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martes, 19 de septiembre de 2023

MÓNICA DOÑA. OSCURA HIERBA

Oscura hierba
Mónica Doña
Nota de contracubierta de Ángeles Mora
Ediciones Sonámbulos
Granada, 2023



GOLPES DE LUZ

  

   Hace muy pocos meses apareció la antología Esta voz que me escribe (La Edad del Agua, 2022), una compilación de voces femeninas de Granada, con texto de introducción de Luis García Montero y notas finales de Francisco David Ruiz. En las páginas de aquella selección, junto a Ángeles Mora, Carmen Canet, Ioana Gruia, Teresa Gómez y Trinidad Gan, estaba Mónica Doña porque no puede entenderse su cosecha obra lírica sin el entorno vitalista y pleno de luz de la ciudad de la Alhambra. Nacida en Jaén, pero residente en Granada desde los primeros pasos del siglo XX, comienza su práctica poética en el año 2000 con el poemario Nueve lunas que, tras un largo silencio de más de una década, expande límites con las entregas La cuadratura del plato (2011), Adiós al mañana (2014), ¿Quién teme a Telma & Louise? Mundo fantasma.
   En todas estas amanecidas se percibe una voluntad estética figurativa y una dicción limpia e intimista. La poeta bebe en las aguas transparentes de la poesía de la experiencia y hace de la temporalidad y lo cotidiano estratos argumentales básicos, junto a la huella fuerte del cine y su lenguaje visual. En la nueva entrega  Oscura hierba emplea como única cadencia versal la frágil estrategia del haiku. Ángeles Mora, en su sabia nota de contracubierta, advierte que Mónica Doña se acerca a la tradicional estrofa japonesa con el verbo conciso de un golpe de luz. Desde la brevedad de los tres versos explora los contraluces cambiantes del entorno; nunca describe sino que indaga dentro para percibir latidos y vibraciones. De esta mirada nace el haiku como escueto fogonazo de un paisaje interior que va mostrando rincones del yo, para establecer la senda caligráfica del tiempo. Mónica Doña precisa el contorno semántico de Oscura hierba como una compilación de instantes poéticos, donde es perceptible la aleación entre pensamiento y filosofía para buscar la imagen “sorprendente y magnética” en la mínima arquitectura verbal del haiku, entre las contingencias anímicas de la subjetividad y la cartografía de un espacio cotidiano cambiante que respira habitado por la paradoja y la inquietud existencial.
  Mónica Doña organiza los haikus en tres secciones. En la primera, “Caída libre”, que se abre con una cita de Miguel Hernández, se busca el tono narrativo del testigo que enuncie de forma directa, sin interrupciones digresivas: “Me baño y miro / los ojos transparentes / de las burbujas”, “En la laguna / la grulla equilibrista / alza una pata”, “Nunca están solas / las cerezas van siempre / de dos en dos”.
   Llega al lector el deje manifiesto de una percepción cerrada, sin líneas colaterales.  En este apartado destacan las pinceladas poéticas nacidas de la contemplación de un cuadro. La pintura se vuelve hilo argumental para ver a cada artista más allá del epitelio cromático, para interpretar los parámetros estéticos que convocan a la emoción.
   La poeta, en el tramo central “Oscura hierba” que da título al libro, no duda en afrontar el otoño de la incertidumbre que dispersa el discurrir. La naturaleza es plenitud, pero también contorno de sombra, finitud, estar transitorio: “Pasos efímeros. / la arena de las dunas / no deja huellas”, “Obsceno octubre / bajo las arbledas / que se desnudan”, “Entre dos luces / todo cambia. Me acoge / la oscura hierba.”
  Los trazos insomnes de “Caligrafías” cierran las páginas de Oscura hierba. Con ese sentimiento de comunión directa con el instante y las formas que nos rodean hasta donde alcanza la vista, la mano de Mónica Doña escribe. Hace de cada haiku una manera de estar. No hay imperativos urgentes sino itinerarios sensoriales. Se incorporan al patrimonio cognitivo de quien vive la existencia como un caminar hacia el asombro y la experiencia, esa entera verdad del tiempo que se escribe para dar fe de vida: “Cualquier fisura / puede albergar semillas / que un día brotan “.
 

JOSÉ LUIS MORANTE



martes, 17 de septiembre de 2019

TRINIDAD GAN. ITINERARIO POÉTICO


Trinidad Gan
(Granada, 1960)


 ENCUENTRO EN MADRID


   El próximo viernes, día 20 de septiembre, a las 19 horas en la librería Alberti presentamos el libro El tiempo es un león de montaña, última entrega poética de Trinidad Gan. Será una jornada llena de amistad y poesía porque su escritura retrata un talante personal cercano y cómplice. He vuelto a releer su obra completa y he percibido en los textos esa pequeña galaxia que ocupa la voz propia. esa voz que no nace de la estridencia sino del decir necesario, de las incertidumbres existenciales que solo requieren unas pocas palabras para trazar el retrato de un yo concreto. Desandar su trayecto creador en el tiempo es poner sitio a una geografía limitada y urbana que hace de Granada el lugar del poema.
  El espacio literario en Granada durante las últimas décadas, y con un litoral básico formado en los años ochenta por el grupo La Otra Sentimentalidad, se ha constituido como núcleo central de la estética figurativa. Esa contingencia, que ya es una consideración crítica aceptada por unanimidad, no anula el perfil individual de los nuevos nombres ni deja en la sombra evoluciones y matices remozando la razón del poema. Trinidad Gan (Granada, 1960) deja su primera entrega, Las señas del pirata casi en el cierre de siglo, aunque había cursado Filología Hispánica en la Universidad de Granada en los años de la transición, cuando fue colaboradora de la revista Letra Clara y tenía amplia presencia en la puesta en escena de grupos teatrales universitarios como Aula 6 o La Liorna Teatro.
   Aquel paso auroral fue comentado por Ángeles Mora como una hermosa metáfora sobre el amor; se entendía la relación sentimental no como utopía de plenitud sino como tortuoso sendero a la derrota. Así se abría una poética intimista, que se acerca a las cosas con percepción desvelada, capaz de abrir incisiones imaginarias en lo real. A través de una poda de recursos, se nutría de una cercana dicción coloquial. Son claves de taller acentuadas en las entregas posteriores, con las que logra un notable reconocimiento. El segundo libro, Fin de fuga, obtiene en 2008 el Premio de Poesía Ciudad de Cáceres. Luis García Montero comenta que Fin de fuga "sitúa su palabra en la naturalidad de lo imposible. La fuga nunca acaba, el campo de batalla nunca recupera la paz, el amor desbordado se pierde y no se agota. la compensación es que la esperanza deteriorada no deja de buscar una luz en la memoria y un puerto en el mar del futuro". La entrega aglutina poemas que dan voz al desarraigo; entrelazan crisis personal y azaroso asentamiento de un momento histórico que condena al derrumbe dogmas e ideologías. El fracaso parece un horizonte circular que invita a recuperar el ayer como elemento de concordia interior, así se percibe en Caja de fotos (Renacimiento, 2009); los versos reconstruyen las instantáneas de la memoria; adquieren el formato de antiguas fotografías que refugian el temblor del pasado. Ya en 2014 se publica en Valparaíso Ediciones Papel ceniza, poemario donde resaltan las líneas de luz del sujeto poético. Suele aparecer como un yo desdoblado que se acerca a la realidad con celo indagatorio; quiere entender la gramática de lo diario y su caligrafía en el papel ceniza del decurso existencial.
   El título El tiempo es un león de montaña se inspira en un verso de Raymond Carver. Sirve también como homenaje a uno de los principales exponentes del realismo sucio. El poeta norteamericano es un magisterio fuerte que hace del final de los sueños y de la falta de utopías redentoras los centros gravitatorios de sus ficciones narrativas y poéticas. Trinidad Gan asume esa fractura entre el yo y el entorno; el trayecto vital muestra un desencanto que convulsiona las fibras interiores; ese diario del desencanto da pie a una crónica descarnada y minimalista. El tiempo consume los trechos del camino “sin apenas vislumbres de horizonte”.
   El león se convierte en representación simbólica del tiempo; es esa fiera que acecha nuestros pasos y dormita en la sombra para capturarnos. Su fuerza magnética concita la azarosa presencia de lo inquietante: “me vigilan los ojos de una fiera, / su cuerpo es una ráfaga de fuego / que se adivina entre los raudos árboles / y finge acompañarme silenciosa “. De ese encuadre existencial se hace cargo el poema, convertido en reverso de huellas. La palabra se moldea como un punto de fuga en el que se entrelaza la solitaria postal del sujeto concreto y el estar colectivo de esos escenarios del dolor como Gaza o Alepo que suelen asomarse al conformismo de la sobremesa desde el telediario con sus escombreras manchadas de rojo.
   Pocas estrofas encierran en sus esquemas mínimos la sensorialidad del haiku y el tanka. En su despojada estructura, se dan cita alteridades, sensaciones y pensamientos. Allí se alzan como espacios dispuestos a cobijar el león del tiempo y su rumoroso transitar. Así se va definiendo un camino donde se descaman las vivencias o se constata cómo lo transitorio va adquiriendo color crepuscular: “Hojas de otoño / igual que lo vivido / se arremolinan “, “Y en la memoria / de aquello que miraste / van confundidos / el cazador que huye, / la fiera que te habita”.
   Cuando las manecillas del reloj  dibujan el ahora, se abre la ventana de lo posible. El despertar es comienzo; abre su latido a la caligrafía remozada del poema para que salgan a la luz destellos todavía capaces de recomponer en los laberintos interiores algunos rincones de felicidad. Es un empeño inútil, una huida imposible: “Pero al fin me dio caza. / Me arrastró sin piedad a su guarida. / Cubrió mi cuerpo con esa hojarasca / que llamamos memoria. / Y ahora él  escapa en la noche. / Se vuelve apenas a mirarme / y al cruzar nuestros ojos / veo el tiempo quedarse detenido / a orillas del silencio”.
   La poética de Trinidad Gan tiene en El tiempo es un león de montaña un valor de continuidad. Se aprecia en su voz la fortaleza madura de una visión del mundo en su relación con las palabras. Protagoniza un afán lúcido por trascender vivencias personales, sin rupturas, enriqueciendo la reflexión con una imaginación creativa que propicia encuentros entre temporalidad y pensamiento. Se ha dicho con frecuencia que el autor engrandece por la experiencia el mismo libro; y es verdad: la escritura no es sino el armisticio que firmamos a diario con incertidumbres y obsesiones. Con ellas, Trinidad Gan deja en sus poemas el tónico permeable de la palabra.




lunes, 29 de septiembre de 2014

TRINIDAD GAN. PAPEL CENIZA.

Papel ceniza
Trinidad Gan
Ediciones Valparaíso
Granada, 2014


ANDÉN VACÍO
 

  Tras una primera entrega, Las señas del pirata, en 1999, en el discurrir de los últimos años y en un tramo temporal muy breve, han visto la luz pasos referenciales del camino creador de Trinidad Gan (Granada, 1960), avalados por importantes premios literarios. El que ahora nos ocupa,  Papel ceniza, editado en el sello Valparaíso, es la quinta salida y da continuidad a un itinerario figurativo, que busca materiales literarios en lo cotidiano y en los estados vivenciales del hablante lírico, como si contempláramos el sosegado crecimiento de un diario íntimo en el que se constata un azaroso registro de incidencias.
   Versos de Luis Cernuda y de Javier Egea abren el horizonte del poema inicial, “La secuencia”, un texto en el que hallamos indicios claros del dictado estético de Trinidad Gan. En él prevalece un enfoque narrativo, las confidencias sosegadas de una voz omnisciente que busca objetividad y distancia frente al yo biográfico, y hace la crónica de un emplazamiento en el ahora. Asistimos a un pautado encadenamiento de acciones, un hilo de causas y efectos que articula la tensión y resuelve el conflicto. Cada sujeto es protagonista obligado de un devenir temporal; ha de tener conciencia de su estar transitorio. Su estela es fijada por las palabras con una caligrafía tenue, cuyos trazos se amortiguan en la distancia.
  Los versos nacen a partir de esa percepción del entorno que adquiere sentido en el decir. La voz da cuenta del cúmulo de ausencias y de pérdidas, suena a elegía, y preserva el retrato del pasado con signos escritos que lo mantienen despierto. Con aire de amanecida, las imágenes retornan, se asientan en nuestras pupilas y van reconstruyendo las formas al paso, como apariencias cercanas y tangibles. Nunca despejan del todo la sensación de soledad e intemperie. La luz parece ajena, como un rumor de pasos que resuena lejano en la distancia de cualquier laberinto urbano.
   Entre los poemas iniciales resalta por su calidad y autonomía “El fugitivo”. En sus versos habita un yo superviviente, un viajero que llega desde otro tiempo para olvidar la noche y despejar el frío que destila cualquier andén abandonado, mientras evoca un tumulto de imágenes en fuga.  No es el único texto que hace de la soledad motivo para una reflexión indagatoria. En las distintas secciones percibimos con frecuencia un hablante lírico que guarda entre las manos una única certeza: la realidad nunca confirma sueños, solo crea espejismos y obliga a guardar el equilibrio sobre la cuerda tensada por la incertidumbre. Y el tiempo va acumulando en ese deambular una cosecha reiterativa y maltrecha  en la que suena la voz del silencio. El avance titubea, como quien extiende las manos en la oscuridad y busca un rumbo nuevo. También hay hueco para la esperanza y para hacer del amor una orilla habitable. El deseo descubre un cuerpo por leer a plena luz del día.  
  En Papel ceniza Trinidad Gan nos deja una articulada meditación sobre lo contingente. La poeta convierte la evocación en latido del verso; lúcida y emotiva sabe que cualquier interpretación de la realidad es cuestión de palabras. Los sutiles efectos de lo vivido también, son simples hojas sueltas de un cuaderno gastado, papel ceniza hecho precariedad, renglones desvaídos donde el pasado deja constancia de que el yo es fragmentario y está hecho de teselas sueltas.

sábado, 8 de febrero de 2014

TRINIDAD GAN. FIN DE FUGA.

Fin de fuga
Trinidad Gan
Visor, Madrid, 2008

FIN DE FUGA

   En las últimas décadas, la ciudad de Granada ha sido un incansable vivero de poetas y proyectos culturales. Con pautada renovación se suceden grupos y promociones que, poco a poco, dibujan una línea continua que yuxtapone itinerarios. Trinidad Gan (Granada, 1960) es un nombre emergente; en 2007 obtuvo el Premio de poesía “Cáceres Patrimonio de la Humanidad, circunstancia que propició la edición del poemario Fin de fuga sobre el que anotamos aquí nuestras impresiones.
   Estructurado en media docena de secciones, pero con una palpable unidad de tono, la entrega de Trinidad Gan aborda, con la voz directa de un intimismo coloquial, un viaje hacia los paisajes interiores del hablante lírico. No valen estrategias, sin saber las causas se suceden las pérdidas. De ese proceder elegíaco que fusiona  reflexión y vivencias se nutre una poesía donde lo contingente funciona como un verdadero epicentro temático.
   El devenir biográfico se abre camino en una temporalidad transitoria en la que son signos habituales la soledad y el latido ausente de lo que fue cercanía. Acontecimientos y cosas ya no son. Estar en el presente se antoja como un terco aprendizaje en las aguas mansas de un mar urbano. Otra vez la ciudad –habitual escenario de la poesía moderna, repleta de sujetos aislados y solitarios-  es el reflejo de los laberintos vivenciales. Se van borrando signos del legado sentimental del yo poético; en esta hoja de ruta incluso el amor se convierte en azaroso puerto inalcanzable. Sólo permanece un tránsito rutinario que entrelaza decepciones y olvidos, aleatorios pasos, perdidos en la sombra. La memoria resiste y recompone imprecisas señales. Bajo la luz de la extrañeza el ser consume la ingrata tarea de seguir a flote, con el dolor y la certeza de la podredumbre, con la esperanza de un renacer tangible.
  Entre los poemas de  Fin de fuga habita un indeclinable afán de preservar la identidad en los complejos devaneos de la existencia. Lo tenue está en la misma esencia del sujeto; su naturaleza es hueco para el recuerdo, vacío atemporal donde conviven el pasado y el ahora que consume horas adormecidas
   En el libro de Trinidad Gan  habita un registro meditativo. En él se interpreta la voluntad de un yo transitorio de seguir camino, con el paso natural de lo diario, resignado a un existir sin épica –el personaje común nunca es un héroe- donde logros como el amor son reducidos a polvo y ceniza por la erosión del tiempo. Lo mismo sucede con muchos sentimientos de ida y vuelta, apariciones furtivas que cumplen casi un ciclo natural.  En este fin de fuga nos quedan las palabras del poema, las que recrean esas percepciones fugaces, ese incansable tránsito de lo que huye.