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martes, 20 de agosto de 2024

EL HAIKU EN ALGUNAS POÉTICAS CONTEMPORÁNEAS

Poéticas
(Sierra Norte de Madrid)
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 POÉTICAS CONTEMPORÁNEAS DEL HAIKU


   Fue en 1972 cuando el profesor y ensayista Fernando Rodríguez-Izquierdo hizo la primera cala crítica peninsular sobre el kaiku, y su carácter congénito y originario. Aquella temprana indagación hoy tiene carácter clásico. Se tituló El haiku japonés. Historia y traducción (Madrid, Guadarrama, 1972) y completaba el aserto un subtítulo repleto de optimismo enunciativo sobre el amplio vuelo de la estrofa en nuestros días: “Evolución y triunfo del haikai, breve poema sensitivo”. El índice desplegaba un transitar histórico, lingüístico y literario remontándose al origen y recorría, con sentido diacrónico, andenes definitorios por significado y aportación textual. Quiero partir de las conclusiones de aquel estudio al abordar el cultivo del haiku en algunos escritores contemporáneos, no para contradecir planteamientos sino para discernir con criterios temporales el asentamiento, crecida y evolución de esta estrategia expresiva.
   El arte de la sugerencia no es un apéndice extraño, ni está reñido con el legado occidental; forma parte esencial de una tradición remozada y pletórica, si nos atenemos a la nutrida nómina de practicantes y la onda expansiva de matices que ha trasformado el encuadre estacional. En el ahora el haiku es plataforma polisémica que promueve una abierta libertad expresiva, tanto en los aspectos gráficos (uso habitual de signos de puntuación), empleo, en ocasiones, del título, y mantenimiento con derivaciones del esquema silábico habitual. Todo ello sin que pierda vigencia la perenne definición de Mashuo Bashô: “Haiku es simplemente lo que está ocurriendo en este sitio, en este momento”.
  La difusión del haiku en estas primeras décadas del siglo XXI  está representada en panorámicas como Alfileres (2004), antología con selección y prólogo de Josep Maria Rodríguez, y Un viejo estanque (2013), con edición conjunta de Susana Benet y Frutos Soriano. Ambos volúmenes clarificaban el cauce ancho de la estrofa y su capacidad de diálogo con el presente. Más parcial, nuestra perspectiva busca la singularidad de autores en cuyo taller creador encuentra sitio la dermis heterogénea del haiku.
   La voluntad expresiva de Jesús Munárriz (1940) comienza en 1975 con Viajes y estancias. Era un momento marcado por el afán experimental y el culturalismo. Sin embargo, el poeta, editor y traductor desdeña esos indicios para adentrarse en una indagación elusiva y simbólica, centrada en la andadura existencial. El diálogo entre conciencia y estética impulsa Cuarentena (1977), Esos tus ojos (1981), y Camino de la voz (1988), en cuyos poemas hay un acercamiento a la poesía metafísica. Nunca estática, la creación prosigue con Otros labios me sueñan (1992), que alerta sobre una multiplicidad de voces, convertida en espejo de realidad biográfica e imaginación. La escritura prosigue con De lo real y su análisis (1994), que advierte sobre la continua deshumanización de la postmodernidad, y las entregas Corazón independiente, Nada más que la verdad y Viento fresco. Este periodo se hace síntesis en la antología Peaje para el alba, con edición, selección y prólogo de Ángela Vallvey. La muestra reúne una poesía de dicción coloquial, epigramática, que asume la alteridad como cercanía y el compromiso social como revulsivo transformador de asimetrías. Aunque conoce la estrofa muy pronto, hasta 2005 no aparecen los primeros jaikus –el escritor prefiere esta transcripción fonética-, que nacen en el ámbito urbano de la ciudad. La editorial La Isla de Siltolá publica en 2018 Capitalinos, conjunto monográfico de haikus. El poeta concibe el trébol verbal como un destello sensorial que nace desde la postura del observador. Su génesis son los elementos concretos del devenir cotidiano en los que se aprecian características y detalles, diminutos hallazgos que enriquecen el cauce cognitivo. Lo transitorio no anula lo permanente, esa línea invisible en la que se reconoce de inmediato la emoción y ese ascetismo verbal que preserva el fulgor.     
   En esta ceñida valoración destaca el impulso de Susana Benet (Valencia, 1950). La poeta y artista plástica personifica una de las sensibilidades más reconocidas en el cultivo del haiku por  su economía verbal, carácter lírico y precisión. El volumen La enredadera (2015) reúne la experiencia poética iniciada en 2006 con el poemario Faro del bosque. En las páginas introductorias, Fernando Rodríguez-Izquierdo analiza el corpus de La enredadera a partir de cinco tramos que comparten el esquema clásico y una dicción límpida, sin asperezas, de abierta claridad y voz humilde. Los chispazos acumulan sinestesias y asombro, como amanecidas cuajadas de centros de luz. La belleza es faro tangible: “Veo encenderse / el pino en la mañana. / Faro del bosque”. Quien deja en alerta los sentidos nunca está solo, una fauna diminuta propaga un vitalismo mudable, un parpadeo oculto entre la fronda: “Aves e insectos, / todo el jardín es vuestro / de madrugada”. El ciclo estacional remoza la visión cotidiana sembrando apuntes escritos en el margen del día. Junto a los textos nacidos como indicios, conviven otros más reflexivos en los que se enuncian paradojas y contrastes de lo transitorio. Se revitalizan secuencias y raíces de etapas vitales donde se conforma la experiencia, pero el yo biográfico asume un papel secundario para que suenen con nitidez las sílabas claras de la naturaleza. El sujeto es reflejo vivo de lo contingente; se asoma al exterior para observar el desfile incansable de lo cotidiano. De ese modo, La enredadera abre la pupila a lo tenue, la sensación de una belleza que se propaga alrededor con claridad de lluvia; define un quehacer poético hecho de matices, que enriquece la grata apariencia de lo más humilde.
   Todo el artesonado poético de Antonio Cabrera (1958) parece encontrar sitio bajo el viejo pórtico de la filosofía. El pensamiento filosófico hace inteligible la hondura del transcurso existencial. Desde ese ímpetu indagatorio germinan los poemarios En la estación perpetua (2000) y Tierra en el cielo (2001), una colección de haikus focalizada en la ornitología. Como advierte la nota previa, el poeta busca “la poetización de rasgos reales –biológicos- de las aves, ya sea en el terreno de sus costumbres, de su hábitat, de su aspecto, de su plumaje, de su canto o de su alimentación”. En este acercamiento a la naturaleza para desentrañar los íntimos secretos de la ornitología, el recurso al minimalismo estrófico se debe a la apuesta personal por la esencialidad que deja a trasmano el objetivismo descriptivo. Así se justifica también la ausencia de glosas y notas complementarias. Cada estrofa constata cualidades, la evidencia designativa de cada especie como si fuese un pálpito que ayuda a reconocer. Los trazos refrendan el sentir fascinado del vuelo y el ocio de las alas en un largo viaje contra el tiempo. Leemos en CISNE: “La lentitud. / Blanca serenidad, / alta desgana”. Lo real muda en el rastro invisible del arquetipo que cambia el punto de vista de lo cotidiano y concede un sentido poético. Es una estrategia palpable en muchas composiciones. ANSAR insiste en ese enfoque: “Alas de escarcha / que al volar en la niebla / añaden bruma”.
  La percepción repara en existencias mínimamente advertidas, cuyos signos leves conforman un recordatorio del patrimonio natural. Así se adquieren sedimentos que cobran en la conciencia un significado personal, el sentido de pertenencia a un mundo físico y cercano.
   El sosegado observador del entorno natural cobija también al poeta. Siente cerca la visibilidad, el canto y la cercanía de las aves en la tradición literaria. Es difícil no sentir en el vuelo circular de las golondrinas el eco literario de Bécquer: “Dorada herrumbre / de la tarde que un ala / limpia ha rasgado”. Y es poco probable que el canto del mirlo no se haga visible la emotiva caligrafía poética de Wallace Stevens, recordando que el entorno tiene un mapa habitable interior y una cartografía mental. Igual ocurre con RUISEÑOR COMÚN: “Comienza el canto. / Eterno, Keats lo escucha. / Se limpia el aire”. O con GORRIÓN COMÚN: “Alegre y triste / peatón. Cruza siempre / un cielo bajo”.
  Tierra en el cielo es el cuaderno de campo de un contemplador. Constata el abrazo dialogal entre pensamiento y sentidos para enlazar los indicios interiores del yo subjetivo con las formas difusas de un afuera que aspira a formar parte de la naturaleza sentimental del ser, que quiere convertirse en hondo sustrato de la conciencia.
   Nacida en el litoral mediterráneo almeriense, Aurora Luque (1962) se asentó en su infancia en Cádiar, un municipio de la Alpujarra de Granada donde su madre ejercía como maestra. En aquel entorno la cercana pedanía de Narila se convertirá, en el cauce del tiempo, en un topónimo esencial de su quehacer poético. Lo mismo ocurre con la expandida geografía sentimental de Grecia, tras finalizar su licenciatura en Filología Clásica, su labor docente como profesora de Griego Antiguo en Bachillerato y la plural dedicación como traductora. Para Aurora Luque “Creación y traducción son momentos diferentes de un mismo proceso de reescritura, de una inmersión en el continuum verbal, de una disposición de búsqueda ante y desde el lenguaje”. Ya en su primera entrega Hiperiónida (1982) se percibe con singular reflejo “la claridad de lo cotidiano” y ese abrazo expresivo y dual entre culturalismo y aporte experiencial. No son realidades conceptuales disímiles sino estratos complementarios que encuentran en Problemas de doblaje (1990) y Carpe noctem (1994) ubicación generacional y perfil definido. En el poema conviven mito y cotidianidad para esbozar una perdurable concepción del mundo. Como ha escrito el investigador y ensayista José Andújar “la poesía de Aurora Luque es el resultado de una conciencia artística que ha sabido inventarse su propia tradición; una tradición necesaria, sustentada en los tonos del vitalismo y la lucidez románticos, capaz de encarar los fantasmas del vacío con la corporeidad del deseo”.
  La escueta sintaxis y el equipaje sobrio del haiku ven la luz en 2005 en el cuaderno Haikus de Narila, editado por el Centro Cultural Generación del 27. Una mínima nota autorial advierte que la publicación no contiene haikus ortodoxos en su aspecto formal, pero la deslealtad se compensa con una extrema fidelidad al espíritu antiguo, aunque sea a partir de una “acuñación minimalista”  en la que encuentra concreción el devenir estacional y el sentir celebratorio del instante. Aquella edición no venal se reedita en Luces de Gálibo, en edición bilingüe  de Elsy Cardona, responsable de la traducción al inglés y del análisis introductorio, en Haikus de Narila. Portuaria (2017).
   La práctica del haiku mantiene sus elementos básicos, pero lejos de esquemas miméticos. Se busca ampliar el paisaje temático y añadir fuerza plástica a las captaciones del instante. Los textos además  aportan una textura emotiva con una acogedora calidez rítimica.
   También en el poemario La siesta de Epicuro (2008) se incluye una sección completa de haikus, “El jardín de Filodemo” celebrando un hedonismo ascético. La temporalidad urge a buscar la pulpa existencial, encomienda la liberación del instante y el gozo de cualquier floración del deseo. En “Haikus del año seco”, los breves poemas enuncian sin perder el carácter estacional, aunque entremezclan los paisajes diarios y el azaroso viaje interior: “Los cielos grises, / otra vez el camino / viene de vuelta”. El largo viaje por las palabras se completa en “Seis haikus de amor y muerte” con núcleos reflexivos clásicos que trasmutan su habitual solemnidad y su epitelio nostálgico con una dicción más intimista y coloquial. Mientras que en los textos finales de “Letras para Carmen Linares” toma voz el aire popular y musical del ser colectivo, abierto a las influencias de la copla, la seguidilla y la soleá. Por refrendar el atinado acierto de Ricardo Virtanen, autor de la antología sobre la poeta Carpe amorem (2007). En la limpia verdad de sus poemas, Aurora Luque nos deja una “poesía hecha de aroma que ilumina con una lucidez asombrosa”.   
   No obstante, en él se trazaban algunos juicios atinados:“un lenguaje de capacidad metafórica y visionaria, que, libro a libro,  sin renunciar a su proyección simbólica ni a su brillo analógico, se ha ido tornando en palabra cada vez más precisa, más incisiva, más exacta”.

  La edición bilingüe Jardin(e)s Excedidos, con versión al portugués de Carlos d’Abreu completa una indagación del singular verbo poético de María Ángeles Pérez López a partir de 28 poemas de distintos momentos creadores, sin citar la procedencia de los mismos, una carencia que se reitera también en antologías más amplias como la reciente Algebra de los días, con traslado al italiano de Emilio Coco, publicada en Rimini en 2017 por Raffaelli Editore. Así que me parece necesario ubicar la cronología lírica de María Ángeles PérezLópez cuya presencia en el ahora poético arranca en 1997 con Tratado sobre la geografía del desastre. Aquella entrega, hilvanada con algunos magisterios esenciales como Vicente Huidobro, César Vallejo y Claudio Rodríguez, interroga a la memoria para dejarnos una conjunción de imágenes que habla de intimidad y erotismo, que se aleja del verso referencial para apostar por la sugerencia y el soplo entrevisto del onirismo: “Los nombres de unicornios maldicientes / guardan olor de labios empolvados / o pedazos de semen para el tedio. / También nuestras ratas más ocultas / tienen derecho a un párpado y a ortigas / para acallar las voces del deseo.” En los versos cabe el temblor de las sensaciones y ese destello luminoso de quien dibuja andamios interiores. Dicha salida tuvo una continuidad inmediata. Un año después aparecía, tras ganar el Premio Tardor, La sola materia (Alicante, 1998). Desde un objetivismo sentimental que busca despojar la materia de cualquier dimensión simbólica, los poemas abren un escaparate perceptivo. Quedan expuestas en él las marcas del origen, las palpables formas de las cosas como garantes de quietud intacta, cuando se acumula una superficie de rutina y tránsito. También se reconoce una sensibilidad femenina aplicada en tareas que han ido definiendo en el tiempo esa labor diaria que desprende los trazos volátiles de un universo personal, cuajado y vivo.
   Carnalidad del frío, reconocido con el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, abre una nueva senda escritural. La voz reflexiva explora desde dentro el lenguaje. El poema se hace más incisivo, mira sobre si mismo para hallar la razón que sostiene los significados. La intemperie deja su peso sobre el presente y expande una atmósfera de soledad y pérdida en la que la identidad solo encuentra refugio tras el muro de signos que las palabras alzan. Ya en 2004 aparece La ausente, una entrega en clave autobiográfica. Con voz directa y foco indagatorio, se expande en los poemas el temblor perceptible del devenir. El acto de ser contiene en sus repliegues un sesgo paradójico; sus contraluces cobijan las sombras del dolor y las certezas mínimas de una memoria espesa y fragmentada.
   Los cuatro libros citados, escritos entre 1995 y 2009, se integran en el volumen Catorce vidas (Diputación de Salamanca, 2010). El conjunto se define, desde la mirada crítica del poeta, ensayista y traductor Eduardo Moga como "un legado fuerte en el que resaltan como signos diferenciales la investigación de la forma, la decidida inmersión en los tumultos del cuerpo y el empleo de un lenguaje incisivo y metafórico”.
  Son caracteres que perseveran en los nuevos pasos. Integrado en Olifante en 2012, Atavío y puñal despliega composiciones que hacen de la identidad subjetiva un núcleo argumental recurrente. Es una entrega esencial en este itinerario por su despliegue verbal y por la densidad semántica de un lenguaje muy rico, que borra los rasgos concretos de la intimidad para moldear un arquetipo de la mujer, un yo paradigmático en el que caben el dolor y la mujer rota, la belleza corporal, el aprendizaje de la decepción y la felicidad de la búsqueda. En la excelente resolución argumental, el cuerpo habitado por la enfermedad concita una anónima memoria en el que la metástasis se define como una abrasiva lengua purulenta que precipita una insólita intensidad reflexiva.
   Su libro Fiebre y compasión de los metales se impulsó en 2016, en la colección poética del sello Vaso Roto. La fluencia verbal de Juan Carlos Mestre, con intensa dermis lírica, incide en el latido que tiende puentes entre materia y simbología para espaciar lugares propios en los que se refleje el alma del mundo; nunca faltan en la razón del poema las correspondencias éticas y las interrogaciones solidarias que hacen de los linderos de la realidad signos caligrafiados y desvelos, con nuevas zonas de significado.  
   Peo la escritura de estos poemarios no se enrosca sobre sí misma; se expande en frecuentes compilaciones que confunden en su desarrollo pasado y presente y que rescatan a las composiciones de su estar orgánico para que de nuevo restauren sus significados y confluyan en otras lecturas. En este proceso creador el libro Diecisiete alfiles (2019) es la primera entrega monográfica dedicada al haiku. Así se constata en el liminar “La vida muy urgente” que escribe Erika Martínez. La poeta, aforista y profesora aborda el acercamiento a la senda cultural japonesa desde la superación de actitudes excluyentes de purismo y cautela. Hay un contacto directo con el minimalismo del haiku en el que la palabra toma cuerpo para mostrar su carácter matérico y su endogamia. Esa energía interior no anula el subjetivismo sino que lo transforma en energía que deja sitio a la paradoja y al magma conceptual.
  Como si los enunciados poéticos obedecieran a indicios aurorales, Diecisiete alfiles alumbra un amanecer transformado en espacio germinativo. Así se postula en la serie de inicio en cuyo avance argumental resalta también el recurso de la rima asonante que deja en los textos otro signo personal: “Luz que levanta / su proa, su rompiente / su espuma blanca”. Con rigor orgánico, la autora yuxtapone series que reiteran la misma cantidad de textos y los itinerarios circulares en torno a un concepto.
  Frente al despliegue sensorial la realidad postula un magma cuajado de elementos visuales, de texturas y formas. Su estatismo apariencial emite señales que la conciencia en vela transforma en cadencias de ánimo e hilvanes emotivos. leemos en “Haikus de la soga”: “ Esparto ronco / que agita entre sus hebras / la flor del odio”; “Corcel torcido / del que caen las palabras / y los mendigos”. Pero, no se trata de describir ni de hacer del entorno un mirador al alcance de un testigo anónimo, sino de conexionar emociones y pensamientos y dar voz al lenguaje. Se subraya, de este modo, el afán metaliterario que formula una cumplida poética: “Ser verso suelto / lumbre que desordena / cada destello”.
   Esa apelación a los objetos como presencias que certifican la condición perecedera del yo, convive con uno de los núcleos básicos de la tradición del haiku: el viaje. El discurrir existencial es tránsito, desplazamiento, senda que convulsiona el interior del hablante lírico. Es un modo de redescubrir el espacio e iluminar sus matices, como en las piezas de “Haikus de los apeaderos”: “Meseta sola. / El tren que nunca pasa. / Raíl de sombras”.
 En 2017 llegó a las librerías Cardinales, una muestra poética, un tanto especial, que casi pasó inadvertida, a pesar de editarse en Huerga & Fierro. Estaba coordinada por José Luis Morales e incluía ocho poetas diversos, agrupados en torno a un ciclo celebrado en Madrid, entre 2014 y 2017. Allí estaba María Ángeles Pérez López con doce poemas representativos, bibliografía básica, imagen de la autora y liminar que definía más la personalidad biográfica que el ideario estético. No obstante, en él se trazaban algunos juicios atinados: “un lenguaje de capacidad metafórica y visionaria, que, libro a libro, sin renunciar a su proyección simbólica ni a su brillo analógico, se ha ido tornando en palabra cada vez más precisa, más incisiva, más exacta”.
   
   Verónica Aranda (Madrid, 1982) vivió durante la niñez y adolescencia en Italia y Bélgica, en cuya capital completó el Bachillerato internacional. Licenciada en Filología Hispánica, realizó el doctorado en la Universidad Nerhu de Nueva Delhi, becada por el gobierno indio. Temporalmente compaginó la interpretación de fados con la escritura. Ha preparado traducciones al castellano desde el portugués y el nepalí.
   El corpus poético integra los títulos Poeta en India, Tatuaje, Alfama, Postal de olvido, Cortes de luz, Senda de sauces. 99 haikus, Café Hafa y Lluvias continuas. Ciento un haikus. Rasgos compartidos por estas entregas son la evocación y el recuerdo de itinerarios. Las vivencias retornan trasmutadas para fusionar intimidad y paisajes. Los escenarios del fluir temporal perduran entre las palabras; los versos expanden retazos, rostros, distancias y emociones. Son ecos de una conciencia en vela, con el tono de voz de los regresos.
  La poeta ha empleado el haiku con frecuencia. Su afán creador conoce la singular impronta del esquema japonés para caligrafiar el instante y dar brillo a los elementos entrevistos en la percepción. Así germina una escritura de sensibilidad despierta, introspectiva y atenta al detalle en 99 haikus (2011). Con Lluvias continuas (2014) retorna a la estrofa, sorteando algunos esquemas preconcebidos. El más resistente es el supuesto espíritu japonés de la estrofa, que obliga sin más a un intrusismo mimético de las diecisiete sílabas. Es una especulación errónea y fácilmente desmontable: ni todos los haikus japoneses son iguales, ni los temas son únicos y ni siquiera cada autor se libra de la personal evolución en el tiempo. De este modo, la colecta agrupa cinco franjas, cada una de las cuales lleva como epígrafe un sustantivo y se acoge al magisterio de un autor clásico. El primero, “Camino”, tras la estela de Taneda Santoka, contiene veintinco textos que dejan constancia de los elementos: “Piñas caídas / donde empieza el camino. / Viento en los chopos “. De estos haikus procede el título: “Lluvias continuas. / Las primeras hortensias / han florecido “. Son intuiciones de una voz dispuesta a ser, sin buscar nada. En “Bosque” se asoma la naturaleza; el umbral es un haiku de Chiyo-ni, monja budista, de extrema precocidad que añade al poema la mirada sentimental. El entorno cobija asombro, sacude a quien participa de su belleza y convierte al sujeto en pálido reflejo de lo externo. “Aldea” se nutre de haikus sobre la vida comunitaria. La convivencia reparte quehaceres, y las palabras plasman esa labor del otro o su mera presencia, ya sea en el taller, en las aceras, en el recinto solitario del jardín o junto a la madrasa.     
   El magisterio de Matsuo Bashô abre el apartado “Montaña”. El haiku encarna al caminante que se desplaza sin dirección “porque cada día es un viaje y la casa misma es viaje”. En esta sección, los enunciados dejan la inquietud de un paisaje cambiante, hecho para enlazar pasos y vicisitudes.
   Cierra el libro “Mar” un breve muestrario. La presencia del agua, como espacio de belleza y meditación, inspira textos en los que también está presente el laboreo de los pescadores y el multiforme vitalismo acuático de la fauna marina.
   Lluvias continuas propaga desde el haiku un ideal de belleza. Cobija el perfil de lo transitorio. Da voz a una sensibilidad que parece anteponer la representación a las cosas en sí.  Suena a rumor que calla, porque el sueño siempre es más valioso que lo real. 
   Más allá de su verdad humilde y sensitiva y de capacidad observadora, el haiku contemporáneo es una línea abierta. Lejos de subvertir principios estéticos, la estrofa airea una modulación cambiante, en la que cada escritura incorpora el temblor y la brisa de lo subjetivo. Las palabras nunca suenan neutrales, aportan un arte poética en cuyo contexto se define una personal concepción del haiku con claridad y llaneza. La escritura se sitúa en un territorio fértil y asume una perspectiva. Así sucede con las voces analizadas. Son poetas que convierten al haiku en una proyección de futuro, en una ecuación irresuelta que aleja a sus haikus de cualquier tedio ensimismado. Desde ese impulso persuasivo el trébol del haiku, mínimo, verdecido, sediento,  muestra nuevas hojas. 

JOSÉ LUIS MORANTE




 

sábado, 25 de mayo de 2024

CRISTINA PENALVA PASTOR. LA PALABRA INVISIBLE

La palabra invisible
Cristina Penalva Pastor
Prólogo de María Ángeles Pérez López
Textos de cierre
de
José Pejó Vernis
Ángela Serna
Stefania Di Leo: 
Ediciones La Palma
Boadilla del Monte, Madrid, 2023

 

INTROSPECCIONES


  Frente a la proyección de su gestión organizativa, que ha convertido a Cristina Penalva Pastor en una de los promotoras más activas del entorno cultural de Alcalá de Henares, la estela poética de la escritora es un camino de sombras y permanece inédita casi al completo. En el devenir temporal de las últimas décadas ha colaborado en algunas publicaciones escritas y aparece también en muestras antológicas como Horizontes poéticos, selección traducida al rumano por la poeta y traductora Elisabeta Botan. De la extensa lluvia de inéditos, pese a la persistente vocación creadora, solo emerge la entrega La palabra invisible, un atinado rescate de Elsa López, quien propició  la oportuna vía de acceso al catálogo de Ediciones La Palma.
   La propuesta verbal de Cristina Penalva Pastor, técnica en publicidad y comunicación y responsable editorial de la revista Perfiles, acoge como umbral un cálido apunte prologal de la poeta, ensayista, editora y profesora universitaria María Ángeles Pérez-López. El texto es una meditada reconstrucción de impresiones al paso que alumbra la no pertenencia a etiquetados reduccionistas ni tribus literarias; con profundo anhelo vocacional, quien escribe “habla un idioma propio, telúrico y sideral” que se adensa en lo invisible para sondear el desamparo existencial, la culpada humillación de los sueños que no emprenden vuelo a pesar de su impulso ascensional.
   Sospecho que en la escritura de esta autora, con genealogía armónica como hija y nieta de músicos, el periplo biográfico conforma el mejor acuífero subterráneo de las palabras. El trazado poético busca dentro la razón de escritura, el legado de contingencias verbales que cabe entre las grietas del lenguaje. Con un verso cuajado de imágenes explora lo profundo; ese lugar donde conviven intuiciones y sentimientos, memoria de los propios instantes personales y secuencias que salen a la luz de la memoria con la cadencia reflexiva de lo autobiográfico.
   Creo también que la intensa musicalidad de estos versos muestra afinidades con el desempeño laboral del trabajo en radio que aglutina una extensa experiencia de oralidad como productora, guionista y conductora del programa «LETRA Pequeña» de la Radio Universitaria de Alcalá de Henares, y del programa de Radio Bukowski, «Desde el otro lado del Mar». De ese desvelo por la cadencia, nace en voz baja el aliento del aire, el rumor sosegado del poema que remonta las laderas del silencio para explorar a solas el terco deambular de la conciencia, el desandar de quien invierte la distancia gastada del trayecto para culminar el viaje a la raíz.
   Queda en el mapa de la memoria, cobijada ante cualquier asepsia sombría, el asombro infantil de la niñez, los destellos de una contemplación que buscaba la esencia de las cosas pequeñas. Esa lluvia de pétalos, cálida y acogedora, que alejaba del desamparo y la desolación. Sin embargo, el tiempo, “ese hilo sutil que conecta el tiempo con el tiempo” siembra erosiones y pérdidas y se hace desierto, un expandido mar de dunas en donde se pierde la caligrafía del yo, esa crónica íntima que mimetiza el dolor. La palabra aporta intensidad emocional, necesidad de escribir para mitigar el aislamiento y la sensación de soledad. Da cauce al afán de escritura constante que hace del poema terapia, caligrafía contra el delirio y testimonio: “Veo la poesía en los ojos de la tierra / me arrulla en cada gota que mana / en cada flor que grita hasta el delirio / y tirita en playas de lava incandescente”.
   En la voluntad autobiográfica de las composiciones perdura con paso firme la silueta deforme de la muerte como clausura de la última etapa existencial. Su presencia conforma una continua sensación de temporalidad y finitud, como si fuera inevitable en los episodios vitales mostrar a todos la sencillez de sus secretos. Se suceden en las cadencias textuales las reflexiones y pensamientos; el tantear de la escritura que busca conocer lo inexpresable desde “un arrabal de palabras imprecisas” pero capaz de construir un refugio vital, un arcoíris con techo.
   La edición de La palabra invisible de Cristina Penalva Pastor añade como coda un poema de José Pejó Vernis, escritor que, hasta su ausencia final, hizo de la amistad un tronco fuerte de sensibilidad y coherencia, junto a dos artículos críticos. El primero, “Al abrazo de la luz”, firmado por Ángela Serna, busca en el hilo suelto del poema el discurrir entre lo profano y lo sagrado para que se abra el surco de la palabra y suelte al aire cromatismos y aromas, la sed nunca saciada del adentro más hondo. Por su parte, la profesora universitaria y traductora Stefania Di Leo explora la intensidad imaginativa de La palabra invisible ahondando en un discurso lírico, abierto a una multiplicidad temática, como metáfora de la existencia. En la singularidad del yo reverbera en la conciencia una clara meditación sobre la pérdida y la conmoción que produce habitar la sombra y existir sin entender; a solas se impacientan los pasos del retorno hacia un espejo, una esperanza en gris que abriga en su interior el consuelo tenaz de la poesía.  

JOSÉ LUIS MORANTE



  

sábado, 2 de diciembre de 2023

JUAN SUÁREZ. LAS COSAS NEGADAS

Las cosas negadas
Juan Suárez
Editorial Cisne Negro
Poesía nº 17
Edición al cuidado de Frances Simán
Ilustración interior de José Luis Quesada
Tegucigalpa, Honduras, 2023

 

RAZÓN DE RESISTENCIA

 

  La celebración, en noviembre de 2023, del XV Encuentro internacional de Poesía Paralelo O convocó en Quito y otras localidades ecuatorianas a más de sesenta voces del mapa literario actual, bajo la dirección de Xavier Oquendo Troncoso y el eficaz trabajo de un selecto equipo de colaboradores. En el plantel organizativo sobresale Juan Suárez (Quito, 1993), coordinador literario del evento, poeta, editor del sello “El Ángel editor” y Licenciado en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Ecuador (PUCE) con una investigación sobre la poética de la enfermedad en el quehacer creativo de la escritora, crítica y periodista Ileana Espinel (Guayaquil, 1931-2001). El poeta completó los estudios de Maestría en la Universidad de Salamanca, bajo la dirección de la poeta, investigadora y  profesora titular de Literatura Hispanoamericana María Ángeles Pérez López.
   Es autor de Lluvia sobre los columpios (2014), Hacen falta pájaros (2016), Nos ha crecido hierba (Finalista premio Nacional de Poesía Paralelo O 2018) y El nombre del Alba (Nueva York Poetry Press, 2019). Son títulos que conforman una fértil trayectoria con sitio en balances generacionales como Seis poetas ecuatorianos (Editorial Caletita, México) y en la muestra de lírica española actual Y lo demás es Silencio Vol. II (Madrid, 2016). Así mismo su poesía está presente en el compendio de poetas ecuatorianos «Voices form the center of the world» realizado y traducido al inglés por la poeta estadounidense Margaret Randall.
  En Las cosas negadas, tras la emotiva dedicatoria, una cita de Louise Glück, Premio Nobel de 2020, entronca la propuesta escritural de Juan Suárez con una estética figurativa cuyas coordenadas básicas entrelazan incursiones autobiográficas, el fluir insomne de la observación que se asoma la crónica social y la relación entre el lenguaje y los paisajes interiores de la subjetividad. Así se vislumbra en la obertura fragmentada “Este es nuestro sitio”, a la que pertenecen estos versos: “A veces nos asomamos a la vida / y parece un carnero / que mastica las hierbas que germinaron / cuando el bosque de la esperanza fue quemado. / A veces, / nuestra sangre derrite el granizo en las veredas. / Así seguimos, / buscando, en la geometría más feroz, / la ternura”.
  El autor rastrea en el poema las anotaciones de la evocación. La existencia amanece como un despliegue de conocimientos y cicatrices que se adhieren a la piel del tiempo. Los recuerdos trazan un inhóspito laberinto de sensaciones. Sus signos recobrados alzan sobre los pilares de la memoria un lugar pretérito, nunca idealizado. Muestran un perímetro de lejanías que comparten presencias marcadas por la pobreza, el desarraigo y el tedio que, poco a poco, van conformando la educación sentimental del niño. Un pactado aprendizaje de silencio y soledad que moldea en el discurrir una percepción singular de la existencia.
  En el tramo inicial, la muerte se cimenta como tema esencial. La ceniza aguarda. Los ausentes parecen respirar en medio de la existencia diaria, como si estuvieran petrificados e intensificaran sus conexiones con el entorno reclamando, entre la lluvia de los días, un espacio vacío. Pero este hilo argumental deja sitio a otros elementos que someten al pensamiento a un despliegue de recorridos, a una eclosión de encuentros y destellos emotivos recostados en el sedoso tejido de la imaginación.
   En el recorrido del protagonista verbal lo contingente se impone con fuerza inexorable; hace del anecdotario vital una senda de pérdidas y cicatrices, un poblado periplo de inquietudes que exige a la conciencia que aprenda a sobrevivir, que se refugie tras una razón de resistencia, lejos del tedio y la conmiseración: ”A los que el Gran Escriba de la historia / ha negado una página, /      poesía, / hazles saber que alguien piensa en ellos, / que se los siente caminar / por las enmohecidas calles del alma”.
   Desde esta solidaridad que siente próxima la tristeza sombría de las escombreras, el poema se aferra a las respuestas de un destino sin luz. No quiere inspirar misericordia. Reivindica su derecho al olvido, su inventario de cosas negadas, con la piel áspera y tocada por el frío. Más allá del derrumbe, habita en las palabras la fragilidad de una esperanza. La voz suena a lluvia lenta que moja y tonifica la memoria. En Las cosas negadas Juan Suárez vuelve sobre los días para hablar consigo, para recordar que dentro del ahora habitan un niño, una genealogía de sombras, una casa con luz donde reside una constelación de incertidumbre, un transitar de amanecidas que siempre llega tarde.
 
 

                                                                  JOSÉ LUIS MORANTE




miércoles, 29 de noviembre de 2023

XAVIER OQUENDO TRONCOSO. TIEMPO ABIERTO

Tiempo abierto
Xavier Oquendo Troncoso
Prólogos
de
María Ángeles Pérez López
José Luis Morante
Valparaíso Ediciones
Granada, 2022 

 

SUTURAS CON VOZ


   El trayecto poético de Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, Ecuador, 1972), Periodista y Magister en Escritura Creativa, sobrepasa los treinta años de escritura. Comienza en la década de cierre de siglo con el cuaderno Ahora que soy joven, editado en Quito en 1990 y considerado por su autor como salida exploratoria, de aprendizaje y tanteo; y abarca hasta 2022 una docena de títulos, con presencia fuerte en compilaciones y antologías individuales y colectivas. Las reediciones y los traslados a otras lenguas dejan constancia del compromiso ininterrumpido con el género y de la identidad central que mantiene el poeta en el ámbito lírico en español.
   Su última entrega Tiempo abierto reúne los libros Tiempo abierto y Compañías limitadas y añade prólogos de María Ángeles Pérez López y José Luis Morante. La introducción de la profesora universitaria, recientemente galardonada con el Premio de la Crítica en la modalidad de poesía, opta por el enfoque lírico. Sus páginas aportan una deslumbrante belleza léxica: “Saltan hojas y limones en su libro de nueces sin abrir. Se desperdigan hacia el suelo de la página como raíces en las que el texto crece para señalar lugares inauditos: notas a pie de página que expanden el tiempo…”.  El análisis deja también un demorado sondeo de conexiones culturales que fortalece la inserción de la obra en una tradición plural, de registro polifónico, en las que son itinerarios frecuentados el surrealismo, César Vallejo y el estilo sálmico y luminoso de Walt Whitman.
   Xavier Oquendo Troncoso elige el formato del poema en prosa para mostrar al paso los lugares inauditos de lo vivido, las suturas con voz. Sin la pretensión de continuidad del dietario sentimental, pero con su afán enunciativo, lanza al aire secuencias que iluminan la íntima biografía, que es la que más cosas nos explica, como argumentara Miguel de Unamuno. En esas instantáneas verbales, el pretérito recobra las sendas personales y propicia desplazamientos capaces de convertir los recuerdos en interlocutores fiables. El apartado “Ayer” captura el ademán del aire; abre la ventana a los indicios de un trayecto existencial que se hizo camino hasta el ahora. Todo es evocación y sinestesia. El olor de la casa del padre y la luz amarilla son vigilia sostenida en la casa de la memoria. Desde el primer texto el poeta dilata la semántica argumental con un nutrido paratexto donde aglutina citas, poemas, fragmentos de canciones, recuerdos que dejaron los caminos sinuosos de la lectura, viajes y teselas culturales que conceden la palabra a magisterios esenciales del canon.
   La compilación final “Hoy” se abre con un ejercicio de introspección literaria. Lo metapoético enaltece la fuerza de la escritura y su potestad para fortalecer la textura de lo transitorio. La palabra es estación, rompe los candados del mutismo, muda y regresa, cambia y vuelve los ojos a la lentitud encendida del transitar. El retorno al ahora integra una meditación fragmentada sobre el hecho poético, pero también es una azarosa crónica del pensamiento en libertad. Quien asume la voz verbal hace balance, desempolva recuerdos, recorre la llanura de lo incierto y asume su condición poética acumulando imágenes que convierten los elementos del lenguaje en una invitación al conocimiento y el asombro.
   El texto “Consejos imposibles para un aprendiz” recoge indicios para una poética. En ella prevalece la imaginación frente al discurso dogmático porque “la palabra es una figura que solo conmueve en su sonido, no en su significado. Sólo es válida en su tono, no en sus intenciones”.
   El libro homónimo Tiempo abierto es un compendio de contrastes. Conjuga la actitud confesional autobiográfica con otros registros de conocimiento que proyectan el discurso sobre lo cotidiano. Sus teselas unen realidad y ensoñación para generar un mundo propio, un espacio de pensamiento que diluye nieblas y extravíos, que abre el surco del tiempo para dar suelo firme a lo fugaz.
   La mirada crítica de José Luis Morante sirve de pórtico a Compañías limitadas, cuya primera edición se realizó en 2019. El poeta y crítico abulense recalca el sentimiento amoroso como núcleo germinal de las composiciones. El amor moldea la conciencia reflexiva del hablante verbal que se convierte en paisaje especulativo y cambiante. El enfoque emotivo no desdeña la ironía, como mirador distanciado, aunque la implicación reflexiva es continua al abordar el largo recorrido, desde los primeros hilos de la amanecida hasta los senderos de la incertidumbre, cuando la intemperie aguarda para cubrir la piel con el relente de la soledad.
   Xavier Oquendo Troncoso da a su entrega un carácter dual y compila las composiciones en dos apartados, aparentemente contradictorio: “las compañías” y “Las soledades”. En la composición inicial “Afectos Cia. Limitada” la red tendida del sentir emocional entrelaza en sus manos la cartografía del estar compartido. La excelente composición deja en su desarrollo argumental la sensación de que existir requiere la presencia cumplida del afecto, la respiración del otro como permanencia y hábito estable. Desde ese umbral del nosotros, las palabras trazan una estela expresiva que sustituye el intimismo coloquial por una dicción torrencial, densa, vestida de sugerencias que añade onirismo, rupturas de lugares comunes y comparaciones sorprendentes. El resultado es un cúmulo de sensaciones, un espejo fiel en el que encuentra cobijo una conciencia en vela, que resguarda la proximidad del otro.
   Pero se impone lo transitorio en el estar y hay que recomponer itinerarios y habitar, en la zona de sombras del idioma, nuevos pasillos. Se recuperan en los poemas presencias familiares, homenajes a magisterios y evocaciones cuyos acordes no ha debilitado el tiempo. Y nunca falta en los versos la indagación sobre el sentido existencia en esa larga senda hacia la madurez crepuscular: “El futuro es siempre gloria entre comillas, / es firme expectativa en la barcaza que me lleva / por el lago anaranjado de mi astucia. / No es firma ni pacto ni protocolo ni arbitraje. / No es que me conservo en el hielo / ni que Dorian Grey hizo su viaje de tuerca”.
  El conjunto “Las soledades” recoge los átomos dispersos de la convivencia. El balance deja la sensación de una vida a medio hacer, donde los instantes felices se escribieron con frágiles garabatos. Desde esa orfandad emerge una soledad estatuaria, fría, que busca agua potable en las palabras y en la música.
  Los poemas de la sección metaliteraria “La poesía” establecen un diálogo conjetural con la creación; el taller literario, con sus modos y formas, es una invitación a la felicidad, una propuesta de recorrer un paisaje abarcable de ángulos e itinerarios inéditos. Las palabras expanden realidad, sacan a la imaginación a mediodía y recorren, con paso silente, el pensamiento para que nunca sea tierra baldía.
   En su diversidad, ambos libros, Tiempo abierto y Compañías limitadas, comparten el rico contexto verbal y la tendencia a la reflexión introspectiva como vitalidad y génesis del enjambre temático. La mirada al yo es expansiva y dinámica; acoge también innovadoras perspectivas y latitudes del entorno; es expresión de un destino asumido que purifica y da serenidad, que pone suelo firme a un presente huidizo mientras modula una canción que aleja el frío.

JOSÉ LUIS MORANTE



 

 

 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

XAVIER OQUENDO TRONCOSO. TIEMPO ABIERTO

Tiempo abierto
Xavier Oquendo Troncoso
Prólogos de
María Ángeles Pérez López
José Luis Morante
Valparaíso Ediciones
Granada, 2022

 

SUTURAS CON VOZ
 
 
   El trayecto poético de Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, Ecuador, 1972), Periodista y Magister en Escritura Creativa, sobrepasa los treinta años de escritura. Comienza en la década de cierre de siglo con el cuaderno Ahora que soy joven, editado en Quito en 1990 y considerado por su autor como salida exploratoria, de aprendizaje y tanteo; y abarca hasta 2022 una docena de títulos, con presencia fuerte en compilaciones y antologías individuales y colectivas. Las reediciones y los traslados a otras lenguas dejan constancia del compromiso ininterrumpido con el género y de la identidad central que mantiene el poeta en el ámbito lírico en español.
  Su última entrega Tiempo abierto reúne los libros Tiempo abierto y Compañías limitadas con prólogos de María Ángeles Pérez López y José Luis Morante. La introducción de la profesora universitaria, recientemente galardonada con el Premio de la Crítica en la modalidad de poesía, opta por el enfoque lírico. Sus páginas aportan una deslumbrante belleza léxica: “Saltan hojas y limones en su libro de nueces sin abrir. Se desperdigan hacia el suelo de la página como raíces en las que el texto crece para señalar lugares inauditos: notas a pie de página que expanden el tiempo…”.  El análisis deja también un demorado sondeo de conexiones culturales que fortalece la inserción de la obra en una tradición plural, de registro polifónico, en las que son itinerarios frecuentados el surrealismo, César Vallejo y el estilo sálmico y luminoso de Walt Whitman.
  Xavier Oquendo Troncoso elige el formato del poema en prosa para mostrar al paso las suturas con voz. Sin la pretensión de continuidad del dietario sentimental, pero con su afán enunciativo, lanza al aire secuencias que iluminan la íntima biografía, el intervalo que más cosas nos explica, como argumentara Miguel de Unamuno. En esas instantáneas verbales, el pretérito recobra las sendas personales; propicia desplazamientos capaces de convertir los recuerdos en interlocutores fiables. El apartado “Ayer” captura el ademán del aire; abre la ventana a los indicios de un trayecto existencial que se hizo camino hasta el ahora. Todo es evocación y sinestesia. El olor de la casa del padre y la luz amarilla son vigilia sostenida en la piel fragmentada de la memoria. Desde el primer texto, el poeta dilata la semántica argumental con un nutrido paratexto. En él aglutina citas, poemas, fragmentos de canciones, recuerdos que dejaron los caminos sinuosos de la lectura, viajes y teselas culturales que conceden la palabra a magisterios esenciales del canon.
  La compilación final “Hoy” se abre con un ejercicio de indagación literaria. Lo metapoético enaltece la fuerza de la escritura y su potestad para fortalecer la textura de lo transitorio. La palabra es estación, rompe los candados del mutismo, muda y regresa, cambia y vuelve los ojos a la lentitud encendida del transitar. El retorno al ahora integra una meditación fragmentada sobre el hecho poético, pero también una azarosa crónica del pensamiento en libertad. La voz verbal hace balance, desempolva recuerdos, recorre la llanura de lo incierto y asume su condición poética, acumulando imágenes que convierten los elementos del lenguaje en invitación al conocimiento y el asombro.
   El texto “Consejos imposibles para un aprendiz” recoge indicios para una poética. En ella prevalece la imaginación frente al discurso dogmático porque “la palabra es una figura que solo conmueve en su sonido, no en su significado. Sólo es válida en su tono, no en sus intenciones”.
  El libro homónimo Tiempo abierto es un compendio de contrastes; conjuga la actitud confesional autobiográfica con otros registros de conocimiento que proyectan su discurso sobre lo cotidiano. Sus teselas unen realidad y ensoñación para generar un mundo propio, un espacio de pensamiento que diluye nieblas y extravíos, que abre horizontes a la contemplación.
   La mirada crítica de José Luis Morante sirve de pórtico a Compañías limitadas, cuya primera edición se realizó en 2019. El poeta y crítico abulense recalca el sentimiento amoroso como núcleo germinal de las composiciones. El amor moldea la conciencia reflexiva del hablante verbal que se convierte en paisaje especulativo y cambiante. El enfoque emotivo no desdeña la ironía, como mirador distanciado, aunque la implicación reflexiva es continua al abordar el largo recorrido, desde los primeros hilos de la amanecida hasta los senderos de la incertidumbre, cuando la intemperie aguarda para cubrir la piel con el relente de la soledad.
   Xavier Oquendo Troncoso da a su entrega un carácter dual y compila las composiciones en apartados aparentemente contradictorio: “las compañías” y “Las soledades”. En la composición inicial “Afectos Cia. Limitada” la red tendida del sentir emocional entrelaza en sus manos la cartografía del estar compartido. La excelente composición deja en su desarrollo argumental la sensación de que existir requiere la presencia cumplida del afecto, la respiración del otro como permanencia y hábito estable. Desde ese umbral del nosotros, las palabras trazan una estela expresiva que sustituye el intimismo coloquial por una dicción torrencial, densa, vestida de sugerencias que añade onirismo, rupturas de lugares comunes y comparaciones sorprendentes. El resultado es un cumulo de sensaciones, un espejo fiel en el que encuentre cobijo una conciencia en vela que resguarda la proximidad del otro.
  Pero se impone lo transitorio en el estar y hay que recomponer itinerarios y habitar en la zona de sombras del idioma nuevos pasillos. Se recuperan en los poemas presencias familiares, homenajes a magisterios y evocaciones cuyos acordes no ha debilitado el tiempo. Y nunca falta en los versos la indagación sobre el sentido existencial, en esa larga senda hacia la madurez crepuscular: “El futuro es siempre gloria entre comillas, / es firme expectativa en la barcaza que me lleva / por el lago anaranjado de mi astucia. / No es firma ni pacto ni protocolo ni arbitraje. / No es que me conservo en el hielo / ni que Dorian Grey hizo su viaje de tuerca”.
  El conjunto “Las soledades” recoge los átomos dispersos de la convivencia. El balance deja la sensación de una vida a medio hacer, donde los instantes felices se escribieron con frágiles garabatos. Desde esa orfandad emerge una soledad estatuaria, fría, que busca agua potable en las palabras y en la música.
  Los poemas de la sección metaliteraria “La poesía” establecen un diálogo conjetural con la creación; el taller literario, con sus modos y formas, es una invitación a la felicidad, una propuesta de recorrer un paisaje abarcable de ángulos e itinerarios inéditos. Las palabras expanden realidad, sacan a la imaginación a mediodía y recorren, con paso silente, el pensamiento para que nunca sea tierra baldía.
   En su diversidad, ambos libros, Tiempo abierto y Compañías limitadas, comparten el rico contexto verbal y la tendencia a la reflexión introspectiva como vitalidad y génesis del enjambre temático. La mirada al yo es expansiva y dinámica. Acoge en su vuelo innovadoras perspectivas y latitudes del entorno. Es expresión de un destino asumido que purifica y da serenidad, que pone suelo firme al presente huidizo, mientras modula una canción que aleja el frío.
 
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 

 

miércoles, 16 de octubre de 2019

EDDA ARMAS. FRUTA HENDIDA

Fruta hendida
Edda Armas
Prólogo de María Ángeles Pérez López
Cubierta e imágenes interiores de Fernando Adam
Kalathos Ediciones
Madrid, 2019



APETITOS, RENUNCIAS


   La presencia de Edda Armas (Caracas, 1955) en el espacio lírico de Venezuela se define muy pronto, en 1975, cuando sale al día su primera cosecha Roto todo silencio. El libro aglutina casi cincuenta textos que enlazan aporte sensorial e indagación reflexiva. Así nacía un discurrir fecundo formado hasta el presente por dieciséis poemarios. Un cuerpo sólido que ha recibido notables reconocimientos y está representado en antologías como la imprescindible Rasgos comunes, poesía venezolana del siglo XX (Pre-Textos, 2019), con selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni. En esa muestra se define un breve ideario de Edda Armas, psicóloga social, gestora de eventos culturales, profesora de talleres, editora, antóloga y poeta, y se apunta el giro de trayecto desde una expresión concisa hacia un ángulo de visión con mayor densidad narrativa.
  El camino personal integra en 2019 Fruta hendida, salida que cuenta con el prólogo “Si la memoria es una fruta y es un país” de María Ángeles Pérez López, poeta, profesora universitaria del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Edda Armas refuerza el carácter simbólico del título con un aforismo acogido entre las líneas iniciales: “escribe en el deseo de hilvanar lo esencial con memoria de espinas”. Con selecta dicción, el prólogo enuncia que Fruta hendida, cuya imagen de cubierta reproduce un hermoso bodegón de Fernando Adam, hace de las líneas del discurrir contenida materia de lenguaje. Lo real muda en lo inasible intacto; perdura, permanece, se asienta en los pliegues de la evocación como atinada valoración del instante. Al cabo, como escribe Sylvia Miranda en el poema “Arar”: “Toda fruta es una palabra”.
   En el apartado “Cuando evocar se hace fruta” el sujeto poético incide en el desgaste horizontal del tránsito, hecho anclaje de grietas y erosiones. Aún así, los elementos cercanos, con su textura heterogénea, asoman a la mirada del yo como terapias sensoriales capaces de alejar los fantasmas mudos del conformismo. Nunca son formas ornamentales. La belleza está ahí, tangible y transparente, mostrando al sol el hilo de la vida propicia a conjurar el infortunio. Los poemas no ocultan las derruidas paredes, pero tras las grietas del día perciben una hondura fértil en la que se cobija la esperanza. En el interior de las palabras nace un querer renacer, una energía etérea, como el pasar mudable de las nubes, donde adquieren fuerza brotes nuevos. Lo perdido retorna, compone dentro un paisaje interior, es una fruta hendida que contiene la pulpa vivencial de la experiencia y la claridad sensible del retorno. Esa sensación de patrimonio intacto abre los sentidos a una contemplación gozosa de frutos y aromas. Queda todavía mirar hacia adelante: “Las flores abiertas nunca secan”.
   La sección “Carbunclo de fructosa” integra una línea aclaratoria:”Seres que arrima la marea”. Es una clave iluminadora que advierte de quiénes son los protagonistas que habitan los poemas. Así, la composición “Mar de origen” alienta un homenaje al padre, el escritor Alfredo Armas Alfonzo, protagonista de un recorrido literario ejemplar. Se advierte de inmediato el impulso germinal en la vocación de Edda Armas, quien también se hace indagación en el poema a partir del nombre propio. Son compañía en el libro abierto de la memoria el recuerdo de Elizabeth Schön, la callada vigilia de árboles y pájaros en ese jardín umbrío que siembra los recuerdos de aromas familiares, o la arquitectura castellana de Salamanca. En ella, la piedra tallada grava, con terquedad, el sueño transitorio de monstruos, mitologías y personajes históricos. Retornan ecos de Fray Luis de León y Miguel de Unamuno; llegan hasta el ahora como sueños recurrentes y transitorios que a nadie pertenecen.
   A esa sucesión de perfiles se incorporan Francisco de Asís, Tamara del Jesús o Frida Kalho. Son voces que perseveran como fragmentos mínimos de otros días y que dejan su lección vital sobre lo desvaído, como si fuesen manos que sostienen y dan raíces a los días marcados por la desposesión.
   Como estación final del poemario, el apartado “Si fruta fuese país” expande una meditación sobre el dolor. La sensorial metáfora que enlaza fruta y país se resiste al derrame del gris sobre las cosas. Se perciben en el árbol familiar las raíces secas y crecen las ausencias. Es necesario sujetarse al vacío y encontrar casa en otra parte. Quien permanece, soporta el filo punzante de las despedidas o mira el caos con las pupilas de la infancia, en cuyo trasfondo duerme en silencio la conciencia carnal de la experiencia.
   Fruta hendida conforma un cuerpo tonal de colores y luz frente al abatimiento y la disgregación. Niega la desoladora contingencia de un tiempo de derrumbes para mirar una naturaleza esclarecida por la belleza y el conocimiento. Hace de la palabra un sentir vivo de canto y esperanza, de regresos que vuelcan su mirada en el cristal del tiempo.




sábado, 11 de mayo de 2019

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. DIECISIETE ALFILES

Diecisiete alfiles
María Ángeles Pérez López
Abada Editores
Madrid, 2019


PUNTOS DE FUGA


   En el proceso creador de María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) la poesía tiene amplio cultivo y está representada en varias antologías, como las recientes Algebra de los días y Jardin€s excedidos. El libro Diecisiete alfiles (2019) es su primera entrega monográfica dedicada al haiku. Así lo constata el liminar “La vida muy urgente” que escribe Erika Martínez. La poeta, aforista y profesora aborda el acercamiento a la senda cultural japonesa desde la superación de actitudes excluyentes de purismo y cautela. Hay un contacto directo con el minimalismo del trébol verbal en el que la palabra toma cuerpo para mostrar carácter matérico y el perfil peculiar de su endogamia. Esa energía interior no anula el subjetivismo sino que lo transforma en pulsión que deja sitio a la paradoja y al magma conceptual.
  Como si los enunciados poéticos obedecieran a indicios aurorales, Diecisiete alfiles alumbra un amanecer transformado en espacio germinativo. Así se percibe en la serie de inicio en cuyos puntos de fuga resalta también el recurso de la rima asonante que deja en los textos otro signo personal, ajeno al legado clásico: “Luz que levanta / su proa, su rompiente / su espuma blanca”. También la subjetividad se vislumbra en el rigor orgánico; la escritora yuxtapone treinta y dos series que reiteran la misma cantidad de textos y los itinerarios circulares en torno a un concepto.
  Frente al despliegue sensorial, la realidad postula un terreno cuajado de elementos visuales, texturas y formas. Su estatismo aparente emite señales que la conciencia en vela transforma en cadencias de ánimo e hilvanes emotivos. Leemos en “Haikus de la soga”: “Esparto ronco / que agita entre sus hebras / la flor del odio”; “Corcel torcido / del que caen las palabras / y los mendigos”. Pero, no se trata de describir ni de hacer del entorno un mirador al alcance de un testigo anónimo, sino de conexionar emociones y pensamientos para dar voz al lenguaje. Se subraya, de este modo, el afán metaliterario que formula una cumplida poética: “Ser verso suelto / lumbre que desordena / cada destello”.
  Esa apelación a los objetos como presencias que certifican la condición perecedera del yo, convive con uno de los núcleos básicos de la tradición del haiku: el viaje. El discurrir biográfico es tránsito, desplazamiento, senda que convulsiona el interior del hablante lírico. Es un modo de redescubrir el espacio e iluminar sus matices, como en las piezas de “Haikus de los apeaderos”: “Meseta sola. / El tren que nunca pasa. / Raíl de sombras”.
  Como si asistiera al gotear del tiempo, el haiku se hace cadencia; caligrafía al mismo tiempo la contemplación y la entrega, con la conciencia del paseante implicado:”Jornal menguado. / Expoliación, centella, / miedo y resguardo”; “Sol extramuros. / Esquinada certeza  / contra lo oscuro”. La flexible estrofa no olvida tampoco el eco bibliográfico, esa voz que resuena en el mar de la lectura: Emily Dickinson, Robert Frost, Rosario Ferré, Gloria Fuertes; o la poetización de lo cotidiano, como se muestra en el haiku que llena de belleza el gimnasio y que busca el asombro de las palabras en una bicicleta estática: “Niña del aire / que quedó condenada / a ser anclaje”; “En su estructura / de viento y de aluminio / duermen las dunas”.
   La escritora justifica algunas claves de esta incursión en el arte de la modestia con un epílogo final, donde comenta que la incansable belleza tripartita invita al tanteo y a la disidencia, amover pieza en el tablero de la experimentación. Y tiene razón: es otro tiempo y otro espacio. El exotismo se ha remansado y es ahora un elemento más, capaz de dialogar con la soleá y otras formas poéticas breves. Los haikus de María Ángeles Pérez López nacen de un afán expresivo austero y esencial, pero nunca exento de inquietud cognitiva y epidermis sentimental. Su estela mínima muestra un despliegue argumental en el que se integran destellos vivenciales y el discurrir estacional del tiempo, la interrogación metapoética y el enfoque solidario de la convivencia social. En los contados pasos de Diecisiete alfiles se hace fuerte una íntima indagación, una inmersión en los rincones de la identidad que siempre deja en los espejos del poema el vuelo existencial. La conciencia y los signos de una biografía interior que busca expresarse con palabras mudas. 


  



miércoles, 18 de abril de 2018

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. JARDIN(E)S EXCEDIDOS

Jardin(e)s Excedidos
María Ángeles Pérez López
Edición bilingúe con traducción al portugués de
Carlos d'Abreu
Lema d'Origem
Carviçais, 2018 


ANDAMIOS INTERIORES


   En 2017 llegó a las librerías Cardinales, muestra poética, un tanto especial, que casi pasó inadvertida, a pesar de editarse en Huerga & Fierro. Estaba coordinada por José Luis Morales e incluía ocho poetas diversos, agrupados en torno a un ciclo celebrado en Madrid, entre 2014 y 2017. Allí estaba María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) con doce poemas representativos, bibliografía básica, fotografía en primer plano y liminar entusiasta, que definía más la personalidad biográfica que el ideario estético. No obstante, en él se trazaban algunos juicios atinados:“un lenguaje de capacidad metafórica y visionaria, que, libro a libro,  sin renunciar a su proyección simbólica ni a su brillo analógico, se ha ido tornando en palabra cada vez más precisa, más incisiva, más exacta”.
  La edición bilingüe Jardin(e)s Excedidos, con versión al portugués de Carlos d’Abreu, completa una indagación del singular verbo poético a partir de 28 poemas de distintos momentos creadores. No se cita la procedencia de los mismos, una carencia que se reitera también en antologías más amplias como la reciente Algebra de los días, con traslado al italiano de Emilio Coco, publicada en Rimini en 2017 por Raffaelli Editore.
 Así que me parece necesario ubicar la cronología lírica de María Ángeles Pérez López cuya presencia en el ahora poético arranca en 1997 con Tratado sobre la geografía del desastre. Aquella entrega, hilvanada con algunos magisterios esenciales como Vicente Huidobro, César Vallejo y Claudio Rodríguez, interroga la memoria para dejarnos una conjunción de imágenes que habla de intimidad y erotismo, que se aleja del verso referencial para apostar por la sugerencia y el soplo entrevisto del onirismo: “Los nombres de unicornios maldicientes / guardan olor de labios empolvados / o pedazos de semen para el tedio. / También nuestras ratas más ocultas / tienen derecho a un párpado y a ortigas / para acallar las voces del deseo.” En los versos cabe el temblor de las sensaciones y ese destello luminoso de quien dibuja andamios interiores. Dicha salida tuvo una continuidad inmediata. Un año después aparecía, tras ganar el Premio Tardor, La sola materia (Alicante, 1998). Desde un objetivismo sentimental que busca despojar la materia de cualquier hermetismo, los poemas abren un escaparate perceptivo. Quedan expuestas las marcas del origen, las palpables formas de las cosas como garantes de quietud intacta donde se acumula una superficie de rutina y tránsito. También se reconoce una sensibilidad femenina aplicada en tareas que han ido definiendo en el tiempo esa labor diaria que desprende trazos volátiles de un universo personal, cuajado y vivo.
   Carnalidad del frío, reconocido con el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz abre una nueva senda escritural. La voz reflexiva explora desde dentro el lenguaje. El poema se hace más incisivo, mira sobre si mismo para hallar la razón que sostiene los significados. La intemperie deja su peso sobre el presente y expande una atmósfera de soledad y pérdida en la que la identidad solo encuentra refugio tras el muro de signos que las palabras alzan. Ya en 2004 aparece La ausente, una entrega en clave autobiográfica. Con voz directa y foco indagatorio, se expande en los poemas  el temblor perceptible del devenir. El acto de ser contiene en sus repliegues un sesgo paradójico; sus contraluces cobijan las sombras del dolor y las certezas mínimas de una memoria espesa y fragmentada.
   Los cuatro libros citados, escritos entre 1995 y 2009, se integran en el volumen Catorce vidas (Diputación de Salamanca, 2010). El conjunto se define, desde la mirada crítica del poeta, ensayista y traductor Eduardo Moga como un legado fuerte en el que resaltan como signos diferenciales la investigación de la forma, la decidida inmersión en los tumultos del cuerpo y el empleo de un lenguaje incisivo y metafórico.
  Son caracteres que perseveran en los nuevos pasos. Integrado en Olifante en 2012, Atavío y puñal despliega composiciones que hacen de la identidad subjetiva un núcleo argumental recurrente. Es una entrega esencial por su despliegue verbal y por la densidad semántica de un lenguaje muy rico, que borra los rasgos concretos de la intimidad para moldear un arquetipo de la mujer, un yo paradigmático en el que caben el dolor y la mujer rota, la belleza corporal, el aprendizaje de la decepción y la felicidad de la búsqueda. En la excelente resolución argumental, el cuerpo habitado por la enfermedad concita una anónima memoria en el que la metástasis se define como una abrasiva lengua purulenta que precipita una insólita intensidad reflexiva.
   Su último quehacer autónomo, Fiebre y compasión de los metales se impulsó en 2016, en la colección poética del sello Vaso Roto. La fluencia verbal de Juan Carlos Mestre, con intensa dermis lírica, incide en el latido que tiende puentes entre materia y simbología para espaciar lugares propios en los que se refleje el alma del mundo; nunca faltan en la razón del poema las correspondencias éticas y las interrogaciones solidarias que hacen de los linderos de la realidad signos caligrafiados y desvelos, con nuevas zonas de significado.   
   Peo la escritura de estos poemarios no se enrosca sobre sí misma; se expande en frecuentes compilaciones que confunden en su desarrollo pasado y presente y que rescatan a las composiciones de su estar orgánico para que de nuevo restauren sus significados y confluyan en otras lecturas. Así nace la compilación Jardin(e)s Excedidos.  Concebida como una breve antología temática, Jardin(e)s Excedidos define un territorio en el que sopla con vehemencia la subjetividad del ser femenino. Los contenidos sondean las características reales y simbólicas, enfocan perspectivas ideológicas y abordan actitudes que subrayan características genéricas. De este modo el ser femenino se construye desde un aprendizaje lento y sostenido. Nace así una disciplina del temblor que debe superar una supuesta culpa primigenia, como ángeles caídos, como nombres alados que buscan sitio  y quietud en el aire al paso del invierno. 
   En la conciencia creadora de María Ángeles Pérez López nos admira el compromiso con la existencia de un sujeto verbal definido por la calidez de un lenguaje exigente y expandido en sus significados. Poesía que nunca pierde la firme voluntad de ahondar y esclarecer en los andamios del proceso vital, mientras el tiempo fluye.