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jueves, 9 de enero de 2025

ARACELI FERNÁNDEZ LEÓN. CANTAR PARA NADIE

Cantar para nadie
Araceli Fernández León
X Premio internacional de poesía José Zorrilla
Ediciones Hiperión Poesía
Madrid, 2024
 

 EVOCACIONES Y HERIDAS


    Casi instalada en la madurez vital de los cuarenta, Araceli Fernández León (Villanueva de Córdoba, Córdoba, 1972) inicia andadura lírica en 2019, cuando aparece su primera obra Cartas a Lara en la editorial La Fuente vieja; en el mismo catálogo vería la luz dos años más tarde La hormiga roja. Ambos libros acogían una voz que adquiere notable resonancia en su tercer andén Cantar para nadie, al ganar la décima convocatoria del Premio internacional de poesía José Zorrilla.
   La aparente penumbra de pesimismo existencial que genera la expresión “Cantar para nadie” se refuerza con las dos acertadas citas que sirven de pórtico al poemario; una, de José Lezama Lima: ¿Oye alguien mi canción?” y otra  desgajada de la tradición popular del romancero, con los conocidos versos del Romance del Conde Arnaldos: “Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va?”.
   En primera persona emerge con fuerza el sentir explícito del protagonista verbal desde la composición “La cantora” con un texto cuajado de onirismo e imágenes elegíacas sorprendentes: “Yo era piedra y eché a volar. / Pero la gravedad sembró su fruto / en mi vientre. / Después de nueve meses / di a luz un desierto. / Caminé sobre él durante cuarenta días / y ni una sola llaga “.
   Pronto sobrevuela en las composiciones una sensación de reencuentro con el pasado. Los recuerdos transcienden los límites marcados por el presente para recuperar un entorno doméstico, poblado de imprescindibles presencias sentimentales, donde el itinerario vital remansa emociones sobre lo cotidiano. El poema se hace razón serena para mostrar su plenitud afectiva con la figura del padre o explora las hendiduras del  dolor cuando la madre se hace pérdida y ausencia.
  Ese diálogo con la naturaleza frágil y vulnerable de la existencia se reitera en otras composiciones como “Prótesis” o “La casa y yo”, donde la estela de la muerte llueve sobre la memoria una nube de frío, un dilatado paréntesis de silencio que se empeña en recordar las raíces y aquellas pequeñas posesiones que definían un territorio propio. La voz poética se siente fuerte para adentrase en el transitar de los relojes y abrir ventanas a un ayer que poco a poco se diluye en otras manos. Sin embargo, la poesía sigue fluyendo hasta componer una segunda biografía, un quehacer ilustrado con las contingencias del existir, al tiempo que recuerda algunos datos básicos. El poema “La enferma” deja en sus versos un muestrario de menudencias personales e íntimas creencias expuestas en poemas como “La tarara”, “Vidas de santos o “El Padre Pedro León”.
   El hilo constructivo de Cantar para nadie entrelaza una saludable sensación de unidad temática. El sentimiento elegíaco siembra enclaustramiento y desolación en lo cotidiano “Porque lo que hace a un poeta ser buen poeta / es matarse a sí mismo / hasta que quede de él un solo hombre”: Son rasgos que la palabra poética de Araceli Fernández León también asume para hacer de la escritura una continua búsqueda de verdad y belleza, un ejercicio de mirada interior, capaz de transformar lo conocido y lo aparente y descubrir humanidad entre sorprendentes caligrafías semánticas: “Esto que veis aquí son mis propias recetas. / Un robot de cocina compré. / Ahora estaba salvada, / podía hacer un poema exprés, / picarle hasta los huesos… “.
   En Cantar para nadie  Araceli Fernández León alcanza la senda firme de su esencia poética; deja traslucir la caligrafía ensimismada de una poesía evocativa, que transciende la vivencia personal para hacerse herida y cicatriz, esencia de lo humano en su perenne lucha contra el tiempo. 

JOSÉ LUIS MORANTE





lunes, 24 de julio de 2023

PAULA BOZALONGO. LA PIEL DE LA NARANJA

La piel de la naranja
Paula Bozalongo
Prólogo de Frank Báez
Ediciones Hiperión / Poesía
Madrid, 2022


 FOTOGRAMAS

 

   Antes de abordar la lectura de La piel de la naranja de Paula Bozalongo (Granada, 1991, arquitecta y poeta, recuerdo dos circunstancias íntimamente ligadas al trayecto poético de la escritora: la obtención del XXIX Premio de Poesía Hiperión en 2014 y el Premio Bridges of Struga, concedido por la Unesco en el Festival de Poesía de Struga (Macedonia) a la mejor amanecida de una voz nueva, con el libro Diciembre y nos besamos (Hiperión, 2014). Los reconocimientos impulsaron una excelente acogida crítica y la presencia en antologías como Re-Generación (2016) que la ubicaba entre los nombres propios más representativos del ahora poético. Pero la poeta no cambió el paso y siguió trabajando a ritmo lento, mientras concluía sus estudios de arquitectura. Ese transitar sosegado deja ahora una nueva estación poética de la que Ángeles Mora, en su luminoso apunte de contracubierta, escribe: “Desde el comienzo del libro, la autora se sitúa dentro de una genealogía familiar que la llevó y la lleva de la mano, pero de la que tenía que ir despegándose inevitablemente hasta poder construir el territorio propio, es decir, su necesaria soledad”.
   Sirve de umbral a La piel de la naranja una indagación introductoria  del poeta, narrador y cronista dominicano Frank Báez.  Desde la anécdota del primer encuentro entre ambos escritores en un festival de Bogotá va naciendo un magma literario de complicidad que se asienta en un conocimiento profundo de esta propuesta, a la que ha visto crecer con un “tono sobrio, ordenado y preciso” que tiene algo de tabla de naufragio donde soportar a solas la intemperie. Por tanto, es un libro en el que se entrelaza la experiencia personal y la escritura como asentamiento y equilibrio del transitar del tiempo. ​
  La voz poética se alía con el despojamiento expresivo para recorrer un itinerario de conocimiento. El poema escucha; sondea el rumor confidencial que hace recuento de pérdidas y ausencias: “Los desperfectos hacen / incómoda una casa / pero aquellas presencias que no acaban de irse / la hacen inhabitable”. El dolor y la sombra abren rincones que convulsionan todas las palabras. La emoción se hace un registro fuerte, un puente esencial de acercamiento al yo interior y las contingencias de la realidad como molde del espacio vital. Quien percibe toma conciencia de que lo que sucede es grave y significativo, agrieta la calma y envuelve en sombra lo que toca. La enfermedad se hace estridencia, retumba en cada célula y deja un mensaje de finitud e impotencia en un hablante con una identidad conformada de sustratos emocionales y perspectiva filial. La madre es el centro del poema y quien escribe no puede desprenderse del limo turbio de la enfermedad, una presencia inesperada que provoca el dolor y la queja, las erosiones del derrumbe, como si el miedo fuese el único cordón umbilical. Testigo de un tiempo desapacible, la palabra se hace insistente evidencia y lugar de encuentro del propio latido: “Somos un par / de magnitudes físicas observables. / Somos nada, / principio de incertidumbre / que necesita al otro / para encontrar su sitio: / solo en sus ojos, / solo entre sus manos”.
   El camino argumental integra, junto al habitual poema breve, algunas composiciones en prosa poética en las que se evidencia la textura reflexiva. Es el caso de “Todas las casas están torcidas…” cuyo texto refleja una nítida sensibilidad onírica conectada con el discurso arquitectónico: ese equilibrio inestable es una manera de percibir la realidad que recuerda el sentir lírico de Joan Margarit cuando afirmaba que la poesía requiere un cálculo de estructuras; es un empeño en encontrar la máxima resistencia con los mínimos materiales. Paula Bozalongo también nos deja su propia poética: en “Jarabe contra el ruido””: “Escogí la poesía / por la ficción honesta, / por ser un ritmo ajeno / al miedo de los días. / Escogí la poesía / porque hace de cada lágrima / un frasco de jarabe contra el ruido, / y advierte su prospecto: / en esta irrealidad / también son imposibles los finales “.
   El poema que da título al libro deja en primer plano los rasgos nucleares de La piel de la naranja desde una anécdota infantil: la búsqueda incesante de la perfección que dé sentido a un tiempo de intemperie y soledad. Más que un juego infantil, pelar una naranja suponía cortar la piel como un camino continuo sobre la cáscara expandida e ilesa, dispuesta a mostrar su longitud en espiral.
   Paula Bozalongo explora en su poesía la soledad congénita del ser y también la pulsión expresiva del pasado. La pérdida del añorado entorno familiar obliga a buscar nuevas raíces y alzar los muros de otra casa que afronte una implacable resistencia al tiempo. El tono confidencial del poema, despojado, escueto y esencial, nunca pierde la conciencia de lo temporal. El afán introspectivo descubre un miedo silente que obliga a buscar compañía y complicidad en otras pupilas que conforman la periferia del yo. Todo es transitorio y perecedero. Y hay que esforzarse en mantener ilesa la piel de la naranja o sumar sus fragmentos, como si nada hubiera sucedido.


JOSÉ LUIS MORANTE


martes, 8 de marzo de 2022

DARÍO MÁRQUEZ REYEROS. FECHA DE CADUCIDAD

Fecha de caducidad
Darío Márquez Reyeros
XXIV Premio de poesía joven "Antonio Carvajal"

 

AGUA DE LA MEMORIA
 
 
   El espacio poético es un manantial fluido, en continua renovación, que establece como núcleo central de su existencia la convivencia generacional y la pluralidad de idearios. A ese cauce cambiante se incorpora Darío Márquez Reyeros (Alcobendas, Madrid, 1998), estudiante de Lengua y Literatura, colaborador en programas radiofónicos y Grado Superior de Producción Audiovisual y Espectáculos. El perfil poético individual ha impulsado algunos proyectos como “Alcalá perdía a gritos poesía” y ha quedado finalista de varios certámenes, pero la razón del poema encuentra su amanecida en Fecha de caducidad.
   Esta primera entrega se divide en dos tramos expresivos. El primero, comienza con una hermosa cita de Dylan Thomas que es, en esencia, una reivindicación de lo imposible: “la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”. Así se abre una poética intimista, que se acerca a las cosas como si fueran espejismos transitorios, sobre los cuales se asoma siempre esa percepción desvelada del final. A través de una dicción coloquial que convierte al sujeto poético en una presencia cercana y dispuesta a la confidencia, se entrelazan instantáneas al paso que parecen configurar el discurrir como un horizonte de incertidumbre. Los versos reconstruyen instantáneas del itinerario vital, al que se incorporan personajes secundarios. Adquieren el esplendor gastado de antiguas sensaciones, donde se refugia el pulso diluido del pretérito.
  Lo vivido traza un vago paisaje emotivo en el que se mueve el yo como detonante de experiencias preservadas en la memoria; allí conviven en un orden caótico el castañero, la sirena estridente que anunciaba el final de las clases, aquellas excursiones que necesitaban la seguridad de la misma compañía en el asiento o los hábitos diarios en los que suele aparecer un yo desdoblado que se aleja de la realidad para construir espacios oníricos, donde todo es distinto y germinal, como si estuviese impregnado por el celo indagatorio del sueño.
 Los recuerdos se empeñan en entender la gramática de lo diario y su caligrafía en el papel ceniza del decurso existencial. Llenan de imágenes la salida del sueño o esas perspectivas ilusas del futuro que acercan los oficios de mayores a la calidez auroral de la esperanza: “Soñadores o ilusos / sin saber que el futuro no existía, / que el presente es pedir / un préstamo tras otro, sin parar, / y rechazar a fin de mes los besos / de los hijos, llorando a solas, solos / o contigo, delante de una noche incansable”. También en la memoria las primeras ausencias, el doloroso hueco de esas identidades que cobijaron cuentos y caricias y que partieron pronto a un lugar invisible, que exige a cada paso la evocación intacta y el latido inquieto de la orfandad sentimental.
   En la primera parte se cobija una idea prístina y colorista de la infancia, cobijando pequeños gestos de complicidad y búsqueda, que un día concluyen, como si se hubiera abierto una ventana a otro paisaje más frío y desconocido, donde las cosas asumen la gravedad que pone las ilusiones a ras del suelo.
   El decurso temporal arrastra la educación sentimental hacia otros andenes. En la segunda parte, quien se mira en el espejo ha crecido y son otras las actitudes que genera el gregarismo diario. Ahí está la convivencia de pareja frente al televisor y ese tiempo de hipotecas y préstamos que exige el coche, el piso y los muebles, o las voces dubitativas de los hijos llenando el aire de preguntas sin respuestas. El pulso de la vida, la discreta plenitud de los ideales y la falta de utopías redentoras conforman  los centros gravitatorios de los textos.
  Darío Márquez Reyeros evoca a Ángel González, uno de los grandes maestros de la generación del 50, para fijar el advenimiento de una mañana nueva, sin esperanza, con convencimiento, que apenas deja unas señales en el vuelo del aire “violín, muchacha triste…”, antes de perderse de nuevo en el itinerario del día regresando a la nada. Solo el amor convulsiona las fibras interiores, como alumbra el poema celebratorio del deseo “Al ritmo de las cuerdas de Paco de Lucía”. Como una autobiografía fragmentaria, los momentos hilvanan una crónica descarnada y minimalista, sin épica, un viaje que consume los trechos del camino, sin apenas vislumbres de horizonte, en el que solo la insistencia del deseo o esos enamoramientos al paso trastocan el decurso existencial y lo convierten en un imaginario renacido de espacios y tiempos; un espejismo que alumbra la sensación de estar viviendo de forma transitoria, sin saber demasiado de nortes y esperanzas.
  El apartado final se convierte en representación simbólica del fracaso. El poema “Separación de bienes” refleja esa derrota de la convivencia, donde los sentimientos quedan en un segundo plano, inadvertidos, mansos, como aguardando turno en las tinieblas de la disolución. Comienza entonces una cuenta atrás, esas parcas que acechan nuestros pasos y dormitan en la sombra para capturarnos. Su fuerza concita la azarosa presencia del final.
  Con el fluir cadencioso de la confidencia, Fecha de caducidad dibuja un encuadre existencial convertido en un trayecto de huellas. La palabra poética de Darío Márquez Reyeros se moldea, cercana y habitable, como un punto de fuga del yo aislado en sus preguntas y en sus emociones, mientras percibe un entorno mudable. Lo que sucede entrelaza el pasado, el presente y la solitaria postal del futuro; el sujeto suele asomarse al conformismo de la memoria con sus escombreras de ilusiones fallidas. Así se va definiendo un camino donde se descaman las vivencias o se constata cómo lo transitorio va adquiriendo color crepuscular mientras, indavertidos, se cortan los hilos invisibles del porvenir.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

viernes, 1 de octubre de 2021

FRANCISCO CARO. EN DONDE RESISTIMOS

En donde resistimos
Francisco Caro
Ediciones Hiperión
Premio València, Institució Alfons El Magnànim
Madrid, 2021


APRENDER EL AHORA
 
 
   Después de reunir su corpus lírico en el balance Este nueve de enero (2019), que integra una cuidada selección desde su primera entrega Salvo de ti (2006) hasta el reciente Aquí (2021), Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) construye nueva estación con el libro En donde resistimos, impulsado desde el prestigioso catálogo de Hiperión tras conseguir el Premio “València” de la Institució Alfons El Magnànim. Es casi obligado recordar, antes de adentrarse en el discurrir de esta salida, que el entrelazado de la voz poética del escritor manchego tiene un sustrato narrativo en la estela argumental y se cimenta en dos espacios generadores: el fluir testimonial del sujeto y la continua presencia del tiempo.
   Ese afán enunciativo está presente en el umbral de En donde resistimos que dicta su apertura con voz clásica, plena de limpidez y transparencia “porque sabe que en este / soplo de vida, / en esta sencillez que nada pide, / habita la humildad de la belleza”. El apunte lírico incide en la contemplación del entorno para buscar en su despliegue pautas vitales que conformen los estratos internos del pensar. Así comienza un conjunto que deja en su sección inicial “Conversaciones” la clave de apertura escritural: una visita a la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer. Las sensaciones dialogan entre sí, tras el silencio. Alrededor la luz recortando el paisaje y el deseo de capturar la magia de ese instante en la fotografía, mientras el sol declina.
   La indagación del estar a solas busca, tras el etéreo cansancio de lo diario, la razón del poema. Las palabras tantean, se esfuerzan en describir el impulso vital mientras “esperamos a los bárbaros” con el rumor de fondo que convierte el tiempo en simple tránsito. Desde ese itinerario por la incertidumbre, reflejado en las formas del paisaje, la luz se queda dentro. Recorta una intensa conciencia de finitud que atestigua que todo es cruce indefinido, un puñado de sombras que recuerda con ánimo encogido a los ausentes. En el poema “La noche con Antonio Cabrera” late el renacer del encuentro con la amistad y los destellos de una velada de palabras cómplices que mantiene intacto su aroma.
  El quehacer del poema se afirma como un “desvelo de asuntos”. Están los elementos del paisaje en los que se custodia el rumor de la vida, y está siempre el poso de lecturas como esas Voces de Antonio Porchia que, desde el decir fragmentario del aforismo, advierten de la fragilidad austera de la tarde. Al cabo, en la caligrafía del poema se resguardan “las palabras hastiales” de la existencia para dar fe de sus infinitas variaciones, de sus laberintos y soledades. Así se conforma la identidad de un yo que se hace lugar y refugio, “Ciudad de espejos y habitación sellada / en donde resistimos”.
   También explora la naturaleza cambiante del lenguaje, ese habitar conceptos y significados con la oscura sensación de que no podemos comprender lo que sentimos ni definir la hondura. El poema “Un hacer no sabiendo” percibe ese equilibrio sin fondo de las palabras, sus puntos de fuga: “Internarse / en aquello que no / puede decirse, / tal es la Poesía / Zambrano y su advertencia / ¿Qué más  precisas / para buscarla –dices- o / para el descreimiento”.
  En la lenta disolución de la realidad que propicia el incansable monólogo del tiempo germina con fuerza una certeza: “Del nocturno del mundo / volveremos sin nada, / si no es con la certeza de que amar es gastarse / y que gastarnos juntos es tenernos”. De ese modo, cada presencia sobrevive a su propia orfandad, resiste hasta la última función y camina, con dignidad austera hacia la última costa. Desde esa sensación de cumplir con “la libertad impuesta que supone existir” afloran estos hermosos poemas de Francisco Caro. Tienen la cristalina plenitud de un venero esencial que preserva memoria y tiempo, el cúmulo de nada transitoria que nos deja el presente.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 

martes, 18 de mayo de 2021

ALBRECHT HAUSHOFER. SONETOS DE LA CÁRCEL DE MOABIT

Sonetos de la cárcel de Moabit
Albrecht Haushofer
Versión española de Jesús Munárriz
Ediciones Hiperión / Poesía/ Ed. bilingüe
Madrid, 2021
 

PERDURAR EN LOS OTROS

 

   En el extenso recorrido creador del poeta y editor Jesús Munárriz, que define su amanecida a principios de los años setenta en pleno auge de la generación del lenguaje, la traducción ocupa un espacio referencial. Las principales líneas de sus versiones acercan al castellano la obra de autores alemanes de la preceptiva clásica, con amplio magisterio en la modernidad, como Goethe, Hölderlin, Heine, Brecht y Celan. No obstante, no pasan desapercibidas en sus acercamientos las hondas expansivas de otras áreas lingüísticas como el italiano, el inglés, el catalán, el gallego y el portugués.
   Ahora vuelca en Sonetos de la cárcel de Moabit el legado poético de Albrecht Haushofer (Múnich, 1902) de quien recuperamos algunos sustratos biográficos. Están fuertemente conexionados con esta autobiografía que, en palabras de Karl Jaspers conforma “el mayor testimonio poético que ha dejado la resistencia alemana”. Graduado en Geografía e Historia, fue secretario y activo colaborador de La Sociedad Geográfica. Como dramaturgo escribió algunas obras teatrales con una perspectiva crítica hacia el régimen autoritario alemán. Hijo de un general de la Armada y de abuelo materno judío, se vinculó a grupos antinazis y perteneció al movimiento de resistencia interior ante el nacionalsolialismo. Tras el fallido atentado del 20 de julio contra A. Hitler, fue detenido y confinado en la prisión berlinesa de Moabit, centro penitenciario de la Gestapo para presos políticos, donde escribió los sonetos. El 23 de abril de 1945, fecha paradójica que ahora conmemora el día del libro, fue fusilado. Apenas quedaban unas semanas para la rendición incondicional de Alemania y el final de la guerra el 7 de mayo de 1945.
   La edición bilingüe integra un liminar clarificador de Jesús Munárriz quien contextualiza el tiempo histórico en el que gestó la voz de Albrecht Haushofer, junto a los indicios más clarificadores del ideario personal y las inquietudes cívicas. Evidencia también la fuerza argumental de las composiciones, cuya trama se nutre de un yo plural que fusiona contingencia y pensamiento, que hace del lenguaje un sustrato instrumental para constatar la sensibilidad y el compromiso. Por ello “Frente a un mundo en descomposición, en el que se destruían y desaparecían todos los valores, escogió para su obra poética la forma clásica por excelencia, el soneto, que con su firme estructura y su obligada concentración le forzaba a una densidad que retuviera lo fundamental, a prescindir de cuanto no fuera esencial exponer ante una muerte inminente”.
   Con tan atinada síntesis, la lectura impone al yo una crónica especular; la imagen del poeta focaliza en primer plano un entorno sometido al sufrimiento. Desde el primer texto, “Encadenado” oímos una lucidez solidaria; el testigo directo clarifica la falta de libertad, el dolor y la certeza de conformar un estrato común, hecho de espera e intemperie. La privación germina en la hendidura del verso; busca oír el oculto mensaje del destino cuando despunta el día, más allá del angustioso proceso de lo transitorio: “La esperanza, el deseo, la fe que otros conservan / se ha extinguido en mí. Juego de sombras / me parece la vida, sin sentido ni meta”. El devenir de la historia difunde miradores sobre la miseria de la vida en la cárcel. La solitaria voz coral que enmarcan los poemas nunca está exenta de piedad; incluso los servidores del régimen totalitario son cantos rodados que empuja el destino y serán también un día restos dispersos de la destrucción. La guerra no perdona a nadie y el laberinto urbano de las ciudades se convertirá en un rimero extraño de hierros y cascotes.
  La fuerte implicación de la realidad biográfica en la materia poética eleva el vuelo hacia lo transcendente; hay sitio para la evocación de familia y amigos, para asumir la culpa por no haber luchado antes contra el desastre total que se vislumbraba como final de aquellos días, pero también para la actitud religiosa de la fe y para el pensamiento de magisterios éticos, desligados de la tierra invernal del resentimiento. El carácter temporalista del encierro necesita las vestimentas de una sensibilidad cultivada en el arte que nunca se doblega. Sueño y claridad, que sirven de catarsis a la espera y la perseverante inquietud del final: “Un Kant, un Bach, un Goethe seguirán mucho tiempo / hablando con el pueblo y el país destruidos, / aunque la multitud no entienda su sentido. / Los grandes muertos nunca precisan doblegarse / ante insania y oprobio. Su espíritu perdura / mientras desde él se exhale el aliento de Dios.”. 
  Jesús Munárriz añade al conjunto de sonetos unas breves notas enunciativas que refuerzan el conocimiento de estratos culturales y de las circunstancias de escritura. Así se completa una poética personal sin quiebras semánticas, en la que resaltan la elegancia socrática de la expresión y la intachable serenidad ética de Albrecht Haushofer. En la abrumadora estación final, cuando todo alrededor se desmorona, el poeta vuelve los ojos hacia sí mismo para asentarse en la tierra firme de la coherencia, para esperar con naturalidad y sencillez ese indeciso epílogo de la puesta de sol definitiva.

JOSÉ LUIS MORANTE




lunes, 15 de febrero de 2021

FERNANDO BELTRÁN. LA CURACIÓN DEL MUNDO

La curación del mundo
Fernando Beltrán
Hiperión, Poesía
Madrid, 2020
 

LA NOCHE, DENTRO 


   En una línea temporal de más de tres décadas, Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) ha forjado un quehacer asentado y diverso, que convierte a su autor en una propuesta de primera línea del presente poético contemporáneo. Su travesía comienza en los años 80, tras la ruptura del monopolio novísimo, con la entrega Aquelarre en Madrid, y tiene continuidad en una decena de poemarios. En 2011 la editorial Hiperión reunió su obra poética escrita entre 1980 y 2010 en el volumen Donde nadie me llama, con prólogo del poeta y profesor Leopoldo Sánchez Torre.  
  El libro que aquí comentamos, La curación del mundo es una indagación en el devenir coaccionado de la pandemia. Toma el internamiento hospitalario como impulso poético. Como refrenda la cita auroral de Rainer M. Rilke: “He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito”. Los hechos son conocidos: en marzo de 2020 el virus estremeció al mundo y provocó una situación sanitaria de máxima urgencia, que exigía evitar la multitudinaria propagación de la enfermedad. Pero esta siguió imparable y originó una estremecedora cifra de fallecimientos y dolorosos internamientos. Fernando Beltrán fue uno de los afectados. Así fueron naciendo estos poemas con la noche dentro que completan un trayecto cognitivo donde se comparte la intensa y solitaria experiencia personal.
   La cualidad esencial de la palabra poética es su capacidad de interrogación, su empeño por definir la textura de un tiempo dispuesto a la fugacidad  y al tránsito, en el que la conciencia se sienta en el borde de un extraño abismo. El entorno prosigue intacto con su apariencia de normalidad y es el yo, ese hablante desdoblado que se mira a sí mismo en el poema, el que  deja sus impresiones y contraluces, las percepciones denotativas de los signos al paso. Percibir convierte al pensamiento en protagonista de una abarcadora geografía de indicios que imprime en la memoria sus huellas dactilares. Así sucede en el poema de apertura “La jerarquía del ángel” en el que la hospitalización supone una ruptura completa de hábitos y un estado de angustia que contrapone el devenir exterior con ese estar pesaroso del paciente grave. De los versos emana la paradoja de que todo esté en su sitio salvo el yo: “todo tiene sentido cuando todo se pierde”. Desde esa aceptación de la extrema fragilidad de ser se hace necesaria la esperanza, esa mano tendida del ángel que habita entre la sombra y sostiene, como un cimiento fuerte, que asegura la curación del mundo.
   El tramo inicial del poemario muestra el pulso conversacional e intimista del desconcierto; el sujeto se asoma a la realidad del virus y despereza sus estrategias de superviviente; ese recuerdo del héroe en bicicleta coronando la cima de Alpe d´Huez  destensa el miedo, permite afrontar el complejo recorrido de las pesadillas. También la música que pone en el silencio un solo de trompeta y se aferra al oído para dejar su mágica cadencia, mientras la cura. Todo sucede muy deprisa, como la misma escritura convertida en estado de ánimo de quien escribe al lado de la muerte. El largo recorrido hacia dentro deja una manera de sentir diferente, la certeza de que después las cosas no serán las mismas ni los mismos serán los sentimientos. El conocimiento profundo de la pandemia abre nuevos registros conceptuales. Sobrevivir es el ahora y la esperanza es luego, pero también la muerte  es un rumor cercano y frío. Se convierte en elemento hegemónico central cuando se hace presencia y habita un rostro concreto. Recordar esa ausencia cambia todo, es una brecha presente en todos los espejos. Después de tantos días postrado, se pierde la exacta latitud del tiempo; recobrar su precisa cadencia es una señal necesaria para el regreso; el poema “Agosto 2020” parece dar voz a la salida al aire limpio de lo diario. Hay que superar el desconcierto. Volver a la tarea del existir es sentir en el pulso una tregua extraña donde se ilumina el despertar para hallar en los otros el mapa desplegado de los sentimientos.
   Fernando Beltrán convierte su lucha en experiencia verbal. En ella se perciben las grietas más duras de la existencia. Sus poemas son la fiebre alta del yo individual abocado a la intemperie; la mutación de una extraña criatura varada que no puede volver a mar abierto. Los versos se hacen pautado desplazamiento por la lucha diaria que constata sombríos paisajes interiores y el rostro siempre melancólico del tal vez. Palabras que buscan ese instante del pensar que justifica la aurora, unos hilos de luz que concedan nuevos colores y formas,  “un tramo más de vida”.


JOSÉ LUIS MORANTE


miércoles, 22 de julio de 2020

ROCÍO ACEBAL DOVAL. HIJOS DE LA BONANZA

Hijos de la bonanza
Rocío Acebal Doval
XXXV Premio de Poesía Hiperión
Ediciones Hiperión
Madrid, 2020


ENCUADRES DE CLASE MEDIA


   En su primera entrega Memorias del mar, editada por Valparaíso en 2016, Rocío Acebal Doval (Oviedo, 1997) dejaba sencillez, eficacia expresiva y un pálpito natural en su manera de asomarse a una realidad existencial mudable, enraizada en los contextos plurales de lo cotidiano. Su nueva propuesta amanece con el refrendo del XXXV Premio Hiperión de Poesía. En el umbral del poemario, un hermoso verso de la olvidada poeta Ángela Figuera Aymerich: “No podemos seguir con las almas al aire”, al que acompaña el impulso textual de otros dos nombres propios, José Emilio Pacheco y el joven poeta Mario Vega, editor de Maremagnum y promotor de algunas publicaciones colectivas a las que el arranque literario de Rocío Acebal Doval ha estado unido.
   Como un fogonazo iluminador, comienza Hijos de la bonanza con una cálida estampa generacional, de raíz machadiana, cuyas raíces despliegan una geografía referencial  que aglutina esperanza, futuro y decepción; ese tiempo que bajo la fronda conceptual de internet cobija una generación que sale a un mundo complejo, donde las nuevas tecnologías y las posibilidades educativas, en absoluto garantizan un futuro habitable.
   La textura poética de Hijos de la bonanza opta por la narratividad del poema breve y por un verso reflexivo que constata, sin exhibiciones sentimentales, algunas de las carencias del ahora: los persistentes tics patriarcales, el discurso asumido del conformismo, los vínculos con el entorno, o la incertidumbre del sujeto discursivo ante la polifonía de la realidad.
   La renuncia a cualquier verbalismo grandilocuente establece un aporte evocativo que convierte al hablante lírico en un personaje cercano. Las confidencias del yo femenino combinan en sus  mínimos fragmentos reflexiones, intenciones más o menos subversivas –siempre desde ese umbral pequeño burgués de una clase media que se mueve entre la aceptación y la crítica- y las incertidumbres fluctuantes del estado de ánimo de quien carece de algunas respuestas: “La conclusión es fácil: / no vamos a vivir / mejor que nuestros padres pero al menos / sabemos que podremos resistir “. Desde el aparente conformismo de quien acomoda su discurrir existencial a los parámetros que dicta el ahora, germina una conciencia de rebeldía pendiente que va copando todo el espacio personal.
   La presencia de muchos detalles de la vida cotidiana recuerda a la poesía de Philip Larkin, uno de los magisterios esenciales del intimismo figurativo, junto a otras raíces fuertes como Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Luis Alberto de Cuenca, Víctor Botas o Luis García Montero. Los gestos de lo doméstico son un sustrato germinal de muchos poemas, como si fuesen una manera de conocimiento personal. Generan una introspección en la que sentimientos y reflexiones dialogan en la paradoja y la ironía, unas estrategias expresivas que sirven a la vez para mitigar la queja personal y dejar un matiz de ternura en la estupidez colectiva, tanto en la que sobrevuela las relaciones sociales y sentimentales como la que se cobija en la egolatría sin tregua de la vida literaria.
  Los encuadres poéticos de Rocío Acebal Doval ofrecen una focalización limpia del estar transitorio. Sin distorsiones, tienen en la claridad de su lenguaje los signos escritos de una realidad sugerente por su profundidad de campo. En ellos habita un sentimiento de extrañeza en el que se dirimen disoluciones y expectativas, esos ámbitos cambiantes de lo diario que cuestionan la condición de ser hijos de la bonanza y el progreso. Un hermoso libro en el que se confunden literatura y vida, en que se afronta la certeza, como escribiera Luis García Montero, de que también los sueños se corrompen.




martes, 18 de febrero de 2020

FERMÍN HERRERO. TEMPERO

Tempero
Fermin Herrero
Premio Alfons El Magnánim "Valencia"
de Poesía en castellano
Hiperion, Madrid, 2011



EL OLOR DE LA TIERRA


   Hay términos de uso restringido cuya semántica propicia la evocación y la elegía. Es el caso de “Tempero” que en el diccionario precisa con definición ejemplar: “sazón que adquiere la tierra para las sementeras y labores”. Detrás de esa palabra cohabitan el ruralismo narrativo de Miguel Delibes o el tiempo sosegado y meditativo de Antonio Machado. Fermín Herrero (Ausero de la Sierra, Soria, 1963) es uno de los escasos nombres de la lírica intersecular que sigue inmerso en esa tradición del paisaje castellano, ya núcleo argumental de entregas anteriores.
   En Tempero hallamos un libro orgánico que reitera algunas claves formalistas del autor, como el poema breve y los títulos al término de la composición para que los versos nos lleven de forma natural a la definición y no condicionen de modo previo la lectura.
   El profesor José Luis Herrero, de la UNED de Soria, ha investigado la presencia de sorianismos en el diccionario de la real Academia y ha completado un fichero léxico de la provincia que puede ser de gran utilidad al curioso lector que se acerque a las composiciones de Tempero y quiera precisar algunos términos cuya etimología remite a las tierras del alto llano numantino, la comarca de Tierras Altas, un espacio geográfico ubicado en el nordeste de Soria que ha sufrido un intenso éxodo rural. Un severo proceso de despoblamiento ha puesto fecha de caducidad a una cultura campesina milenaria que hallaba en la práctica agrícola y en la ganadería de trashumancia sus habituales modos de vida.
   El poema busca el olor de la tierra, la carga sensorial de un paisaje que ha perdido cualquier alabanza de aldea para sumirse en un estado de letargo que propicia una contemplación demorada: “La tarde que se alarga. Nieva. La duración / en mí, que me desprendo y al cabo doy / en todo. Y solo. Aquí o allá / es lo mismo, inmediato. Ahora puedo / ver, alguien me pronuncia, el tiempo / me retiene más suyo que nunca, menos / transcurso, a salvo ya de su condena…”   Ese fenómeno atmosférico, la “Húrgura”, que genera la borrasca de nieve y viento rompe el trascurso monótono del día para incidir en la condición de ser en medio de los ciclos naturales.
  El campo propicia una sensación de estatismo, un devenir que alienta la quietud y el despojamiento y que halla en la imagen de un cerro pelado el reflejo de la propia esencia de vivir; se van agotando los afanes y las pretensiones, los elementos del paisaje muestran una común actitud de calma  que acrecienta la soledad del que contempla o ese desamparo que lleva a buscar el abrazo del otro para librarse del escalofrío.
   La poesía de Fermín Herrero tiene el tono justo de la confidencia; no levanta una voz que apenas cambia con el tiempo, otea el horizonte y se encoge de hombros, convencido de que la naturaleza tiene un destino marcado, una cadencia que invita a reflexionar sobre los signos de lo  mudable y a guarecerse  a cielo abierto, detrás del pensamiento.

viernes, 4 de octubre de 2019

MARIO VEGA. LA MALA CONCIENCIA

La mala conciencia
Mario Vega
Premio "València Nova"
Institució Alfons El Magnànim
Ediciones Hiperión
Madrid, 2019



EL DOMINIO DEL TIEMPO


   Más allá del pesimismo general que cuestiona la calidad de la poesía contemporánea por la colonización digital, el enmarañado presente literario sigue aportando estelas individuales repletas de interés, que muestran en sus rasgos estéticos exigencia y continuidad. En ellas se integra el quehacer literario de Mario Vega (Oviedo, 1992), Maestro de Educación Primaria, estudiante de Lengua Española y Literaturas y editor del sello Maremagnum. Su  trayecto  poético arranca en 2016 con el libro Al umbral de las horas y suma nueva entrega en el prestigioso catálogo de Hiperión, La mala conciencia, al ser ganador del certamen “València Nova”.
   Mario Vega hace del intimismo piedra angular de su poesía, aunque siempre con el necesario velado de lo circunstancial y con el apoyo de una tradición asentada en voces del medio siglo, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo. De sus magisterios emana un decir que integra la ironía en la sensibilidad expresiva. Veamos un ejemplo de lo expuesto en el poema “Reflejo”, en el umbral del poemario: “Y ahora subsanado el crimen pido / permiso de futuro, / para no bajar nunca la mirada / y hacer de mi palabra testimonio / de aquello que es real. / Lo supe y no me importa repetirme: / será nuestra labor / devolver las palabras a la tribu”.
   De inmediato se percibe en la construcción poemática un elaborado sentido del ritmo y una dicción que apuesta por la transparencia y la ausencia de hermetismo. Así en el apartado “El sueño del recuerdo”, que integra en su apertura citas de Francisco de Quevedo y Rocío Acebal, el poema presenta una identidad desdoblada; el yo que asienta su oficio de escritura da voz a un personaje literario, y lo convierte en reflejo de gestos, pensamientos y actitudes. Es sabido que las afinidades entre el sujeto biográfico y el personaje lírico es una cuestión indagatoria que admite una permanente excavación reflexiva en la que han terciado muchos poetas y ensayistas actuales, y que nunca se verá cerrada porque quien escribe jamás lo hace desde la caligrafía gélida del objetivismo sino desde una conciencia viva y una pulsión vital.
  También el destinatario del poema aporta su equipaje activo, su presencia dialogal que hace de la escritura una conversación a dos voces. En la composición “Prólogo-Epílogo al lector”  toma la palabra el sesgo coloquial de la confidencia para marcar distancias, pero también para recalcar que los versos encierran el cauce vivencial de un sujeto hecho de sombras e incertidumbre, de afán de abrir sendas, con serena sordina, en una soledad acompañada.
   Paso por alto la escatología del poema “Homenaje”, a todas luces necesitada de un poco de ventilación, que rompe sin aportar nada el encuentro a media voz con la palabra con un sarcasmo innecesario porque, en el trayecto temático del libro, son muchas las composiciones que expanden complicidad y un tono sosegado al hablar de un momento generacional que no deja de trasmitir en quien lo vive la luz deshabitada y el frío de la incertidumbre.  
  En la calma intimidad del solitario, la realidad  conecta, más allá de los conceptos semánticos, con vértices esenciales del ser, como la muerte –qué magnífico poema “La oración de Penélope”-, el deseo o el cauto filo de la temporalidad. Son sustratos que se definen, no desde la experiencia directa, sino a través de personajes interpuestos que dan la necesaria perspectiva temporal.
   El apartado homónimo que aglutina el tramo final tiene un fuerte apoyo cultural. En sus textos hay un calado referencial que remite a poetas de una tradición próxima; si en la primera despedida está Brines, en la mala conciencia parece desgajarse el verbo ético de Jaime Gil de Biedma, mucho más que la ética de la conciencia de Nietzsche, en el redoble de conciencia suena la fortaleza ensimismada de Blas de Otero y es difícil no pensar en Luis García Montero mientras se coge el taxi que nos lleva a hoteles de una noche. Son indicios de un poeta lector que sale al día con las armas dispuestas: las palabras de otros son siempre colectivas palabras de la tribu.
  Ese compromiso con el legado de la biblioteca no anula el mirar fuera para ver la estremecida realidad de la miseria en la calle, como una burda broma que el destino nos gasta entre los espejismos del progreso. esa clara denuncia de la mentira del mundo perfecto, guilleniano y prístino está en “La clase obrera va al paraíso” o “Los desheredados” que arranca con estos versos: “Marchan por callejones aún oscuros / antes de amanecer, entre cascotes / de fragmentados vidrios. / Expulsados del sueño de la vida / errando un día más hasta el trabajo”.
   La mala conciencia hace poesía desde la desnudez expresiva; recorre lo cotidiano para hablar de un tiempo con rasgos familiares que ha perdido el impulso del asombro para convertir la existencia en una mera extensión de lo previsible, como si esos grandes conceptos de belleza y verdad fuesen ingredientes menores, casi sucedáneos. Y sin embargo, ahí está la poesía, como una vieja tabla a la deriva en el mar del tiempo.
  

       


jueves, 27 de julio de 2017

LUIS ARTURO GUICHARD. EL JARDÍN DE LA SEÑORA D.

El jardín de la señora D.
Luis Arturo Guichard
Ediciones Hiperión, Poesía
Madrid, 2017 

ÍNTIMO JARDÍN
 
 
  Aclara el breve apunte de contracubierta a quién corresponde la inicial del  título El jardín de la señora D., un poemario con el que Luis Arturo Guichard  (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1973) consiguió  el Premi  Vila de Martorell 2016 para libros en castellano. Recuerda que la señora D. fue la paciente cero del médico Alois Alzheimer, médico investigador y analista durante décadas de esa ominosa  enfermedad  que convierte la memoria en páramo baldío. Es una aclaración necesaria para entender en su justo desarrollo esta entrega del  filólogo, traductor, ensayista, aforista y poeta asentado en Salamanca desde 2002, en cuya universidad desempeña labor docente como profesor de Filología Griega.
  En el recorrido poético de Luis Arturo Guichard, compilado en 2012 por ediciones Liliputienses en el volumen Una fe provisional y un año después en México,tras el aserto Realidades y márgenes, existe una fuerte lectura simbólica. Las composiciones sondean las posibilidades del lenguaje y exploran rincones para dilatar campos semánticos de argumentos siempre proclives a los claroscuros. Esa constante adquiere en El jardín de la señora D. una palpable solidez en cada una de las partes, que se suceden con similar vestimenta formal. El avance recuerda la memorable sentencia de Buffon: “El estilo es el hombre”. Cada poema desarrolla su argumentación en fragmentos autónomos que no pocas veces adquieren la entidad expresiva de un diario autobiográfico.
   Escueta en su desnudez, la voz verbal adquiere el tono lapidario del testigo que asiste al discurrir y da fe de su contingencia sin concesiones, con una percepción anotativa. Pero esos detalles no tienen una entidad definida, propenden a la interpretación, forman parte de un cuadro que soporta las pupilas apresuradas de los espectadores. La realidad emparenta así con un lienzo que se ha convertido en un referente cultural incuestionable: “El jardín de las delicias”. La obra del Bosco ha dado pie a un incansable inventario de posibilidades y sentidos que hacen de sus elementos un espacio oscuro, solo iluminado por la luz de la inteligencia. También la mente que cobija el alzheimer se convierte en un íntimo jardín clausurado. En ella, los recuerdos sufren inadvertidas mutaciones que van llevando a la desaparición de la propia identidad, a ese instante en el que la presencia es un estar que no tiene pasado porque la conciencia está vacía. Solo cabe la recuperación momentánea de lo vivido desde los otros, en un diálogo con los sentimientos. En el emotivo poema “Limbeños y enmediantes” el escritor aborda la enfermedad y su degeneración progresiva de la conciencia en la figura cercana de la madre. Cuando el sujeto excluye la memoria y hace de lo vivido un espejo oscuro parece sumido en un limbo sin coordenadas, en un lugar al que no afecta el medio externo ni recuerda las experiencias vividas a lo largo de la existencia. Luis Arturo Guichard baraja en las composiciones todos esos elementos para hacer de la pérdida una lectura personal. El existir es un largo viaje de regreso a la nada, un tren estacionado que recorre sus vías hacia dentro, mientras muestra una inmersión en lo desconocido que no puede compartirse con nadie. Nace así un estado carencial que transforma el ahora en un simulacro. Quien estuvo no está, es una página en blanco de algún libro olvidado que ya no tiene título ni autor. 
  La poesía de El jardín de la señora D.  –cuyo título muestra una afinidad evidente con la novela El jardín de la señora Murakami, de Mario Bellatín- nos deja la sensación de un persistente avance hacia la desnudez para construir un universo con mínimos elementos; una casa sin sueños que cobija la luz interna de lo inadvertido.
 
 

 

 


martes, 27 de diciembre de 2016

RAQUEL VÁZQUEZ. EL HILO DEL INVIERNO

El hilo del invierno
Raquel Vázquez
Hiperión, Poesía
Premio "Nueva Valencia"
Madrid, 2016

HILOS EN BLANCO Y NEGRO

   El año literario llega a puerto y una de las características más relevantes de su trascurso ha sido la proliferación de antologías para dar voz coral a la primera generación del siglo XXI. Casi todas han mostrado un paisaje plural. Sin embargo, las selecciones son parciales y han dejado fuera de página a itinerarios singulares que antes o después se afianzan como travesías renovadoras. Así sucede con el corpus lírico de Raquel Vázquez (Lugo, 1990), Licenciada en Filología Hispánica por la universidad de Santiago de Compostela y autora de Por el envés del tiempo, Pinacoteca de los sueños rotos, Luna turbia, Lied de lluvia para una piel ausente, Si el neón no basta y la entrega que ahora comentamos, El hilo del invierno, un nutrido equipaje en un lapso temporal que apenas sobrepasa el lustro.
   En su última entrega, la poeta se acoge a un paratexto enjundioso: Cortázar, Bekett, Faulner, que no clarifica demasiado las sombras tutelares, así que corresponde ir desgranando El hilo del invierno, sortear referentes culturales y hallar las líneas cromáticas de su visión estética. El poema de apertura, “Sapere aude” postula una situación de desamparo y soledad en la que la voz poemática está frente a sí misma; busca sentido a ese recorrido por lo transitorio que postula incertidumbre: “Saber que cada roce / de piel, cada palabra es un milagro / insuficiente, azaroso, ya efímero. / Y lo es del mismo modo que nosotros: /esa película, la eternidad. / Y su fundido en negro. / Existe vida – y no / apenas simulacro - / solo en los ojos que no niegan a la muerte”. Existir es caminar sin tregua hacia la última costa y solo aceptando esa premisa alcanza el tiempo su encaje mudable.
   Pero la voz del sujeto nunca se formula a espaldas de un trayecto colectivo, recoge pasos que comparten senda y contingencia, que van apurando los signos de identidad de una época en crisis, donde se han ido asentando en los diccionarios de la angustia sustantivos de complejo significado. De esa llamada social se nutren poemas como “Recortes” con un cierre magnífico: “Recortarán la luz / y diremos que nunca había amanecido.”; o “Sufijos telefónicos” que muestra la cronología sucesiva de la barbarie en Guernica, Nagasaki, Sarajevo, Basora o Alepo, esos topónimos escritos con sangre que tallaron el mármol de la muerte y que imponen su evidencia en la conciencia de todos. Son sitios malditos, inútiles andenes de un cauce paradójico, en el que que sigue manando el mismo miedo y la sombra tenaz del silencio y la noche. Cada lugar es un punto de inflexión y de impotencia en el que se van apagando luces y esperanzas. Con ese mapa de carreteras desplegado en tantos sitios dispersos, es difícil aspirar a que crezcan semillas de esperanza y buscar todavía sueños que aspiren a cumplir su amanecida. El bagaje del apartado inicial está marcado por las coordenadas del dolor.
   En el paisaje interior de “Hilván de cielos”, apartado central del libro, el sentimiento amoroso constituye un andén de llegada; la ausencia del otro vuelve amarga la luz, clausura el estar diáfano del mediodía y deja entre los dedos la sensación desapacible de un tacto de nieve. De ese estar en el desamparo nace un abismo que va creciendo dentro como un páramo en el que las palabras reinician titubeos con perseverancia: “Pero no es nada fácil saber qué permanece, / nombrar lo fugitivo. / Cuando mi mano está / irremediablemente acostumbrada / a la siempre presente caricia de tu ausencia“.
  Unos versos de Roberto Juarroz clarifican el título de la sección de cierre, “Hilván de saltos”: “Hay que dar un salto. Pero todo salto vuelve a apoyarse. / Habría que ser un salto”. Es una manera de dejar sitio a la voluntad que va dejando una caligrafía esperanzada en las palabras. La evidencia está ahí, con su piel de óxido, como están los muros que cortan los sueños de los sin papeles que buscan sitio en las ciudades del progreso, como están en la imaginación del náufrago las costas acogedoras de una isla cercana: “Al menos si el sonido es luz que se levanta, / quedará alguna voz donde permanecer, / hacer de cada sueño / tinta: palabra a la que aferrarse. / Antes de ese final / que ya mismo comienza. / Que poco a poco traza el hilo del invierno”.
  Sin duda, la percepción crítica sobre los trazos que deja la poesía joven necesita distancia cronológica. Su proceso creador debe abordarse con elementos objetivos que confirmen las vibraciones iniciales y el hecho natural del crecimiento. Y así lo refrenda El hilo del invierno por su sentido orgánico, por el acierto en elegir  residuos y connotaciones sombrías de nuestro tiempo y por la intensidad y consistencia que emiten sus símbolos e imágenes. Por tanto, no especulo cuando digo que Raquel Vázquez es uno de los nombres de confianza del espacio poético actual, una de sus realidades más logradas.
   

miércoles, 16 de marzo de 2016

FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO. DÍAS CUMPLIDOS

Gregor Samsa frente a la ventana
Francisco Álvarez Velasco
XXXI Premio Jaén de Poesía
Hiperión, Madrid, 2015

DÍAS CUMPLIDOS

  Hay títulos de libros que son en sí mismos una invitación a la lectura. El de Francisco Álvarez Velasco (Cimanes del Tejar, León, 1940), Gregor Samsa frente a la ventana, cumple esta premisa; sugiere una inmediata posibilidad de diálogo para compartir las divagaciones del personaje de Kafka. Otro acierto añadido es la cita de César Vallejo, una raíz proclive a la hendidura rotunda: “La cólera del pobre / tiene un aceite contra dos vinagres”.
   Así da el primer paso un trabajo reconocido con el XXXI Premio Jaén de poesía, que se integra en un corpus formado por casi una docena de títulos ya que su autor, Francisco Álvarez Velasco empieza a publicar en la década novísima y ha ido sumando entregas durante más de tres décadas, alejado de cualquier agrupamiento gregario.
  La lírica de Gregor Samsa frente a la ventana alza inventario de lo vivencial. Alude con voz reiterativa a la orfandad de quien respira  el aire cotidiano en el sosiego manso de lo transitorio, entre el temblor de una emoción apenas visible en la claridad crepuscular del día vencido. En ese rumor mudable que no cesa se van acumulando sensaciones. A cada paso irrumpen, desde algún recodo de la memoria. La evocación se convierte en surco generoso que preserva el aliento del pasado. A veces ese rumor adquiere el contorno humilde un objeto hallado en el azar diario. de su percepción nace el poema, palabras que alzan el vuelo como hilos de brisa de un acontecer escorado hacia otros días.
  La percepción del pretérito presenta rostros que zarandean los sentidos. Los hay que crean una cadencia y música, como si el trayecto biográfico interpretara una pieza bailable, un ritmo intimista, un verbo hecho tango que al sonar recuerda el eco afín de Jaime Gil de Biedma. En otros se va gestando un calendario de revelaciones, como sucede en ese tramo  de días de infancia que fijan en el lecho vivencial los contradictorios vislumbres de la existencia, ese vaivén pendular que abre distancia entre la belleza y la finitud en donde adquieren sentido la elegía y la sombría certidumbre de la ceniza.
  El estar del yo difunde una situación paradójica, tiene cercanía con las líneas del paisaje que conforman el entorno y propaga un silencio didáctico. En su callado hueco se hace un hábito la búsqueda hacendosa de respuestas. Leemos en el poema “Adobes”: “Fueron paja trillada / y agua fresca y arcilla / sol de agosto. / Hoy son muro y te ofrecen / contra la luz de julio / dónde apoyar la espalda / y el amor de la sombra“.
 La poesía de Francisco Álvarez Velasco se sitúa frente a la ventana para dibujar en la retina un trayecto de fresca arcilla y sol de agosto. Un mapa de días lejanos cuyas imágenes van acumulando bordes amarillentos en los que la sensibilidad de lo rural todavía copaba el espacio y daba al colectivo un semblante de soledad y ensimismamiento. El tiempo discurría contradictorio y frágil, pronunciando a cada paso  que “el mundo está bien hecho” y corresponde al yo tapar las grietas de la incertidumbre, limpiar aceras con el agua clara de los sueños cumplidos.


     

jueves, 7 de enero de 2016

XAIME MARTÍNEZ. FUEGO CRUZADO

Fuego cruzado
Xaime Martínez
XII Premio de poesía joven "Antonio Carvajal"
Hiperión, Madrid, 2014

FUEGO CRUZADO


   Junto a la música – es letrista y toca en  “La bande du Poulet Fou” – la poesía es quehacer principal de Xaime Martínez (Oviedo, 1993), cuya segunda salida, Fuego cruzado, se incorpora al sello editorial de Hiperión, tras ganar el XVII Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal” en 2014.
   El libro se encabeza con “El cuchillo”, un soneto que sirve como oportuno prólogo reflexivo; la estrofa hace recuento de los recorridos entrelazados en el mapa vivencial y deja constancia de evidencias que anulan cualquier dogmatismo desde el enfoque irónico. Así comienza un libro estructurado en dos apartados de título contrapuesto, “Dedos de luz” y “El lado oscuro”. En el inicial una claridad propicia va dibujando el exacto perfil del entorno próximo, una percepción que busca ofrecer una realidad paralela y cercana que se dilucida con palabras precisas. El lenguaje se ajusta al cauce meditativo con objetivo enfoque. Así nos lo recrea el primer tanka, “Flatus vocis”: “El monte oscuro. / La luna de plata / incendia el bosque. / El silencio es el nombre / exacto de las cosas”.
   La escritura transmite sensaciones y estados de ánimo, expone un pensamiento que se acerca a la condición transitoria de la existencia y a las expectativas de un sujeto que mide la textura de las relaciones humanas, sometidas a una convivencia variable. El poema se convierte en un gesto firme contra el olvido, un símbolo perdurable que acoge a la dinámica vital y la transforma en una construcción de la memoria.  En ese ejercicio de introspección, el monólogo dramático permite recuperar otros estados de conciencia y escuchar el rumor de identidades asentadas en el discurso literario.
   Del diálogo entre las dos disciplinas artísticas mencionadas, música y poesía, surgen canciones como “Catfish blues (The seed shop)”, un texto dedicado a Muddy Waters; la composición es un buen ejemplo de como la voz poética recurre al préstamo literario para elaborar un discurso enunciativo que suena original y remozado: “Ya suenan, ya truenan las graves guitarras: / ya se oye el aullido del rock”. De esta forma, el poema amplia su límites para configurar un espacio libre donde caben los itinerarios de la imaginación y la soledad del viajero, o los aires frescos del homenaje a nombres propios de los escenarios como Bob Dylan o Billy Collins, que conviven con magisterios poéticos y referentes cinematográficos.
   Los aficionados al cine lo saben bien; la gran pantalla es un incansable artesano que modela personajes y secuencias perdurables. Del cine toma Xaime Martínez el sustrato argumental del apartado de cierre, “El lado oscuro”. Un apunte explicativo, concebido como un juego metaliterario, indaga las posibles fechas de composición de los poemas y su origen anónimo. Los autores rehacen antiguas canciones con rasgos propios de la épica e inspiran las viñetas de Batman, el cómic creado por Bárbara Gordon que abrió la exitosa saga cinematográfica.
    En los breves poemas madura el conflicto como detonante de conductas y valores asumidos por voluntades contradictorias. Son viñetas de una geografía que acoge al sinsentido y que obliga al sondeo y la búsqueda de alternativas. Es el precio a pagar por vivir entre la realidad y el sueño. En un lapso de tiempo muy corto, Xaime Martínez se ha convertido en uno de los nombres destacados de la última hornada. En su escritura comparecen el cuidado formal, la naturalidad expresiva  que busca la cercanía del lector, los cambios de perspectiva entre la primera y segunda persona y un textura rítmica de variada polimetría que se lee con fluidez y deleite.



martes, 17 de junio de 2014

PAULA BOZALONGO. AURORA.

Diciembre y nos besamos
Paula Bozalongo
XXIX Premio de poesía Hiperión
Madrid, 2014

LA PERCUSIÓN DEL TIEMPO
 
   El Premio Hiperión de poesía es un certamen proclive al descubrimiento. En sus mejores convocatorias suele dejar sobre el tablero nombres desconocidos que pasan a convertirse a corto plazo en esperanzada realidad. Así ha ocurrido en la XXIX convocatoria, que premia el libro Diciembre y nos besamos, epifanía poética de Paula Bozalongo.
   La escueta biografía apenas deja sitio a dos o tres pormenores. La poeta ha nacido en 1991 en Granada y es estudiante de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Nos hallamos, sin más, ante una primera entrega, sin los titubeos previos de cuadernillos o colaboraciones en revistas, que recurre para iniciar trayecto a dos pilares: Wislawa Szymborska y Joan Margarit, dos estéticas que aglutinan intimidad existencial y coloquialismo.  También la poética de Paula Bozalongo apuesta por el deje confesional y el poema breve; sus versos se caligrafían con la tinta natural del diálogo que hace del encuentro con el interlocutor una confidencia: "estamos en diciembre / y hay tormentas que rasgan / su duelo en el cristal / para que no te olvides / de quererme en invierno ".
   Con buscada sencillez, los poemas recurren los meandros del cauce sentimental, esas orillas dispersas que van quedando al filo de los días y conforman el patrimonio sentimental de cada identidad, aunque no falta la mirada al entorno y la percepción del desajuste. Por ejemplo, esa inquietud que expande el callejero erosionado de Sarajevo, marco de la barbarie de la guerra de los Balcanes, y escenario permanente de la mejor poesía de Izet Sarajlic.
   En los rastros del instante habitan sensaciones encontradas y de nuevo en Diciembre y nos besamos el cauce argumental explora la temporalidad y su relación con la vida diaria en sus rincones más umbríos. La ausencia propaga vacío, esconde soledad y frío, deja en la sombra el humo alarmado de la incertidumbre. Y esa temperatura en la conciencia encuentra su reflejo en el poema porque cada verso es la formulación de un derecho de réplica, hace que nos escuche la percusión del tiempo. Es sabido que la poesía es un asunto de palabras justas, de voces que iluminan y escriben con pulsión firme en el papel incierto de las horas.
  Paula Bozalongo acaba de llegar, pero llama a la puerta de la poesía con gesto sereno y contundente. Diciembre y nos besamos ofrece una certera muestra de poesía cristalizada en torno a los alrededores del amor. Para que un poeta sea él mismo, siempre igual y siempre diferente, necesita fijar su voz  en la página escrita; esta amanecida desprende ilusión y esperanza, la nítida estela de una voz nueva.

jueves, 29 de agosto de 2013

ARIADNA G. GARCÍA. ÁRTICO.

La guerra de invierno
Ariadna G. García
Hiperión, Madrid, 2013
Premio Internacional de poesía "Miguel Hernández"
 ÁRTICO
 
   En el plazo temporal de tres lustros, Ariadna G. García (Madrid, 1977) ha forjado un quehacer creador asentado y diverso, que convierte a su autora en una de las propuestas de primera línea en el horizonte literario actual. Su trayecto comienza en 1997 con la entrega Construyéndome en ti, y tiene continuidad en los poemarios Napalm (2001), Apátrida (2005) y La Guerra de Invierno, todos avalados por premios relevantes.
   El libro´que aquí comentamos, La Guerra de invierno es una indagación en el devenir existencial que toma el viaje –un asunto clásico en continua renovación- como impulso poético. Los poemas completan una senda cognitiva por el mapa de Finlandia con un cuidado engranaje formal. El cuaderno de impresiones se organiza en tres fases, con pórtico y epílogo. En el aeropuerto de Helsinki arranca y concluye un tránsito en el tiempo, aglutina descubrimientos y plenitud sentimental, meditación y percepciones denotativas de los signos al paso. El viaje propone a quien lo protagoniza una enriquecedora geografía que deja en la memoria sus huellas dactilares. Así sucede en escenarios como  Helsinki o Turku, segunda parada, donde la cálida respiración de las emociones asiste a los renovados ciclos naturales de un entorno extremo. De los textos emana un pacto convivencial con el ambiente, circunstancia que comparten todas las secciones.
   El tramo inicial del poemario muestra un pulso conversacional e intimista; el yo se asoma a la amanecida del asombro, despereza su soledad y destensa su atención en un recorrido epifánico. Varía el enfoque en el segundo apartado, donde “La exploración” abre un nuevo registro en la escritura; el sujeto lírico, cercano y directo, cede la palabra a un narrador testigo que relata pormenores de un hito histórico. El intimismo muda en épica para recordar  las gestas viajeras del explorador finés Adolf Erik Nordenskiold, quien fue el primero en romper las barreras de hielo del sureste de Groenlandia y completó la ruta del Mar del Norte. En el mismo registro, que hibrida poema en prosa y relato breve, se sitúa el conjunto poemático “La Guerra de invierno” que aborda secuencias con nombres propios de la Segunda Guerra Mundial, cuando Finlandia, entre 1939 y 1940, lucha por su independencia frente al belicismo expansivo de la Unión Soviética.  Los poemas acogidos en el bloque de cierre retoman el tono personal de la primera parte, incluso en los haikus, para completar ruta. Otra vez lo subjetivo se convierte en elemento hegemónico; retorna el yo personaje con sus seguridades y dudas, con los pliegues de la incertidumbre y las vicisitudes emocionales.
   Con esa filosofía del viaje como propuesta para conocer al otro y a uno mismo, Ariadna G. García convierte el espacio finés  en lugar de encuentro y territorio simbólico en que se perciben los rastros de la experiencia colectiva y la conciencia cotidiana del yo individual. Un pautado desplazamiento que constata paisajes interiores y el rostro ártico de la realidad con la calidez de una excelente poeta.