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lunes, 1 de junio de 2026

JUAN PABLO ZAPATER. YODO EN LOS LABIOS

Yodo en los labios
Juan Pablo Zapater
Prólogo de Susana Benet
Editorial La Garúa / Colección Haiku
Barcelona, 2026

 

UN MAR EN EL JARDÍN
 
 
  El caminar poético de Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958), Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y director de la revista 21veintiúnversos, ha protagonizado una de las travesías creadoras más apacibles del espacio literario actual. Ajena a cualquier azar impulsivo, su escritura, tras adelantar composiciones en cuadernos y revistas, irrumpe a finales de los años ochenta con La coleccionista (1990), un conjunto de poemas que conseguiría el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe. Mostraba una sensibilidad meditativa y experiencial, vinculada con algunos nombres propios de la poesía de la experiencia como Vicente Gallego y Carlos Marzal. Pero aquellos poemas de amanecida, elogiados por Francisco Brines y Octavio Paz, no tuvieron continuidad inmediata. El escritor abrió un largo paréntesis de ausencia solo roto, veintidós años después, con su segundo libro La velocidad del sueño (2012). En el regreso resaltan la madurez del taller formal y el tejido emotivo de los textos, casi siempre ligado a la introspección y al tono confidencial que aporta al decurso lírico la experiencia vital. Ya en 2019, aparece su tercer andén, Mis fantasmas, ganador del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Burgos, y publicado por Visor.
   La colección de haikus Yodo en los labios (La Garúa, 2026) explora un notable cambio formal, ya que todo el material acogido emplea el trébol versal del haiku como única estrategia expresiva. Cuenta además con un texto introductorio de Susana Benet, una de las voces más autorizadas sobre la estrofa japonesa. La excelente escritora interpreta los haikus de Juan Pablo Zapater como un sugerente fresco, un diario atento al paisaje cambiante de la realidad, que alerta a nuestras emociones y pensamientos. Los textos se convierten en caligrafía de instantes vividos; aspiran a detectar lo permanente, cobijado en la duración temporal, o se hacen voz de aquellos interrogantes que conceden asombro a la aventura existencial.
   Yodo en los labios reivindica la retina dispuesta a explorar el entorno, a asumir desde la introspección ese diálogo que nos envuelve y asedia. Enfoca repliegues personales cuyos trazos se diluyen entre contraluces. El mar como detonante activo del pensar se convierte en símbolo y presencia inmediata del despertar lírico: “El mar no cabe / en diecisiete sílabas. / Cabe su instante. “. Es un espacio de meditación, que habla quedo al sujeto y pone ritmo y respiración a los versos. Pero la escritura abre sitio a otras sensaciones del yo pensante, siempre implicado en un transitar que invita a la contemplación: “En la terraza / me bebo un café solo / y el horizonte”. Se eleva el sol y hiere la pupila; el paisaje cercano es un muestrario de colores y formas que dejan sus indicios a pie de luz. Con frecuencia, como si fuera un refugio sensorial, la presencia oferente del mar permite el paso tranquilo de la trama:  ·Muerden las olas / con sus dientes de espuma, / mis pies descalzos.”, “Yodo en los labios, / el sabor de las algas / dulce y salado”. El manso estar de las olas alienta la evocación. Los recuerdos retornan, como anotaciones de un dietario impresionista, para abordar lejanas secuencias vitales y su cristalización en el tiempo: “Vuelvo a ser niño, / floto en mitad de un sueño / sin hacer pie”, “No temo hundirme, / mi padre me sostiene / con sus dos manos”. “Al despertarme / vuelvo solo a las playas / de la memoria”, “A veces pienso / que en un solo verano / cabe mi infancia”.
  La voz del ahora establece una escena dialogal con la concisión lírica del pasado. La marea evocativa vuelve a la infancia, y busca aquella mirada originaria del asombro en cada instante. Retorna el yo que acerca autobiografía y escritura. Existir concita alrededor elementos interiores y exteriores. Los primeros zarandean el verbo que rememora, hacen de la fugaz estela del tiempo un retorno en el que se gestan las raíces del ahora. Quien escribe se ve a sí mismo. Cierra los ojos para descubrir donde se entrelazan el pasado y el hoy.
   La segunda parte de Yodo en los labios contiene citas de Jorge Luis Borges y Susana Benet, y lleva por título “Los tallos ciegos”. En ella se abre un nuevo espacio indagatorio: el jardín. Reflejo urbano de la naturaleza y ámbito de sosiego y belleza, el jardín se hace campo de trabajo al condensar quehacer sensorial y un muestrario confidencial de emociones: “Ser un jardín, / recogerse de noche, / vibrar de día”, “Golpe de viento: / se despeinan los árboles, / las flores tiemblan”. El recinto se hace también un muestrario de vida. Pájaros, insectos, lagartijas y avispas comparten aromas y la hacendosa persistencia de los ciclos naturales.
   Los haikus de Juan Pablo Zapater contienen pinceladas de vida. Hablan de modo natural de las relaciones de sujeto y entorno, como hábitat de reflexión y contemplación; como ecos de una asentada conciencia que busca disfrutar la cercanía de “una carga de sol sobre la espalda”.


 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

   

miércoles, 3 de diciembre de 2025

PRIMER CAFÉ

Olor a vida
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

VIAJEROS SEDENTARIOS

Pizca de brisa
mientras el estornino
vuela por mí.
 
Parcos recuerdos
rozan la piel del día.
Formas en fuga.

Se fue la lluvia.
Casi veloz, con prisa,
el caracol.

   (Del libro Viajeros sedentarios, 2025)




jueves, 23 de octubre de 2025

JULIA BELLIDO. FLOR DE CALABAZA

Flor de calabaza
Julia Bellido
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2025

 

REFLEJOS 

 
 
   Cada escritura comienza a andar con un tiempo distinto entre precocidad y madurez. De este modo, la travesía creadora se va definiendo con voluntad propia. Julia Bellido (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1969), humanista, traductora, estudiosa del feminismo y poeta, ha ido dejando a lo largo de estos años las entregas La decisión de Penélope (2009), Mujer bajo la lluvia (2014), Las voces del mirlo (2018), Hojas de Ginkgo (2020), Desobediente (2023) y Lucernario (2024). A ellas ahora se suma Flor de calabaza (2025), un conjunto de poemas que elige la brevedad expresiva de la tradición japonesa. Son estaciones de una propuesta poética que hace de la introspección y el aporte indagatorio de la identidad espacios de reflexión. Allí se entrelazan los veneros existenciales, la dicción natural y comunicativa y las contingencias argumentales del trayecto biográfico. En suma, Julia Bellido alumbra un ideario que entiende la poesía como una forma de exploración de la condición humana, siempre asociada a la temporalidad y el estar frágil de lo cotidiano. Los textos abren un camino de búsqueda, son estrategias de conocimiento que conectan con el otro y reubican las coordenadas contextuales de espacio y tiempo.
  En la voz lírica de Julia Bellido la naturaleza es piedra angular. Regula el percibir de una observación subjetiva. Describe los quehaceres de un testigo en vela que acomoda en su sensibilidad secuencias emotivas e instantáneas al paso. El vuelo de una cigüeña blanca, desgarrando la noche; la soledad del pájaro en la jaula, la calabaza, como un sol arrugado y amarillo, o el canto de un petirrojo en el pinsapo son ámbitos del canto en el poema. Destellos libres, ratificando la actividad emocional de un yo verbal, abierto a la cambiante presencia de la realidad. Haikus y tankas acumulan en su deambular las hendiduras sensoriales del entorno. Los sentidos aportan una manera de conocer el paisaje. Colores y formas imponen sus sedimentos. Constatan espejismos y mutaciones de un mundo aparente que pone asombro en la retina y en el pensamiento: “Llegó el otoño: / tamborilea la lluvia. / Caen diamantes / donde fluye el arroyo / y se entristece el chopo”.
   El discurrir incardina ciclos estacionales: “Ya está la luz / entre las hojas pardas. / En el estanque / se deshace la sombra / en pequeñas tinieblas”.  El renovado fluir de la conciencia vislumbra, en la cercanía, la mansa convivencia entre lo que se inicia y lo que apaga sus destellos. De esa condición en tránsito no están exentos los objetos cercanos que muestran la belleza de su aspecto: “Flor del magnolio: / perfumada y flexible / renueva el aire”.
  Todo el libro es un homenaje al patrimonio lírico de la filosofía zen. Haikus y tankas son formas de iluminación que penetran en las cosas e interiorizan su esencia con un esquema métrico establecido y canónico: la estructura versal 5/7/5 se repite en una docena de haikus, que se suman a los cinco versos del tanka clásico 5/7/5/7/7, que aporta más de una veintena de textos. En sintonía con el legado japonés, Julia Bellido deja en Flor de calabaza el desvelo de un testigo implicado que se empeña en cristalizar sensaciones; la atmósfera encendida de una realidad significativa, profunda, que, tras su aparente quietud elemental, impregna de aire limpio la conciencia de ser.


JOSÉ LUIS MORANTE




 

viernes, 26 de septiembre de 2025

PÁGINAS DE SEPTIEMBRE

viajeros sedentarios
José Luis Morante
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2025

 APUNTES DEL DIARIO

Sigue en mí el apocado ruido de fondo de la pérdida auditiva, aunque ha mejorado mucho la sensación de equilibrio. El paseo por las avenidas de Rivas deshace mi pesimismo y me depara una grata sensación de normalidad.

La salud, prepotente caja de resonancia que cuestiona cualquier proyecto literario. Ella impide el paso o franquea las puertas.

El histriónico presidente rubio, en sus desaforadas cotas de ambición, reclama el óbolo del Premio Nobel. No se conoce. Cuando se mira en el espejo descubre un trampantojo. Todo en él es una refutación de la inteligencia, un potaje de resentimiento y voluntad arbitraria, un desacato a la razón.

En el ahora poético el haiku es una registro expresivo variopinto y heterogéneo. Un delicado muestrario de posibilidades que evidencia el registro de sensibilidades que impulsa su cultivo. La estrofa encierra un sedentarismo apacible y una animosa voluntad expansiva.

(Páginas de septiembre)




sábado, 7 de junio de 2025

DÍAS DE NIEBLA

Días de niebla
(Shirakawago, Japón, 2025)
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

Con pisar tenue
el tiempo, sigiloso,
vaga perdido.

    (Viajeros sedentarios, La Garúa 2025)



jueves, 10 de abril de 2025

ENCUENTROS

Viajeros sedentarios
José Luis Morante
Editorial La Garúa
Colección Haikus
Barcelona, 2025

 ENCUENTROS

 
  
   De entrada, la materia poética del haiku muestra aparente sencillez y una severa pauta métrica. Su consolidación se remonta hacia el siglo XVII, aunque existían precedentes en el copioso cauce de la antigua poesía japonesa. El devenir asentó con paciencia los peculiares rasgos tonales y alentó una discreta evolución en las voces que enseñaron a sentir: Matsunaga Teitoku, Nishiyama Soin, Matsuo Basho, Yosa Buson o Kobayhashi Issa. En todas, la fuerza del poema se cimenta en la modesta química de lo instantáneo. El vuelo asegura una intensidad gozosa. Pupila abierta para cobijar argumentos transparentes, más allá de la supuesta condición de lírica estacional. La carencia de artificio retórico crea la sensación de chispazo inmediato, de fruta a punto.
  El equilibrio de la estrofa se ha ido aclimatando en espacios geográficos distantes. Desde principios del siglo XX se escriben haikus en Francia, España o Italia y comienza a ser registro expresivo habitual en países latinoamericanos como México, Venezuela y Ecuador. La diversidad de intentos advierte que no hay una sola modalidad sino un transitar que fecunda surcos y recrea asuntos alejados del tradicional enfoque temporal. Además, en sus versos se pueden escuchar las pulsaciones del hablante verbal, ya exento del velado biográfico que negaba al autor sus razones de vida.
  La observación –sea interior o exterior- concede al trío versal una savia más libre, un fluir pensativo, ajeno a penumbras intelectuales e impregnado por la cercana presencia del escenario. Así nace un haiku aposado en la percepción que refleja los principios canónicos y su cadencia musical.
  Sin pretensiones dogmáticas, el poema mira el horizonte donde ascienden sensaciones que buscan el levitar del aire. Desde lo inmediato, las palabras caminan hacia una amanecida renovada a diario. Las imágenes visuales se visten de víspera, mientras preservan los registros luminosos del contraste.
  Los haikus de Viajeros sedentarios acogen el contacto con lo efímero, el suceso mínimo cotidiano y la maraña de encuentros con protagonistas y secundarios de la vida social. Suman instantáneas. Despliegan rutinas y dibujan con trazo descriptivo la dermis del tiempo. Son eclécticos. Aluden a facetas dispares del aquí en el ahora, a esa aparente acción tocada por la contingencia que ya dobla la esquina.
 
 
José Luis Morante
Prólogo del libro Viajeros sedentarios
 
Rivas, invierno de 2024
 

lunes, 7 de octubre de 2024

RICARDO VIRTANEN. HILO DE LLUVIA

Hilo de lluvia
Ricardo Virtanen
prólogo de Luis Alberto de Cuenca
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2024

  

INTERIORES DEL HAIKU

  

   Siempre es causa de asombro el vitalismo creativo de Ricardo Virtanen (Madrid, 1964). Es poeta, profesor universitario, músico, narrador, aforista y un referente fundamental de la cultura de Rivas, localidad en la que vive con su familia desde hace veinte años. En su trayectoria creadora como poeta ha dedicado a la estrategia expresiva del haiku un sostenido tiempo de cultivo, escribiendo los libros Notas a pie de página (2005), La sed provocadora (2006), Sol de hogueras (2010), Nieve sobre nieve (2017) y Llama de luna (2021). Una cosecha tan reseñable ha convertido a su autor en una presencia esencial en conocidas antologías del género como Un viejo estanque (2013). También ha impulsado la práctica de la estrofa entre sus alumnos de ESO preparando las ediciones Una flor amarilla (2022) y Bajo el cerezo en flor (2023).
   Tan sólido trayecto ha definido una estética de trazo clásico, que apuesta por los matices frente a la ruptura y la gratuidad experimental. Así lo atestigua también en un prólogo de cálido sustrato emotivo el poeta Luis Alberto de Cuenca: “Virtanen se atiene la mayoría de las veces a la más pura ortodoxia del haiku japonés, que ha de versar sobre un tema relacionado de uno u otro modo con la naturaleza, el paso de las estaciones y la observación del mundo circundante, sin permitirse en ningún momento (o casi en ningún momento, si queremos ser exactos), la efusión sentimental.”
   En efecto, en los cien haikus de Ricardo Virtanen, escalonados en tres apartados, es básico el registro sensorial; ese papel de quien integra los elementos del entorno, desde la continua vigilia de la percepción, en el preciso molde de las diecisiete sílabas.
   La sección inicial, “Inquietudes”, por su denominación, parece ubicar sus textos en un registro interior; pero de inmediato constatamos que los ciclos naturales asoman a cada instante: la lluvia, el rumor renacido de los pétalos en flor, la finitud de la belleza: “el crisantemo / se dobla en la maceta / como una ráfaga”, la fuerza sensitiva del entorno que desasosiega y abraza al mismo tiempo en el naufragio de los días, mientras una brisa conmociona, casi inadvertida, la quietud, como esa mano anónima que pasa las páginas del libro de la vida y su continuo despojamiento: “Llega septiembre. / Al borde del camino, / sólo unos cardos”. Casi todos los textos de este primer tramo dejan una sensación crepuscular, como si la vida atardeciera con prisa tras un horizonte deshabitado y quedara solo el silencio, la frágil silueta de una rama sin hojas: “Ya no se ven / huellas en el camino. / Nieve en la nieve”.
   La parte central se titula “Rumores” y se abre con citas de los clásicos  Shiki e Issa. Amanece en ellas una mínima fauna dispuesta a brindar compañía en el azaroso desplazamiento cotidiano. Luciérnagas, mariposas, grajos, pájaros, trazan en el aire leves itinerarios que siguen la dirección del viento. En este apartado emerge el haiku que da título al libro: “Bajo la luna, / el aullido de un perro. / Hilo de lluvia”. Los instantes de vida cobran protagonistas frágiles y cercanos y dejan al yo en la zona de sombras del poema; el yo no está sino para constatar los destellos de vida de la naturaleza que se mueven entre las sombras de los árboles. 
   El sustantivo “Presencias” agrupa los haikus que conforman el apartado final, esta vez bajo el eco sonoro de Santóka. Si el haiku es lo que sucede aquí y ahora, esa coma viva del tiempo, el registro tonal mantiene en calma el paso en los poemas; el pasado se marcha, pero su olor perdura, como si todo quisiera constatar su presencia cerca del testigo: “Coge la rosa / antes de que sus pétalos / estén en tierra”.
   Ya se ha escrito que en el taller creador de Ricardo Virtanen conviven varios géneros. Pero en esta vocación creadora el haiku es vértice preferente. Sin duda, en  su hechura formal y sensitiva, el madrileño es un maestro; uno de los mejores que pone en el mínimo esquema japonés una luna redonda, la sacudida de la plena luz.
 
JOSÉ LUIS MORANTE