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sábado, 15 de febrero de 2025

FAUSTINO LOBATO DELGADO. DONDE EL ALMA IGNORA

Donde el alma ignora
Faustino Lobato Delgado
Prólogos de  Fernando Jaén, Luis Oroz
y Sandra Martínez
Ilustraciones de Juan Manuel González
Editorial Olé Libros, Colección Poesía
Valencia, 2025

 

RESISTENCIA

   Con ilustraciones interiores y de cubierta de Juan Manuel González, Faustino Lobato Delgado (Almendralejo, Badajoz, 1952) extiende itinerario poético con Donde el alma ignora, otra vez de la mano de Olé Libros, el incansable proyecto de Toni Alcolea, donde apareció también su entrega anterior En el alfabeto del tiempo, prologada por el poeta, crítico y ensayista José Antonio Olmedo López-Amor.
   La edición de Donde el alma ignora se singulariza porque incorpora como apertura un código QR interactivo que permite, tras el escaneo, escuchar al poeta recitando sus textos, como un audiolibro. No es la única sorpresa del poemario; el título cuenta con tres prólogos, firmados por el poeta y médico Fernando Jaén, el escritor Luis Oroz y la correctora y compañera de tertulia Sandra Martínez. Los tres nombres tienen en común su relación con la experiencia temática del libro y con la emotiva dedicatoria de gratitud hacia el quehacer sanitario, siempre puente entre la fragilidad y la esperanza.
   Los prólogos también marcan, cada uno con su peculiar enfoque, el contenido de esta compilación poética y su estructura argumental.  La nueva entrega mantiene la habitual escritura figurativa del poeta extremeño, muy bien comentada en el texto introductorio de Fernando Jaén, quien analiza la vivencia del yo poético como experiencia de autoconocimiento y sanación, como apertura a un ser renacido que retorna su viaje hacia lo cotidiano sabiendo que cuerpo y mente se enlazan en la fragilidad de la existencia. Luis Oroz, desde un enfoque más íntimo y personal, se centra en el impresionismo íntimo de una voz lírica inteligente y sencilla, que trasmite sensibilidad y pensamiento filosófico ante la incertidumbre y lo efímero que marca la travesía vital. Por último, Sandra Martínez Martín explora la travesía creadora del poeta y su crónica hasta llegar al yo profundo desde el hospital como espacio del dolor, pero también como esperanza de sanación y retorno a lo diario, como apertura a lo paradójico y contradictorio. No pasa inadvertido en este tercer prólogo el sondeo en el metalenguaje y la incisiva descripción del epitelio emocional, capaz de verbalizar el dolor y la angustia de lo inesperado.
   La primera parte, “Exodo” amanece con citas de Ángela Álvarez y Karmelo C. Iribarren y convierte al hospital en espacio de representación existencial, como un lugar ajeno, en el que se cobija el naufragio y se hace tránsito para la inquietud y la conciencia de lo frágil. El paraíso se hace un lugar utópico y lejano mientras la vida adquiere la desvaída dimensión de una ofrenda, de un temblor frío, lleno de miedos e intemperie.  El poeta en este tiempo de reclusión hospitalaria escribe, junto a  las composiciones, notas clarificadoras de la experiencia vivida, como si necesitara precisar la vivencia en su justa dimensión. La soledad acoge cerca a los otros, como reflejos del singular árbol del cuerpo que solo aspira al regreso a casa, a la vuelta al hogar y a sus sonidos, a esos entrañables paisajes de la costumbre que convierten la vida en hábitos.
   Ese tramo de retorno que conforman los poemas de “Sonido” adquiere en la voz del poeta afinidad clásica con el inacabable viaje de Ulises en su vuelta a Ítaca. La identidad recupera su entorno de siempre, ese espacio concreto y personal que aglutina miradas y deseos, que encarna, con emoción y transparencia un sueño desvelado. Si hasta este apartado predominaba el poema enunciativo, el cauce abierto de la descripción directa, el poeta introduce ahora la cadencia del haiku. La estrofa japonesa se hace poesía de sensación e instante, pero también recuerdo y homenaje del quehacer literario de José Antonio Olmedo López-Amor, uno de los mejores estudiosos de la estrofa y de su implantación en la sensibilidad occidental.
   La mirada a la propia poética enaltece la sencillez y el tono natural de los versos; la voz humilde rechaza la ornamentación gratuita para esbozar una estética cercana al prosaísmo, una escritura sin relumbre pero dispuesta a cobijar el misterio de la vida diaria, esa fluencia de espacios y tiempos que busca el equilibrio entre expresión literaria y experiencia biográfica.
   La fuerte unidad interna del poemario tiene en “Temblor” su apartado de cierre. Esa sacudida interior que convulsiona pensamientos y sentimientos convierte a los otros en depositarios de autoconocimiento y extrañeza; ellos están ahí para conformar un tapiz de palabras que es, al mismo tiempo, olvido y memoria, signos que marcan los límites del propio ser, ese movimiento continuo entre el orden y el caos, el rescoldo que el tiempo poco a poco va convirtiendo en ceniza.
   Donde el alma ignora de Faustino Lobato Delgado hace de la mirada poética una crónica intimista y cercana de la fragilidad del paso existencial y de los paisajes interiores del sujeto. La poesía impregna cada uno de nuestros actos, cobija el sufrimiento y la esperanza. Enciende una luz dentro; es una senda que desvela la sensibilidad de quien alumbra miedos y certezas, asombro y voluntad para el retorno. Palabras que abren la conciencia para la sanación de un sueño en vuelo.   
 
 JOSÉ LUIS MORANTE




miércoles, 26 de abril de 2023

FRAN IGNACIO MENDOZA. LO QUE NO CONFESÉ A NIKOLA TESLA

Lo que no confesé a Nikola Tesla
Fran Ignacio Mendoza
Prólogo de Jorge Pérez cebrián
Editorial OléLibros / Poesía
Valencia, 2023

 

A PESAR DE LA LLUVIA


 
  Fran Ignacio Mendoza, extremeño nacido en Orellana en 1970,  pero asentado en Mallorca desde los siete años muchos años, impulsa un recorrido literario bifurcado entre la narrativa y la poesía. El espacio creativo integra casi una veintena de publicaciones, a las que ahora se suma Lo que no confesé a Nikola Tesla, una entrega poética que busca sitio con el vitalismo editorial de Olé Libros. Llama de inmediato la atención del lector el título del poemario y el rescate en primer plano de un personaje de la ciencia. Como es sabido, Nikola Tesla fue un entregado inventor de creatividad fascinante. Se formó como ingeniero eléctrico y mecánico serbio. Nacionalizado estadounidense, protagonizó una biografía de luces y sombras, donde destacaron numerosos inventos y sus aportaciones al diseño del moderno suministro de electricidad de corriente alterna.​
   El poeta Jorge Pérez Cebrián, autor del texto introductorio “Lo que el nombre encierra”, ensaya una exploración de los varios registros expresivos del sustantivo y de sus laberintos conceptuales, para abordar después, desde la poesía de Fran Ignacio Mendoza, la sombreada superficie de la propia identidad a través de un interlocutor en ausencia, Nikola Tesla, que asiente de buen grado a esta jornada de puertas abiertas de la sinceridad y del viaje interior. El personaje no es una simple excusa cultural. Como clarifica el poeta en nota final; el inventor es un referente vivo de la educación existencial del yo. Fascinado por su singularidad, se ha impregnado de sus señales concretas más definitorias, aquellas por la que el gregarismo del entorno dictaminó su rareza y su locura, su existencia a trasmano de las convenciones.
   La entrega Lo que no confesé a Nikola Tesla se articula en dos tramos. El primero, “Lo confesado a destiempo” es el de mayor extensión y marca todo el tono general del libro. Define un bosque de textos con la enramada múltiple de la evocación. Mirar los pasos remansados del ayer es abrir ventanas de luz a la introspección y el viaje interior. El transcurso vital ha marcado la piel con experiencias y enseñanzas y es necesario reordenar los recuerdos para que no se pierdan en el transitar bifurcado de lo diario. La realidad está ahí y en ella “Somos energía y silencio”, un tránsito de reflexión y conocimiento en el que se van sumando ausencias, regresos al mundo de la infancia como territorio de magia y asombro, los signos marcados de la educación sentimental, esos sueños que hacen temblar como el viento cuando agita una brizna de hierba, y el largo itinerario, emboscado entre luces y sombras de los sentimientos.
   El tramo “Lo que nunca podré decir” sugiere un estado de soledad y desvelamiento, en el que el yo se refugia en el silencio. La presencia del otro sumerge en un estado de incertidumbre. A veces el resentimiento está cerca, como si pronosticara una hecatombe cumplida. La soledad se impone: “Fuimos nosotros los que cambiamos, los que perdimos / ritmo, luz, sentido y voluntad. / Hombres y mujeres desgastados por la repetición / cotidiana, sin ser conscientes de ello.” Solo queda resistir; mirar hacia atrás para saber si el alba guardó su luz ante la larga noche.
  La conciencia del sujeto poético protagoniza un largo viaje. Camina descalza desde la niñez y los años más jóvenes hasta asentar sus pasos en el suelo contingente del presente. Un largo trayecto en el que nunca se despoja del mapa de la memoria. Por eso, en la escritura de Fran Ignacio Mendoza abundan los referentes autobiográficos. La poesía se despoja de la contingencia para acercarse a las vetas interiores del yo, y mostrar la dimensión más íntima y personal, aquella que enlaza incertidumbres y sueños, los pasos de la soledad en los nuevos escenarios que la vida propone. La esperanza que marca la raíz del existir; la búsqueda del sentido vital exige mirar atrás, recorrer los declives del tiempo para encontrar en ellos unos hilos de sol que iluminen los días con la corriente alterna de esperanzas, sueños y afectos.
 

JOSÉ LUIS MORANTE




martes, 28 de marzo de 2023

CARMEN SALAS DEL RÍO. SALITREMENTE


Salitremente
Carmen Salas del Río
Prólogo de Gerardo Rodríguez Salas
Editorial Olé Libros
Colección Imaginal
Valencia, 2021

 

LA SAL DEL TIEMPO

 


   Carmen Salas del Río (Cádiz, 1955), docente jubilada con casi cuarenta años de práctica educativa, tituló su entrega anterior El cantar de las caracolas (2020). Enlazaba el material lírico con el mar como concepto simbólico y con significado expandido. En su nueva entrega emplea como título el neologismo Salitremente que,de nuevo enlaza el ideario estético con la plenitud sensorial del agua en vaivén. Sobre estos esquemas reflexivos camina el extenso prólogo del poeta, traductor y profesor universitario Gerardo Rodríguez Salas.
   En ese enfoque introductorio, titulado “El salitre del ocaso”, se indaga en la semántica original del término, en ese término derivado que añade contundencia a la sustancia salina. La palabra aflora en la memoria como recuerdo esencial del Atlántico, un espacio ligado al deambular biográfico de la poeta y a su madurez expresiva.
   Toda poesía muda la evocación en un pensar de asentamiento y emotividad. Alimenta un rincón que enlaza memoria y presente, sobre todo cuando el agua del tiempo recorre una senda de madurez que acerca, casi de forma inadvertida, hacia los meandros de la última costa. En cada tramo del libro Salitremente los textos invocan la retina elegíaca. Es transparencia introspectiva que esencializa percepciones y recuerdos de un transitar irrepetible de luces y sombras, de amanecidas y melancolías, por más que el largo recorrido invoque decepciones y disemine paisajes afectivos.
   La palabra se hace tiempo. Busca con un cierto epitelio de escepticismo el patrimonio de vivencias que moldea la identidad, donde el amor, núcleo central de la segunda parte, es una constante salmodia. Gracias a la casa encendida de la poesía la introspección del yo encuentra en las páginas vividas un inventario de signos expuestos que aspira a sobrevivir entre la incansable zozobra del olvido.
   La titulación del apartado inicial “Poesía y camino” se acompaña con una hermosa cita del poeta extremeño Basilio Sánchez: “Hay en el interior de cada uno / un hombre conmovido / que no nombra las cosas con grandeza / sino con gratitud”; no se trata de airear declamaciones solemnes desde el púlpito de la grandilocuencia, sino de clarificar de inmediato que la existencia aloja en la mirada el agua clara de los dones diarios. Como sucede en la poesía de Eloy Sánchez Rosillo, en los poemas de Carmen Salas del Río hay una clara conexión entre intimismo biográfico y escritura. La palabra se hace celebración, canta el arroyo de las caricias recibidas y los sueños que encontraron costa abierta en la aurora. Todos esos tesoros de humildad que ofrendó cada día para que se guardaran piel adentro.
   Las palabras descubren claridad y transparencia, olor sedentario para que las sílabas abran paso a las instantáneas del yo y muestren en cada paso cercanía existencial e intensidad emotiva. El poema profundiza en la mirada al transitar; restaña sueños y heridas; marca un espacio en el que encuentran sitio los pasos hacia el otro, el reguero de imágenes donde se asienta la claridad de la memoria.
  Los versos de Ángel González y de Edel Juárez marcan el paso del segundo apartado “Piel salitre”, ese rastro que queda en la epidermis para dar fe de vida del tacto del mar, para  ratificar que se camina hacia otro tiempo, donde se muestran alrededor las acuarelas otoñales de las hojas caídas. Caminamos hacia un inevitable otoño. Se hace cada vez más tangible la certeza de la fugacidad y la necesidad de asirse al amor como muro firme de cobijo y resguardo, como piedra filosofal que da sentido a cada instante.
  “Piel silente” convierte al silencio en una presencia más, como si el yo verbal hubiese descubierto que también la voz es estela leve que ha de borrarse. Los sentimientos se amordazan y se ocultan detrás de la voz adormecida. La lumbre se apaga y solo sobrevive una grisácea línea de ceniza mientras las brasas se han consumido. El silencio atrapa, permanece flotando en un vuelo ingrávido. El lenguaje se despoja hasta alcanzar la brisa leve del haiku.  El estar del sujeto da pie a la levedad del haiku, en el que resulta muy reconocible el amplio sustrato sentimental.
  El fluir existencial conjuga nuevos marcos escénicos y emotivos; así se constata en el apartado “Como arena” en el que las composiciones adquieren una mayor densidad reflexiva en esa búsqueda continua del yo que busca caminar hacia sí mismo y conocerse en  una senda versátil e indecisa, donde cada paso se convierte en un tanteo en las pulsaciones del ánimo. Se resguardan sombras y temores para que se preserven las esencias mientras el tiempo arrastra “hacia ese hondo abismo de la decrepitud”.
  El pensamiento concede una perspectiva amplia sobre la presencia del ser en un espacio físico marcado por la precariedad de la existencia. El abanico poético final “De mente” mira los territorios del ahora donde sedimentan destellos marcados por la temporalidad. En el futuro no hay certezas ni existen esas respuestas que la niña interior –ese símbolo de idealización y esperanza que habitaba dentro- buscaba en la sugerente cercanía de los sueños cumplidos. En la cansada espiral del camino queda el frío.
   Salitremente es un largo viaje introspectivo, un ejercicio de meditación lírica de un testigo que mira el tránsito efímero entre el mediodía y el crepúsculo. Alza la voz para caminar hacia dentro por el sendero de la evocación para aseverar, como decía la conciencia narrativa de  Carmen Martín Gaite, que lo raro es vivir y que hay que guardar a cada instante los últimos rescoldos. La palabra se hace interrogante, se asoma a universos extraños, a veces anodinos y silenciosos, que van componiendo un diario introspectivo en el que lo importante no es la verdad sino lo que cada uno encuentra en su interior. En él se preserva la piel dormida en las manos del tiempo, la purpurina brillante del salitre que siempre guarda la perplejidad, esa semilla que el tiempo siembra entre las manos.

JOSÉ LUIS MORANTE


sábado, 18 de febrero de 2023

ROSA Mª MARCILLAS PIQUER. BAJO OTRA LUZ

Bajo otra luz
Rosa Mª Marcillas Piquer
Editorial Olé LIbros 
Colección Poesía
Valencia, 2023

 

REMANSOS DE LUZ


  La senda creadora de Rosa Mª Marcillas Piquer (Barcelona, 1964) comienza tarde, como una floración de madurez. Aglutina coediciones con Pedro Villar Sánchez y  algunas participaciones en antologías colectivas. Pero la mejor manera de abordar su cauce poético es a través de la entrega Bajo otra luz (2022). El trabajo proyecta una voz despojada y directa, con un fuerte acento coloquial que identifica, en el ejercicio literario, la cercana textura sentimental del sujeto poético y abre los ojos al incierto entorno cotidiano, desde el umbral habitable del poema. Como sucede en la poesía meditativa de Francisco Brines, uno de los magisterios asentados de la escritora, la poesía evoca un recorrido existencial, sortea sombras en su itinerario de afectos e ilusiones; y no olvida la huella de las circunstancias biográficas en el silencio tenaz de la memoria. Rosa Mª Marcillas Piquer deja una nota prologal, a modo de síntesis: “Bajo otra luz guarda los paisajes recorridos desde el silencio y la contemplación, desde la escucha fértil de la propia voz por el camino de la vida, cruzando valles y desiertos, dejándome empapar por la fina lluvia y protegiéndome de las tormentas. Así nace el canto, entre las sombras, la palabra que es luz y atraviesa la niebla para cambiar el contorno de las cosas”.
  La palabra convive con hermosas imágenes que buscan el rastro de belleza de los elementos al paso: paisaje y naturaleza fortalecen el rastro enunciativo de las composiciones y su afán de mantenerse en vela frente a las sensaciones cotidianas, dispuesto al canto y la soledad. En el tramo de amanecida “Solo tu voz” la mirada se hace contemplación y vuelo, busca las connotaciones del rumor, expande impresiones que aventará el viento del olvido, así que conviene no olvidar que en nuestras manos todo es fugaz y transitorio y es bueno caminar llenando el aire de luz y de esperanza.
  En los poemas emerge una escritura reflexiva y sensorial que, tras la palabra y la mirada, recorre percepciones de una realidad alzada con materiales humildes, pero dispuesta al viaje interior de la transcendencia, esa semilla que “amanece callada” y sobrevive entre la luz. El libro desenvuelve un hilo argumental compartido: el sustrato existencial percibido desde el fluir de la conciencia que fusiona paisaje y sensación en los sentidos del yo poético. Los breves textos conforman paisajes afectivos en los que se va marcando la mano del tiempo. La realidad convoca formas diversas: el mar, la montaña, las sendas de la memoria en la ciudad; o esa imagen de calma que forma la inercia de lo cotidiano.
   La expresión descriptiva y el coloquialismo dan voz también a los recuerdos y sus azarosos relieves, marcados por el incansable discurrir de los días.  Cobran voz la ausencia, los rescoldos del dolor y el frío o los murmullos de otras heridas en la piel: “Calles vacías / Un sendero de ausencias / bajo mis pies”.
   Tras la poesía de Rosa Mª Marcillas aparece la retina contemplativa del haiku y el verso reflexivo, impregnado de austera melancolía, que recuerda las cosas diluidas en la memoria, que asume con entereza y lucidez el limitado sustrato del discurrir diario: “Crece el silencio / entre sus ruinas, / como la sombra / que bajo el árbol, / va cubriendo de olvido / las hojas muertas”. Poesía intimista que busca definirse como una anotación vivencial que guarda las afirmaciones del asombro. Versos de claridad y amanecida  que cobijan sensibilidad y memoria para que busque sitio el temblor de la luz. O como anota, con el acento fuerte de la complicidad lectora,, Pedro Villar: "Una confesión sincera desde la que se desnuda el paisaje del corazón. Un canto a la vida y a sus silencios".

 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

lunes, 19 de septiembre de 2022

ISABEL ALAMAR. BIOGRAFÍA DE OLAS

Biografía de olas
Isabel Alamar
Prólogo de Mila Villanueva
Olé Libro Editorial
Colección Poesía ITES
Valencia, 2022

 

SIEMPRE RECOMENZANDO

 

   La tibia serenidad del tiempo ha ido forjando el perfil literario de Isabel Alamar (Valencia, 1970), Licenciada en Filología Hispánica y en Filología Valenciana, artista plástica, poeta, crítica de publicaciones de ámbito provincial y nacional, y entrevistadora. Su amanecida poética se fecha en la primera década del dos mil, cuando su obra lírica, también la de carácter experimental, está presente en algunas antologías; sin embargo su primer poemario llega en 2017, cuando el catálogo de Playa de Akaba incorpora su libro Cantos al camino. Poco tiempo después la misma editorial publica la segunda entrega de la escritora A la intemperie de tu boca.
   De nuevo salen a la luz sus poemas en Biografía de olas, con hermosa ilustración de portada a cargo de la autora. Mila Villanueva sondea la sensibilidad del libro en el prólogo “El impacto de la sencillez", que clarifica de inmediato la naturaleza de su contenido poético. Isabel Alamar deja “un mar sereno de sílabas, de símbolos, de imágenes y cantos, un balbuceo de hermosísimas palabras, un océano desbordante de lirismo, un poemario escrito con aparente sencillez…”.
   La escritora pone en sus pasos para organizar el contenido poético la respiración de los cuatro elementos germinales, como si alzara una cosmogonía habitable mediante una estela de poemas. Las cuatro secciones se nutren del sustantivo olas como elemento uniformador del camino: “Olas de tierra”, “Olas de agua”, “Olas de fuego” y “Olas de aire”, pero en sus contenidos vislumbramos enfoques plurales.
  El apartado inicial opta por el tono confidencial autobiográfico. Quien escribe es consciente de su estar solo y de las contingencias que fragmentan el caminar al paso. La densa constancia de los días conforma una historia vital que aglutina percepciones y pensamiento. Ese viaje interior de quien se mira a sí mismo difunde grises y decepciones, esos bucles de pérdidas y derrotas que parecen alejar cualquier cielo. Se trata de vivir, estar y ser y cada mañana hay que remontar esperanzas para que permanezca la ilusión del vuelo y cicatricen las heridas. Nada hay más complejo que descubrir la arquitectura elemental sobre la que se alza la existencia: “No necesito / más que tierra, aire / sal y fuego / para ser como un gato / y vivir en libertad”. Desde esa sensación de despojamiento y entereza, el yo transita el tiempo y aguanta la intemperie.
    Hay un sostenido contraste entre la focalización del yo ficcional en los poemas de “Olas de tierra” y la materia verbal de “Olas de agua” donde el poema se convierte en vértice reflexivo. Hay una meditación sobre la escritura a partir de dos citas extraídas de un ensayo de Kepa Murúa. Quien escribe moldea soledad  en agua de palabras, en la búsqueda ontológica de la razón del canto: “Auténtica es la luz / que busca al poema / y lo despierta”.
    De inmediato aflora en el tercer apartado “Olas de fuego” la sensibilidad amorosa que alcanza su expresión en el deseo. La pasión transforma, es una voz interior que cruza los espacios de la noche. Todo se hace lumbre y melodía, capaz de interpretar el pentagrama de los cuerpos. Mediante el amor la vida se convierte en un transitar común que se llena de acordes.
   Isabel Alamar practica el haiku desde hace más de una década; ya en 2013 fue seleccionada para formar parte de la antología Un viejo estanque y conoce los trazos que vertebran el canon clásico japonés. En la parte final “Olas de aire” la estrofa monopoliza el molde formal convirtiendo al yo poético en mero testigo. La observación dicta los enunciados del poema: “Nada ni nadie / en este banco abandonado / salvo la lluvia”. Se despliega un horizonte visual de elementos diversos, capaces de velar lo autobiográfico para que resalte, pleno y fuerte, el horizonte, un entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante: “No está muerto / tan solo dormido el árbol / blanco sin hojas”. Aunque predominan las secuencias visuales, queda sitio para la voz confidencial y meditativa, que abre una lectura simbólica: “También un día / las aguas subterráneas / encontrarán su cauce”.
   En esos apuntes del entorno que reflejan los ciclos estacionales y sus variaciones tan cercanas a los mismos cambios del transcurso vital, los haikus hilvanan argumentos sin el esquema habitual; de este modo hay haikus con un apéndice versal: “En medio de la nada / en pleno desierto / puede florecer la flor / más hermosa del mundo”; otro ejemplo: “Fusión rápida de hojas / las verdes con las marrones / las marrones con las amarillas / y las rojas con todas”, un poema que tiene el destello emotivo del haiku pero que anula sus convenciones.
    Biografía de olas Traza un claro camino entre itinerario biográfico y el discurrir del tiempo. La misma naturaleza muestra siempre la condición transitoria de sujeto y entorno en la que se articulan el amor, la esperanza y la fuerza de la memoria. Captura imágenes para que pongan color y luz en lo diario, o se apresten a escribir historias leves, sencillas, al alcance de una mano abierta, en la que se resguarda un final feliz.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 
 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

SANDRA BRUNO. HUMANOSIS

Humanosis
Sandra Bruno
Texto de contracubierta de Antonio Díaz Mola
Editorial Olé Libros, Colección Poesía Ites
Valencia, 2022

 

LA PIEL SIN ALAS
 
 
   En la poblada senda del mapa poético contemporáneo Sandra Bruno (Toulon, Francia) es una voz de amanecida. Aunque comenzó muy pronto su relación con la literatura, como lectora precoz y escritora de algunos relatos, su primer poemario La piel incierta no se publica hasta 2021. Pocos meses después deja nueva colección de poemas en la editorial valenciana Olé Libros.
   Se me permitirá iniciar esta mirada crítica al quehacer de la escritora con dos consideraciones previas: la potente expresividad del título y la llamativa cubierta diseñada por Artedelínea. Sandra Bruno echa a volar el neologismo “Humanosis” construido a partir del sufijo griego “osis”, cuya semántica originaria alude a formación, impulso o conversión, y cuyo empleo más frecuente se asocia a patologías corporales y enfermedades, como corroboran términos como cirrosis, escoliosis o trombosis…
   El poema prologal “Humanos sin piel” refrenda lo expuesto hasta aquí: ”Nosotros, los humanos, / hemos mudado sin pedirlo a otra especie sin piel, / con los huesos empapados en incertidumbre / y los ojos llenos de presente ahogado / en un lago de proteicas condiciones”. Como aquel inolvidable Gregorio Samsa kafkiano, el yo existencial regresa de la noche convertido en un monstruoso insecto, de naturaleza indefinible. La mutación alude a un cambio de identidad que ha perdido sus claves referenciales.
   Desde esa semilla argumental alza su estructura orgánica un poemario distribuido en tres apartados: “Sin piel”, “Crisálida” y “Sombra sin alas”. El apartado inicial emplea una cita del poeta, ensayista y traductor Josep Maria Rodríguez de tonalidad umbría: “¿Alguna vez pensaste que tu cuerpo / es solo la envoltura/ del gusano de seda de la muerte”. La potente metáfora refrenda de nuevo la brusca transformación del yo en otro y la existencia de un pasado perdido en los repliegues de la memoria que no se corresponde con un presente angosto y zarandeado por la contingencia. El ahora amenaza derrumbe y es necesario emprender la tarea de la reconstrucción; hay que buscar dentro un espacio habitable: “la vida conecta con un mundo interior hecho cemento / uniendo alfareros de esperanza / con raíces de barro y seguridad”. Ya no se trata tanto de buscar una utopía lejana e ilusoria sino de abrir paso al sosiego del ser consigo mismo y su arquitectura existencial. La realidad ha reducido su estridencia para que germine intacta entre el silencio una floración de sueños: “Ahora toca vestirnos / con nuestra verdad, / sin maquillaje ni más colores / que los del arcoíris /        de un nuevo despertar”. Sin embargo, la soledad prosigue su caminar al paso, condena al encierro y al ensimismamiento, como si el estar en un tiempo de pandemia, que dejó tanta desolación y muerte, hubiera fosilizado los relojes y nos hubiera deshumanizado un poco más.
   La poeta emplea el sustantivo “Crisálida” para agrupar los textos del tramo central. Es un término asociado al asombro infantil y la impaciencia por ser testigo del proceso de crianza del gusano de seda, encerrado en una humilde caja de zapatos. El paso de larva a crisálida supone la construcción del capullo y ese tejer un refugio cárcel con hilos de seda. La mutación abre un discurrir temporal aleatorio en el que se van cristalizando esperanzas e ilusiones, como ovillos sueltos que dejan ver sus grietas de incertidumbre: “Entre pavesas nadan los sueños rotos, / sin más corriente que la de un presente / huérfano de futuro y de pasado”. A pesar de esta sensación de aspereza en el entorno, el trayecto no borra rincones de esperanza. Así lo enuncian composiciones como “Marcharse” que transforma la ida al umbral del regreso, a esa voluntad enardecida que, tras la pausa del desánimo, retoma pasos pendientes y el largo recorrido de la alegría. La vida invita a la exploración de otros horizontes de luz que buscan lugares renacidos para el prodigio: Madrid, San Sebastián o esa hermosa acuarela azul del litoral.
  Hay una nítida unidad expresiva en la construcción del libro. Los poemas avanzan creando un clima sensorial que anuda emociones y pensamientos. El tramo final “Sombra sin alas”, en el que se acumulan nombres cimeros del legado literario como Rosalía de Castro, Emilio Prados o Vicente Aleixandre, alude al efecto Fata Morgana, ese espejismo que da vida a realidades visuales alternativas; los deseos más profundos del yo buscan liberarse de sus ataduras para emprender vuelo y altura; se trata otra vez de recuperar esa inocencia infantil que añora el tacto de las mariquitas, sus nítidas manchas de vida al paso en este ahora de sueños perdidos que ha mudado la piel del ser humano: “De nosotros, los humanos, quedan rescoldos / de lo que fue nuestra esencia / entre lágrimas cristalizadas / donde yacen, presos, los fantasmas / de una generación tatuada / con la sangre fresca de su asombro”.
   Sandra Bruno deja en Humanosis un espejo de nuestro tiempo y de su deshumanización; un aviso de que esta soledad ensimismada nos ha transformado casi en motas de polvo y ha borrado el propio camino de conocimiento y aprendizaje. Así consolida, en palabras de Antonio Díaz Mola, "una poética del asombro donde se indaga la esencia de lo humano desde una mirada interior, introspectiva" Solo quedan en la piel fragmentos divididos de sueños y esperanzas, indicios vitales que airean su dolor estremecido. Y en este triste rumbo hay que volver al día. Nos reclaman, con entonación estremecida, la transparente piel de las palabras, la sed de ser nosotros.

JOSÉ LUIS MORANTE




   
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sábado, 26 de marzo de 2022

NOELIA VICENTE SELFA. CUATRO POR CUATRO

Cuatro por cuatro
Noelia Vicente Selfa
Collage de portada: Yolanda Parra Montolío
Editorial Olé Libros
Colección Relato
Valencia, 2021

 

LA PIEL DEL EXISTIR
 
 
  Cada recorrido literario impulsa una poética, un modo armónico de entender las propias convicciones en torno a la escritura a partir de estrategias expresivas medulares. En el perfil literario de Noelia Vicente Selfa (Alicante, 1976), Licenciada en Filología Hispánica, Graduada en Estudios Superiores de Danza y docente en la especialidad de danza clásica, el relato es hacendoso protagonista habitual en las colaboraciones en prensa y en el libro de microrrelatos En… (2015).
  Ahora entrega, con llamativo collage de cubierta realizado por Yolanda Parra Montolío, de la mano de la editorial valenciana Olé Libros, Cuatro por cuatro, una compilación de catorce textos narrativos, de dimensión variable, que comparte como clave central la división de cada relato en cuatro secuencias autónomas. La autora añade una emotiva reflexión final que postula agradecimientos personales a quienes han alentado el proceso creador, con sus sugerencias y afectos, en este tiempo pandémico.
   Noelia Vicente Selfa opta por extraer sus tramas narrativas de las sensaciones de intimismo y emotividad que se expanden en los pasos cotidianos. En este deambular entre sombras y perplejidades, el sujeto se empeña en la tarea dual de conocer al otro y conocerse; en sembrar interrogantes de compleja respuesta sobre la existencia. Tiende puentes de adaptación a la realidad y focaliza una experiencia vital que tiene la intangible naturaleza de los espejismos; un relato múltiple que impulsa la capacidad de conmover el epitelio sentimental.
   Las propuestas escriturales de Cuatro por cuatro comienzan con “Noches de insomnio”. Es un ejemplo claro del estilo personal de la autora, incardinado en un lenguaje directo, coloquial, muy cuidado en su expresión y con un ritmo evocativo sostenido, donde el sujeto verbal habla en primera persona resaltando el verismo de lo que se cuenta y su dimensión supuestamente real. En el cuento de partida, la atracción amorosa está presente y enmarca todo el fluir de la conciencia en un largo soliloquio de afirmación sentimental en el que se entrelazan realidad y ficción.
   Cada relato impone su estrategia. El titulado “Frente al espejo” multiplica los protagonistas en similares situaciones domésticas en torno a la capacidad del espejo de generar una identidad. La imagen reflejada en la lisura nutre el empeño de quien se mira en su oquedad para enfrentarse a su propio perfil interior, ya sea físico o moral, como esa observación a escondidas de Lucía, protagonista de la segunda secuencia textual, del rostro deforme de la corrupción.
  Las narraciones aportan escenarios realistas, donde busca su marco de representación una coreografía de secundarios, con existencias dispares y con percepciones subjetivas y disímiles del discurrir temporal. Frente a un semáforo en rojo, se puede vivir una interminable sensación de quietud, como si el reloj hubiera anulado su transitar de agujas; o percibir que esta pausa es un lapso de tiempo que sirve de bálsamo a las heridas de lo cotidiano; otras veces, es inspiración creadora para capturar sensaciones de miedo, desnorte, soledad y frío.
  Sobre el decurso temporal incide el relato “Estaciones”, que abre ventanas a ese horizonte de circunstancias individuales, de los que se incorporan a las tareas laborales y a esos paisajes urbanos de cada día en los que habita lo inesperado. Sorprende por su sencillez narrativa y el cálido impacto argumental de la música el relato “Poetas del tango” que da esa imagen de desvalimiento y soledad del yo consigo mismo, mientras suena los acordes de la memoria se posan en la ventana, perdidos acaso en la contemplación de las inclemencias del tiempo.
  Natalia Vicente Selfa en Cuatro por cuatro añade a sus hábitos narrativos el territorio de la memoria, esa sensación de estar recuperando algún ángulo muerto de la propia autobiografía, como si los sueños fundieran fantasía y cotidianidad. Encuentros donde los protagonistas recuperan vivencias en el moroso deambular del tiempo. Secuencias del existir en las que se diluyen amores, ilusiones y sueños, esas cicatrices que se marcan en la piel del corazón. Acierta la escritora en el tono coloquial del enunciado narrativo, la cercanía de los personajes y la definición de identidades mediante el viaje introspectivo y el análisis del fluir de la conciencia. Una tarea hecha de luces y sombras, que sortea renuncias y deja suelto ese hilo invisible que enlaza realidad e imaginación en los veneros argumentales. La vida nunca economiza esfuerzos; es una habitación con vistas, donde lo imposible lucha por formar parte de lo posible.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE