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martes, 1 de octubre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS


   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la puesta en marcha de Olifante, Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El escritor ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan su autonomía singular y su vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal, el poeta añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, esbozando un intervalo de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco que salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero ese elemento volátil también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa luz extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
  A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar auroral y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo donde va perdiendo energía hasta mudar en un espacio oscuro, en un lugar a solas en la penumbra donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos. Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad; la contradicción que convierte el refugio en cárcel que niega la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria: la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas cuajadas de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras. Es hora del todo por decir que intuye la fortaleza de la pulsión creativa.
  Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un espejismo fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de los libros y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un transitar colectivo de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas como la chaqueta de pana definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como empeño de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pretérito sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Poesía enunciativa e intimista, profundamente vital, con una permanente evocación del pasado para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 

JOSÉ LUIS MORANTE
 
 



 

martes, 3 de septiembre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante, Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS

 

   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la amanecida de Olifante Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El poeta ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan autonomía singular y vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal el autor añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos y puertas de salida entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, abriendo una tregua de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco; salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero la luz también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa aurora extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
   A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo en el que va perdiendo energía hasta mudar en un espacio de sombra, en un lugar a solas, en la penumbra, donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos.
  Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad, esa contradicción que convierte el refugio en cárcel para negar la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria en la que la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas, cuajado de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras; es tiempo del todo por decir que intuye “la fortaleza del arte”.
   Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un tiempo ilusorio fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de la lectura y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un afán colectivo, de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas, como la chaqueta de pana, definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como intento de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pasado histórico sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Una poesía intimista y profundamente vital, con una permanente evocación del recuerdo para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 


JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 




viernes, 5 de abril de 2024

BUSCAR SITIO A UN LIBRO

Habitar el caos
Rivas Vaciamadrid, abril, 2024

 

BUSCAR SITIO A UN LIBRO

 

Nada se sabe, todo se imagina

 

FERNANDO PESSOA

 

   Este tiempo digital ha emplazado en sitio visible a la necesidad de valores que buscan un lugar propio. Hay que reivindicar cada vez más fuerte, sin quiebras ni estridencias, que hay una abrumadora crisis moral que afecta a todos los estamentos sociales. Se percibe a diario en la estridencia alborotada de los medios y en la disolución de los referentes políticos y sociales. Una sociedad sin valores es un organismo al que le han extirpado su arteria principal; la crónica de una muerte anunciada.

    Íntima cartografía del sujeto verbal y sus desplegadas conexiones con el entorno. Se acumulan los libros en estantes provisionales, cajas, maletas, mesas de trabajo y se agrieta la discusión perpetua: hay que seleccionar libros y desprenderse de los que desbordan las habitaciones. Pero ¿qué libros sobran? 

  Los etiquetados imprevistos en el muro, hechos casi siempre con la mejor voluntad, no pocas veces me crean un problema: si he pasado una sema haciendo una reseña y anuncio en el Facebook la nueva entrada del blog, no hay sitio para promocionar mis propios poemas, los éxitos literarios de desconocidos o los eventos digitales del día; así que borro la etiqueta y sé que borro también un poco de la amistad del otro. Pero la razón es meridiana y es bueno que el otro también perciba claridad y amanecida; el despertar en un libro leído por intensa dedicación.

  La caligrafía insomne de su mensaje me recordó: “no tengo aspiraciones trascendentes. Solo quiero ser feliz”.

  Cuando viajamos y veo algún puesto de libros o alguna librería de viejo suelo comprar un puñado de títulos que ya tengo. Ella me mira con sempiterno gesto de fastidio y me pregunta: "César Vallejo, Oscar Wilde, Raymond Carver... ¿Por qué compras libros que ya están en casa?". Nunca sé qué decir; yo también me lo pregunto con frecuencia. No sé, acaso porque ese gesto crea el espejismo de que la biblioteca personal no me abandona y se desplaza conmigo en cada viaje

 (Apuntes del diario)

 


martes, 17 de septiembre de 2019

TRINIDAD GAN. ITINERARIO POÉTICO


Trinidad Gan
(Granada, 1960)


 ENCUENTRO EN MADRID


   El próximo viernes, día 20 de septiembre, a las 19 horas en la librería Alberti presentamos el libro El tiempo es un león de montaña, última entrega poética de Trinidad Gan. Será una jornada llena de amistad y poesía porque su escritura retrata un talante personal cercano y cómplice. He vuelto a releer su obra completa y he percibido en los textos esa pequeña galaxia que ocupa la voz propia. esa voz que no nace de la estridencia sino del decir necesario, de las incertidumbres existenciales que solo requieren unas pocas palabras para trazar el retrato de un yo concreto. Desandar su trayecto creador en el tiempo es poner sitio a una geografía limitada y urbana que hace de Granada el lugar del poema.
  El espacio literario en Granada durante las últimas décadas, y con un litoral básico formado en los años ochenta por el grupo La Otra Sentimentalidad, se ha constituido como núcleo central de la estética figurativa. Esa contingencia, que ya es una consideración crítica aceptada por unanimidad, no anula el perfil individual de los nuevos nombres ni deja en la sombra evoluciones y matices remozando la razón del poema. Trinidad Gan (Granada, 1960) deja su primera entrega, Las señas del pirata casi en el cierre de siglo, aunque había cursado Filología Hispánica en la Universidad de Granada en los años de la transición, cuando fue colaboradora de la revista Letra Clara y tenía amplia presencia en la puesta en escena de grupos teatrales universitarios como Aula 6 o La Liorna Teatro.
   Aquel paso auroral fue comentado por Ángeles Mora como una hermosa metáfora sobre el amor; se entendía la relación sentimental no como utopía de plenitud sino como tortuoso sendero a la derrota. Así se abría una poética intimista, que se acerca a las cosas con percepción desvelada, capaz de abrir incisiones imaginarias en lo real. A través de una poda de recursos, se nutría de una cercana dicción coloquial. Son claves de taller acentuadas en las entregas posteriores, con las que logra un notable reconocimiento. El segundo libro, Fin de fuga, obtiene en 2008 el Premio de Poesía Ciudad de Cáceres. Luis García Montero comenta que Fin de fuga "sitúa su palabra en la naturalidad de lo imposible. La fuga nunca acaba, el campo de batalla nunca recupera la paz, el amor desbordado se pierde y no se agota. la compensación es que la esperanza deteriorada no deja de buscar una luz en la memoria y un puerto en el mar del futuro". La entrega aglutina poemas que dan voz al desarraigo; entrelazan crisis personal y azaroso asentamiento de un momento histórico que condena al derrumbe dogmas e ideologías. El fracaso parece un horizonte circular que invita a recuperar el ayer como elemento de concordia interior, así se percibe en Caja de fotos (Renacimiento, 2009); los versos reconstruyen las instantáneas de la memoria; adquieren el formato de antiguas fotografías que refugian el temblor del pasado. Ya en 2014 se publica en Valparaíso Ediciones Papel ceniza, poemario donde resaltan las líneas de luz del sujeto poético. Suele aparecer como un yo desdoblado que se acerca a la realidad con celo indagatorio; quiere entender la gramática de lo diario y su caligrafía en el papel ceniza del decurso existencial.
   El título El tiempo es un león de montaña se inspira en un verso de Raymond Carver. Sirve también como homenaje a uno de los principales exponentes del realismo sucio. El poeta norteamericano es un magisterio fuerte que hace del final de los sueños y de la falta de utopías redentoras los centros gravitatorios de sus ficciones narrativas y poéticas. Trinidad Gan asume esa fractura entre el yo y el entorno; el trayecto vital muestra un desencanto que convulsiona las fibras interiores; ese diario del desencanto da pie a una crónica descarnada y minimalista. El tiempo consume los trechos del camino “sin apenas vislumbres de horizonte”.
   El león se convierte en representación simbólica del tiempo; es esa fiera que acecha nuestros pasos y dormita en la sombra para capturarnos. Su fuerza magnética concita la azarosa presencia de lo inquietante: “me vigilan los ojos de una fiera, / su cuerpo es una ráfaga de fuego / que se adivina entre los raudos árboles / y finge acompañarme silenciosa “. De ese encuadre existencial se hace cargo el poema, convertido en reverso de huellas. La palabra se moldea como un punto de fuga en el que se entrelaza la solitaria postal del sujeto concreto y el estar colectivo de esos escenarios del dolor como Gaza o Alepo que suelen asomarse al conformismo de la sobremesa desde el telediario con sus escombreras manchadas de rojo.
   Pocas estrofas encierran en sus esquemas mínimos la sensorialidad del haiku y el tanka. En su despojada estructura, se dan cita alteridades, sensaciones y pensamientos. Allí se alzan como espacios dispuestos a cobijar el león del tiempo y su rumoroso transitar. Así se va definiendo un camino donde se descaman las vivencias o se constata cómo lo transitorio va adquiriendo color crepuscular: “Hojas de otoño / igual que lo vivido / se arremolinan “, “Y en la memoria / de aquello que miraste / van confundidos / el cazador que huye, / la fiera que te habita”.
   Cuando las manecillas del reloj  dibujan el ahora, se abre la ventana de lo posible. El despertar es comienzo; abre su latido a la caligrafía remozada del poema para que salgan a la luz destellos todavía capaces de recomponer en los laberintos interiores algunos rincones de felicidad. Es un empeño inútil, una huida imposible: “Pero al fin me dio caza. / Me arrastró sin piedad a su guarida. / Cubrió mi cuerpo con esa hojarasca / que llamamos memoria. / Y ahora él  escapa en la noche. / Se vuelve apenas a mirarme / y al cruzar nuestros ojos / veo el tiempo quedarse detenido / a orillas del silencio”.
   La poética de Trinidad Gan tiene en El tiempo es un león de montaña un valor de continuidad. Se aprecia en su voz la fortaleza madura de una visión del mundo en su relación con las palabras. Protagoniza un afán lúcido por trascender vivencias personales, sin rupturas, enriqueciendo la reflexión con una imaginación creativa que propicia encuentros entre temporalidad y pensamiento. Se ha dicho con frecuencia que el autor engrandece por la experiencia el mismo libro; y es verdad: la escritura no es sino el armisticio que firmamos a diario con incertidumbres y obsesiones. Con ellas, Trinidad Gan deja en sus poemas el tónico permeable de la palabra.




domingo, 17 de junio de 2012


Tiene la impresión de quien acaba  de despertarse, 
pero en su mirada también se aprecia que viene de muy lejos.

                                                                 RAYMOND CARVER

Contable o profesor lo somos todos,
pero existen instantes en los cuales
uno puede escapar de la derrota.

                                            JOAN MARGARIT

Lugar


En el cuarto descubro
un retiro dispuesto.
Seduce imaginar
las toscas mordeduras del relieve,
el nudo minucioso de senderos
que invade ese dominio.
Existe aquel lugar,
un archipiélago
ceñido a la intemperie de la espuma,
como existe el pasado
con su ruido de puente levadizo.
Sabré cuando se muestre
el orden natural de su transcurso.
Habrá en esa visión
un hueco estupefacto,
un oculto solar
para que se despliegue
tu silente pureza, tu aire limpio.

                (DVD, Barcelona, 2005)