, centrada en el largo trayecto que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. La vida entonces -como ya expusimos- se convierte en ensayo de una despedida; solo es vivida plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem y que conjuga presente y captación de la belleza.
   Sus últimos libros son el patrimonio del poeta en el tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su trayecto hace balance y sabe que el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido.
   Un sujeto poético que nos comunica la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. Ya el título sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa la geografía de la costa cuando el mar nos ofrece su  distancia, como si no fuera posible el retorno y el viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron.
  La antología consultada incluye algunos poemas del libro en preparación Donde muere la muerte. Su apertura “Brevedad de la vida” es un largo balance en prosa poética cuyo argumento deja el poso exacto de la aceptación: existir es el principio de la nada. Solo la escritura conjetura una posible salvación del olvido, un plano de permanencia en el recuerdo capaz de trascender la espalda fría del tiempo.
    En Selección propia, una antología editada en Cátedra, hay un estudio introductorio fundamental para entender su poética. Se titula “La certidumbre de la poesía”. El trabajo se hilvana a partir de un conjunto de reflexiones clarificadoras. A pesar del desagrado del poeta por analizar la propia poesía, sugiere que la poética nace de la praxis como los poemas nacen de la necesidad. Sus indagaciones se orientan hacia el proceso de creación. Cuando el tiempo nos destierra del paraíso de la infancia la palabra se convierte en una fortaleza que salvaguarda la dimensión individual del hombre. Los versos son refugio que permiten construir una nueva realidad que emana de nosotros mismos porque es interior y se nos otorga como una revelación. Así va apareciendo el mundo del poeta, sus concretas experiencias vitales expresadas con un lenguaje donde la intuición dirige la evolución expresiva de una obra que ha hecho de la precisión y la claridad norte y rumbo. Como Antonio Machado o Luis Cernuda, Francisco Brines es un poeta del tiempo. Su palabra es recuento del existir desde una conciencia ética, las huellas desgajadas que empiezan a borrarse en un tacto de arena.




miércoles, 25 de abril de 2018

ANTONIO MORENO. MÁS DE MIL VIDAS

Más de mil vidas
Antonio Moreno
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018


IMPRESIONES


   Si hubiese que definir al vuelo el arte poética del tiempo digital, sería insoslayable comentar la eclosión de las formas breves. El cultivo del aforismo en los últimos años muestra un vitalismo inusual, y lo mismo sucede con la estrategia expresiva del haiku, una estrofa activa que se ha liberado en su empleo de los caracteres canónicos del origen foráneo. La actual etapa creativa de Antonio Moreno (Alicante, 1964) ha optado por esta forma de versificación y entregó en 2016 el libro Unos días de invierno, un poemario escrito en un estado perceptivo insólito, según manifiesta el escritor en nota epilogal.
   Más de mil vidas incrementa la multiplicación de panes y peces en torno al haiku, La sensibilidad se despliega ecléctica y esencial y da vida a un haiku que es sutileza, un mirador que usa el lenguaje con rigor extremo. En él todo es depuración y voluntad de forma. El sujeto elimina distancias entre ámbito reflexivo y espacio entornal y ambos aportan fragmentos que se suman en un todo orgánico. Se logra así una pautada interpretación de lo diverso.
   Es sabido que Antonio Moreno tiene en su amplio recorrido literario un nítido sello meditativo en el que la naturaleza ocupa un núcleo vinculante con su palabra. Así mismo, la existencia deviene círculo paradójico donde marcar esas huellas propias que constituyen ensamblajes de asombro y rutina: “Más de mil vidas / las de quien anda y lleva / su afecto al alba”
   En los puntos de luz de la contemplación se hacen presentes, como señales de lo transitorio, elementos naturales que de pronto adquieren un perfil relevante, que anula el palpitar ensimismado del sujeto: “Entre mis dedos / a punto de soltarlo, / el saltamontes”, “Lo inescrutable: / las agujas de pino / que el pie contempla.”, “Pasa una mosca / junto al perro que muerde / de golpe el aire”.  La percepción abre un proceso cognitivo que humaniza el entorno; nada resulta ajeno. El yo se integra en el decurso de un ciclo vital que remoza los límites de lo real porque suscita respuestas sensoriales y estímulos del pensamiento.
   Salir al día es dejar que emprenda senda la conciencia y que experimente en sus incertidumbres que lo transitorio es un don que da voz y sentido al estar: “Todas las formas / -oh  flor, fruto, semillas- / donde está mi alma”, “Feliz quien ve / la ondulación del trigo / y da las gracias”, “Cómo enraíza / saber que cada piedra / también me escucha”.
   Como sucede en magisterios vertebradores como Francisco Brines o Eloy Sánchez Rosillo, Antonio Moreno es un poeta del tiempo. Sus haikus capturan secuencias marcadas por lo sucesivo: “Después de todo / quedará el mismo mar / para otros ojos”. Dejan impresiones de un trayecto que parece a punto de desvanecerse, pero cuyas brasas calientan a diario el fervor existencial. Son humildes briznas, relieves que moldean una perspectiva moral. Invitan a cantan el valor de lo humilde, ese legado inadvertido, complejo y simple, que rebrota a diario para el canto: “Por la rendija / el mar, la luz del mundo, / alguien que pasa”.



viernes, 15 de diciembre de 2017

FRANCISCO BRINES. EL PENSAR DEL POEMA

Francisco Brines (Valencia, 1932)
Fotografía de La Vanguardia


                                                EL PENSAR DEL POEMA                                                 

   Francisco Brines (Valencia, 1932) reunió por primera vez su poesía completa en 1974 y tituló el conjunto Ensayo de una despedida, un aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se ha mantenido en ediciones posteriores, que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. La antología Entre dos nadas crea un orden nuevo en el personal trayecto del poeta, ya que sus piezas han sido elegidas por casi trescientos lectores. Por tanto, esta colaboración múltiple y amistosa da fe de un cálido homenaje al que pone prólogo el poeta y crítico Alejandro Duque Amusco, quien se adentra en los registros de Brines con precisión de brújula. 
   Hay en toda la poesía de Brines una intensa coherencia, un pensamiento circular que se alimenta de redundancias. Los cimientos de su creación son el fluir temporal y la belleza; el tiempo es tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada; y la belleza como modo de interrogar el entorno, que pone luz a los reflejos de la infancia y la identificación del hombre con la naturaleza. En ambos temas cobra sentido la palabra poética que es revelación y vida. A través de la escritura se aspira lo real, una realidad que la memoria crea y dota de emoción; la palabra poética es también una respuesta vital que nos permite vivir el pasado en el ahora.
   Su primer libro Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais, el más importante galardón de la posguerra. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas. Están escritas desde la memoria de un sujeto que reflexiona sobre el paso de los días. Sentimientos y sensaciones se marchitan dejándonos entre las manos una menguada cosecha. En el presente la esperanza no tiene sentido.
  La segunda entrega de Brines, El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos dan cuenta de las meditaciones del hombre, de ese sustrato común de la conciencia que permite que el amor sea en nuestro devenir un recurso liberador. Los poemas expuestos con la escueta narratividad del relato refuerzan la objetividad del discurso.
   El itinerario se enriquece en 1966 cuando se edita Palabras a la oscuridad,  un poemario que se alzó con el Premio de la Crítica. El título del mismo sugiere que el misterio de la noche es el interlocutor en quien el verbo deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o los signos desvelados de la soledad y la muerte.
   Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en él el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones de Brines como el derrumbe continuo de la carne.
   Insistencias en Luzbel aborda una poesía metafísica, centrada en el largo trayecto que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. La vida entonces -como ya expusimos- se convierte en ensayo de una despedida; solo es vivida plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem y que conjuga presente y captación de la belleza.
   Sus últimos libros son el patrimonio del poeta en el tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su trayecto hace balance y sabe que el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido.
   Un sujeto poético que nos comunica la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. Ya el título sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa la geografía de la costa cuando el mar nos ofrece su  distancia, como si no fuera posible el retorno y el viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron.
  La antología consultada incluye algunos poemas del libro en preparación Donde muere la muerte. Su apertura “Brevedad de la vida” es un largo balance en prosa poética cuyo argumento deja el poso exacto de la aceptación: existir es el principio de la nada. Solo la escritura conjetura una posible salvación del olvido, un plano de permanencia en el recuerdo capaz de trascender la espalda fría del tiempo.
    En Selección propia, una antología editada en Cátedra, hay un estudio introductorio fundamental para entender su poética. Se titula “La certidumbre de la poesía”. El trabajo se hilvana a partir de un conjunto de reflexiones clarificadoras. A pesar del desagrado del poeta por analizar la propia poesía, sugiere que la poética nace de la praxis como los poemas nacen de la necesidad. Sus indagaciones se orientan hacia el proceso de creación. Cuando el tiempo nos destierra del paraíso de la infancia la palabra se convierte en una fortaleza que salvaguarda la dimensión individual del hombre. Los versos son refugio que permiten construir una nueva realidad que emana de nosotros mismos porque es interior y se nos otorga como una revelación. Así va apareciendo el mundo del poeta, sus concretas experiencias vitales expresadas con un lenguaje donde la intuición dirige la evolución expresiva de una obra que ha hecho de la precisión y la claridad norte y rumbo. Como Antonio Machado o Luis Cernuda, Francisco Brines es un poeta del tiempo. Su palabra es recuento del existir desde una conciencia ética, las huellas desgajadas que empiezan a borrase en un tacto de arena.




jueves, 18 de mayo de 2017

FRANCISCO BRINES. ENTRE DOS NADAS

Entre dos nadas
Antología consultada
Francisco Brines
Prólogo de
Alejandro Duque Amusco
Renacimiento, Sevilla, 2017

ANTOLOGÍA CONSULTADA

                                        
    Francisco Brines (Valencia, 1932) reunió por primera vez su poesía completa en 1974 y tituló el conjunto Ensayo de una despedida, un aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se ha mantenido en ediciones posteriores, que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. La antología Entre dos nadas crea un orden nuevo en el personal trayecto del poeta, ya que sus piezas han sido elegidas por casi trescientos lectores. Por tanto, esta colaboración múltiple y amistosa da fe de un cálido homenaje al que pone prólogo el poeta y crítico Alejandro Duque Amusco, quien se adentra en la senda poética con precisión de brújula. 
   Hay en toda la poesía de Brines una intensa coherencia, un pensamiento circular que se alimenta de redundancias. Los protagonistas de su creación son el tiempo y la belleza; el tiempo como tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada; y la belleza que pone luz a los reflejos de la infancia y la identificación del hombre con la naturaleza. En ambos temas cobra sentido la palabra que es revelación y vida. A través de la escritura se recrea la realidad, donde la memoria deja su emoción; la palabra poética es también una respuesta vital que nos permite vivir el pasado en el ahora.
   Su primer libro Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais, el más importante galardón de la posguerra. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas. Están escritas desde el estar de un sujeto que reflexiona sobre el paso de los días. Sentimientos y sensaciones se marchitan dejándonos entre las manos una menguada cosecha. En el presente la esperanza no tiene sentido.
  La segunda entrega de Brines, El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos dan cuenta de las meditaciones del hombre, de ese sustrato común de la conciencia que permite que el amor sea en nuestro devenir un recurso liberador. Los poemas expuestos con la escueta lucidez del relato refuerzan la objetividad del discurso.
   El itinerario se enriquece en 1966 cuando se edita Palabras a la oscuridad, que se alzó con el Premio de la Crítica. El título del mismo sugiere que el misterio de la noche es el interlocutor en quien el verbo deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o los signos desvelados de la soledad y la muerte.
   Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en él el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones, como el derrumbe continuo de la carne.
   Insistencias en Luzbel aborda una poesía metafísica, centrada en el largo trayecto que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. La vida entonces -como ya expusimos- se convierte en ensayo de una despedida; solo es vivida plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem y que conjuga presente y captación de la belleza.
   Sus últimos libros son el patrimonio del poeta en el tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su trayecto hace balance y sabe que el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido.
   Un sujeto poético que nos comunica la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. Ya el título sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa la geografía del ocaso cuando el mar nos ofrece su distancia, como si no fuera posible el retorno y el viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron.
  La antología consultada incluye algunos poemas del libro en preparación Donde muere la muerte. Su apertura “Brevedad de la vida” es un largo balance en prosa poética cuyo argumento deja el poso exacto de la aceptación: existir es el principio de la nada. Solo la escritura conjetura una posible salvación del olvido, un plano de permanencia en el recuerdo capaz de trascender la espalda fría del tiempo.
    En Selección propia, una antología editada en Cátedra, hay un estudio introductorio fundamental para entender su poética. Se titula “La certidumbre de la poesía”. El trabajo se hilvana a partir de un conjunto de reflexiones clarificadoras. A pesar del desagrado del poeta por analizar la propia poesía, sugiere que la poética nace de la praxis como los poemas nacen de la necesidad. Sus indagaciones se orientan hacia el proceso de creación. Cuando el tiempo nos destierra del paraíso de la infancia la palabra se convierte en una fortaleza que salvaguarda la dimensión individual del hombre. Los versos son refugio que permiten construir una nueva realidad que emana de nosotros mismos porque es interior y se nos otorga como una revelación. Así va apareciendo el mundo del poeta, sus concretas experiencias vitales expresadas con un lenguaje donde la intuición dirige la evolución expresiva de una obra que ha hecho de la precisión y la claridad norte y rumbo. Como Antonio Machado o Luis Cernuda, Francisco Brines es un poeta del tiempo. Su palabra es recuento del existir desde una conciencia ética, huellas desgajadas que empiezan a borrase en un tacto de arena.