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martes, 1 de octubre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS


   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la puesta en marcha de Olifante, Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El escritor ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan su autonomía singular y su vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal, el poeta añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, esbozando un intervalo de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco que salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero ese elemento volátil también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa luz extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
  A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar auroral y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo donde va perdiendo energía hasta mudar en un espacio oscuro, en un lugar a solas en la penumbra donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos. Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad; la contradicción que convierte el refugio en cárcel que niega la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria: la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas cuajadas de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras. Es hora del todo por decir que intuye la fortaleza de la pulsión creativa.
  Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un espejismo fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de los libros y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un transitar colectivo de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas como la chaqueta de pana definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como empeño de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pretérito sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Poesía enunciativa e intimista, profundamente vital, con una permanente evocación del pasado para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 

JOSÉ LUIS MORANTE
 
 



 

martes, 3 de septiembre de 2024

MANUEL RICO. QUEBRADA LUZ Y EL MURO TRANSPARENTE

Quebrada luz
y
El muro transparente
Manuel Rico
Olifante, Ediciones de Poesía
Tarazona, Zaragoza, 2024

 

SECUENCIAS

 

   Con motivo de la celebración del XLV Aniversario de la amanecida de Olifante Ediciones de Poesía, catálogo poético fundado y  dirigido desde su inicio por Trinidad Ruiz Marcellán, se reeditan en un solo volumen dos entregas del poeta, narrador y crítico Manuel Rico (Madrid, 1952). La primera, Quebrada luz, llegó a los escaparates literarios en 1997, tras ser reconocida con el Premio Esquío de Poesía en castellano en 1996, y la segunda, El muro transparente, fecha su primera impresión en Ediciones Libertarias en 1992. El poeta ha optado por sumar ambos libros porque los considera “secuencias de un mismo impulso ético y estético, de una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad”. Con todo, ambos trabajos preservan autonomía singular y vocación de aglutinar los esquejes argumentales con empeño unitario porque “todo poema es una construcción de la lengua que tiene que revelarnos algo no siempre definible, transmitirnos un temblor misterioso, añadir emoción a nuestra vida”.  En nota prologal el autor añade a su forma de entender la poesía dos empeños sostenidos en el discurrir verbal: palabra reveladora, que busca estratos y puertas de salida entre los interrogantes existenciales, y conciencia crítica ante un contexto próximo y heterogéneo, un mundo incomprensible y extraño, nunca exento de contingencias e insatisfacciones.
   Quebrada luz contiene una cita definitoria del poeta Wallace Steven, quien asemeja la luz con una araña que avanza entre los bordes de la nieve y se abre paso entre sombras, abriendo una tregua de claridad y transparencia. Desde esa sensación de presencia fuerte, la luz se confirma como elemento genesíaco; salva la memoria y sorprende los contornos difusos de aquello que no existe. Pero la luz también tiene un reverso; es zozobra y huida hacia la sombra, la claridad quebrada de quien mira a través de la niebla o entre la espesa densidad del humo. En esa aurora extinguida el sujeto poético descubre un territorio incógnito, hecho de soledad y de grisura, de podredumbre e intemperie, donde los sueños se desvanecen y caminan hasta el desamparo.
   A lo largo de las composiciones, la luz simboliza despertar y transparencia, pero también las erosiones del transitar, ese largo viaje hacia el crepúsculo en el que va perdiendo energía hasta mudar en un espacio de sombra, en un lugar a solas, en la penumbra, donde duerme el fracaso y en cuyos andenes trastean los sueños no cumplidos.
  Más allá del despertar vital, se oye crujir el tiempo, las hojas secas de un azaroso trayecto que fue sumando luces y sombras, que puso voz a la belleza y la infamia en el empeño de vivir.
    Publicado en 1992, El muro transparente contiene una amplia suma de composiciones, organizada en cuadernos. El muro representa hermética clausura y seguridad, esa contradicción que convierte el refugio en cárcel para negar la amanecida al otro lado. El aserto también permite una lectura en clave metaliteraria en la que la palabra escrita es el muro a construir que oculta y protege de la realidad. En el primer cuaderno prevalece un entorno nocturnal, hecho de sendas envejecidas, cuajado de recuerdos. El ayer aparece, sin rumbo, para mostrar un patrimonio escueto que invita a cerrar los ojos y cobijar su textura de nieve en el poema; así nace una vocación literaria que hace de Juan Ramón Jiménez empuje y magisterio para moldear un desván de palabras; es tiempo del todo por decir que intuye “la fortaleza del arte”.
   Son frecuentes entre los textos los paisajes conocidos de lo cotidiano: los reencuentros con otras presencias afectivas, las lecturas sobre la mesa de trabajo, la geografía difusa de la ciudad con “sus rincones de madera, de niebla y de vino”. El segundo cuaderno se define como un canto celebratorio al tejido sentimental; el amor pasa a primer plano para que se encuentren la piel y las palabras, la brasa que alza luz entre la niebla.
   Más reflexivo, el tercer apartado acoge en su brevedad indagatoria los estados que cobija el espacio íntimo de la conciencia. La sospecha de que vivimos en un tiempo ilusorio fortalece las dudas y los signos confusos de la palabra; invita a refugiarse en la voz poderosa de la lectura y en el convencimiento de habitar una madurez cansada por la costumbre que recuerda y evoca.
   Con luz de estío, los poemas acogidos en el tramo final moldean el trazado de un afán colectivo, de entusiasmo difícil e ideales grisáceos, de paisajes con sombras que definían los límites del extrarradio y su entramado de remotas calles. También algunas prendas, como la chaqueta de pana, definían las maneras de salir al día y soñar con una tierra de fraternidad. El poema “Dirty realism” es un cálido homenaje a Raymond Carver y su querencia natural en las tramas narrativas por lo anónimo, lo vulgar y por las vivencias de seres normales; es también una manera de posicionarse en una estética que traza una épica de seres normales, de presencias concretas, que parecen huir de la vida mostrando sus espacios de sombra.
   En la poesía de Manuel Rico el tiempo ocupa un vértice central. Su transcurso genera una definición secuenciada de la existencia que aglutina la infancia como espacio angular de la luz y convierte a los días de madurez en un estar crepuscular, marcado por el tedio ambiental de lo cotidiano. En este ciclo de nomadismo vital, el verano –tan definido en el apartado “Quinto cuaderno” “Palabras para una noche de verano”-, refleja plenitud y esplendor, ese campo inmaterial de los sueños cumplidos: “Esta adherencia a la memoria / de todos los veranos / lleva dentro de sí / imborrables siluetas, testimonios / de amores fugitivos / e historias sin relieve / cuyo valor reside sobre todo / en el temblor oculto del paisaje…”.
   El muro transparente se hace en el cuaderno final la evocación de quien inventa una nueva realidad, tangible en el papel, que hace presente lo vivido y recupera súbitos destellos: “De nada sirven los relojes / cuando la vida encuentra /la contención del arte”, ese oficio tenaz que transforma lo fugitivo en permanencia.
   En la poesía de Manuel Rico lo autobiográfico es tema recurrente, no como tentativa de recuperar secuencias concretas, sino como intento de ajustar los rasgos comunes de una generación marcada por un pasado histórico sombrío y como forma de dar sentido y transfigurar la realidad a través de la expresión literaria. Una poesía intimista y profundamente vital, con una permanente evocación del recuerdo para habitar el presente y reconstruir, grano a grano, ilusiones y sueños.
 


JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 




lunes, 11 de marzo de 2024

POESÍA CONTRA EL OLVIDO: 11- M



ESCRITOS CON DOLOR
 
Madrid, once de marzo (Poemas para el recuerdo)
Edición de Eduardo Jordá y José Mateos
Pre-Textos, Valencia 2004.
 
11-M ( El Sornabique -7)
Edición de Luis Felipe Comendador
LF Ediciones, Béjar, 2004
 
11-M: Poemas contra el olvido
Edición y coordinación de José Paz Saz y Manuel Rico
Bartleby, Madrid, 2004.
 
    Aunque el ánimo no podrá acostumbrarse nunca a la gratuidad de la acción terrorista y el pensamiento racional anula cualquier indicio que intente justificar la autoría intelectual del atentado, llegará un tiempo en el que el once de marzo en Madrid será un suceso pretérito, difuso, en el que cueste ubicar las circunstancias, los nombres de las víctimas, o las dimensiones de la tragedia. La memoria tiene esos mecanismos de defensa para disfrazar las aristas más rechazables de la condición humana y la vorágine del devenir en la gran ciudad restablece, con enfermiza urgencia, el hilo de continuidad tras las conmociones. Sin embargo, para que el olvido no se instale en el territorio de lo cotidiano y haga de la historia una página de signos desvaídos, se han publicado tres volúmenes que contienen unos centenares de poemas. Todos están escritos con dolor.
    Son muchos los nombres que se repiten y casi todas las generaciones en activo están  presentes en este gesto de solidaridad y esperanza;  todos somos pasajeros en los trenes de cercanías que sufrieron la barbarie del fanatismo.
   Madrid, once de marzo, subtitulado poemas para el recuerdo ha sido coordinado por Eduardo Jordá y José Mateos. El conjunto, presentado por la editorial Pre-Textos, parte de una idea de la librería madrileña Rafael Alberti que al día siguiente del atentado colgó en sus escaparates los lamentos y despedidas de poetas y madrileños anónimos. Tal iniciativa desbordó las previsiones de los organizadores y cuajó en una obra que contiene poemas escritos en todas las lenguas del estado y en la que comparten página clásicos como José Antonio Muñoz Rojas, nombres ilustres de la generación del cincuenta como José Manuel Caballero Bonald y poetas que todavía no han traspasado el umbral de los veinte años como Elena Medel; entre los tres, más de cien voces que han dejado las huellas del dolor en textos en los que predomina el desgarro y en los que las preguntas esenciales, una vez más, se quedan sin respuesta.
   11-M es la escueta leyenda de portada con la que la revista Los cuadernos del Sornabique nos deja un monográfico para coleccionistas, por su hermoso diseño, que cuenta con el blanco y negro de dos jóvenes fotógrafos, Javier Cabañero Valencia y Fernando Sánchez Fernández. Los objetivos miran, sin truculencias ni amarillismos, con panorámicas donde la normalidad impone su ritmo diario; los paisajes de la desolación se van llenando de seres anónimos que abandonan su silencio en los asientos y pasillos de los nuevos trenes. Y después, versos que reivindican, desde la palabra, la dignidad del hombre y su derecho a vivir en paz, una aspiración que ya no tiene el amplio listado de víctimas que cierra el número.  El director de la publicación, Luis Felipe Comendador, -cuyo poema ha sido musicado por el cantautor onubense Javier Díaz- como han hecho los editores de las otras publicaciones reseñadas, destinará los beneficios del número a asociaciones de afectados y a los familiares de víctimas del terrorismo.
   La editorial Bartleby  es la responsable del ultimo libro comentado,  11-M: poemas contra el olvido que ha sido coordinado por Pepo Paz y Manuel Rico. Como los anteriores, nació de la urgencia y del lamento anónimo de un tiempo detenido. Asume una respuesta inmediata que nos sitúa al lado de las víctimas y remarca la frontera contra la virulencia de lo macabro. En la reacción no se oye una sola modulación; cada poema es un estado de ánimo: desolación, condena, horror, sufrimiento, necesidad de sobrevivir... Plural relieve de un paisaje emocional. El cierre no es un vengativo ajuste de cuentas o la persecución de otra forma de pensar sobre la que llueven tantos lugares comunes y recelos ante la discrepancia; es expresión de angustia y canto a la vida desde la tolerancia cultural, desde la integración y el mestizaje, con un texto del marroquí Abdellatif Laâbi.
   Los libros comparten propósitos de cohesión para cerrar la puerta al discurso apocalíptico y al mar de asfalto de un pesimismo cuyos rasgos concretos son los efectos del atentado. El derribo requiere una reconstrucción de las ideas y de la sensibilidad. La conciencia poética está enmarcada en el tiempo que le ha tocado vivir; el acto de escritura es una oportunidad para conocer un horizonte reflexivo común, que sale del ensimismamiento y muestra su adhesión al pálpito del entorno.
   Sentimientos en forma de palabras solidarias para buscar un hueco en la memoria, para reiterar, en la desolación y en la impotencia, en la angustia, aquellos versos de Blas de Otero: aunque haya desaparecido la risa y la ternura se desangre por una cicatriz abierta al miedo, nos queda la palabra.
 
                                                                               
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 
 
 
 
 
  

sábado, 12 de agosto de 2023

UNA CONVERSACIÓN CON MANUEL RICO

Manuel Rico (Madrid, 1952)
Archivo personal del autor

 

UNA CONVERSACIÓN CON MANUEL RICO

 

Manuel Rico (Madrid, 1952) estudió periodismo y su quehacer laboral se ha desarrollado en Madrid, colaborando en medios como El País, El Independiente o Nueva Tribuna, entre otros. Acaba de ser reelegido presidente de la ACE y prosigue quehacer literario con renovado impulso. Dirige desde 1998 la colección de poesía de Bartleby Editores. Su relevante discurso creativo le concede un lugar central en el mapa literario actual.

 En su corpus hay una fértil confluencia de géneros. Ninguna estrategia expresiva monopoliza o solapa a las demás. ¿Cómo logra tan sosegada convivencia?

 Ha sido un proceso espontáneo, no premeditado. Como casi todos los escritores, comencé, a principio de los ochenta, escribiendo poesía. La narrativa surgió años después como necesidad. Debía dar una dimensión más amplia y distinta a algunas de las obsesiones que asomaban en los poemas, sobre todo a la memoria. El ensayo y la crítica, tanto uno como otro género, han sido consecuencia de una necesidad complementaria: explicarme el proceso creativo, entender sus resortes últimos. A veces, la mejor forma de acercarse a ello es la crítica, la disección de lo que escriben otros. Como espejos extraños. Digamos que todos esos géneros, con un colofón como los diarios, conviven civilizadamente sobre mi mesa de trabajo. La literatura como casa con diversas habitaciones: un hermano de sangre, o de letra, en cada una de ellas. Esa sería la metáfora.

 Su primera entrega poética Poco importa romper con las alondras amanece en 1980; seguiría su senda un buen puñado de títulos escalonados en el tiempo. ¿Siempre la poesía como fuerza motriz?

Una afirmación de Vázquez Montalbán sintetiza lo que dices: la poesía como “proteína” del lenguaje. Creo que es la más depurada y esencial zona de mi vocación literaria. Siempre está ahí. Cada poema es algo parecido a una semilla que queda en el libro, fijada en el tiempo, y que, a veces, incluso muchos años después, da lugar a nuevos desarrollos en la narrativa. La poesía es la compañía permanente, la amiga más íntima. Una libreta, un teléfono móvil, cualquier papel permiten volcar instantes, sensaciones, pulsiones radicalmente personales en cualquier situación… En efecto, la poesía es fuerza motriz. Y la que impregna da altura literaria, de “temblor”, al resto de los géneros. Tiene algo de mágico e inexplicable. Casi diría que en aquel primer libro que has citado, un poemario de tanteo, estaban los vectores de la que sería toda mi poesía posteriormente. La raíz. El origen.

 En los géneros que cultiva –novela, autobiografía, ensayo breve, prosa miscelánea…- hay un nítido sustrato personal. ¿La memoria es columna básica en su taller literario?

 Sí. No concibo la literatura sin un medio que sea, para entendernos, algo así como un cóctel de memoria íntima y memoria colectiva. Es algo que me obsesiona. Creo que empecé a escribir poesía porque de adolescente tomé conciencia de la mortalidad de los seres que me rodeaban (mi padre, mi madre, el mundo de la infancia), algo que contrastaba con los seres que vivían en los libros, que parecían hechos de eternidad… Entendí que la literatura era la mejor medicina. Escribí en mi novela Los días de Eisenhower (2003) algo así como que “la memoria es la ciudad en la que nunca nos sentimos forasteros”. 

 Se escribe para entender lo que sucede fuera y para conocer los espacios interiores del sujeto. Sin embargo, no acaba de irse esa sensación de que habitamos en un tiempo extraño…

 Habitamos en un tiempo que se nos escapa de las manos. En nuestra mente conviven emociones, recuerdos, experiencias gozosas y miedos… El pasado y el presente se hablan. Visitar un barrio en el que vivimos es comprobar las heridas que en tu memoria ha hecho el paso del tiempo. Todo cuanto nos emociona contiene un sustrato de pasado, nos alerta de lo fugitivo de la vida. Esa es mi gran extrañeza: la felicidad huidiza, la sombra de la muerte, la vida y sus límites. Hoy echo una mirada a mi tiempo y veo que los maestros a los que tocamos y con los que soñamos como discípulos (de Claudio Rodríguez a Félix Grande, Pepe Hierro o Paco Brines, Diego Jesús Jiménez, Paca Aguirre, Carmen Martín Gaite…) ya no están, que nos han dejado varados en el tiempo en que descubríamos la poesía, en que gozamos de tertulias, de encuentros y viajes, el tiempo de los descubrimientos y los asombros. Estamos, en parte, varados en ese tiempo, pero algo huérfanos, y tenemos que construir nuestro tiempo sin ellos… En fin, un tiempo extraño. Al que se añade un mundo digital que no deja de sorprendernos y desconcertarnos. Soy de una generación analógica.

En las nuevas generaciones prevalece una clara tendencia al ensimismamiento autorreferencial. ¿Es posible transcender ese yo abstraído en lo particular e integrar la existencia en el pulso de lo colectivo?

Hay dos estratos en esas nuevas generaciones a las que aludes. Uno, el que componen autores sin tradición literaria, que han hecho de lo digital, sobre todo de lo visual, de las redes sociales, de YouTube e Instagram un instrumento básico y que ofrecen algo a lo que llaman poesía pero que yo llamaría, con las adjetivaciones del poeta Rodríguez Gaona, versificación “pop tardo-adolescente”. Es un fenómeno nuevo que convive con lo que yo considero esencial: la poesía que valora los misterios del lenguaje, que conoce la tradición remota y próxima, que se adentra en el yo, pero que no elude la realidad que vivimos, que escribe poesía con mayúsculas. Una parte de esos poetas, nacidos después de 1990, están en tu antología Re-Generación. Todavía no tenemos perspectiva, pero creo que el ecosistema de la nueva poesía es la diversidad de enfoques y tendencias. Se han roto las pulsiones hegemónicas: Constantino Molina, Berta García Faed, Luna Miguel, Ángela Segovia,  Aitor Francos… Hay poetas muy valiosos. Son los que quedarán. No podría decir lo mismo del “fenómeno youtuber”.  

Toda escritura personal funciona como portavoz de un ideario estético. ¿Nos deja un breve apunte del suyo?

A una antología aparecida hace un par de años le di un título que dice mucho sobre mi concepción del poema, Tiempo salvado del tiempo. Creo que el poema es una fragmento de tiempo salvado de la muerte, de la desaparición gracias a un lenguaje especial, que tiene sus códigos y sus secretos, el lenguaje poético. Trabajo mucho los poemas, mis libros nacen tras un largo proceso, de varios años casi siempre, Si algo define mi ideario estético (lo he escrito más de una vez) es una combinación de lenguaje revelador, memoria y conciencia crítica frente a la realidad. El poema como espacio de complicidad entre lector y poeta, como vía de descubrimiento de zonas ocultas de la conciencia, de emociones dormidas… .    

El escritor revive y reactualiza una tradición; rescata afinidades y compañeros de viaje. Qué voces predilectas escucha su obra?

Hay dos poetas que están en el origen de mi vocación poética: Juan Ramón y Antonio Machado. Recuerdo, en mi adolescencia, noches en vela leyendo la Segunda Antología del primero y la Poesía completa del segundo. Después vinieron el García Lorca surrealista, Vicente Aleixandre, Blas de Otero, Ángela Figuera… Algunos poetas hoy olvidados: Vivanco, Labordeta, Prado Nogueira, a los que aconsejo releer.  Y por supuesto el 50, con Claudio Rodríguez, Ángel González, dos hoy casi desconocidos como Cabañero y Sahagún. Y, por supuesto, el Eliot de La tierra baldía y, en la última década, algunos poetas anglosajones que han combinado el fervor por el canto a la intimidad y a lo cotidiano con una mirada hacia lo colectivo: de Sharon Olds a Jane Kenyon o Donald Hall, Mary Jo Bang, Anne Carson… Es esta poesía la que me interesa. Cada vez estoy más distante del alambicamiento lingüístico, más cerca de lo sencillo y a la vez complejo.

 En su producción, la narrativa copa un amplio espacio. Ahí están El lento adiós de los tranvías (1992), Una mirada oblicua (1995), La mujer muerta (2000), Los días de Eisenhower (2002), Trenes en la niebla (2005) y Verano (2008). Una cosecha excelente que atestigua su querencia natural por las posibilidades del realismo más que por el cuestionamiento experimental. ¿la ficción también es un testimonio epocal?

 En cierto modo, sí. Creo que los mismos principios que te he contado en relación con mi ideario estético en poesía, podría trasladarlo, con algunos ajustes, a la narrativa. Creo en la densidad narrativa, en la novela (y el cuento) como instrumento de salvación frente al paso del tiempo, como medio de indagación en nuestros fantasmas, en nuestra memoria y en nuestras emociones. Siempre con una condición sine quanon: el lenguaje, su calidad, su sustrato de respiración poética.

¿Más novelas en pie en su fondo de armario?

 Llevo varios años con una novela. Con su redacción al “ralentí” debido a multitud de razones, la más destacada, mi labor en ACE desde que asumí la presidencia. Quiero que sea un acercamiento al corazón de la transición, de los desconocidos que estuvieron antes, durante y después de ese proceso histórico. A la intrahistoria de tantas vidas. A sus miedos, a sus emociones, a asuntos olvidados pero que todavía alientan, como una rara herencia, en el inconsciente de nuestros hijos y nietos. Espero superar el ralentí y lograr un ritmo regular en su escritura.  

 La Transición como periodo esencial de nuestra historia se ha convertido en un referente generacional. Su continuo cuestionamiento y sus reinvenciones, invitan a la reivindicación. ¿Cómo vivió aquel tiempo?

 Si te digo que no fui consciente de que lo vivía, no lo vas a creer. Desde 1973 ó 1974 hasta bien avanzada la década de los noventa, mi dedicación fundamental, junto con la de Esperanza, mi mujer, y otros amigos y amigas del barrio o del trabajo (fui bancario), fue contribuir a abrir paso a la democracia. En la asociación de vecinos, en CC.OO., en el partido (ya sabes, el PCE era “el partido), en mis clases nocturnas en la universidad. La literatura era algo secundario. Fue un proceso durísimo aunque se quiera pintar hoy como un “apaño”. Con mucha tensión, con grandes huelgas, con intentos de involución, con asesinatos de ETA y de la extrema derecha, con miedo… Hoy sería inimaginable que nuestra democracia se mantuviera con casi cien asesinatos al año (96 en 1986, por ejemplo), con secuestros, con actuaciones violentas de los restos del franquismo y de la policía que venía del franquismo… Lograr una Constitución como la que tenemos, con más de 40 años de vida, fue una conquista, sobre todo, del pueblo. Los pactos entre partidos, incluso con el nuevo rey, fueron consecuencia de la gran movilización popular… Fue convertir en ley lo que era una realidad en la calle. No conviene frivolizar. Había que estar allí y vivir todo aquello para saber que cada paso que se avanzaba era una auténtica conquista frente al franquismo residual…   

No querría terminar esta conversación sin agradecer su implicación en a mejora continua del perfil humanista y social del escritor. ¿Qué nuevos retos esperan a la ACE?

 Creo que el reto fundamental es completar el Estatuto del Artista, consolidar la compatibilidad pensiones-derechos de autor, poner en marcha el acuerdo ACE-CEGAL a favor de la transparencia en el proceso de venta de los libros para sus autores y regular con claridad y con contundencia los derechos de autor en la nueva realidad digital. Y lograr una legislación, europea y española, que establezca claros límites a la llamada IA con respeto y compensación económica a los autores y autoras de los materiales de base que utilizan respetando la propiedad intelectual y sus normas.


JOSÉ LUIS MORANTE

Agosto de 2023


                  

lunes, 20 de febrero de 2023

MANUEL RICO. TIEMPO SALVADO DEL TIEMPO

Tiempo salvado del tiempo
(Antología 1980-2018)
Manuel Rico
Prólogo de Fanny Rubio
Ediciones El Sastre de Apollinaire
Colección Poesía, 45
Madrid, 2020

 

FRENTE AL ESPEJO

 

  La singularidad creadora de Manuel Rico (Madrid, 1952), licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid,  acumula un sugestivo mosaico de vetas expresivas: poesía, relato, novela, crítica, literatura de viajes, ediciones misceláneas y páginas autobiográficas. En el conjunto de su obra palpita una realidad literaria múltiple que intercambia géneros y propone en sus salidas un diálogo coral con la escritura en su intento de ubicar la posición del sujeto lírico en la realidad múltiple de lo cotidiano.
 Sus coordenadas poéticas han dejado en la imprenta más de una docena de libros. Un fértil recorrido que cobra vida en 1980, cuando el ideario novísimo, con un profundo surco de afinidad y reconocimiento en la década del setenta, evidenciaba un notable desgaste  y hacía necesario el trazado de nuevos trayectos estéticos.
   Las breves reflexiones de Fanny Rubio miran, desde la lejanía del tiempo, aquella amanecida de Poco importa romper con las alondras (1980), libro casi olvidado del que se recupera en esta antología la composición “La visita”, un texto revisado y corregido. Con perspectiva de evocación liberadora, el poema incorpora un pensamiento repleto de conexiones simbólicas y una vocación de autoconocimiento que busca desasirse de lo contingente mediante un largo viaje introspectivo que reordena vivencias. Como escribiera Antonio Machado, en cita que sirve de entrada al callejero poético: “No olvidemos que, precisamente, es el tiempo (el tiempo vital del poeta con su propia vibración) lo que el poeta pretende intemporalizar, digámoslo con pompa: eternizar”.
  En esta suerte de relato confidencial con resonancias evocativas encontramos nudos con magisterios preclaros como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, a los que se suman la cercanía afectiva de amigos y maestros como José Hierro, Blas de Otero, Félix Grande, Francisca Aguirre, Manuel Vázquez Montalván o Diego Jesús Jiménez. Desde estas presencias se conjuga la fuerza sostenida del poema hecha expresión del yo confidencial y asiento de un sentimiento generacional incardinado en un transitar histórico que incide en la memoria para mostrar “el tiempo salvado del tiempo”
  Recordar es percibir la memoria como naturaleza viva. De esa recuperación mana el hilo argumental de “La visita” que sirve de pórtico para asentar algunas claves escriturales del poeta: la cotidianidad de la vida diaria se convierte en sustrato indagatorio. Así sucede con las composiciones de El vuelo liberado (1986) donde cobra presencia central la finitud del yo y la visión recordatoria de la muerte en un paréntesis transitorio despojado de cualquier esperanza: “Y fue también celebración del miedo / el maldecido oficio / de reescribir, con terquedad, la Historia / contra vidrios helados y alacenas, / contra la brisa triste que dejaba / la noticia del plomo en aquel barrio”. Pero también en la desolación de la periferia  y los márgenes el amor expande raíces fuera para buscarse. Esa vía sentimental muda la percepción de los sentidos; es claridad y destello, materia perecedera y afán de vida que guarda el prodigio de la lluvia y abrillanta la soledad oscura de los parques. También desde la observación de un entorno crepuscular se escriben los poemas de Papeles inciertos (1990), cuya voz enunciativa enlaza con el rumbo marcado por la lírica realista y figurativa de algunos nombres del 50, como Jaime Gil de Biedma, Ángel González o Carlos Barral. La realidad cuestiona la equívoca luz de los sueños.
  Las composiciones elegidas de El muro transparente (1992) y Quebrada luz recuperan el tono evocativo, donde conviven el miedo y la amenaza. Retorna el ambiente sombrío de la época en los años finales del franquismo y los primeros pasos del nuevo régimen ensimismado y estéril, todavía con la sombra próxima de la dictadura. De esos años queda la definición del compromiso y la presencia de objetos que reivindicaban una manera de ser y de pensar, como la chaqueta de pana o los claveles rojos de la revolución portuguesa. Son siluetas recortadas en el respirar de la época que muestran una luz que no prescribe, como describe el poema elegido para abrir el libro Quebrada luz (1996). Como sucede en las sombrías secuencias que muestran los cuadros de  Hopper, el discurrir se desvanece entre escenas de quietud y  silencio, para constatar que detrás de los cristales habita una intemperie estática, deshabitada, fría.
   Para muchos lectores del poeta, entre los que me incluyo, La densidad de los espejos (1997) es uno de los títulos centrales del trayecto. En él habita una fuerte conciencia de la muerte y la persistente estela de la temporalidad, un recorrido repleto de estancada ceniza. A este desazonado caminar hacia el olvido se contrapone la epifanía de la plenitud sentimental con poemas tan hermosos como “Imborrable amor”, un canto íntimo de celebración y esperanza.
  El estrato metaliterario de Donde nunca hubo ángeles (2002), aunque despojado de cualquier dogmatismo teórico en torno al lenguaje, explora la utilidad difusa del empeño lírico, la condición de senda movediza que busca transcender los pasos cotidianos en un quehacer oscuro en el que respira la orfandad del sujeto frente al muro cambiante de la realidad. Se vislumbra el paso de la Historia, no como verdad objetiva, sino como página abierta a la interpretación de la conciencia del sujeto.
   El largo tramo escritural concede a la ciudad un protagonismo continuo. El barrio, casi periférico y marginal, las transformaciones del entorno urbano o las secuencias que protagonizan anónimos viandantes solitarios dibujan un entorno humano en el que la reflexión sobre la convivencia colectiva y los laberintos interiores del yo cohabitan en el aire indagatorio del poema. Con esa sensación se leen muchas composiciones de la entrega De viejas estaciones invernales (2006). Tras el paréntesis luminoso del verano en el pueblo, casi un enclave de libertad y armonía, tocaba regresar a la rutina y al gregarismo de los horarios con los tercos itinerarios de costumbre.
   Una atmósfera similar se aborda en la entrega Fugitiva ciudad  (2012), como si los poemas fueran misteriosas recetas para engañar el vaivén temporal que poco a poco se va poblando de dolorosas ausencias, como recuerdan los estremecedores versos de “De la orfandad completa”; con el temblor de un íntimo homenaje, de recuerdo a la madre para borrar cualquier lejanía.
  Cierra la antología una breve representación de Los días extraños (2015), algunos textos inéditos y el epílogo “El sentido del poema”, firmado por el propio escritor. Es una hermosa poética en prosa que vuelca su indagación sobre el lenguaje como estado de conciencia y como experiencia propicia de conocimiento y emoción. La palabra es “muro transparente entre lo invisible y lo opaco”.
   La obra poética de Manuel Rico concede a la memoria densidad y peso. Sigue el azaroso curso del tiempo. Explora transparencias para buscar reflejado en sus aguas la voz estremecida del vivir; el paso caminante de estaciones y nubes  que pone en pie lo que se desvanece.


JOSÉ LUIS MORANTE





martes, 24 de enero de 2023

ANTONIO CRESPO MASSIEU. EL DOLOR QUE AMAMOS

El dolor que amamos
Antonio Crespo Massieu
Bartleby Editores
Madrid, 2022


 HERIDA


 
  Con la poesía como norte de sus sendas creativas, Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951), licenciado en Filosofía y Letras y diplomado en Estudios portugueses, ha impulsado un trayecto plural, con estrategias expresivas como la ficción narrativa, la investigación literaria y la crítica. Así ha construido un cuerpo verbal que plantea campos estéticos marcados por la reflexión, el compromiso y la introspección biográfica.
  El libro El dolor que amamos difunde en su título una sensación paradójica: la necesidad de la herida para que no se pierda la implicación emocional; el dolor como garante dispuesto a despertar sensaciones, derrumbes y encuentros. También este ambiente de indagación interior se difunde en el paratexto que abre el poemario, donde encontramos citas de Albert Camus, Rubén Darío y Sarah Martín.
  El poema “El ángel de la piedad  y la luz” sirve de apertura para que deje marca en los versos la necesidad de una presencia ingrávida: “Este ángel sostiene el dolor del mundo, / es balanza de la historia, equilibrio del mal”. Con fuerte enunciado descriptivo, el poema visualiza un sugerente lenguaje plástico que acentúa los aportes sensitivos del cuadro pintado por Antonello da Messina.
   Antonio Crespo Massieu codifica los poemas en dos únicos apartados. El primero, bajo el aserto “El acróbata de la noche”, simplifica las formas del cuerpo asociando su textura a la nada. La presencia del ángel unifica escenarios aparentemente inconexos, donde persisten “hilos, hebras y filamentos del tiempo / perdidos en el sumidero de la historia”; así se integra lo vivido en el estremecedor silencio del transitar. Conviven en el poema dos historias que dan pie a un desarrollo coral. “Hiroshima-Nevers” apunta la demolición completa de Hiroshima como desenlace de la barbarie atómica y la historia mínima, personal, subjetiva, de una locura femenina, la muchacha de Nevers vejada por su embarazo y humillada hasta perder la razón.
   Los hilos argumentales conforman secuencias y escenarios donde la existencia se precipita hacia el acantilado del dolor y al terrible desgaste erosivo de la enfermedad, a pesar de ese ángel invisible y etéreo que sostiene el mundo. La muerte, las ruinas y la desolación están por todas partes; en “El hilo del tiempo” el ámbito del poema se traslada a un centro hospitalario y sus pasillos de agonía, donde conviven las presencias nítidas de la enfermedad y el dolor.
   Resalta en este apartado la concepción del poema como espacio abierto a las afinidades culturales. Resaltan referentes nítidos como Marcel Proust y Claudio Rodríguez que hacen posible en ese ambiente umbrío la celebración del verbo. Son permanencia frente a la fragilidad de lo diario porque crean la sensación de percibir alrededor un entorno de brotes renovados, un poco de claridad y tiempo recobrado. Y con ese edificio de la evocación, los gestos cálidos del recuerdo en la mujer amada o en las identidades que construyen su mundo en ese equilibrio inestable en el que conviven la realidad y el sueño. Así se palpa en el poema “Puourquoy Font bruit” que hace con las teselas de la historia un friso colorista, que enlaza secuencias del pretérito “como si tuviera la historia un hilo de luz / espacio común, un sueño pequeño, / un cumplimiento, una humana redención”. Se dibuja un discurso vivo que recuerda el desamparo de los que no están, pero cuyas cicatrices permanecen abiertas para que vuelvan el latido tenaz de lo sucedido y el oprobio, el temblor que merece memoria y redención.
  Un fragmento de Milo de Angelis define la segunda parte, titulada “Y quedan interrogados e imperfectos”. Sigue el empeño en hablar a las ocultas semblanzas de los ausentes para ratificar que nada sucede en vano y que en el hilo frágil de una lejana memoria, persiste el dolor, como una barca varada en la marisma.
  Cada despedida convulsiona la quietud interior de la conciencia. Llega al poema el recuerdo del padre, tras la muerte, o el intacto homenaje a Guadalupe Grande, como una restitución de su memoria que regresa, como retornasn, como repetidos gestos las palabras que nombran lo sucedido en el prisma oblicuo del tiempo.
  Otra composición recuerda el ángel de Federico y reconstruye su presencia en el aire detenido del piano, la música, el flamenco y la imagen viva de Granada.
   En la mínima nota de contracubierta escribe Manuel Rico que la poesía mantiene una función catártica y que su lenguaje preciso y envolvente “nos ayuda a entender las zonas más dolorosas de la conciencia y la experiencia, y a vislumbrar un mundo de luz contra la sombra”. Ese es el logro de El dolor que amamos, la conciencia de estar con los ausentes, la certeza de oír entre los pasos del silencio que la voz del dolor queda muy cerca.  

JOSÉ LUIS MORANTE



martes, 20 de julio de 2021

PALABRAS DE ESPALDAS

Ana
Fotografía
de
Bas Mati

 ( Videoconferencia con María  Eugenia Bustos)

Oropesa del mar, Castellón, julio de 2021

 

Bajo la sombrilla... ¿es el mismo paisaje ante los ojos?

No, las vacaciones cambian las coordenadas situacionales. Nos alejan de esos temas urgentes que copan las pulsaciones de la actualidad. Los hechos llegan como un eco observado en soledad. Parece que las palabras hablan de espaldas.

¿El mar es un bolero?

Cualquiera que se acerque al mar en las primeras horas de la amanecida y recorra el suelo húmedo y arenoso, escucha de inmediato un chorro de voz repleto de emociones y el pentagrama azul de los boleros… Pero es una percepción maleable, capaz de interpretar también otras partituras al gusto del oyente.

¿Es posible la lectura aquí?

Los sentidos están sometidos a una intensa terapia visual; la lectura se disgrega, se ralentiza, se fragmenta y cuando retorna prefiere las formas breves: aforismos, microrrelatos y naturalmente los poemas. El verano exige otra forma de leer.

¿Qué títulos en su mochila de verano?

Traje un par de bolsos porque desconozco todavía cuando regresamos a la rutina, y entre ellos están algunos títulos de Seudología, la obra completa de Miguel Catalán sobre la mentira, editada en Verbum,  que es una esquirla contra la falsedad y contra la ausencia de valores de nuestro tiempo; también Cuaderno de historia de Manuel Rico, editada por Pre-Textos, un par de novelas de Emmanuel Carrére y algunas revistas literarias en papel como Ítaca, Turia y Paraíso… Además, mis hijas vienen a vernos el fin de semana y nos dejan en las manos los libros que dormían en el buzón de casa…    Aquí también hay que comprar nuevas estanterías.

¿Sigue conectado a la actualidad literaria?

Sí, no soy capaz de vivir la literatura a tiempo parcial; para mí la literatura es media vida, la otra media también. Por tanto, dedico algunas horas de la mañana a trabajar en proyectos acordados y con fecha de entrega, respondo el correo y de cuando en cuando escribo algunos aforismos y reseñas…

¿Qué nombres propios de la actualidad  resaltaría?

Los premios literarios convulsionan el tranquilo paisaje de lo establecido. En los inicios del verano, he obviado nombres propios, pero hay entregas relevantes que deben leerse con sosiego como Solo inclasificable de Efi Cubero y Un tigre se aleja de Rubén Martín Díaz.

¿Y de aforismos?

Este año he publicado dos entregas aforísticas, Migas de voz, una antología editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, con prólogo de Carmen Canet, y Planos cortos, un particular homenaje al cine desde el decir breve, editado por Trea. Así que he optado por otros géneros como la poesía o el ensayo, aunque la realidad es siempre azarosa y extraña y no descarto retomar títulos cuya lectura me dejó un gratísimo sabor de boca. 

¿Sigue su trabajo crítico a pie de mar?

No tengo más remedio; debo entregar dos ediciones en octubre y aunque su formato final estará listo en septiembre, no descuido los afanes correctores ni las notas. Así que entre los pliegues de las olas, mi voluntad literaria  camina por los senderos habituales… Camina a solas y despacio.

    

  

 

sábado, 23 de enero de 2016

JAVIER EGEA. TALLER DEL AUTOR

Taller del autor (1969-1999)
Javier Egea
Edición, presentación y notas de
José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García
Narrativa Bartleby, Madrid, 2015

MISCELÁNEA EN PROSA

  El catálogo editorial de Bartleby ha concedido al escritor granadino Javier Egea (1952-1999) una relevancia incondicional, primero con la edición de su obra lírica compilada en dos volúmenes aparecidos en 2011 y 2012, y ahora con la primera entrega de sus trabajo en prosa. Sin duda, para el lector habitual en la personalidad de Javier Egea prevalece el aporte versal. Con una activa vocación temprana, el poeta formó parte de la trama cultural de Granada en el arranque de los años setenta y se dio a conocer a nivel nacional cuando se lanzó el manifiesto de “La otra sentimentalidad”, una propuesta de renovación estética auspiciada por Javier Egea, Luis García Montero y Álvaro Salvador. Aquella proclama, inspirada en el pensamiento de Juan Carlos Rodríguez, enunciaba la íntima conexión entre quehacer escritural y tiempo histórico, y suponía una quiebra con el itinerario estético de los novísimos, netos defensores del formalismo poético y de la autonomía del lenguaje. Aquella identidad tuvo una resonancia imprevisible y algunos de los nombres de la Otra sentimentalidad serían cabezas visibles del realismo figurativo y la poesía de la experiencia. En la elaborada introducción de Manuel Rico, que sirve de umbral al primer tomo de poesía se añaden a la figura literaria de Javier Egea dos valoraciones complejas: “raro y heterodoxo”, aspectos que explicarían la ausencia en recuentos y antologías generacionales. Desde mi perspectiva, la obra lírica de Egea es escasamente rupturista, salvo con el precedente culturalismo novísimo, y tiene una pulsión clásica que emana del continuismo con una tradición hispana reconocible. La no inclusión en nóminas epocales se debe más a incapacidad y torpeza de antólogos que a supuestas conspiraciones y resentimientos de grupos.
     El volumen Taller del autor (1969-1999) se edita con una presentación aclaratoria de José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García. Ambos estudiosos explican la procedencia de los textos compilados y la particular trayectoria de su gestación. Los textos, en su mayoría inéditos, enfocan aspectos importantes de la obra poética; analizan el activismo personal en años muy complejos, cuando la transición amanecía, lastrada por los efectos secundarios del franquismo, y la eclosión de la poesía de Javier Egea en el último tramo de su biografía, ya en los años noventa, cuando el reconocimiento es máximo y son frecuentes las presentaciones de nombres consagrados, como Rafael Alberti, y los propios recitales, cuya preparación pautada y minuciosa se puede comprobar en la selección textual. 
   Desde los textos iniciales sale a la luz el poeta en la calle. El entorno familiar de Egea es el de una familia de clase media con inquietudes culturales, pero la ideología del poeta es evidente ya en su juventud. Lo proclama, sin tapujos, en los primeros escritos de presentación en cuyas líneas hay una notable reivindicación del compromiso. Es una reivindicación que se mantiene  en el tiempo. El poeta nunca ha creído en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. sabe que en cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Durante tres décadas es testigo directo del acontecer urbano de su ciudad y de la formación de sus señas de identidad. Y uno de los rasgos que mejor definen la manera de ser de Javier Egea es su actitud ante lo colectivo, el compromiso con causas que rechazan el conformismo. Solo el trabajo con los demás revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.
   Taller del autor (1969-1999) sirve como material complementario para familiarizar al lector  con la personalidad de un poeta contemporáneo que ha dejado una obra poética de interés, honda y emotiva, y con el contexto histórico de un tiempo decisivo en  la gestación del ahora poético.




                                                      

miércoles, 25 de noviembre de 2015

MANUEL RICO. LOS DÍAS EXTRAÑOS

Los días extraños
Manuel Rico
Valparaíso Ediciones
Granada, 2015


CONCIENCIA DE LO EFÍMERO


   Desde la amanecida de los años ochenta Manuel Rico (Madrid, 1952) protagoniza una biografía literaria que entrelaza varios géneros. Su taller aglutina novelas, ediciones críticas, libros de viajes, colaboraciones en prensa y poesía. El poeta comienza senda en 1997, tras ganar el Premio Juan Ramón Jiménez con el libro La densidad de los espejos. Ese transcurso lírico, ampliamente representado en el volumen Monólogo del entreacto. 100 poemas, se prolonga ahora con la entrega Los días extraños.
   El libro comienza con un poema prólogo que hace del estar transitorio sustrato central. El mutable territorio de la temporalidad marca la existencia y permite desgranar episodios evocativos donde se oye un mantenido contraste dialogal entre el ayer y el ahora. El sujeto verbal es parte activa de un acontecer indagatorio en el que se marca la estela de lo recorrido y el regreso al origen, como si la experiencia de ser fuese un aprendizaje aceptado que somete a un sostenido desplazamiento.
  En ese tiempo se integra el cauce de los días extraños, la contingencia de un proceso complejo que afecta a todas las esferas de la personalidad. Así se va definiendo la imagen de un yo que cultiva el asombro y hace de la naturaleza un cúmulo de elementos cercanos y hospitalarios. También se vuelve la mirada hacia los pliegues de la memoria, ese telar que hilvana recuerdos de un paréntesis epocal y propicia una reconstrucción que recupera sus momentos con extraña plenitud, cuajada de simbología y misterio: “Tardes de luz marchita, tardes ocres como el otoño / y como el fuego, tardes como la niebla y como los bosques, / umbrías tardes de juventud, soñadas / o vividas, qué más da, cuando la claridad hacía / de la vida  un sendero que ocultaba los fríos / y los desistimientos, que nos llevaba en volandas / a cumbres no previstas y mundos improbables “. Los poemas encarnan fotogramas en los que van fluyendo los renglones del tiempo. Todo es recuerdo, un mapa de reflejos que sale a la luz con claridad antigua para que conformen sus contornos aquellos pasos que trazaron un tránsito vital.
   El segundo apartado del libro “Noticia del otoño” introduce una coda explicativa: leyendo a Auden, El explícito magisterio de Auden se concreta en el libro La edad de la ansiedad cuya lectura comparte sitio con una intensa meditación otoñal; el ciclo estacional transforma el valle de la sierra norte madfrileña, hace más perceptible el cambio paisajístico y convierte al hablante lírico en testigo de cargo. La voz se hace cronista de lo temporal, expande dudas e inquietudes, sensaciones y pensamientos que perciben la proximidad de otras identidades que ya buscan sitio en las aguas del tiempo, en esa intemperie empeñada en borrar su identidad y su coherencia.
   La realidad del poema muestra un amplio campo visual. En el conjunto “Retornos” conviven las secuencias de itinerarios que conceden un amplio patrimonio sentimental; los topónimos se unen a experiencias que tienen sobre sí una textura emotiva. También el acontecer de sueños y proyectos es tema evocativo. Como es sabido, el poeta dirige la colección de poesía Bartleby Editores, y aquí celebra los tres lustros de andadura con los versos de “Quince años editando poesía”, un homenaje al largo pasadizo de letras perdurables y conjuras de tinta.
   El camino prosigue por las anotaciones de un diario intimista y lírico que deambula por ciudades imprevistas y lugares de paso. La agenda del poeta deja en anotaciones líricas sus compromisos literarios, sus estancias de paso en las que nunca se borra la condición de forastero o esa reflexión sobre el tiempo que pone frente a frente la faz del poeta y otros rostros que llevan en sus facciones la erosión del tiempo. letraheridos cercanos que iniciaron la estela de la literatura en la cronología lejana de una década que ahora solo anecdotario de melancolías y fragmentos de algún sueño crepuscular.
   Sirve de cierre un conjunto de sonetos en el que de nuevo se escucha, junto al propósito formal, la voz incontinente del reloj. Las estrofas clásicas siembran con fuerza la sensación del autorretrato, el estar presente de una identidad que dirime inquietudes existenciales y hace de lo biográfico punto de partida y conclusión elegíaca: “Vengo de los inviernos y la duda. / De una casa de frío y tos ferina. / Del campo amanecido y de la encina / angustiada de escarcha y luz desnuda…”
  Los días extraños  enlaza en sus tramos el yo biográfico y el sujeto poético; retoma la idea de que la verdadera poesía no es más que un acercamiento a la intimidad para poner sobre lo vivido un destello de luz. La mirada limpia del poema explora afanes del oficio de escritor e intercambia emotivas confidencias antes de que el tiempo acumule olvidos o se haga tardío escenario de las pérdidas.


sábado, 25 de abril de 2015

JESÚS CÁRDENAS. SUCESIÓN DE LUNAS

Sucesión de lunas
Jesús Cárdenas
Anantes Gestoría Cultural, 2015
 


         SUCESIÓN DE LUNAS

   El escritor sevillano Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaíra, 1973), Licenciado en Filología Hispánica y profesor de Enseñanza Secundaria protagoniza un fértil periodo creativo. En menos de un lustro ha dejado en la imprenta cuatro poemarios a os que ahora se añade Sucesión de lunas, editado por Anantes. La salida adjunta un prólogo firmado por el poeta, novelista y crítico Manuel Rico, uno de los estudiosos que mejor conoce el mapa lírico del presente. Los que prefieran una lectura con referentes previos tienen en los párrafos del prologuista varias señales de situación; Rico recuerda el itinerario natural de Jesús Cárdenas en una lírica de “corte realista y transparente aunque sin desdeñar el destello imaginativo, casi irracionalista”, rumbo este último que parece acrecentarse en las composiciones de Sucesión de lunas, cuyos esquejes poéticos afloran desde el amor como gran árbol tutelar; también esboza la disposición orgánica del libro.
   Pero la charla sosegada con los versos siempre es personal, así que es recomiendo adentrase en los textos, tras las sugerentes citas de Pizarnik, Cernuda y Valente. El fragmento inicial “Un prodigio en la palabra” vela lo autobiográfico para centrase en las estelas que abre la palabra poética, cuyas imágenes se extienden en el sendero. Se apuntan las sensaciones que deja el percibir. Esas efímeras hendiduras de luz definen los cercanos paisajes descubiertos desde las palabras. El entorno contiene una faz mudable donde germina su pálpito plural. Quien contempla percibe el azar del aire, ese vuelo que enlaza hojarascas, polvo y ceniza, las presencias efímeras siempre huidizas y volátiles que tanto definen nuestra existencia como rumor de tránsito, un manojo de tiempo que acaso solamente perdura en la oquedad hospitalaria de los sueños. No es posible estar conforme en el ahora porque su espejo refleja soledad y desamparo; quien mira busca el inconcreto perfil de otra mirada.
   En la disposición interna de Sucesión de lunas la primera parte se decanta por dar voz al palpitar insomne de la soledad y su itinerario sentimental, siempre refugio y estación frente al incierto discurrir de lo transitorio. En el estar la palabra busca sitio, se hace expresión y símbolo de las horas deshechas, de aquello que envejece y declina. La voz abre caminos de regreso y apaga las preguntas.
   “Promesas de espejo” integra los poemas de cierre. En ellos prevalece como formato la prosa lírica para expandir el pensamiento de un sujeto verbal que mira el entorno desde la media distancia, con sosegada implicación. La existencia percibe alrededor signos cercanos que pasan a ser simples indicios de la memoria, igual que esos reflejos diluidos que dibuja la lluvia en las aceras. La mirada descubre ese color grisáceo de un cielo intempestivo que acentúa la sensación de soledad anclada en su propio silencio, vulnerable quietud que se refugia detrás del muro erosionado del recuerdo.
   En Sucesión de lunas Jesús Cárdenas dibuja un estar transitorio con olor a invierno, como si la epifanía de los sentimientos que trazan los puentes hacia el otro hubiese recorrido un itinerario vivencial, ya único patrimonio de la memoria, y tocase ahora dejar sobre la arena esa huella espiral del sujeto empeñado en descubrir la puerta de regreso.