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miércoles, 16 de octubre de 2019

EDDA ARMAS. FRUTA HENDIDA

Fruta hendida
Edda Armas
Prólogo de María Ángeles Pérez López
Cubierta e imágenes interiores de Fernando Adam
Kalathos Ediciones
Madrid, 2019



APETITOS, RENUNCIAS


   La presencia de Edda Armas (Caracas, 1955) en el espacio lírico de Venezuela se define muy pronto, en 1975, cuando sale al día su primera cosecha Roto todo silencio. El libro aglutina casi cincuenta textos que enlazan aporte sensorial e indagación reflexiva. Así nacía un discurrir fecundo formado hasta el presente por dieciséis poemarios. Un cuerpo sólido que ha recibido notables reconocimientos y está representado en antologías como la imprescindible Rasgos comunes, poesía venezolana del siglo XX (Pre-Textos, 2019), con selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni. En esa muestra se define un breve ideario de Edda Armas, psicóloga social, gestora de eventos culturales, profesora de talleres, editora, antóloga y poeta, y se apunta el giro de trayecto desde una expresión concisa hacia un ángulo de visión con mayor densidad narrativa.
  El camino personal integra en 2019 Fruta hendida, salida que cuenta con el prólogo “Si la memoria es una fruta y es un país” de María Ángeles Pérez López, poeta, profesora universitaria del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Edda Armas refuerza el carácter simbólico del título con un aforismo acogido entre las líneas iniciales: “escribe en el deseo de hilvanar lo esencial con memoria de espinas”. Con selecta dicción, el prólogo enuncia que Fruta hendida, cuya imagen de cubierta reproduce un hermoso bodegón de Fernando Adam, hace de las líneas del discurrir contenida materia de lenguaje. Lo real muda en lo inasible intacto; perdura, permanece, se asienta en los pliegues de la evocación como atinada valoración del instante. Al cabo, como escribe Sylvia Miranda en el poema “Arar”: “Toda fruta es una palabra”.
   En el apartado “Cuando evocar se hace fruta” el sujeto poético incide en el desgaste horizontal del tránsito, hecho anclaje de grietas y erosiones. Aún así, los elementos cercanos, con su textura heterogénea, asoman a la mirada del yo como terapias sensoriales capaces de alejar los fantasmas mudos del conformismo. Nunca son formas ornamentales. La belleza está ahí, tangible y transparente, mostrando al sol el hilo de la vida propicia a conjurar el infortunio. Los poemas no ocultan las derruidas paredes, pero tras las grietas del día perciben una hondura fértil en la que se cobija la esperanza. En el interior de las palabras nace un querer renacer, una energía etérea, como el pasar mudable de las nubes, donde adquieren fuerza brotes nuevos. Lo perdido retorna, compone dentro un paisaje interior, es una fruta hendida que contiene la pulpa vivencial de la experiencia y la claridad sensible del retorno. Esa sensación de patrimonio intacto abre los sentidos a una contemplación gozosa de frutos y aromas. Queda todavía mirar hacia adelante: “Las flores abiertas nunca secan”.
   La sección “Carbunclo de fructosa” integra una línea aclaratoria:”Seres que arrima la marea”. Es una clave iluminadora que advierte de quiénes son los protagonistas que habitan los poemas. Así, la composición “Mar de origen” alienta un homenaje al padre, el escritor Alfredo Armas Alfonzo, protagonista de un recorrido literario ejemplar. Se advierte de inmediato el impulso germinal en la vocación de Edda Armas, quien también se hace indagación en el poema a partir del nombre propio. Son compañía en el libro abierto de la memoria el recuerdo de Elizabeth Schön, la callada vigilia de árboles y pájaros en ese jardín umbrío que siembra los recuerdos de aromas familiares, o la arquitectura castellana de Salamanca. En ella, la piedra tallada grava, con terquedad, el sueño transitorio de monstruos, mitologías y personajes históricos. Retornan ecos de Fray Luis de León y Miguel de Unamuno; llegan hasta el ahora como sueños recurrentes y transitorios que a nadie pertenecen.
   A esa sucesión de perfiles se incorporan Francisco de Asís, Tamara del Jesús o Frida Kalho. Son voces que perseveran como fragmentos mínimos de otros días y que dejan su lección vital sobre lo desvaído, como si fuesen manos que sostienen y dan raíces a los días marcados por la desposesión.
   Como estación final del poemario, el apartado “Si fruta fuese país” expande una meditación sobre el dolor. La sensorial metáfora que enlaza fruta y país se resiste al derrame del gris sobre las cosas. Se perciben en el árbol familiar las raíces secas y crecen las ausencias. Es necesario sujetarse al vacío y encontrar casa en otra parte. Quien permanece, soporta el filo punzante de las despedidas o mira el caos con las pupilas de la infancia, en cuyo trasfondo duerme en silencio la conciencia carnal de la experiencia.
   Fruta hendida conforma un cuerpo tonal de colores y luz frente al abatimiento y la disgregación. Niega la desoladora contingencia de un tiempo de derrumbes para mirar una naturaleza esclarecida por la belleza y el conocimiento. Hace de la palabra un sentir vivo de canto y esperanza, de regresos que vuelcan su mirada en el cristal del tiempo.




lunes, 15 de octubre de 2018

CARMELO CHILLIDA. IDEARIO POÉTICO

Carmelo Chillida
Fotografía de
Venezuelan Press


IDEARIO POÉTICO DE CARMELO CHILLIDA


   Aunque es tierra firme que la poesía es un fin en sí misma y no tiene otro afán que buscar, desde el lenguaje, la verdad, y la belleza, esto no significa decantarse por los postulados teóricos del arte por el arte, tan gratos a Victor Cousin, Théophile Gautier y tantos epígonos tardíos del idealismo kantiano. Como sustrato expresivo concreto, el texto puede ser un instrumento que interaccione realidad histórica y sujeto. Una larga tradición en el tiempo afianza la tenaz voluntad de entender ese deseo de transformar el espacio colectivo a través del poema. Pienso en Bertold Brecht, César Vallejo, Pablo Neruda, Maiakovski, Roque Dalton, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Rafael Alcides, Heberto Padilla o Juan Gelman… Y pido disculpas si el inventario es excesivo.
  La palabra poética expande su geografía creadora para abrazar la polémica política a través de una representación figurativa, repleta de densidad significante. El sujeto verbal se hace cronista, adquiere una perspectiva diferente, busca líneas, registra y anota en el papel; asume la tarea de dar voz al espacio colectivo y hace de la denuncia la zona medular del poema.
  No se trata  de pronunciar un discurso mesiánico, declamatorio, pronunciado sobre el lodazal, sino de construir un lugar compartido en el poema. Lo explícito se enriquece a partir de vínculos difuminados que requieren un desvelamiento de claves para que la lectura del lenguaje simbólico tenga una potestad efectiva.
  Exacerbado y juez, Platón propuso expulsar a los poetas de la república, por ser elementos perturbadores que interfieren en la convivencia cívica. La poesía política, cuando no se enturbia por una monocorde propaganda ideológica, guía los pasos del regreso, da visibilidad al hombre de la calle. Tras el retorno de la palabra poética a la ciudad de todos, el acontecer respira en común. La normalidad se hace cronología para que el protagonista poético sea una presencia activa, capaz de forjar el destino de su ser subjetivo. El lenguaje olvida el vuelo transcendente para asumir una conversación desde la interioridad.
    La poesía es una vía de acceso, una sutura en el fondo invisible, una incisión en lo aparente. Así lo constata Roberto Juarroz en uno de los fragmentos de “Realidad y poesía”: “El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”; el poema deviene entonces “una soldadura de huesos y ruinas”.
   Carmelo Chillida aspira a que el ideario poético supere el angosto espacio de la simple etiqueta conceptual para abordar el hecho literario como experiencia desacralizadora. Para ello fusiona dicción hablada y lenguaje poético. Frente al aura sagrada del vate sacerdotal personifica el poeta terrestre, asentado en la contingencia histórica, sin iluminaciones ni contactos con lo sublime. Sabe que todo es efímero, lo que nos hace transitar los espacios de la memoria y lo que se convierte en materia de observación, pero sabe también que la poesía es lo social como compromiso. No cree en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. En cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Solo la superación del ego subjetivo revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.




jueves, 11 de octubre de 2018

DAVID ALIZO. MI QUERIDA MUERTE

Mi querida muerte
David Alizo
Kalahos ediciones
Alcobendas, Madrid, 2018


ENCUENTROS


   En un hábil ejercicio compositivo, Mi querida muerte, novela póstuma de David Alizo (Escuque, Estado Trujillo, 1940-2008), funciona como una encrucijada de apariciones. La descomposición social de Venezuela y el daño irreversible que sus ciudades muestran en las aceras grises de lo diario, ocasiona un exilio inagotable. Nada queda en pie de una forma de vida cobijada en el paraguas cotidiano de lo rutinario. Ahora el porvenir no tiene porvenir; es necesario acomodar la existencia en otro sitio. Esa perturbadora situación margina también el entorno afectivo. Hay que zarpar entre la niebla y crear variaciones de rumbos en las que acaso pueda verse un futuro.
   El novelista recurre a la primera persona del testigo implicado para hilvanar el tránsito de amigos y conocidos que lo visitan, en su domicilio londinense. Llegan con biografías desaliñadas, casi al borde de la existencia y sus vidas van reconstruyendo pasados fantasmales que exigen una reflexión sobre la mediocridad del país. Todos proceden de un club de época, el Syrtaki, un lugar de reunión en el que fueron tejiendo biografías hasta que “el manto arácnido de la política subdesarrollada del país” provocó un estado de tensión constante. La rutina se hizo inhabitable. Y hubo que buscar salvavidas a tiempo.
   El hablante ficcional es Juan Carlos Brull, según confirma un correo electrónico personal que es una invitación nominal a una fiesta privada; así sabemos quién nos va proporcionando los datos enlazados de secuencias vitales por las que caminan los personajes accionales. De este modo se trazan las líneas genéricas de un cuadro hiperrealista que nunca olvida el contexto histórico general. El ambiente social se ha enrarecido tanto que el conformismo se rompe; mucha población sale a la calle y participa en huelgas, protestas urbanas y caceroladas que exigen un cambio de gobierno. Pero el ejército vela por el continuismo dictatorial y no duda en sofocar por medio de métodos represivos o violentos cualquier activismo. El gobierno se perpetúa y la gente sigue buscando salida a una conciencia mortificada.
   Cada biografía acompaña sus pasos con un inventario de actitudes y recuerdos que no pocas veces crean lecturas contradictorias en los demás. Así sucede con el periplo exietcnial de Clara Inés Villegas, Cecilia Guardia, Lucía Mendieta, Lenin Bondrián o tantos amigos del Syrtaki, un bar que encierra en sus paredes una época en la que todavía el pesimismo no era una planta parásita. Los menores gestos cotidianos adquieren así dobles lecturas, en las que casi nadie es lo que parece. Huitobro, ese sujeto capaz de disparar contra su propia imagen en una fiesta es un enamorado que busca complicidad y consejo, tras su ruptura sentimental con una belleza, Mihaila Dimitrescu, una mujer rumana que da pie a establecer abundantes paralelismos entre la descomposición del régimen dictatorial de Chauchescu, y el feroz declive de Venezuela, gestionado por un fundamentalismo ideológico preocupante donde solo funciona el aserto “conmigo o contra mí”.
  Brull va componiendo un mapa confidencial que busca justificación a distintos elementos de la intriga como el cuaderno de chismografía, una olvidada carta o las confesiones intimistas de sus contertulios. También él ha consumido un poblado itinerario de desastres en el que la muerte ha tenido un peso fáctico y ha dejado alrededor la enfermedad, la muerte violenta o el suicidio, lo que lleva a sospechar a los demás que es un portador de desgracias. Esa es la clave del título; la muerte es parte de la propia identidad.
   David Alizo, inolvidable creador de Nunca más Lili Marleen y Safo de mil amores,  da testimonio de un punto de vista subjetivo y curioso sobre un momento clave de la historia reciente de su país. Recurre a un entrelazado de recuerdos escondidos en las ondulaciones de la memoria. A través de esas voces ofrece perspectivas sobre una realidad desencajada. Actualiza las sensaciones del clima político y los múltiples aspectos de una descomposición colectiva. Ahora, la cuestión principal es descubrir el hilo del futuro, saber si existe todavía algún espacio de supervivencia.   




lunes, 25 de junio de 2018

CARMELO CHILLIDA. ROJO COMO LA CABEZA DE UN FÓSFORO

Rojo como la cabeza de un fósforo
Carmelo Chillida
Prólogo de Zoé Valdés
Epílogo de
Salvador Galán Moreu
Kalathos ediciones
Madrid, 2018


RESISTENCIA


   Es principio básico del quehacer creador: las experiencia cristalizan en el pensamiento y son revulsivos inmediatos para la escritura. El poemario Rojo como la cabeza de un fósforo se asoma al imaginario social y político de Venezuela para airear compromiso y disidencia; para hacer del poema un grito colectivo y solidarizarse con una geografía que sufre en su mapa físico el virus de una doble tiranía, primero encarnada por Hugo Chávez y ahora por Nicolás Maduro.
  La poesía no alza vuelo si no tiene ante sí un espacio de libertad. Sin ese azul abierto no es posible el rumor habitable del verso, depositario de sensaciones, desasosiegos e incertidumbres. Sobre la dictadura y sus cicatrices irrestañables medita en su prólogo Zoé Valdés. La novelista cubana evoca el largo recorrido del castrismo y esos márgenes de ignominia y dolor que postraron a escritores como Heberto Padilla y Reinaldo Arenas. Los dos hicieron de la palabra “un alarido insomne” y forjaron una obra que es denuncia y resistencia, muro de contención.
  Ese afán subversivo está presente en la poesía de Carmelo Chillida (Caracas, 1964). No voy a desplegar su polivalencia creadora, donde conviven la lírica, el ensayo, la crítica de arte y musical, la traducción o el artículo de prensa; hago de la poesía vértice de su quehacer. Su voz, desde aquel primer fruto El sonido y el sentido (1997), mantiene una filiación realista, un tono directo, humanista y explícito, proclive a lo existencial y formulado desde un posicionamiento crítico y ético.
   Son rasgos que perduran en los versos de Rojo como la cabeza de un fósforo, conjunto de poemas que refleja el trauma histórico de un país devastado, capaz de cercenar cualquier orden de ser. La adopción del referente histórico para moldear el sujeto central es un acierto pleno. Convierte a Cayo Julio César, dictador vitalicio asesinado, en autorretrato de Maduro; personifica en él la imagen concreta del déspota. Recordemos que Julio César tuvo un papel decisivo en la conversión del régimen republicano en imperio, y fue autor de La Guerra de las Galias, magna obra de propaganda política. Regresa en el poema como arquetipo del dictador, un dios de barro, rodeado de milicias vigilantes y amedrentadoras, y de un coro informe y prescindible, que vibra enaltecido por la música funesta de los himnos y el desplegar de las banderas.
   Los poemas de Rojo como la cabeza de un fósforo trazan la crónica de un país a la intemperie y son esclarecedor reflejo de un modelo político fallido, que ha derruido su patrimonio económico y ha diseminado trincheras confrontadas entre sus pobladores. Es la zafia labor de un tirano contaminado por la idealización propagandística. En ese ámbito, asentir  garantiza la integración en un orden de cosas pactado por el fanatismo en el que respira, sin perspectiva crítica una realidad que impone el espejismo.
   El poeta elige la disidencia como identidad creadora. Sus versos nadan en la incorrección política, persuaden a la contra por su inquietante capacidad comunicativa y testimonial. La escritura baja a la calle para convertirse en portavoz de un juicio compartido; esa es la fuerza sustancial que impulsa a denunciar los tanteos de un sistema social socavado y destruido desde dentro.
   El epílogo de Salvador Galán Moreu hace su propia interpretación subjetiva de la poesía política, entendiendo el aserto como un discurso lírico que encuentra su venero argumental en las aceras colectivas, y cuyo recorrido intelectual colisiona con la distorsión de una realidad gelatinosa, hech de arenas movedizas. No es un escoramiento estético, sino una línea significativa de la tradición literaria en la que han militado autores como Rafael Alberti, autor de dos libros esenciales para comprender esta etiqueta crítica, El poeta en la calle y De un momento a otro, Bertolt Brecht, Nicanor Parra, Wislawa Szymborska, o voces latinoamericanas como Juan Gelman o Ernesto Cardenal. En todos ellos perdura la tensión enunciativa, la disponibilidad crítica y el valor irreductible de la palabra como herramienta de cambio social.
   Desde el yo se rompen los límites entre lo privado y lo público para encarnar una épica subjetiva que busca construir el nosotros frente a la opacidad brutal de un poder violento y represor. En los latidos de Rojo como la cabeza de un fósforo, la poesía revisa el contexto histórico con ojos críticos, ratifica una poética que nunca habla en balde, que camina hombro con hombro y nos recuerda que, frente a la ataraxia del conformismo, hay que sostener el valor de los sueños, la capacidad de gritar no.

  

sábado, 21 de octubre de 2017

IDA GRAMCKO. SOL Y SOLEDADES

Sol y soledades
Ida Gramcko
Selección y prólogo de
María Antonieta Flores
Kalathos Ediciones
Madrid, 2017

ITINERARIOS

   El cierre del itinerario biográfico de Ida Gramcko el 2 de mayo de 1994, tras un largo internamiento hospitalario que anunciaba el derrumbe cuando todavía no había cumplido los setenta años, sumía al devenir histórico de la poesía venezolana en una severa orfandad. Su ausencia asentaba en la conciencia del lector las coordenadas creadoras de un legado aglutinador, hecho con facetas como la poesía, el relato, la crónica en prensa, la dramaturgia y el ensayo. Pero el lugar principal que Ida Gramcko ocupa en el ámbito literario latinoamericano tiene su plaza principal en la obra poética. Una muestra de su amplia producción se recoge en la antología Sol y soledades, con selección y prólogo de María Antonieta Flores.
   El prólogo descubre un avance significativo de las circunstancias personales de la escritora: la vocación temprana, su formación filosófica –tan perceptible en el enfoque de los poemas- y su dependencia afectiva del periodista  José B. Benavides, compañero de viaje hasta su muerte en 1985. La actitud de Ida Gramcko personifica la asunción de un destino literario; concibe el camino vital enhebrado al poema, como un designio impuesto a la urgencia de ser; no puede entenderse de otro modo el recuerdo que fecha el primer poema a los tres años. Y que prosigue en el tiempo dando vida a los principales libros de la autora que obtuvieron numerosos reconocimientos, algunos tan destacados como el Premio Nacional de Literatura, en 1977,  por su obra completa. El análisis e interpretación de esta escritura a cargo de María Antonieta Flores traza una senda central con este aserto: “Toda obra responde a un destino  y una alquimia”; es un enunciado que adquiere la fuerza de un aforismo. Supone que la energía creadora emana de la propia identidad como principio genesíaco y se transforma en una resonancia profunda que pone cauce a la sensibilidad.
  Frente al rupturismo vanguardista, siempre sometido a una fecha de caducidad temporalista de otras propuestas literarias, Ida Gramcko prefiere caminar sobre huellas asentadas. Como otros compañeros de la generación del 42 –aunque ella optó por la singularidad y el discurrir en solitario- recupera una estela tradicional hispanista que enlaza sobre todo con la mística y las sombras tutelares del Barroco.
  El meditado acercamiento crítico de María Antonieta Flores no reduce el papel activo de cada lector al sondear el sedimento expresivo de esta obra que tiene su punto inicial en las composiciones de Umbral (1942), un cántico tejido a partir de la emoción que guarda afinidades estéticas con los libros siguientes, Cámara de cristal y Contra el desnudo corazón del cielo. pertenecientes a un mismo ciclo escritural, las composiciones de esta etapa dan voz a un discurso verbal intimista y reflexivo, con escuetas referencias culturales. Pero toda obra literaria es una senda cognitiva que va yuxtaponiendo espacios reflexivos; en las composiciones de Poemas (1952) la escritora nos deja una ontología de la percepción. Supone una transición entre el espacio subjetivo del yo y la presencia fuerte de lo exterior: “Metáfora increíble: / el silencio / a través de la cual tanto nos dicen / los objetos. / Ninguna cosa es un cerrado límite / todo puede ser nuestro, / descubrirse, / revelar su secreto”. La crítica ha resaltado con frecuencia esa dimensión filosófica que busca en la semántica una forma de responder a las continuas formulaciones de la incertidumbre. Pero esta indagación en el poema nunca es abstracta, mantiene siempre una lucidez precisa y un evidente desarrollo formal. En las composiciones de Ida el verbo mantiene un pulido formal que ensaya la rima y que hace de la métrica versal un elemento más de identidad literaria. El poema es orden, espacio limitado, construcción, simetría.
   La lírica de Poemas  muestra una alta coherencia  en su arquitectura, recuerda un universo cerrado que contiene una alta plasticidad sonora, abierta a la sugerencia. De ella recupero esta poética inadvertida: “Recuérdate palabra, / como eres, como estás, pulcra y redonda, / no el agua más el agua y tras el agua / y con el agua sin más pie ni alfombra”.
   El verso luminoso de Poemas impulsa a buscar en los siguientes libros otros recursos expresivos como el fragmento en prosa, empleado en Poemas de una psicótica; o el poema dramático La hoguera se hizo luz. El poema en prosa permite verbalizar intuiciones y retornar a un espacio interior donde duerme una potencia oscura que requiere un autoanálisis iluminativo. La expresión del dolor psíquico expande la conciencia hacia una superación trascendente; las palabras dan voz a un misticismo que enlaza con la vía iluminativa de la mística, o la poesía catártica de W. Blake. En esta dimensión poética de las tormentas del espíritu se abren pasadizos entre el mundo visible de la enfermedad y entidades etéreas y oníricas como el diablo o el ángel, en cuya configuración parece próximo el magisterio de R. M. Rilke, el autor de  Elegías de Duino.
  Los prosemas convierten la realidad en pulpa incolora; impregnada de angustia la propia sensibilidad femenina adquiere una condición nebulosa. El yo asomado al espejo es un rostro de bruma.
   Con el poema homónimo de la antología Sol y soledades retorna la voz más clásica y tradicional. Una composición garcilasista recrea el canto celebratorio de la luz solar y sus cuajadas cualidades. La limpia claridad concede al ser un azul impoluto y una presencia pura y protectora que aleja de las sombras. Ese sol esplendente es también símbolo del fulgor amoroso que mana desde el interior para prodigarse como lumbre soñadora.           
   Elemento central de la poesía del Siglo de Oro, el poema dramático ha tenido escasa fortuna entre las sucesivas promociones del siglo xx. Es un rasgo más que define el quehacer solitario de Ida Gramcko, quien en La hoguera se hizo luz abre la voz a un coro lírico en torno a Juana de Arco. La heroína de Orleans se dibuja como personaje central, cuya individualidad se engrandece  por su rechazo a cualquier aspiración terrenal. Su sentido espiritual de la existencia siembra piedad ante el vencido y hace de la fe una razón de vida. El poema revela un excelente dominio formal y supone la recuperación de una voz múltiple, frente al subjetivismo que hace del monólogo fuente central del discurso.
   Desde Sol y soledades (1966) hasta el último paso, Treno (1993) la poeta prosigue itinerario con incansable afán; quiere que florezca la poesía como un árbol luminoso capaz de transfigurar lo humano.
   Sirve de coda a esta antología, con nota conclusiva de María Antonieta Flores, algunos fragmentos, integrados en el volumen de ensayo El jinete de la brisa, que recogen enunciados básicos del ideario. El epílogo instaura a la poesía en lo inefable, un destino asumido que construye otra realidad de palabras que instaura nuevas relaciones entre seres y cosas. El poema es construcción y refugio.
  En este universo lírico la tradición se convierte en un sistema de correspondencias. Despliega en sus entregas itinerarios canónicos como el legado renacentista y barroco, y hace del afán de perfección de los modelos neoclásicos un espejo de belleza formal; pero también reaviva el modernismo y su carácter simbólico en convivencia con la tradición órfica. De este modo, su ideario estético constituye un vínculo con el pasado, que apenas exulta la novedad y la sorpresa, más allá de las nuevas combinaciones que adquiere la geometría del poema. En su búsqueda constante, Ida Gramcko nos recuerda que cada voz es un comienzo, un centro de gravedad que desaloja lo perecedero.

   
   




viernes, 22 de septiembre de 2017

SANTOS LÓPEZ. DEL FLUIR

Del fluir. Poemas escogidos
Santos López
Selección y prólogo de
Alejandro Sebastiani Verlezza
Kalathos Editorial
Madrid, 2016 

POEMAS ESCOGIDOS


   En la personalidad literaria de Santos López (Mesa de Guanipa, Anzoátegui, Venezuela, 1955) adquieren modulación facetas sucesivas y complementarias: es editor, gerente cultural, periodista y mantiene una larga relación personal con la poesía desde 1980, cuando publicó su carta de amanecida Otras costumbres. Comenzaba un discurrir creador del que ahora Kalathos Ediciones presenta una selección realizada por Alejandro Sebastiani Verlezza, también responsable de la introducción.
   Al poeta le cuadra bien la teoría del merodeador, ese empeño en buscar salida a los destellos de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos laberintos conceptuales. Así lo resalta en su entrada Alejandro Sebastiani: “Su voz es dúctil y sonora, traspasada por conjuras y salmodias, evocaciones de presencias lejanas (los ecos de ellos,  los que rigen muchos de sus pasos). “. Asistimos, por tanto, a una respiración creadora que no se ciñe solo al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva.
  El libro se estructura en siete momentos que no se corresponden con una selección parcial de cada entrega escalonada en el tiempo sino con una propuesta renovada que construye un significado autónomo; Del fluir propone una dinámica textual en la que alterna temas y trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto plasme su energía y tenga capacidad de hablar.
  El apartado “Ancestros” constituye el paso inicial, como si la palabra necesitara ubicarse en la raíz, buscar la senda venerable que propició el comienzo. Continuar requiere el leve trazo de la amanecida.  Y en ese trazo los indicios vitales que han ido creando la propia identidad en el discurrir. Lo perdurable está, constituye la columna vertebral que nos sostiene: “El amor es la idea de lo que no muere. / Siempre tenemos la esperanza de que todo esté vivo”. El pasado como tiempo del poema se mantiene constante; viene al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días que siguen habitando dentro.
   Ya he comentado que los diferentes tramos no corresponden a un proceso de escritura común, por tanto es difícil rastrear en las composiciones una sola estela argumental; con todo, los asuntos que prevalecen están visibles, a disposición del lector: uno de los que resaltan en el segundo apartado es el lenguaje y su relación con la definición del sujeto verbal. Si como sugería Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, la palabra de Santos López da vida también al discurso alógico, a ese dialecto del trance capaz de hacer de lo expresivo una interpretación no reglada, que modifique el discurso establecido por la norma. Esa voz chamánica, tan compleja al abordar sus significados previsibles, postula una realidad distinta en la que se acogen pensamientos y sentimientos para construir una geografía conceptual que dé cabida a las cosas. A Santos López le gusta oír la respiración de las palabras, esa casa interior  que establece un lugar sagrado para el poeta. También se buscan los repliegues del yo sentimental a través de las resonancias del amor y su finitud; o se recuperan composiciones del libro La Barata, donde Santos López se acercaba a culturas animistas, trasmisoras de una espiritualidad que encierra acuerdos sagrados entre el cuerpo y la naturaleza  a través de elementos genesíacos como la piedra, el agua, el humo y la sangre. 
   La materia metaliteraria del libro se completa con dos incisiones integradas como un epílogo: una conferencia expuesta en Lieja, el 30 de agosto de 1990, en la XVII Bienal Internacional de Poesía; y un conjunto de anotaciones, a modo de teselas autobiográficas. Ambas sirven para configurar mejor el prisma estético. En la idea del poeta visionario, se trasciende la dimensión literaria de la escritura para hacer del poema luz y misterio, un hilo umbilical entre lo visible y lo invisible, cuyo poder generativo está más allá del mero hecho de la artesanía verbal. En Del fluir percibimos el canto de un poeta visionario; las voces que buscan itinerarios hacia un yo interior que guarda todavía una umbría del sueño, los inexpresables garabatos del misterio.



     

miércoles, 21 de junio de 2017

CANTOS DE FORTALEZA. ANTOLOGÍA DE POETAS VENEZOLANAS

Cantos de fortaleza
Antología de poetas venezolanas
David Malavé Bongiorni y Artemis Nader (Compiladores)
Prólogo de Rodolfo Häsler, epílogo de Rafael Arráiz Lucca
Kalathos Ediciones, Alcobendas, Madrid, 2016 
VERSOS DE TIERRA

   La poesía no se ausenta, aunque las condiciones históricas de la época en que se escriba difundan casi un estado de emergencia e incertidumbre. Cuesta pensar en la situación política actual del país latinoamericano sin que se haga inmediato en la retina un desfile de imágenes del conflicto social, el grito de la calle y la dura represión auspiciada por el gobierno dictatorial de Nicolás Maduro. En este contexto, como escribiera Blas de Otero, quedan la palabra y la poesía; así lo muestran los compiladores que dibujan un mapa lírico de Venezuela en el trabajo de catorce poetas representativas de distintos idearios.
   David Malavé Bongiorni, editor de Kalathos, subraya en el umbral la notable ausencia de poesía venezolana en el exterior y la necesidad de crear una estrategia concertada para difundir talentos. Así nace casi en clave lúdica este muestrario de trayectos cruzados con la pretensión de ser piedra angular de la poesía femenina, un quehacer convertido en pulso y sentimiento sobre la cronología de un momento histórico sombrío.
   El poeta y traductor Rodolfo Häsler ofrece en su liminar un enfoque diacrónico sobre las poetas en la historia latinoamericana. Sondea la arteria para cifrar sus presencias más notorias. La nómina adquiere un perfil sólido y representativo en el que cuajan como espacios imprescindibles sor Juana Inés de la Cruz, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Gabriela Mistral. Ellas son el sustrato que avala con su magisterio el discurrir generacional en los distintos países. También adquieren el vigor del canon en Venezuela para ceder turno a quienes inician trayecto en la década del setenta y del ochenta; es una promoción donde sobresalen Edda Armas; Cecilia Ortiz, Márgara Russotto, Yolanda Pantin y Laura Gracco. Son ángulos de exploración en los que adquiere cuerpo la conciencia de lo femenino y la indagación en lo existencial que en Cantos de fortaleza se resuelve desde enfoques autónomos.
   Inicia la selección María Clara Salas (Caracas, 1947). Doctora en Filosofía y con amplia cosecha, su obra sondea temas perdurables que se definen en lo cotidiano: el ser temporal, la erosión del tiempo, la otredad, el pulso sostenido entre sueño y realidad…  Son núcleos expresivos de un intimismo figurativo y coloquial, que no teme al verso dialogal porque sabe que cada poema se habla a sí mismo y comparte incertidumbres y lugar de paso en lo diario.
   Rafael Arráiz Lucca, responsable del texto crítico final, acuñó un aserto que resulta útil para entender este fresco poético: “El coro de las voces solitarias”. Todas comparten el puente común de la poesía pero cada voz sostiene su opción estética para desplegarse en singular. La recopilación de Cecilia Ortiz (San Casimiro, 1951) resalta su búsqueda de la imagen sorprendente y la entidad del simbolismo sobre lo anecdótico; también la importancia de la naturaleza como código de señales frente al sujeto capaz de conceder al entorno una realidad enriquecida. La poeta tantea con la mirada el sentido final de la escritura que hace de la palabra un territorio cognitivo.
  La ruta creadora de Belkys Arredondo Olivo (Caracas, 1953), poeta, periodista y editora, arranca en 1998. Su muestra abarca  poemas breves y prosa poética y ha sido antologada en distintos países. Su poesía es directa, con la voz fuerte del canto que nunca posterga la variedad de estratos temáticos en su desarrollo. En sus poemas el amar y el creer aguzan sus preguntas sobre las pulsaciones de lo cotidiano.
   Amplia germinación tiene la trayectoria de Yolanda Pantin, quien personifica un protagonismo estelar en la cartografía actual. Así lo testifica País. Poesía reunida (1981-2011), volumen editado en España por Pre-textos en 2014. En su lírica adquiere contundencia un trasfondo reflexivo por el que lo subjetivo y lo personal muestran la travesía de una experiencia transcendida.
   Solo veinte años tenía Edda Armas (Caracas, 1955) cuando amaneció su temprana incursión Roto todo silencio, poemario reeditado hace apenas un año. La poeta, que acomete tareas de gestión e imparte talleres literarios, tiene una amplia presencia en revistas y antologías y ha impulsado la edición independiente. Sus  versos recorren caminos de retorno con una mirada narrativa que entrelaza anecdotario y pauta reflexiva.
   Las voces anteriores constituyen el cimiento primero de un muestrario que no presenta quiebras experimentales ni cambios de rumbo sino un cauce fluido que adquiere en su transcurso mutaciones individuales. Así, la poesía de María Antonia Flores (Caracas, 1960) busca en la palabra una sustrato sensorial, o concede voz, como sucede en el excelente poema “Mirada antigua”, a una genealogía femenina que moldea en el tiempo su identidad plural. En su escritura percibimos un variable entrelazado temático que conjuga percepción sensible, reivindicación del ser existencial, a resguardo de la soledad y con un epitelio de resistencia, y un registro formal amplio.
   En Patricia Guzmán predomina un diálogo con la tradición y un misticismo renacido que emparenta su lírica con el cántico. Así se percibe en su propuesta más reciente,  El  almendro florido. En su estela creadora también abren bifurcaciones el intimismo y la presencia sentimental de lo cercano, como si la existencia discurriera en un claro diálogo entre protagonista lírico y entorno.
   El quehacer de Sonia Chocrón destila poesía, narrativa y guiones para cine y televisión; son dominios alternos y complementarios. En su estela lírica encuentra cauce una dicción comunicativa que busca referentes culturales en el cine y en las aportaciones de la tradición oral.
   La década del sesenta está ampliamente representada en Cantos de fortaleza por la obra de Claudia S. Sierich, Gabriela Kizer, Jacqueline Goldberg, Gina Saraceni, Carmen Verde Arocha y Eleonora Requena. Son travesías que aportan sensibilidades donde cala, junto a la indagación individual que parte de la experiencia cotidiana, el rumor de lo colectivo y los fragmentos de la intrahistoria común. Así se afianzan poéticas entre el pesimismo y la luz, aunque como escribe Gabriela Kizer late el propósito de que la senda grabada por el poema no sea nunca la crónica del desconsuelo.
   Asentado el paisaje versal, firma el epílogo Rafael Arráiz Lucca. El crítico opta por el repaso en el tiempo para recuperar en la biblioteca la aportación femenina consignada. En ella son indicios claros la pluralidad, la ausencia de cualquier localismo y el empeño individual que ahuyenta cualquier gregarismo.
  Los nombres reunidos en Cantos de fortaleza tejen pasión literaria y ángulos de un paisaje cultural que disuelve cualquier pesimismo sobre el espacio del presente. la poesía sigue brotando en las condiciones más adversas, se incardina en la sombra y en el extrañamiento para curar heridas. Los poemas dan fe de lo vivido en su sentido más cotidiano e inmediato. Sobre las cuartillas grises del lenguaje, las poetas de Venezuela anulan palabras, tiempo y esperanza.
   

miércoles, 24 de mayo de 2017

PATRICIA GUZMÁN. EL ALMENDRO FLORIDO

El almendro florido
Patricia Guzmán
Kalathos Editorial
Alcobendas, madrid, 2017


CELEBRACIÓN


   Hay poetas que ocultan sus referentes literarios, como si la voz personal naciera en el desierto y su modulación no fuese un entramado de aportes. Y poetas al sol, como Patricia Guzmán (Caracas, 1960) que abre su poemario El almendro florido con un inventario de deudas; sus versos proponen un diálogo coral con salmos y versículos de la Biblia, Dante, Rilke, Blake, Dickinson, Hesse o Celan…La poeta respira  el aire cálido de un jardín literario de densa floración.
   Hasta el ahora, Patricia Guzmán  ha entregado a imprenta siete libros de poesía, un fértil recorrido que arranca en 1987 y que ha abierto un profundo surco de afinidad y reconocimiento en el espacio intelectual de Venezuela, con versiones parciales de su obra en italiano, francés e inglés.
   Las breves reflexiones de Nelson Rivera miran El almendro florido con la perspectiva de un cántico liberador. Exponen la dimensión espiritual de esta entrega compuesta por un único poema que muestra en la amanecida el sustrato humano de un pensamiento repleto de conexiones simbólicas. El poema proclama una dinámica respiración de claridad, busca desasirse de lo contingente para explorar anhelos trasterrados: ”si el mundo es desolación, también es una bóveda celeste”.
  Adentro en la espesura- como proclamara Jorge Guillén- , con el impulso intenso de un viaje introspectivo, Patricia Guzmán elabora su voz en un poblado silencio que adquiere el rumor de una oración. Los versos equiparan los elementos cercanos a una grafía celebratoria que acoge la belleza y el deseo. De esta plenitud es símbolo evidente el almendro florido. En él se conjuga la quietud sostenida de la rama como asiento del canto de los pájaros, donde se hace fuerte el despertar del día. Su estar invita al canto, brilla como un reflejo que incide en las pupilas para mostrar los dones de la existencia. Estar es percibir una naturaleza viva.  De esa contemplación deviene un misticismo que busca superar el acontecer transitorio a través de una dimensión espiritual en la que cobra presencia la fe. Con ella la naturaleza despojada y estéril recomienza, se puebla de brotes y esperanzas.
  Lo mismo sucede con el amor cuando expande sus raíces fuera del yo para buscarse. Esa vía de iluminación- que tanto recuerda al Cántico espiritual de Juan de la Cruz- muda la percepción de los sentidos, es claridad y destello como si se nutriese  no de materia perecedera sino de un afán de vida que habita dentro del yo.
   El cierre crítico de Rodolfo Häsler propone nuevos itinerarios de sentido; enlaza la senda lírica de Patricia Guzmán con las voces más conocidas de la Mistica occidental, pero recuerda que el sentido último del poema no es una cuestión lógica sino un umbral privado que deja su misterio en cada lector. Así que es esa clave interrogativa la que salpica su transparencia en cada uno de los fragmentos de El almendro florido. La poesía para ser libre debe descartar el rumbo marcado por las huellas de la razón; es mejor abrir los ojos y mirar la mañana como quien la contempla por primera vez vestida con la equívoca luz de los sueños cumplidos, con el color de estreno que dibuja el asombro de ser.