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jueves, 24 de julio de 2025

ÁNGEL GUINDA. POESÍA REUNIDA 1970-2022

Vida ávida
Poesía reunida 1970-2022
Ángel Guinda
Olifante Ediciones de Poesía
Zaragoza, 2025

 
VIAJE INTERIOR


    Olifante ediciones de Poesía conmemora el XLVI aniversario de su fundación por Trinidad Ruiz Marcellán con una amplia muestra de la obra poética de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022). El escritor firmó en vida dieciséis títulos de poesía, algunos ensayos, varios manifiestos y un amplio compendio aforístico. Además, como traductor, versionó autores al castellano desde el inglés, el italiano, el portugués y el catalán.
    El volumen es una antología representativa de la poesía escrita entre 1970 y 2022. La minuciosa panorámica se abre con Acechante silencio, breve conjunto de los primeros poemas, fechados entre 1970 y 1979. En esta amanecida de tanteo ya se percibe una inclinación natural hacia el buceo interior a través de una lírica despojada y concisa. La voz meditativa reflexiona sobre la temporalidad del sujeto y hace del amor cráter referencial.
  El aporte se consolida con Vida ávida, salida que acoge el quehacer entre 1980 y 1990. Son textos que hacen de la identidad del yo su eje gravitatorio; buscan la razón de escritura en la caligrafía indagatoria de quien explora laberintos internos y reflejos especulares. En torno a un selecto abanico de asuntos de calado existencial se construye un sujeto poético que habrá de tener amplia continuidad. De este modo, los títulos engarzados hasta el cierre de siglo – El almendro amargo (1986), Cántico corporal (1989), Conocimiento del medio (1990-1995), La llegada del mal tiempo (1995-1996) y Biografía de la muerte (1996-2000)- no muestran quiebras ni cambios de rumbo. Configuran una etapa meditativa y compacta, una sensibilidad crepuscular donde la muerte, el discurrir y los estados de ánimo del protagonista verbal son tramas recurrentes.  
  En este intervalo Ángel Guinda aflora una de sus propuestas poéticas más conocidas: “Arquitextura”: Escribo contra la realidad, / no sobre ella. / La poesía es una rebelión. / El poema soy yo fuera de mí, / el mundo que me invade / haciéndome estallar “. Cada verso es flujo mental; un aserto autónomo, con pleno sentido, dispuesto al debate, sondeando la densidad matérica de las palabras y sus especulaciones. Conviene recordar que en el ensayo La experiencia de la poesía el poeta presenta un conjunto de textos muy personales sobre la orografía del poema. Da fe de un ideario diverso que abarca los manifiestos “Arquitextura”, “Poesía y subversión”, “Y poesía ni contracultura”, junto a otros dos ensayos breves: “Defensa de la dignidad poética” y “Emocionantismo”.
   Al adentrarse en el siglo XXI, Ángel Guinda firma dos nuevas entregas, La voz de la mirada (2000-2001) y Toda la luz del mundo (2000-2002). El primero, desde el concepto de poesía útil, moldea el poema necesario, aquel que es capaz de capturar el resplandor interior que guardan las palabras mientras aviva el misterio que persiste en lo real. Sorprende en esta salida su inquietud formal, los textos con un claro propósito vanguardista y fónico. El libro Toda la luz del mundo (2000-2002) recoge fragmentos aforísticos. Es sabido que el aforismo no se encuadra nunca en una única definición del género, pero los integrados optan por la frase limpia, despejada, directa, que imprime eficacia en el destello comunicativo y en la precisión semántica.
   También la entrega Claro interior (2002-2007) se caracteriza por su lírica humanista y ontológica. En su selección toma cuerpo la geografía profunda del poema. La indagación metaliteraria concede a las palabras la pulsión de lo perdurable; más allá de la estética, la poesía alienta un recorrido gnómico, de afirmación y conocimiento, de toma de conciencia. 
   Las premisas reunidas en Poemas para todos (2009) son un alegato contra el conformismo; los versos rechazan la asepsia textual de los que solo aceptan vivir por inercia, como acto inevitable. Si el presente vende sucedáneos que causan la debilidad del pensamiento, Ángel Guinda milita en el pensamiento crítico de búsqueda y acción del ser frente a la nada como principio activo de la palabra.  
   El poeta no encuentra mejor coartada para la felicidad que el sentimiento amoroso y a ese sentir dedica la entrega Materia del amor (2008-2009). El tema clásico se reactualiza y cobra plena vigencia.  El camino hacia el otro se hace expresión del vivir. Amar es una actitud ante la vida, una celebración de la belleza y de la libertad que convierte al sujeto verbal en un protagonista activo del deseo y la sensibilidad sensorial.
    En 2010 aparece Espectral. una escritura en prosa poética de verbo pesimista y desajustado. Ángel Guinda convierte su reflexión en un espacio fragmentado en el que anidan incertidumbres permanentes que resisten la arbitrariedad del tiempo. La escritura es una forma de entender el mundo y entenderse a sí mismo, un esbozo, una prospección, una respuesta no hallada que pugna por definirse en el magma informe de un poema no escrito.
   Más cercano a su escritura meditativa, Caja de lava (2011-2012) inquiere en la voluntad de ser desde las erosiones y la incertidumbre. Tras la autobiografía del hablante lírico está la palabra “adiós”. Quien nace avanza hacia la nada, profundiza en lo hondo, y vislumbra el vacío como monolítica dirección. No hay retorno en esa mirada al abismo. En Rigor vitae (2012-2013) las palabras formulan un brusco soliloquio fde teselas filosóficas. Con imágenes de gran impacto semántico, el sujeto verbal comparte y evoca turbulencias existenciales. La vida profunda parece asolada por la inclemencia, por un agobiante destino de sombras y desolaciones. La tempestad queda dentro y la vigilia vislumbra un transitar errático por caminos de humo. Es la hora de la soledad, del tiempo que cuestiona la inocencia y se exilia en el onirismo, la alucinación y el delirio.
   Catedral de la noche (2013-2015) cobija los latidos del desmoronamiento. La muerte habita dentro; remueve las entrañas, araña vísceras y hace del continuo cronos un exiliado que camina y tropieza, que percibe que la realidad se esfuma noche adentro. Todo se vuelve huida en el ahora. La vida se ralentiza y se hace dominio de la noche. El título abre una etapa final de inmersión y aceptamiento de la fragilidad de ser que prosigue con Los deslumbramientos y Recapitulaciones. Ambos libros cierran el lustro 2015-2020.   
   Con voz apelativa en Los deslumbramientos el sujeto verbal hace del poema un soliloquio en torno a la existencia y su continua estela de desapariciones. También lo más compacto termina disgregándose, como piedra caliza. El pasado fue y ahora se diluye en lo más íntimo, se esconde en esas hondas grietas por las que se escapa el existir hacia su última mudanza. Como si volviera los ojos hacia sí miso, el alter ego repasa los contornos del después en Recapitulaciones. No hay camino de vuelta y se acrecienta la orfandad mientras el yo dispersa por el suelo imágenes y recuerdos, su fe de vida, la confesión desnuda de quien ha vivido.
   La antología cobija como coda composiciones circunstanciales, entre la crítica y el homenaje y un libro póstumo, publicado en 2023, Aparición y otras desapariciones, con el que se completa el mapa lírico y sus itinerarios en el tiempo. Queda en Vida ávida la certeza de que más allá de la fecha de caducidad de cada cuerpo está el impulso vital de la palabra, esa masa madre de “inteligencia, armonía, belleza y claridad” con sabor a pan tierno y a soledad dormida.
 
JOSÉ LUIS MORANTE




 
  

martes, 1 de octubre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS


   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la puesta en marcha de Olifante, Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El escritor ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan su autonomía singular y su vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal, el poeta añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, esbozando un intervalo de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco que salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero ese elemento volátil también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa luz extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
  A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar auroral y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo donde va perdiendo energía hasta mudar en un espacio oscuro, en un lugar a solas en la penumbra donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos. Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad; la contradicción que convierte el refugio en cárcel que niega la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria: la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas cuajadas de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras. Es hora del todo por decir que intuye la fortaleza de la pulsión creativa.
  Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un espejismo fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de los libros y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un transitar colectivo de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas como la chaqueta de pana definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como empeño de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pretérito sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Poesía enunciativa e intimista, profundamente vital, con una permanente evocación del pasado para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 

JOSÉ LUIS MORANTE
 
 



 

martes, 3 de septiembre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante, Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS

 

   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la amanecida de Olifante Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El poeta ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan autonomía singular y vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal el autor añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos y puertas de salida entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, abriendo una tregua de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco; salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero la luz también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa aurora extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
   A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo en el que va perdiendo energía hasta mudar en un espacio de sombra, en un lugar a solas, en la penumbra, donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos.
  Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad, esa contradicción que convierte el refugio en cárcel para negar la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria en la que la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas, cuajado de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras; es tiempo del todo por decir que intuye “la fortaleza del arte”.
   Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un tiempo ilusorio fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de la lectura y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un afán colectivo, de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas, como la chaqueta de pana, definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como intento de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pasado histórico sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Una poesía intimista y profundamente vital, con una permanente evocación del recuerdo para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 


JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 




miércoles, 30 de noviembre de 2022

GOYA GUTIÉRREZ. POZO PRÓDIGO

Pozo pródigo
Goya Gutiérrez
Olifante Ediciones de Poesía
Zaragoza, 2022


 REGRESOS

 

  Nunca dejo de recordar, cuando recibo una entrega poética de Goya Gutiérrez (Cabolafuente, Zaragoza, 1954),  su activismo impulsor tras las páginas de la revista Alga. Una tarea valiosa que ha compaginado con la escritura crítica y un trabajo lírico que abarca las salidas De mares y espumas, La mirada y el viaje, El cantar de los amantes, Ánforas, Hacia lo abierto, Grietas de luz y Lugares que amar, poemario que moldea un homenaje a la expresión artística desde diferentes estrategias expresivas como el cine, la pintura, el teatro, la fotografía, o la palabra como espacio habitable de verdad y belleza.
   El territorio lírico de Pozo pródigo muestra como pórtico un temblor inaugural. Es un intervalo de espera donde la búsqueda y el vislumbre de horizontes despiertan la conciencia para salir al día. Todo amanece con una iconografía de plenitud que aloja, en el regreso, un paisaje interior celebratorio. En los pasos iniciales de Pozo pródigo prevalece una mirada reflexiva sobre un recorrido que aglutina al mismo tiempo diversidad y azar. Son ángulos del poema que aportan una mirada integradora en el sujeto poético, donde la introspección es una tarea básica del estar.
  Son acordes de un recorrido que, de cuando en cuando, retorna al pasado por la evocación para vislumbrar la casa abandonada y el resplandor dormido de otro tiempo. Las estaciones se han convertido en testigos de un tránsito en el que se van desdibujando las huellas, como si lo vivido se quedara dormido entre la niebla: “Cada uno de nosotros llevamos en nuestra piel / un mapa de ese recorrido pedregoso, / el amarre de los vientres a la negra argolla / de la incertidumbre y de los malos propósitos”.
   En ese avanzar por la sombra se percibe un lugar interior convulsionado, hecho desapacible negrura.  Se suceden las imágenes que hablan de desolación e intemperie, mientras nace de nuevo la necesidad de crear un espacio habitable que conlleve nuevas formas de creer, vivir y amar. Se trata de gestar una actitud distinta frente a las pérdidas y derrotas. Hay que resistir buscando fuerza en el canto para poner fin a la errancia, descubriendo el umbral de una casa abierta. Quien recorre los calmos laberintos del tiempo debe saber el hueco que cobija la luz auroral, aquella que dibuja formas y colores y comparte el calor del mediodía, ese “incipiente sol de primavera”.
   El título del apartado central, “Amor de trenza, fuerza de carbunclo” lleva un introito de citas de fuerte contenido semántico. Se dan la mano Gaston Bachelard, Francisco Rico, Piedad Bonnett y Federico Gallego Ripoll.  Otra vez emerge, renacida y cálida, la casa. El recuerdo se hace elemento de vida. El contexto sugiere una definición matérica, como si se esforzara en recuperar los elementos que contienen las claves de lo temporal. En la acumulada historia de las habitaciones se muestra una claridad en la que resuena el crepitar del mundo. En él reviven criaturas y espacios. Ahí está el cercano recuerdo de la hija y aquel armónico desorden de la infancia que se guarda intacto en el mapa de la memoria, como si la casa no pudiera nunca desprenderse de sus raíces más emotivas. Y está también ese largo itinerario de lecturas en el tiempo, donde se fueron acumulando las voces de poetas invisibles, junto a esa nómina de creadores que logró vencer al tiempo y convertirse en presencias perdurables desde la secreta esencia del poema.
   Queda en Pozo pródigo el misterio de lo vivo y lo inerte, esa arcilla moldeable que las manos del tiempo van dando formas para que su piel cobije lo transitorio. Nace así una voz elegíaca, “una poeta que recoge y trasciende con su sutil vasija”, que abre caminos de regreso, que dejan en el presente espacios y vivencias. Son imágenes del tránsito, dispuestas a mostrar en su claridad expresiva, la voz del pretérito; el hueco enmudecido de lo germinal que concede sentido a la existencia. Retornan pasos marcados en la encrucijada del tiempo. En ellos se sostiene el ahora; las paredes alzadas de una casa que es secreta respiración de la memoria.
 

JOSÉ LUIS MORANTE