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lunes, 24 de julio de 2023

PAULA BOZALONGO. LA PIEL DE LA NARANJA

La piel de la naranja
Paula Bozalongo
Prólogo de Frank Báez
Ediciones Hiperión / Poesía
Madrid, 2022


 FOTOGRAMAS

 

   Antes de abordar la lectura de La piel de la naranja de Paula Bozalongo (Granada, 1991, arquitecta y poeta, recuerdo dos circunstancias íntimamente ligadas al trayecto poético de la escritora: la obtención del XXIX Premio de Poesía Hiperión en 2014 y el Premio Bridges of Struga, concedido por la Unesco en el Festival de Poesía de Struga (Macedonia) a la mejor amanecida de una voz nueva, con el libro Diciembre y nos besamos (Hiperión, 2014). Los reconocimientos impulsaron una excelente acogida crítica y la presencia en antologías como Re-Generación (2016) que la ubicaba entre los nombres propios más representativos del ahora poético. Pero la poeta no cambió el paso y siguió trabajando a ritmo lento, mientras concluía sus estudios de arquitectura. Ese transitar sosegado deja ahora una nueva estación poética de la que Ángeles Mora, en su luminoso apunte de contracubierta, escribe: “Desde el comienzo del libro, la autora se sitúa dentro de una genealogía familiar que la llevó y la lleva de la mano, pero de la que tenía que ir despegándose inevitablemente hasta poder construir el territorio propio, es decir, su necesaria soledad”.
   Sirve de umbral a La piel de la naranja una indagación introductoria  del poeta, narrador y cronista dominicano Frank Báez.  Desde la anécdota del primer encuentro entre ambos escritores en un festival de Bogotá va naciendo un magma literario de complicidad que se asienta en un conocimiento profundo de esta propuesta, a la que ha visto crecer con un “tono sobrio, ordenado y preciso” que tiene algo de tabla de naufragio donde soportar a solas la intemperie. Por tanto, es un libro en el que se entrelaza la experiencia personal y la escritura como asentamiento y equilibrio del transitar del tiempo. ​
  La voz poética se alía con el despojamiento expresivo para recorrer un itinerario de conocimiento. El poema escucha; sondea el rumor confidencial que hace recuento de pérdidas y ausencias: “Los desperfectos hacen / incómoda una casa / pero aquellas presencias que no acaban de irse / la hacen inhabitable”. El dolor y la sombra abren rincones que convulsionan todas las palabras. La emoción se hace un registro fuerte, un puente esencial de acercamiento al yo interior y las contingencias de la realidad como molde del espacio vital. Quien percibe toma conciencia de que lo que sucede es grave y significativo, agrieta la calma y envuelve en sombra lo que toca. La enfermedad se hace estridencia, retumba en cada célula y deja un mensaje de finitud e impotencia en un hablante con una identidad conformada de sustratos emocionales y perspectiva filial. La madre es el centro del poema y quien escribe no puede desprenderse del limo turbio de la enfermedad, una presencia inesperada que provoca el dolor y la queja, las erosiones del derrumbe, como si el miedo fuese el único cordón umbilical. Testigo de un tiempo desapacible, la palabra se hace insistente evidencia y lugar de encuentro del propio latido: “Somos un par / de magnitudes físicas observables. / Somos nada, / principio de incertidumbre / que necesita al otro / para encontrar su sitio: / solo en sus ojos, / solo entre sus manos”.
   El camino argumental integra, junto al habitual poema breve, algunas composiciones en prosa poética en las que se evidencia la textura reflexiva. Es el caso de “Todas las casas están torcidas…” cuyo texto refleja una nítida sensibilidad onírica conectada con el discurso arquitectónico: ese equilibrio inestable es una manera de percibir la realidad que recuerda el sentir lírico de Joan Margarit cuando afirmaba que la poesía requiere un cálculo de estructuras; es un empeño en encontrar la máxima resistencia con los mínimos materiales. Paula Bozalongo también nos deja su propia poética: en “Jarabe contra el ruido””: “Escogí la poesía / por la ficción honesta, / por ser un ritmo ajeno / al miedo de los días. / Escogí la poesía / porque hace de cada lágrima / un frasco de jarabe contra el ruido, / y advierte su prospecto: / en esta irrealidad / también son imposibles los finales “.
   El poema que da título al libro deja en primer plano los rasgos nucleares de La piel de la naranja desde una anécdota infantil: la búsqueda incesante de la perfección que dé sentido a un tiempo de intemperie y soledad. Más que un juego infantil, pelar una naranja suponía cortar la piel como un camino continuo sobre la cáscara expandida e ilesa, dispuesta a mostrar su longitud en espiral.
   Paula Bozalongo explora en su poesía la soledad congénita del ser y también la pulsión expresiva del pasado. La pérdida del añorado entorno familiar obliga a buscar nuevas raíces y alzar los muros de otra casa que afronte una implacable resistencia al tiempo. El tono confidencial del poema, despojado, escueto y esencial, nunca pierde la conciencia de lo temporal. El afán introspectivo descubre un miedo silente que obliga a buscar compañía y complicidad en otras pupilas que conforman la periferia del yo. Todo es transitorio y perecedero. Y hay que esforzarse en mantener ilesa la piel de la naranja o sumar sus fragmentos, como si nada hubiera sucedido.


JOSÉ LUIS MORANTE


martes, 17 de junio de 2014

PAULA BOZALONGO. AURORA.

Diciembre y nos besamos
Paula Bozalongo
XXIX Premio de poesía Hiperión
Madrid, 2014

LA PERCUSIÓN DEL TIEMPO
 
   El Premio Hiperión de poesía es un certamen proclive al descubrimiento. En sus mejores convocatorias suele dejar sobre el tablero nombres desconocidos que pasan a convertirse a corto plazo en esperanzada realidad. Así ha ocurrido en la XXIX convocatoria, que premia el libro Diciembre y nos besamos, epifanía poética de Paula Bozalongo.
   La escueta biografía apenas deja sitio a dos o tres pormenores. La poeta ha nacido en 1991 en Granada y es estudiante de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Nos hallamos, sin más, ante una primera entrega, sin los titubeos previos de cuadernillos o colaboraciones en revistas, que recurre para iniciar trayecto a dos pilares: Wislawa Szymborska y Joan Margarit, dos estéticas que aglutinan intimidad existencial y coloquialismo.  También la poética de Paula Bozalongo apuesta por el deje confesional y el poema breve; sus versos se caligrafían con la tinta natural del diálogo que hace del encuentro con el interlocutor una confidencia: "estamos en diciembre / y hay tormentas que rasgan / su duelo en el cristal / para que no te olvides / de quererme en invierno ".
   Con buscada sencillez, los poemas recurren los meandros del cauce sentimental, esas orillas dispersas que van quedando al filo de los días y conforman el patrimonio sentimental de cada identidad, aunque no falta la mirada al entorno y la percepción del desajuste. Por ejemplo, esa inquietud que expande el callejero erosionado de Sarajevo, marco de la barbarie de la guerra de los Balcanes, y escenario permanente de la mejor poesía de Izet Sarajlic.
   En los rastros del instante habitan sensaciones encontradas y de nuevo en Diciembre y nos besamos el cauce argumental explora la temporalidad y su relación con la vida diaria en sus rincones más umbríos. La ausencia propaga vacío, esconde soledad y frío, deja en la sombra el humo alarmado de la incertidumbre. Y esa temperatura en la conciencia encuentra su reflejo en el poema porque cada verso es la formulación de un derecho de réplica, hace que nos escuche la percusión del tiempo. Es sabido que la poesía es un asunto de palabras justas, de voces que iluminan y escriben con pulsión firme en el papel incierto de las horas.
  Paula Bozalongo acaba de llegar, pero llama a la puerta de la poesía con gesto sereno y contundente. Diciembre y nos besamos ofrece una certera muestra de poesía cristalizada en torno a los alrededores del amor. Para que un poeta sea él mismo, siempre igual y siempre diferente, necesita fijar su voz  en la página escrita; esta amanecida desprende ilusión y esperanza, la nítida estela de una voz nueva.