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miércoles, 14 de enero de 2026

JOSÉ LUIS TRULLO. UN MONSTRUO INCOMPRENSIBLE.

Un monstruo incomprensible
Retablo de moralistas franceses 1600-1850
José Luis Trullo (editor)
Traducción de José Luis Trullo y Miguel Ángel Real
Editorial Renacimiento
(Colección A la mínima)
Sevilla, 2025

 

RETABLO CON FIGURAS

 
   En el aleatorio recorrido de la brevedad por la calzada de la Historia advertimos que, con frecuencia, la concreción enunciativa del aforismo está marcada por el carácter didáctico. Es una estrategia con dimensión colectiva; pretende transmitir una normativa ética, un conjunto de principios de validez común. De este empeño reglado de socialización se nutre parte del legado aforístico clásico. Desde Grecia y Roma la escritura hiperbreve expande, sobre la mesa del lenguaje, indagación cognitiva y conciencia moral. El espíritu renacentista supone un cambio de rumbo al introducir la perspectiva humanista. Se revaloriza el logos en el análisis de la moral cívica y la conducta humana.
  La indagación en la textura existencial del hombre común consolida la voz confidencial con las aportaciones de Francesco Guicciardini y Baltasar Gracián. Este será el principio necesario que hará de los moralistas franceses, durante los siglos XVII, XVIII y mediados del XIX,  un episodio central de la consolidación normativa del género.
  El aserto “Moralistas franceses” merece un breve análisis del editor. El término es de origen latino, “More” (costumbre) y define el propósito de orientar actitudes mediante principios estables. Los moralistas juzgan la conducta humana, constatan sus disonancias y apuestan por enaltecer una dimensión colectiva en la que prevalezcan vectores como el bien, la belleza y la verdad. Ese sería el hilo conductor del grupo de pensadores, florecido en territorio francés, seleccionado por el antólogo, y traducido al castellano en común por José Luis Trullo y Miguel Ángel Real, profesor, aforista y traductor con amplia experiencia en el legado cultural francés.
  Presencia imprescindible en la consolidación del decir conciso actual, José Luis Trullo (Barcelona, 1967) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Y realizó estudios de Doctorado en Filología Románica. Su activismo creador impulsa un taller plural que engloba poesía, traducción, aforismos y análisis críticos. Es editor de la revista Humanistas, director del apartado de aforismo de la revista Culturamas y colaborador de otras cabeceras digitales.
  El espacio lacónico estudiado incluye a Madeleine de Souvré (1599-1678), La Rochefoucauld (1613-1680), Blaise Pascal (1623-1662), La Bruyère (1645-1696), Vauvernagues (1715-1747), Malesherbes (1721-1794), Chamfort (1741-1794), Rivarol (1753-1801), Jouvert (1754-1824) y Chateaubriand (1768-1848). Son rutas consolidadas con fuerte repercusión posterior. El antólogo, tras el mínimo apunte biográfico, se centra en la pulsión de cada autor para dar breves trazos del discurrir vital. Todos rastrean nuestra condición transitoria y el sentido existencial del ser. En la remansada superficie del discurrir critican la convivencia social, empeñada en anteponer el interés individual a la relación colectiva. Cada legado toma conciencia y se hace registro en la introspección. condiciona, en mayor o menor medida, la lucidez estética y la perspectiva escritural.
   La escasez de voces femeninas de la tradición aforística convierte casi en un gesto subversivo la apertura de la selección con Madeleine de Souvré, marquesa de Sablé. La aristócrata alentó el más celebrado salón literario de su tiempo y escribió máximas o sentencias morales con aliento irónico. Puede considerarse, por tanto, precursora de grupo. Su quehacer conciso parte de la reflexión interior, del conócete a ti mismo, para, de ese modo, ser capaz de asomarse a los demás. Pretende clarificar la grandeza del entendimiento indagando defectos y virtudes de cada conciencia.
  La escritura de La Rochefoucauld se define como “Máximas de un hombre desengañado”. Su breve libro Reflexiones o sentencias y máximas morales explora con ironía y honestidad ese entorno de fingimiento y desolación de la plaza pública que disimula escombros, inmundicias y sinuosidades, detrás del escenario de las apariencias. El amor propio mitiga esas cicatrices de la experiencia vital que desazonan. Su mordacidad descubre que la verdad está lejos del ideal y la mentira coloniza campos enteros de la vida social y afecta a los trazos del propio sujeto que habita nuestros espejos.
  El genio humanista de Blaise Pascal, quien tuvo una esmerada formación intelectual, se aplicó indistintamente a ciencia y religión.  Las convicciones se acogen en “Los pensamientos de un alma en vilo”. Pese a su temprana muerte, dejó una heterogénea herencia como físico, matemático, inventor, teólogo y filósofo. El desasosiego religioso impulsa su cercanía al debate teológico de la Abadía de Port-Royal. Como caña pensante, el hombre personifica una amalgama de creencias y afectos; la conciencia personal con frecuencia se ve contaminada por las sombras. La nada parece ser el destino final de la existencia. El libro Pensamientos enaltece la necesidad de Dios y la fuerza salvadora de la religión. Solo la búsqueda sincera de la verdad concede reposo al desaliento.
   El anhelo de verdad está muy presente en la filosofía de La Bruyère, cuya obra, un conjunto de piezas literarias breves, ajusta sus trazos al retrato de sociedad, hecho con cercanía e indulgencia. Miembro de la Real Academia desde 1673, su exitoso balance literario justifica la consideración de ser una voz fuerte, capaz de reflejar el carácter moral de los contemporáneos. Su libro es el espejo de una época. Incansable observador, La Bruyère descarga en el sujeto la capacidad de ser testigo sensible de la realidad. Así se fortalece una visión crítica que depura lo que ve y multiplica interrogantes existenciales.
  El aporte intelectual de Vauvenargues, persistente lector de Plutarco, se estudia en Introducción al conocimiento del espíritu humano, seguida de algunas máximas y reflexiones. Las anotaciones objetivan, con sencillez y profundidad, el conocimiento del ser y del mundo, buscando un equilibrio de moderación entre luces y sombras, entre visión candorosa y nihilismo. Considera que la razón necesita el pulso sentimental para no ser áspera y fría. Las capacidades cognitivas alumbran claridad. Dado que nuestro entendimiento es insuficiente, hay que cultivar la voluntad y poner luz a la incertidumbre con espíritu reflexivo y tolerante.
   Jurista, político y consejero real, Malesherbes tuvo una participación social muy notable en el ambiente cultural de la época. Polemista y defensor de la libertad de prensa, murió guillotinado en el negro periodo de terror de la Revolución francesa. Con sensibilidad clásica, sus máximas convierten razón y justicia en asideros intelectivos. Al cabo, “las mayores verdades son en general las más sencillas”. En ese camino singular del entendimiento los textos sapienciales conforman un discurso de prudencia y espíritu tolerante.  
  El apartado dedicado a Chamfort recuerda el temprano reconocimiento por sus poemas y piezas teatrales. La mala salud condicionó una persistente melancolía y un ánimo pesimista. El instructivo moralista percibió en primera fila el desvarío jacobino de la Revolución francesa y su empeño en  hacer del precipicio un andén de llegada. Las máximas y reflexiones difunden una gélida desolación. Su pensamiento expande una incontinente tormenta de sombras. La voluntad de las palabras es estéril, no cura los más doloridos sentimientos. Las máximas y pensamientos de Chamfort son la estela de un hombre vencido; la amargura de un enfoque pesimista, como si la presencia de alguna esperanza no fuera sino un espejismo que se obstina en mentir a cada instante.
   La vida de Rivarol fue una continua búsqueda de fortuna. Ensayista y panfletista, sus máximas se leen como “los pensamientos de un espíritu inquieto”. Fue un enemigo declarado de la revolución francesa, lo que impulsó su persecución y exilio, hasta el definitivo asentamiento en Berlín. Su brevedad está marcada por la claridad y el rigor. Deja patente su ingenio, y una inconfundible mezcla de ironía y humor. La filosofía de Rivarol entiende la vida como una floración de frustraciones, un cúmulo de estaciones de paso que espera ese tren que no lleva a ninguna parte, salvo a los trampantojos de la esperanza, esas oquedades ilusorias de lo temporal.
  Joseph Jouvert personifica un incansable compilador de aforismos. Sus teselas representan el vínculo de transición entre los moralistas franceses y la naciente sensibilidad del romanticismo. Convergen en la escritura lacónica de Jouvert filosofía y poesía; el empeño de brevedad y la precisión más extrema. La sensación que deja la lectura de Jouvert es que los grandes temas de la conciencia humana necesitan el amparo reflexivo del pensamiento. Todo lo que pensamos es preciso pensarlo con el ser completo; con el alma y el cuerpo porque ser natural en el arte es ser sincero.
  El romántico Chateaubriand, personaje de exaltada biografía, firma la cosecha mínima final. El autor de Memorias de ultratumba promueve en sus fragmentos aforísticos el análisis de la vida social con resentimiento, como si el quehacer colectivo estuviese amenazado de continuo por un principio de destrucción. Entiende que las mejores quimeras de la existencia son inalcanzables porque la naturaleza humana está marcada por la miseria y no por cualidades superiores como el genio y la virtud. 
   Un monstruo incomprensible toma su título de un pensamiento de Blaise Pascal. El yo pensante es un principio generador de contradicciones e incertidumbres, por más que la razón se empeñe en ordenar el pensamiento. Con nitidez y armonía, José Luis Trullo deja un ajustado registro nominal de los moralistas franceses y de su destacada voluntad de penetrar en el fondo de la condición humana. Un itinerario de voces consolidadas que ensancha el camino lector mediante el sentimiento y el paso libre y ligero de la inteligencia.
 
JOSÉ LUIS MORANTE  
 


 
  

lunes, 8 de septiembre de 2025

RAMÓN EDER. EL LIBRO DE LAS FRASES TRANSPARENTES

El libro de las frases transparentes
Ramón Eder
Prólogo de Aitor Francos
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2025

 

CON ALAS EXTENDIDAS

                                                        
   El hábito es una disposición natural a cumplir con las expectativas. El empeño por reiterar un ciclo estacional que se repite, inalterable, en el fluir remansado del tiempo. Puntual, casi cada año, se aviva el festejo para celebrar la incansable convivencia de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) con el aforismo. Constituye una tradición que abarca décadas y conforma un proceso personal que ha convertido al escritor navarro en celebrado magisterio y lectura necesaria. El crédito aforístico de Ramón Eder crece, con sorprendente regularidad y una envidiable coherencia estética, según constatan los mejores estudiosos del solar expresivo del laconismo.
  Más allá de su producción concisa, el aforista sondea con paréntesis reflexivos el clima general que mantiene su sensibilidad frente al decir breve. Ramón Eder subraya su preferencia por la intensidad concentrada, la frase telegráfica y las variables temáticas con sentido del humor, un humor proclive a la sonrisa, que no desdeña influencias de Mark Twain, Groucho Marx o Woody Allen. El atinado prólogo de Aitor Francos, sin digresiones inocuas, alerta sobre las condiciones naturales de una cartografía mudable, curadora y transparente: “Con cada punzada de inteligencia y en apenas una línea, combate la intolerancia, pule dogmatismos, suaviza rigideces mentales, y lo hace valiéndose de autoridad y de una agudísima ironía con clara voluntad pedagógica”.
  Eder recalca con el magnífico aforismo de Karl Kraus que la frase sapiencial carece de datos suficientes; a veces es media verdad y otras verdad y media, pero nunca la verdad única y definitiva. De este modo, la realidad se ubica en una inacabable escala de matices, de planos diferentes, para que tome aire y extienda alas la observación subjetiva. Hay que conocer el contexto y recorrer sin pausa los laberintos interiores para dar sentido a la escritura y ser un yo pensante que recrea el mundo desde una vitalista duda metódica: “El aforista hoy en día es una especie de filósofo presocrático con sentido del humor digital”. De los apuntes enunciativos emana también una autobiografía más o menos convincente: “El escritor para ser respetado tiene que conseguir hacerse en los textos una humilde caricatura de sí mismo como un ser desvalido, lleno de contradicciones y sin embargo querible”. Si en entregas anteriores era palpable el anhelo poético, en El libro de las frases transparentes, como señalaba Aitor Francos en la introducción, hay desnudez y despojamiento lírico. Ser opta por la concisión estilística y la poda; por el recorrido telegráfico que une al mismo tiempo lo inconmensurable y lo breve. Quedan en esa mirada a lo esencial los trazos dispares de la condición humana, desde la ironía y el desenfado, actitudes que hacen del relato una delicada forma de la cortesía, un alejamiento de la solemnidad. Vislumbramos un pensamiento cambiante y en continuas tareas de búsqueda, exento de dogmatismos. Toda verdad, por más que recalquemos el trazo, acaba desdibujándose: “La verdad ya no es lo que era”.
  Con esos reflejos de suavidad y resistencia llega la claridad de El libro de las frases transparentes, una escalera argumental cuyos peldaños dibujan los complejos planos de un observador de momentos. La sensibilidad captura sensaciones y mantiene en su mirada un vaso de luz, capaz de contener el misterio de lo cotidiano, ese tiempo que abre un íntimo diálogo entre lo transitorio y lo permanente.
  Los libros de aforismos suelen ser sumas de intereses aleatorios, incluso distantes. En ellos se mezclan sedimentos lectores, reflexiones sobre la esencia del género conciso, o las notas dispersas que el pensamiento toma en torno al discurrir diario. En suma, una dicción ligera, buscando explicaciones al paso sobre las preguntas de siempre. A veces su sentido se diluye, recuerda el agua turbia de un pozo remansado, en el que no se puede calcular la profundidad y resulta difícil la inmersión.
   Ramón Eder acomoda en sus aforismos su personal concepto de la brevedad. La cosecha minimalista nunca se sube al pulpito de la pedantería; quien escribe se contradice a sí mismo, siembra paradojas, camina en círculo por el pensamiento e intenta conciliar enunciados lógicos e ingenio, en tareas de continua vigilia.
   En las brevedades de El Libro de las frases transparentes se habla de libros y autores, como Nietzsche, Cervantes, Shakespeare, Kafka, Josep Pla o Borges; de la sociología literaria que conforman las relaciones sociales: “Qué sensación de bienestar nos producen ciertas personas cuando se van”; y de esas incertidumbres que deambulan casi inadvertidas por el interior buscando sentido a la sutilidad del transitar diario: “Si a la vida no se le mete algo de épica se convierte en un cuento contado por un idiota”. Sin duda, son motivos recurrentes que retratan estados de ánimo o el incansable fluir de la conciencia.
   Si, como escribe el autor, “La realidad es una mezcla de sueños y de realidad” los buenos aforismos dejan la capacidad de moldearla, escuchan la voz tenue de la imaginación. Fortalecen un legado que nunca desdeña el aporte inteligente de la experiencia cultural. La escritura corrige asimetrías. Desde el sedentarismo de las ideas, reordena lo vivido y descubre un sentido nuevo a lo aparentemente insignificante. Frente a los que buscan en la experiencia biográfica el venero semántico principal, Eder mira con frecuencia los estantes de la biblioteca, buscar claves explicativas en las páginas de una selecta nómina de clásicos, y arropa el laconismo con las enseñanzas y asombros de la gran literatura. Al cabo, “escribir aforismos tiene sus peligros porque es poner el cerebro en los límites del lenguaje”.

JOSÉ LUIS MORANTE




 

miércoles, 4 de septiembre de 2024

RAMÓN EDER. LAS ESTRELLAS SON LOS AFORISMOS DEL CIELO

Las estrellas son los aforismos del cielo
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2024 

 

HUMOR ILESO

 
         
   El diálogo de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) con el laconismo constituye una colmada tradición que abarca varias décadas. Conforma un reconocido trayecto personal que ha convertido al navarro en uno de los nombres más celebrados del género, con un corpus general que va creciendo con sorprendente regularidad y con una envidiable coherencia estética. Hablar en el presente de aforismos es hablar de Ramón Eder. El propio autor no duda en analizar con mínimos acercamientos reflexivos las características de su voz; los propósitos de su singularidad expresiva en un intervalo histórico en el que la brevedad está protagonizando un brillante despegue, si nos atenemos a la aparición de ensayos y antologías, o al número de publicaciones de autores dedicados al decir breve.
  El texto de entrada  “El aforismo irónico”, que sirve de preámbulo, nos deja esta precisa definición por su transparencia expresiva: “El aforismo irónico es un pensamiento de una especie de filósofo con sentido del humor que está escrito con la sensibilidad de un poeta que escribe textos breves por cortesía de sus lectores”. Sin duda, el texto no requiere ningún matiz digresivo complementario, pero se me permitirá que alerte sobre dos o tres hendiduras del párrafo que considero esenciales. Eder recalca que el hecho creador del aforismo nace desde el entendimiento, busca el suelo de la certidumbre y explora con realismo pragmático algunas respuestas que ubiquen la realidad en planos diferentes para que trasciendan la mera representación. Tampoco olvida el anhelo poético, la solvencia estilística de la frase telegráfica que huye de cualquier lugar común y persigue la elegancia y la variedad de manifestaciones lingüísticas. Queda esa mirada a la condición humana desde la ironía y el humor, que hace del relato una delicada forma de la cortesía, un alejamiento de la solemnidad, un ejercicio de convencimiento y crítica exento de cualquier dogmatismo. Toda verdad por más que recalquemos el trazo acaba desdibujándose.
  Con esos signos diferenciales llegan los textos de Las estrellas son los aforismos del cielo, retazos que dibujan una sensibilidad abierta y prolongan la vasta llanura expresiva que Ramón Eder ha ido expandiendo con voluntad inquebrantable. Los libros de aforismos son fragmentarios; se expanden con esa tensión polarizada que se mueve entre lo fugaz y lo permanente, sin monopolios temáticos. La estrategia expresiva desplaza pasos en un trayecto plural cuyo recorrido, dividido en tramos por los dibujos geométricos de Ramón Eder, deja abundantes rincones temáticos, encuentros y extravíos con la existencia. La cosecha minimalista siembra sugerencias desde el asiento preferente de un observador en continua vigilia. Se habla de libros y de autores, de estados de ánimo, de esas incertidumbres que deambulan casi inadvertidas por el interior y albergan la morosa caligrafía de la ética; en definitiva de los recovecos que forja la rutina en la existencia cotidiana y los relieves de la realidad que el discurrir moldea. Al cabo “La imaginación no sirve para nada sino para darle a la realidad una lógica”. Con serenidad remansada, la reflexión comparte su voz. Fortalece una sabiduría que nunca desdeña el aporte inteligente de la experiencia y defiende una manera de pensar que, de cuando en cuando, despierta al espíritu crítico o vuelve los ojos al pasado para embellecer su heterogéneo legado de recuerdos y sombras. La escritura corrige la realidad, desde el sedentarismo reordena lo vivido y descubre un sentido nuevo. Frente a los que buscan en lo autobiográfico el venero semántico principal, Eder mira con frecuencia a la sociología y nunca desdeña buscar claves explicativas en la política, la convivencia cívica o la actualidad digital. De este modo el laconismo abraza las paradojas de lo cotidiano, o se acerca desde el pensamiento intuitivo a examinar contradicciones y asombros.
   Como gran lector, que sabe que lo importante no es leer sino releer, el escritor navarro recaba citas y preferencias lectoras, reconoce empatía por los maestros del humor o convierte a la escritura aforística en una exploración del propio taller literario: “Los que dicen dogmáticamente que dos más dos son tres y diez años más tarde dicen dogmáticamente que dos más dos son cinco no tienen un problema de inteligencia o de cultura sino de carácter.”
 En el cajón de sastre de un libro de aforismos el fondo y la forma son inseparables, pero hay aforismos que, al decir lo esencial, acentúan su carácter poético como el que da título al libro: “Los aforismos son las estrellas del cielo”. No me resisto a dejar cerca otro aforismo de impacto: “Las palabras son la música de las ideas”., o este esqueje verbal que tan bien dibuja la propia identidad: “Nuestros defectos nos hacen únicos”, o, por último, este otro que nos deja en la boca un sabor agridulce y crepuscular: “Hay amigos a los que solo nos une un imperdible”.
   En Las estrellas son los aforismos del cielo Ramón Eder sabe que “Los buenos aforismos son pórticos que nos llevan a la inminencia de una revelación que parece muy importante y ahí nos dejan, que no es poco”. Sabe también que la ironía y el humor no necesitan análisis teóricos porque sus límites exactos son los límites de la inteligencia, ese espacio mental que busca siempre más allá de lo previsible. Las cosas nunca son lo que parecen; los aforismos de Ramón Eder sí: son puntos de orientación que dialogan con la existencia, lacónicas fotografías de un paraíso de tinta.

JOSÉ LUIS MORANTE





 
 

jueves, 4 de abril de 2024

DIONISIA GARCÍA. EL PENSAMIENTO ESCONDIDO

El pensamiento escondido
Aforística completa
Dionisia García
Prólogo de Carmen Canet
Editorial Renacimiento
Colección A la Mínima, Serie Mayor
Sevilla, 2022

 

UNA GRIETA DE LUZ

  
    En el tramo final de siglo, Dionisia García (Fuente-Álamo, Albacete, 1929) estrenaba género al publicar en 1987 Ideario de otoño. Era la más temprana cosecha aforística; un surco abierto que concedía a la autora relevancia especial como iniciadora de esta estrategia expresiva ante la carencia de voces femeninas anteriores. El decir mínimo habría de adquirir en el trayecto literario de la escritora amplio desarrollo, como se vislumbra en El pensamiento escondido, recopilatorio de las tres entregas dedicadas al aforismo.
  La travesía es analizada en el proemio “Confidencias” por Carmen Canet, quien personifica la más persistente indagación del taller conciso de Dionisia García. La resonancia escritural perfila, en un juego de transparencias, la luz directa de la intimidad. Dentro del texto, la palabra confidencial es dueña de un enfoque comunicativo y compartido; aglutina situaciones sencillas y cercanas y abre senda a un horizonte reflexivo expuesto desde la hondura de la introspección. Como dicta la obertura de Carmen Canet: “Deja discretamente sobre el papel que sus palabras fluyan vitales, emotivas, profundas e imparables”.
   La acumulación de registros en Dionisia García es geografía integradora y prolífica. Aglutina caminos entre la poesía, la narración, el ensayo y los aforismos. En todos ellos, la existencia sirve para comprender escenarios y procesos de la realidad desnuda; el discurrir es trasunto de un espacio real paradigmático que tiene asienta localizaciones en ámbitos desperdigados por el mapa de lo laborable. La palabra nunca pierde su calidez doméstica para dar voz a protagonistas que congregan cercanía y sencillez, estar machadiano.
  La senda completa incluye, junto al ya citado comienzo Ideario de otoño, con nueva reedición ampliada en 1994, los libros Voces detenidas (2004) y El caracol dorado (2011). Sobre este contenido, Carmen Canet preparó la selección El hilo de la cometa. Antología esencial (1987-2011), editada por Libros al Albur en 2019. Todos constatan en su desnudez expresiva que “El aforismo no es un juego para decir algo. Puede llegar a quien escribe por vía intuitiva, o ser expresión de un pensamiento previo hasta considerar que el resultado puede ser válido. En su proceso viene a ser semejante al poema: hay que estar alerta.”
   Los pensamientos mínimos tienen preferencia por la forma directa; los enunciados son pasos cercanos a la biografía personal y exponen los efectos colindantes de las circunstancias. Los núcleos argumentales huyen de la estridencia; muestran contraluces y contrastes frente a las interrogaciones de la razón. Estas señales son percibidas por el proemio de Carlos García Gual a Ideario de otoño. El prologuista recuerda la tradición de un género con sus nombres esenciales a los que se añade el decir sentencioso de Dionisia García, desde la observación sutil, suave, irónica, como si las ideas se hubiesen instalado en los bajorrelieves del matiz. El transcurrir invita a la contemplación, al camino que enlaza el paisaje interior y las respiraciones de los elementos del entorno, siempre sometidos a las continuas metamorfosis de procesos naturales.
   El tumulto semántico acoge también referencias frecuentes al sentido y razón del hecho literario: “Las palabras nos ordenan, nos sitúan y alojan. Mal tratadas se vuelven contra nosotras”; “El estilo un poco gris –decía Baroja-  para que destaquen los matices tenues”. Placidez al visualizar la idea”. Este último texto pude muy bien definir los límites austeros de esta práctica minimalista y su complicidad, al asomarse al mundo, con la levedad de la  menudencia y sus grietas de asombro.
   Como ratifica la introducción de Voces detenidas la introspección se hace mirada interior. Pauta interrogaciones a través de la ironía, el desencanto y la esperanza, en torno a la condición humana. La escritura traza los rasgos de un autorretrato que intercala zonas oscuras y claridades. El yo percibe las voces detenidas del silencio, interpreta tras su indefinición genérica, esa parquedad narrativa, coloquial y directa que solemos hallar en el andamiaje del relato existencial. Los textos desandan el camino, cuestionan un pensamiento acomodaticio para dilucidar el sentido existencial; hablan de seres que deambulan buscando certezas y perciben el vivir despacio con sus asimetrías y relieves.
   La entrega El caracol dorado sirve de cierre a la compilación, tras un breve apunte de la autora donde comenta que el título nace de una impresión visual, cuando se despliega la amanecida. Se hace la luz y el aforismo ilumina los rincones del pensamiento para indagar sobre una realidad en vilo. La tarea impone una mirada insistente que se empeña en percibir el rastro de las cosas, los estratos de sus posibilidades y esos efectos secundarios que generan emoción y reflexión, la calidez de las palabras cortas y sus irisaciones.  
  Los aforismos de Dionisia García nunca son indiferentes a la historia menor, al poso anecdótico de apariencia insignificante. Saben que el lenguaje los dignifica y los convierte en compañías apacibles, en esos interlocutores de la inteligencia que fluyen con textura transparente, como un cauce incontenido de verdad y belleza. Tras su fragilidad evocadora, cada aforismo guarda la consistencia de un comienzo.

 
                                                                       JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 

martes, 26 de diciembre de 2023

MARIALUZ ALBUJA BAYAS. DOBLE FILO

Doble filo
Marialuz Albuja Bayas
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2023

 

EN EL VACÍO


   La celebración en Quito de la XV convocatoria de Paralelo 0, durante el mes de noviembre de 2023, me ha permitido asomarme al presente poético de Ecuador donde se percibe la madurez poética del entrelazado generacional y la convivencia de nombres propios con sólida arquitectura creativa. Entre las voces punteras destaca Marialuz Albuja Bayas (Quito, 1972), poeta, narradora y Magister en estudios de la Cultura y la Literatura Hispanoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar. La escritora impulsa un trayecto expresivo forjado en un intervalo temporal de más de dos décadas que agrupa cinco libros de poesía, dos novelas, algunos cuentos y guiones dramáticos. Una producción notable y ampliamente reconocida. En 2017, la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras le otorgó el premio Dámaso Alonso en la categoría Creación Literaria. Antes, en 2008, obtuvo el premio Proyectos Literarios Nacionales, otorgado por el Ministerio de Cultura. Y sus dos ficciones narrativas lograron el premio Darío Guevara Mayorga a la mejor obra publicada en su categoría (En 2017 y 2019).
  Marialuz Albuja Bayas impulsa un taller en transición, con fuerte continuidad, que hace de la poesía estrategia central. Añade ahora Doble filo. La entrega se abre con citas en torno a la presencia de la madre, un elemento definidor del cauce argumental. La sección de inicio se titula “Autorretrato” y el conjunto poemático parece remitir al análisis minucioso de la travesía biográfica y al abordaje de los sentimientos que las menesterosas contingencias condenar al desajuste. Sin embargo, se objetiva el decurso lírico mediante la siguiente nota aclaratoria: “Los poemas de esta primera sección nacieron de un trabajo de exploración narrativa y dramatúrgica que dio lugar a tres obras independientes: Mi pe(o)rversión, Tal vez no fue así y la sección titulada Autorretrato de este libro de poemas”.
  Sirve de amanecida la composición “Trip” donde el fluir del verso recoge la contemplación del suicidio materno por parte de una mirada infantil convertida en testigo. En el poema afloran imágenes de impacto que sobrecogen y zarandean al lector. Los versos impulsan una sensibilidad dolorida que aglutina la pérdida afectiva y la conciencia de la culpa desde la experiencia personal. Con una expresión poética cercana y comunicativa, la escritura enuncia una historia de soledad y desarraigo, de extrema incomprensión en la toma de conciencia de la realidad y en las azarosas perspectivas del presente. Con nítida vigencia, perduran las observaciones del yo en continua fuga hacia la derrota. La imposición del desencuentro erosiona la cercanía a los afectos. Huir se convierte en pensamiento único y germina en el muro del poema una forma de encarar la soledad, de rescatar, en cierta medida, el lenguaje y establecer distancias. La mirada y la memoria constatan las cosas que se perdieron para siempre.
   El tramo central “Lengua” añade un nuevo enfoque del saqueo sentimental. Ahora es la madre quien toma la palabra en su estado depresivo y al margen de cualquier consuelo. En el apartado prosigue, desde el primer poema “Dasein” (Existencia), el empeño meditativo dispuesto a sondear la complejidad del legado vivencial y las hendiduras que origina. Los itinerarios hacia el otro recorren un caos y es preciso encontrar el lenguaje que defina tales mutaciones: “Que la belleza se vaya por donde vino / el túnel que teje el cuerpo / para después deshacerlo. / Permitir que todo siga su curso /abrazar la decadencia, la putrefacción…”. Si casi todos los poemas hablan del derrumbe interior de un yo subjetivo, la composición  “Habitante” explora el entorno como un daguerrotipo sombrío, con una ubicación concreta: la guerra de Siria y los efectos directos y colaterales del conflicto. Las inflexiones rememoran un noticiero que incorpora al dolor propio el desgarro comunitario y su proximidad afectiva, como si el mundo en ruinas estuviera dentro y formara parte del periplo biográfico en su caminar hacia la noche.
    Con clara perspectiva, Marialuz Albuja Bayas concibe el libro como un cuerpo unitario y coherente y centra su tercer apartado “Armas” en una reflexión moral sobre el amor que no pudo ser. La certeza de puentes rotos hacia el amor hace caminar, entre las sombras de la noche, con una inquietante pulsión en el pecho. No hay nadie. Otra vez el viaje sin regreso hace girar el pensamiento en un largo proceso de reconstrucción introspectiva que toca fondo: “Cuando me pierdo en esta orilla / soy mujer de poca fe que no consigue abrir las puertas del milagro. / Envenenada por la ferocidad y el vicio / me dejo ir en el lodazal donde no esperas por mí”. (p. 61). Esa conciencia del yo vuelto hacia sí mismo es una constante que va forjando una relación oscura, de trinchera, que enfrenta soledades sin refugio. En los versos hay una clara conciencia de temporalidad hacia el sacrificio y una percepción de extrañamiento que hace de lo mudable la única certeza: “Giré el espejo en dirección a la ventana / mientras la gente sucedía como agravio de los sentidos. / Imaginé la calle en pausa / Congelé voces y nubes” (“Red” P. 66).
  La poética de Marialuz Albuja Bayas en Doble filo es una inmersión profunda en el dolor provocado por el doble filo de la pérdida, la soledad y el desamor. Define el afán por entender el derrumbe afectivo. Suena el fluir de la conciencia que sale de una pesadilla, de una laguna negra en la que no es posible el rescate. El mirar introspectivo hurga en el inventario de los recuerdos para aferrarse al último hilo de la luz. Para guardar en las manos vacías melancolía y desazón, mientras la vigilia rememora un paraíso lejano, cerrado para siempre.

JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 

martes, 13 de junio de 2023

RAMÓN EDER. LOS REGALOS DEL OTOÑO

Los regalos del otoño
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro vientos
Sevilla, 2023

 

UNA PIZCA DE LUZ

  
                                                        
     La literatura difunde un sistema dinámico de géneros con una convivencia plural y  pausada de estrategias expresivas. Sin embargo, hay autores que se decantan por la fidelidad extrema a una propuesta de taller que, de este modo, adquiere un significado definidor del trayecto creativo. Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es poeta, narrador y artista visual, pero el decir lacónico sostiene la ontología central de su escritura. Así lo ratifica la copiosa cosecha minimalista que suma las entregas La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015), Ironías (2016), Palmeras solitarias (2018), reconocida con el Premio Euskadi de Literatura, 2019, Pequeña galaxia (2018), El oráculo irónico (2019), Café de techos altos (2020), Aforismos y serendipias (2021) y la compilación Aforismos del faro de la Plata (2022), con edición, selección y texto introductorio de Carmen Canet, excelente conocedora del minimalismo verbal. En Ramón Eder el yo profundo sale a la superficie a través del pensamiento conciso: “La manera natural de pensar es a base de aforismos”.
   La pasión por escribir aforismos es constante y retoma presencia en los escaparates con la entrega Los regalos del otoño, fruta fresca de temporada que hace de la madurez un lugar propicio para ofrecer al lector magnífica cosecha. Aunque poco dado al dogmatismo prologal, el escritor abre su nuevo trabajo con el liminar “Maneras de leer los aforismos con lápiz”. En el caminar a solas del lenguaje en busca de lo inesperado emerge un ritmo de lectura; aquí no sirve el paso suelto de quien lee de corrido por el carácter reflexivo de los textos. Hay que pausar itinerarios, atemperar la mirada, hacer reconocibles caligrafía y sentido para que aparezca la pizca de luz, ese brillo solar que cobra relieve en la memoria.
   La organización del libro en secciones está marcada por las conocidas viñetas del escritor. Sus dibujos, de trazo escueto y tinta negra, son el umbral de cada apartado con la pausa complementaria de un aforismo inaugural. En el enunciado del primero está la siguiente tesela escrita a mano: “Dentro de nosotros lucha el ángel con el mono y no siempre gana el ángel”.  En total son trece viñetas las que conforman el recorrido de Los regalos del otoño con similares nutrientes expresivos. En el comienzo predomina la reflexión metaliteraria e indagadora de la pulsión creativa; en ella se busca la identidad real del sujeto verbal, la cercanía a nuestro pensamiento de las redes literarias o las características básicas del decir lacónico, donde la agudeza es ámbar que preserva del discurrir del tiempo. Pero los argumentos no fuerzan un orden lógico; van y vienen, trastean, se quedan quietos en un tema o promueven un largo viaje por intereses plurales. Al cabo, “El aforismo no pretende decir verdades como catedrales sino pequeñas verdades como diamantes”.
   El protagonista refleja una filosofía óptica, supera esa apariencia cuticular de la vida en común, para sondear la propia intimidad y sus relaciones con la superficie visible del entorno. Así se establece una relación bilateral en la que nacen interpretaciones especulares que cobijan actitudes como la ironía, el escepticismo o la contradicción. “Algunos ignoran que la nada es una parte del todo”, “El que es buena persona no puede ser normal del todo”.
   Las secciones multiplican los matices, proponen un despliegue de imaginación que dé solidez a la certeza de que “La vida es fascinante incluso cuando es horrible”, aunque su transcurso también acumule decepciones y luces falsas: “Hay verdades tan tristes que ya en la prehistoria hubo que inventar la mentira maravillosa del arte para hacer soportable la realidad”.
   Siempre que leo a Ramón Eder admiro su manera de disimular el sustrato cultural de sus libros. Los textos afloran con un molde de naturalidad expresiva; pero tras esa simulación de cercanía y lenguaje directo, en el que la erudición adquiere una presencia periférica, hay un lector infinito que conoce muy bien la estela histórica del laconismo: Marco Antonio, Séneca, Baltasar Gracián, los moralistas francés, Cioran o Wilde crean una empatía natural con el sentido cartesiano y la riqueza expresiva del escritor navarro. El intempestivo reflejo de lo inesperado –ese aforismo serendipia ya habitual en libros anteriores- hace vibrar y deja huellas. Se convierte en habitual regalo de madurez lacónica.
  Los aforismos de Los regalos del otoño tienen la solvencia de un tren de cercanías. Entre las páginas que se bifurcan viajan inteligencia, humor, ingenio y la carga justa de simbología que anule la vía del bostezo. Ya es un clásico en Ramón Eder la compilación  de chispazos de filosofía no académica y el aire limpio de la poesía, escritura con genealogía que sobrevive al tiempo y exige leer con lápiz.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

martes, 7 de febrero de 2023

DIONISIA GARCÍA. CLAMOR EN LA MEMORIA

Clamor en la memoria
Dionisia García
Editorial Renacimiento
Colección Mediodía
Sevilla, 2022

 

MAPA DE TI

 
 
    Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929), licenciada en Filología Hispánica, miembro correspondiente de la real Academia de Bellas Artes de San Telmo (Málaga), hija adoptiva de la ciudad de Murcia e hija predilecta de Fuente-Álamo, en su espléndida madurez intelectual mantiene abierta una estela creadora marcada por una perspectiva ecléctica. Amalgama géneros como la poesía, el cuento, el ensayo, el aforismo y la autobiografía. Son indagaciones expresivas que por su pluralismo y diversidad convierten a la escritora en uno de los nombres literarios referenciales de nuestro tiempo. Su vinculación con la poesía es continua y así se constata en Atardece despacio, volumen que acoge el cuerpo poético completo. Una  producción contundente, que compila más de cuatro décadas de escritura. Es el balance de una entrega incansable, que aún prosigue, como demuestra el abanico de poemas elegíacos de Clamor en la memoria (2022).
   La poeta abre su mirada creadora con un breve prólogo, “Caminos transitados” donde expresa el epitelio de esta entrega y su textura sentimental: “No es fácil escribir sobre un suceso cuando el referente, la persona amada, ya no está. Es por ello que he procurado mantener velada la herida, el dolor por su ausencia, a través de la palabra. Las cosas del alma se malogran si te acercas a ellas con descuido. Tú, Salvador, estás aquí con nosotros, en nuestros hijos”. En el laconismo de esta nota queda el núcleo interior de la escritura: despliega, sobre cualquier otra contingencia, un “mapa de ti”, un homenaje que recupera los itinerarios vividos en común, las pertenencias sentimentales que aposan incertidumbres e ilusiones, el variado contexto de la complicidad. La poesía se hace meditación y memoria; recobra los trayectos al paso, las etapas que aletean ahora en la lejanía: “Todo ha pasado / fugaz y luminoso, / con recorridos / que la memoria olvida. / Solo tú en el recuerdo”.
   Las palabras recobran las manos cálidas de una identidad en el tiempo, como si esta presencia completara las formas del entorno y no faltase nada en la casa de siempre.  Los días antiguos pierden su color desvalido para mostrar de nuevo la pujanza de una sonrisa en flor y su empeño de dar aliento al presente. En la frágil verdad del existir, el tránsito recobra evocaciones, vivencias mitigadas por los pasos del tiempo que acogían lecturas, músicas y trayectos que tenían “el olor a comienzo”.
   El yo es un pasajero fugaz del transcurrir. Su condición recuerda el verbo sabio de Montaigne: “Las vidas más hermosas son, a mi entender, las que se conforman al modelo común y humano”. El balance personal parece un mero patrimonio rutinario, en el que hay que saber descubrir la singularidad: el vuelo auroral de un nuevo proyecto literario, un viaje lejano, el primer hijo, la oscuridad habitable de una sala de cine; en suma, la incansable ruta de aprendizaje y gozo que abren los días, mientras se pone el sol de otra manera.
   En esa senda común las jornadas viajan hacia la última costa; alumbran el destino final. Llega la despedida que moldea la separación definitiva y el frío denso de la soledad. Las palabras ahora parecen una oquedad sin fondo y sin sentido. La realidad muda en páramo de soledad y espera, que solo cobra voz en la elegía: "Tu mirada me llega / como hilo de luz en lejanía, / y ya no supe más de la presencia. / Un despertar inquieto / me llevó a darme cuenta: / la habitación oscura, / y yo ya estaba sola.”. Queda solo el misterio de la ausencia, el desgarro en silencio de una herida que no puede curar y se hace escritura. Quien no está es ahora el mudo resplandor de lo vivido, la ausencia que define el clamor palpitante del camino común.

JOSÉ LUIS MORANTE


jueves, 19 de enero de 2023

SUSANA BENET. ESPEJISMO (Y OTROS RELATOS)

Espejismo (y otros relatos)
Susana Benet
Editorial Renacimiento
Espuela de Plata. Narrativa
Sevilla, 2022 

 

CONTRA EL TEDIO

 

   Susana Benet (Valencia, 1950) abre nueva senda en su pulsión literaria con Espejismo (y otros relatos), una panorámica de doce cuentos breves. Todos sus libros anteriores, Faro del Bosque, Lluvia menuda, Huellas de escarabajo, La Durmiente, La enredadera, Grillos y luna y Don de la noche, impulsaban una perseverante dedicación a la poesía como único género. En ese esfuerzo creador, el haiku se define como estrategia expresiva esencial; ratifica una delicada sensibilidad, capaz de recrear las relaciones dialécticas entre sujeto y entorno natural mediante una escritura concisa, emotiva y abierta al propósito comunicativo. El acento de Susana Benet ahonda en la mirada introspectiva y la percepción, y aloja en sus hilos argumentales el singular misterio de lo cotidiano.  
   El volumen Espejismo (y otros relatos) arranca con un breve liminar donde la autora reflexiona sobre la perspectiva personal como vocación sostenida en el tiempo. El taller fue forjándose desde el minimalismo discreto de la estrofa japonesa, para volar más lejos con el poema más extenso y, finalmente, buscar sitio también en la ficción en prosa. Así han nacido estos cuentos, escritos entre 2004 y 2020, que amanecieron en revistas y antologías, o que permanecieron inéditos hasta la concepción del presente balance narrativo. Las historias breves apuntan una variada gama de situaciones vitales. En su diversidad, conviven el desconcierto diario, la inquietud existencial y la incertidumbre generada por el entrelazado relacional donde discurre la convivencia con los demás. Desde esta disposición de ánimo nacen los textos de Espejismo (y otros relatos) que apuntan afinidades lectoras con Patricia Higsmith, Raymon Carver, Roal Dalhl, Anna Kavan, Natalia Ginzburg, Dorothy Parker y F. Kafka. Son lecturas de cabecera que zarandean la imaginación y se unen a las sensaciones que aporta a diario el oficio de vivir, esos itinerarios de memoria y olvido, de propósitos y recuerdos que diseñan la caligrafía de cada conciencia.
  La percepción autobiográfica alumbra las páginas del primer cuento, del que toma su nombre todo el libro. Casi biógrafo de sí mismo, quien escribe fusiona la voz omnisciente del narrador y la reflexión interior del testigo.  El marco de la casa deja una situación ambiental habitable y próxima, donde se confunden realidad e imaginación, como si ambos espacios estuviesen compartiendo cosas humildes y cercanas que expanden en su contemplación la seguridad de lo conocido, una multiplicidad de recuerdos fragmentados.
  Susana Benet apoya muchos de sus textos en las contradicciones de lo laborable. El sujeto no cambia su predisposición a percibir el entorno como una rutina donde se camufla la extrañeza. El presente es un patrimonio sensitivo que nunca deja sitio a la idealización. Las ataduras de lo corriente ofrecen vivencias casi a precio de saldo, como se explora en los relatos “Oportunidades”, “Resistencia” o “El plan”, donde nítido e intacto, se incorpora el humor con envidiable resultado final.
   Las historias de Susana Benet tienden a la introspección y al monólogo. Se hilvanan en el decurso temporal del ahora, casi siempre envueltas en una nube de normalidad. Todo está en calma. Alrededor aflora un estar sólido y consistente, roto de pronto por algún hecho insólito: un desconocido que regresa del pasado, una imagen visual en el parque que muestra una secuencia incomprensible de ausencias y desapariciones, o una visita al dentista que se convierte en un forzado encuentro carnal que deja en el aire si fue real, o simple efecto de la anestesia.    
   La soledad de cada personaje parece abocada a desempeñar pequeñas tareas anodinas, con dedicación precisa, como si en su empeño encontrara sentido el sinsentido de vivir. En ese borrador de aspiraciones, como una terca intrusa, la nada mantiene su trasfondo. Solo la cercanía de los elementos del paisaje, ese oscuro olor de la tierra, parece proclive a la autorreflexión y el y pensamiento. Lo mínimo es evocación y sugerencia, pasaje iluminador dispuesto a la propuesta interpretativa.
   La nómina ficcional de Espejismo (y otros relatos) apila hojas sueltas, escenas de un universo narrativo que busca amparo a historias personales y cotidianas, a través de un lenguaje confidencial, introspectivo, familiarizado con esos esos enlaces entre lo previsible y lo extraordinario, como sucede en el cuento “El árbol”, penúltimo texto del libro. También la mirada crítica, frente a la burocracia deshumanizada de algunos trabajos, se hace núcleo del relato final “El director es una lata”, donde, en palabras de la escritora, “el resentimiento se transforma en un relato burlesco”, aunque siempre desde el despojamiento y la contención.
   Susana Benet estrena género, pero su escritura preserva aspectos esenciales. Las palabras desvelan el misterio de esa verdad sencilla que impulsa lo diario. La naturalidad expresiva cultiva una estética de la mirada, una forma de ver y sentir, un acceso pactado con una realidad que esconde en su apariencia otra luz y otro cielo.


JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 2 de noviembre de 2022

IOANA GRUIA. TOCAR LA PIEL DEL TIEMPO

Tocar la piel del tiempo
La poesía de Luis García Montero
Ioana Gruia
Editorial Renacimiento
Colección Iluminaciones
Sevilla, 2022

 

POÉTICA DE LA PIEL

  

    Asumiendo un fuerte vitalismo creador, Ioana Gruia (Bucarest, 1978), profesora titular de la Universidad de Granada, ciudad donde vive desde 1997, impulsa una escritura plural, que traza itinerarios por la novela, el relato breve, la crítica, la poesía y el ensayo. Retorna a esta última estrategia con el libro Tocar la piel del tiempo, una cala crítica en torno a la escritura de Luis García Montero, autor de contacto sobre el que la escritora ha reflexionado con frecuencia.
   Las coordenadas poéticas de Luis García Montero le conceden en la poesía contemporánea en lengua española una ubicación sólida e incontestable. Sus entregas han propiciado abundantes antologías y compilaciones completas y se han traducido a más de una decena de idiomas. Muchos poemas se han musicalizado y son letras celebradas de conocidos músicos o cantautores, y su obra es generadora de una incontenible bibliografía, como recuerda Ioana Gruia en la selección final que sirve de coda al libro.
   De inmediato se siente la sensación de cercanía con el autor; como intuyera Joan Margarit, la poesía de Luis García Montero es una casa de cimientos profundos, un espacio abierto, hospitalario e instalado en la lucidez. Las palabras de Ioana Gruia conceden a la poesía del granadino una propuesta de claridad y diálogo, de confidencialidad con el transitar del tiempo. Sin duda, el poeta es el mejor referente generacional y entrelaza señas identitarias de varias promociones en activo, desde los maestros del medio siglo hasta la poesía pandémica y digital.
   La escritora explica el título con una sugerente intuición que asocia la existencia como una cronología sensorial que invita a “tocar la piel del tiempo” desde las relaciones personales y el mundo afectivo, pero también desde la práctica literaria y el arte como forma de buscar lo permanente en lo transitorio. Y establece un ritmo pausado en el discurrir de su ensayo que se articula con los siguientes núcleos abiertos: una perspectiva general en la introducción, análisis de la poética y tres enclaves temáticos: “Los párpados del tiempo”, “Bestiario íntimo" y, por último, “El ritmo del mar y los barcos de papel”.
   El apartado “Una poética de la piel” recorre los pliegues del ideario personal a través del sustantivo piel, empleado con frecuencia en diferentes momentos del itinerario lírico, hasta ser resaltado por estudiosos como Marcela Romano y Laura Scarano. La cualidad matérica de la superficie  invita a un largo viaje interpretativo que permite emerger, tras los pliegues de la epidermis, el sentido íntimo de la escritura. Al cabo, como escribiera Luis García Montero en Confesiones poéticas, al hablar del libro Diario Cómplice, “la poesía es una operación interpretativa de las superficies, un texto con conciencia exacerbada”. De este modo, la piel, según Ioana Gruia, se convierte en núcleo de significado y de irradiación fundamental que se ramifica en claves como el erotismo, el deseo, la meditación sobre la intrahistoria colectiva, el papel de los sentimientos y el temporalismo del discurrir existencial. El análisis concluye que, en la poesía de Luis García Montero, la piel aglutina la intimidad del pensamiento y su relación con el entorno, junto al diálogo continuo y confidencial entre razón y sentimientos.
   El capítulo “Los párpados del tiempo” percibe el verbo confidencial de la temporalidad. En él se hace corpóreo el tiempo, como si fuera un protagonista vivo del texto, donde aloja y desaloja una larga sucesión de vivencias y recuerdos, prodigada por los momentos existenciales. La memoria es lumbre encendida; inventa calidez y belleza y consigue articular el enlace entre el pasado imaginario y el presente que postula la evocación. Esta superposición temporal materializa la fuerza interna de la intimidad para fijar el deseo, el resplandor callado de la evocación o la voz común de lo colectivo; pero también la herida de existir.
   La compilación final “El ritmo del mar y los barcos de papel” explora los poemas marítimos. Son textos que mantienen vías abiertas con las obras de Rafael Alberti y Federico García Lorca. En las composiciones que tienen el mar como eje argumental hay una luminosa sensorialidad, y ubicaciones semánticas que emanan de términos como faro, deriva, naufragio, bruma acantilado o litoral; palabras que mantienen puentes tendidos entre lo cotidiano y lo fantástico y originan sorprendentes metáforas. En ellas se forja el devenir existencial, los faros mudables de un tiempo que ilumina el lenguaje.
   La estela lúcida de Ioana Gruia en las páginas de Tocar el tiempo explora con vocación de luz los enclaves más definitorios del discurrir poético; la cuidada simetría entre apuesta ética y razón estética. Queda, de este modo, el legado lírico de Luis García Montero en el centro del ahora, con una obra plena que es testimonio de incertidumbre y asombro. Lluvia, que difunde transparencia y fecunda el surco abierto del tiempo.
 
JOSÉ LUIS MORANTE




viernes, 7 de octubre de 2022

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ. AHORA O NUNCA

Ahora o nunca
Miguel Sánchez-Ostiz
Editorial Renacimiento
Colección Biblioteca de la memoria
Sevilla, 2022

 

CONTRA EL TIEMPO

  Adscrito a la genealogía de escritores de voluntad incansable, Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) impulsa una tarea de continuidad y vocación plural, que integra géneros y estrategias expresivas. Los títulos –más de ochenta- se yuxtaponen conformando un fresco diverso, con incursiones en la poesía, el ensayo, la biografía, la ficción, el artículo de actualidad, la crítica y la autobiografía.
   El nuevo peldaño Ahora o nunca recupera en el grueso de las anotaciones el paso temporal de 2016. Acoge, como andén de salida, un propósito orbital que ubica el taller literario en coordenadas precisas: “un diario nuevo más que un nuevo diario”. No se trata de sumar novedades prescindibles sino quehaceres maduros, trabajos al margen de reiteraciones y recorridos previsibles. Hay que impulsar, sin lastres, la exigencia, la voluntad de exploración y los trazos firmes del asombro, aunque se reiteren los núcleos reflexivos.
  De este modo, el caminar por el presente requiere una sensibilidad que fortalece el matiz, la suma de estratos y las cadencias del pensamiento. A cielo abierto, son muchos los elementos observables desde el balcón del yo; también la vida literaria y su pulso cambiante, casi nunca exento de claroscuros, desdenes y agravios, junto a  los recorridos orbitales de gente lúcida que impulsa una soledad creadora y coherente.
   La materia del diario refuerza la anotación fragmentaria. Los incisos se suceden sin un orden pactado, moldeando una articulación existencial con varios parámetros generadores: la experiencia biográfica, el horizonte de la naturaleza, el aporte cultural y los viajes, como ese persistente recuerdo de Bolivia, itinerario marcado, que invita al regreso de continuo. Quien recuerda escribe con nostalgia: “Una puerta de escape que la lejanía y el tiempo que pasa bloquean día a día. Temo no regresar”.
   La voz biográfica se interpela a sí misma en su entorno habitual. Miguel Sánchez-Ostiz ha escrito muchas páginas sobre el valle de Baztan y sus paisajes, ahora tan maltratados por los incendios forestales y las sequías.  Hay cierta resignación; por mucho que se busquen razones, nadie puede entender el desvarío mental de los pirómanos y la demencia de esas actitudes que convierten la belleza del lugar en ominosos regueros de ceniza. También la historia colectiva dialoga con el tiempo y es motivo exploratorio.  Navarra y el País Vasco han vivido su particular viacrucis en la historia reciente y el escritor nunca se ha sentido ajeno a esa contingencia colectiva. Sabe que “la verdad de la historia” es patrimonio de una casta social, de una casta y solo eso, un instrumento de dominación o justificación de esta, una trinchera, un motivo de discordia de siglos”.
    Al cristal diario de lo doméstico se asoman los rostros cejijuntos de la enfermedad y la vejez. Son situaciones que zarandean la calma y empujan a buscar salidas a los atolladeros diarios, como si fuera posible eludir el tiempo. Son muchos los fragmentos dedicados a comentar la situación familiar, las visitas a las residencias de la tercera edad o las reflexiones con el ánimo suspendido por la impotencia y los achaques que exigen una variada medicación.
   Otro rincón importante de textos escritos focaliza los libros leídos y las películas vistas, entre las cuales el cine francés es una frecuente puerta de escape. Es un tiempo de tregua que permite alejarse del tacto sucio de la actualidad y del paisaje político, siempre proclive a la nadería y el trampantojo. Los medios de comunicación y, por extensión las redes sociales, propenden a una falsificación constante de la realidad, a una interesada manipulación que pone en venta intereses concretos e ideologías.
   El protagonista verbal practica la introspección. Vuelve los ojos hacia sí mismo, buscando poner en claro la verdad más íntima. Aquí no vale mentirse y maquillar un rostro favorecedor. Frente a la domesticación y la foto trucada, Miguel Sánchez- Ostiz busca en su autobiografía la franqueza; da voz a un solitario a quien no le asusta vivir casi a trasmano. En su pensamiento van desertando aspiraciones e ideales y el escritor tiene la sensación de que es tarde para intentarlo de nuevo porque se abre una etapa de cuarteles de invierno, de recogimiento y soledad: “No me rindo, tampoco doy por perdido ningún combate que me parezca justo, pero empiezo a aceptar que las cosas no son siempre como me gustaría que fueran y que mis razones no tienen por fuerza que imponerse, y mucho menos donde no hay otra razón de peso que la ventaja inmediata, una lacra ya vieja en este país”.
  En el contexto ensimismado de la memoria suena el fluir de la temporalidad. El quehacer diario es una estrategia para resistir. La constatación precisa de quien está vivo y puede contarlo “con el corazón en calma”, aunque en los fragmentos de Ahora o nunca se imponga la visión crepuscular. Quien escribe sabe que “la verdad de fondo de nuestra vida es sombría”, y que no hay que perder mucho tiempo adivinando las volátiles claves del futuro. Queda el trato cordial con la evocación y el empeño en la puesta de escena. La coherencia y los trazos de quien es leal a la grisura fría del espejo.
  
 
JOSÉ LUIS MORANTE


 

       

sábado, 2 de abril de 2022

TERESA GARBÍ. EL AIRE ENCENDIDO

El aire encendido
Teresa Garbí
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2022


 

AUSENCIAS
  
   Teresa Garbí (Zaragoza, 1950), es Licenciada en Filología Románica (1972) por la Universidad de Zaragoza y compaginó los estudios universitarios con el ingreso en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge en Barcelona. En 1993 adquirió el doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, con la tesis titulada "Mujer y literatura". Ha sido Profesora de Lengua y Literatura española, docente en la escuela Superior de Arte Dramático de Valencia y trabajó también en la Biblioteca Valencia. Durante el largo periplo laboral, creó en 2013 Uno y Cero ediciones y ha impulsado una múltiple travesía creadora que aglutina estrategias expresivas como la poesía, el relato, el ensayo y, ocasionalmente, la traducción y el libreto para espectáculo La vida entornada, homenaje a Juan Gil-Albert.
   El volumen El aire encendido elije como senda expresiva la prosa poética. Se inicia con una ambientación reflexiva de Blanca Varela en torno a la muerte, y con otra cita paradójica de Ángel López García-Molins donde cobra espacio la mínima línea, oscura y diluida, que separa el estar dentro o fuera. La voz poética, como se percibe en el poema pórtico, asume el estar provisional del sujeto y ese estado de incertidumbre, cobijado en la conciencia. El discurrir camina hacia la ceniza, encara firme el estar final que nos convierte en un puñado de arena.
   El apartado “Tiempo lento” mira los elementos del paisaje y sus deslumbres. Conversa mudo con su quietud para adentrarse en la naturaleza invisible de las cosas. La voz se adentra en el silencio y despliega la luz de la inteligencia. Postula el paralelismo de ambas existencias; la marejada transitoria del ser y el estar mudo de la naturaleza, como señal de un tiempo inadvertido y permanente. El yo se desdobla para contemplarse a sí mismo. La introspección busca hondura y recorre itinerarios, acaso sin regreso, porque la partida está ahí, esperando esa ineludible transformación de la materia que  afecta a cualquier ser vivo. Respirar es brisa que ofrece su transitoria compañía.
   En la sección “Ausencia”, subtitulada “Temas y variaciones” se muestra un entorno que se asienta en la conciencia del respirar diario, como mero ejercicio de supervivencia. Más allá, el espacio celeste conforma otro territorio visual de insólita riqueza, en el que se cobijan los ausentes. Cómo buscar su rastro en las palabras. Cómo superar también esa conciencia de fragilidad que empaña cada percepción y que alumbra los objetos que nos sobrevivirán en el tiempo, cuando solo nos quede el resguardo de ser pálidas sombras.
  Las composiciones de El aire encendido recorren líneas de una evocación fragmentaria, en la que es posible capturar matices y emociones del latido del tiempo. La niñez se ha diluido para siempre, hasta convertirse en difusa intemperie. El recuerdo deja sitio a vivencias y sueños, a ese montón de arena que dispersa el viento y se hace perfecta comunión con los ausentes. No están, pero su hueco es vértice y prosigue dando sentido al tiempo: “Hay alguien allá que sabe y me pertenece”.
 

JOSÉ LUIS MORANTE  





martes, 22 de marzo de 2022

JOSÉ INIESTA. CANTAR LA VIDA

Cantar la vida
José Iniesta
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2021


CONCIENCIA DE LA LUZ


   En uno de sus libros menos conocidos, Gozos de la vista, Dámaso Alonso aludía a la palabra poética como liberación de lo contingente e iluminación de la realidad; resaltaba el hecho de tomar conciencia de lo transitorio para elevarlo a permanente y sustancial, preservando la esencia. Desde el título, Cantar la vida, José Iniesta (Valencia, 1962) abre las manos del poema a esta convicción estética. Ante un contexto cercano, maleable y difuso, en el que se van marcando las huellas del transitar y sus erosiones nos queda el cántico, la percepción interior de los signos que se acumulan en sentidos y pensamiento cuando ejercemos el papel de callados testigos del asombro.
   Desde que iniciara travesía poética, a mediados de los años ochenta, con la entrega Del tiempo y sus castigos (1985) el valenciano ha impulsado un quehacer no exento de circularidad temática. En él tiene presencia fuerte la idea del tiempo como tema central, aunque asumido en distintas perspectivas.
   Los poemas de Cantar la vida rememoran estelas biográficas en la memoria del camino; un recorrido que define sus calles como finitud y asunción de la condición transitoria de ser. La palabra revela fuerzas, es asidero contra la intemperie: “Es siempre posesión decir la vida, / asirme a cuanto veo con palabras. / Cantar es la manera / de encender una luz / en la cueva profunda de la carne, / la sola soledad, mi compañía “. El poema prólogo contextualiza el avance de un libro que arranca con el apartado “Dos apuntes sobre la poesía”. Son textos en prosa que indagan en la naturaleza del afán creador y en los pormenores escriturales de casi trece años de intervalo y tanteo. La mirada lírica de José Iniesta moldea una crónica vivencial; establece parámetros existencialistas a partir de la voluntad de aprendizaje del decurso vital. Fluyen en el discurrir los desajustes del entorno, nunca exentos de soledad y niebla y ese horizonte oscuro de la memoria que insiste en el recuerdo, con voz obsesiva, donde siempre van juntos el dolor y la dicha. La escritura es refugio, se convierte en un intangible patrimonio de soledad, en la música callada del silencio.
  Los poemas de “Inclinándome al daño” conforman una exploración del pretérito y de sus protagonistas más relevantes. Así sucede con “El padre dormido”, que concede a la ausencia la modulación del regreso. Las sílabas de la evocación suenan para rescatar aquellos gestos que conforman el epitelio cálido de los días comunes. Son composiciones que buscan la objetividad de una lente de cámara entre las grietas del pasado. Ofrecen ángulos de insólita fuerza reflexiva, como el poema “El corazón roto”, donde el niño es testigo por primera vez de la ominosa crueldad de la muerte, quebrando para siempre la inocencia y llenando los ojos con las sombras del miedo. Así nace la idea de una ficción autobiográfica que condensa, con prolijo aporte de detalles, y clarifica la dialéctica entre entorno y sujeto. El primero establece puntos de fuga; reajusta los pasos del trayecto personal e inunda la retina con aristas cortantes, como sucede en el subapartado “La frontera verde”, un conjunto de tres poemas que vislumbra ciénagas de nuestro tiempo, como las migraciones y sus trágicos efectos secundarios. Asomarse al ayer es también recordar la carta del primer amor, o los pasos del niño, o esa fotografía al trasluz de la belleza vencida.
   La escritura de “Tu materia  salvada” comienza con un poema que es celebración del cuerpo, ese abrazo que conforta “la miel salvaje del amor y la furia”. El intimismo comparte terapia y espera, la voz tenue de los sentimientos improvisando un nuevo marco de representación para que se liberen emociones y deseos. El amor se hace refugio y unidad, un viaje compartido que borra al paso otros itinerarios y ubica de nuevo un paraíso germinal.
  El poeta retorna en “Algo indestructible” a las razones del poema; si en el devenir suenan los ecos de una larga noche, se integra en los versos la necesidad de encontrar refugio a la inocencia y el asombro, a “esa risa que vence a toda niebla, / ese rostro del sol y de las lluvias / donde arde lo real, y es plenitud”. Se busca en la textura de lo cotidiano el puente firme que enlaza pasado y presente. El sujeto se define por identidades sucesivas, abocadas a desaparecer, como si la vida solo fuera “cauce y sequedad”.
   Cantar la vida se afana por trazar una crónica en instantáneas de lo vivido. Las composiciones recuperan el rumor de los días; crean estampas de diferentes texturas para evocar gozos y sombras proyectados sobre la pared del tiempo. Lo existencial es el amor que cobija y ampara, pero también la terca insistencia de la muerte y el cansancio; su siembra continua de impotencia ante la certeza de lo vulnerable. La realidad está ahí, muestra sus límites difusos; en el existir se hace cada vez más tangible el despertar de la noche. Nos queda la poesía, el quehacer firme de cantar la vida y preservar su andamiaje emotivo con la hondura sencilla del poema.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE