miércoles, 12 de agosto de 2020

CÉSAR RODRÍGUEZ DE SEPÚLVEDA. LUZ DEL INSTANTE

Luz del instante
César Rodríguez de Sepúlveda
Ommpress Poetas
Madrid, 2020


DESTELLOS


   Con una exhaustiva voluntad de renovación, el discurrir poético incorpora a su cauce, de continuo, un prolijo catálogo de nombres propios. Algunos, empujados por la urgencia de publicar, solo muestran un desambular tanteante que apenas adquiere entidad y solo lleva hacia una callejuela sin salida. Otros, en cambio, consienten fundadas esperanzas de una fértil senda creadora. A este grupo pertenece César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968), profesor de lengua y Literatura en un instituto madrileño que, tras publicar algunas composiciones en una antología colectiva de jóvenes creadores abulenses y en revistas literarias, entrega su primera amanecida Luz del instante.
   Con un guiño a la tradición más entrañable de nuestra lengua, el poeta, alumbra su libro con el apartado “La del alba sería”, expresión cervantina que adhiere la senda poética a un temprano viaje, cuyo trazado confunde itinerarios oníricos y realidad. La voz del sujeto verbal mira por los resquicios de la cotidianidad de Alonso Quijano para abordar en un intenso monólogo dramático esa frágil materia de los sueños que aposa entre las manos la lectura; nace así una nueva identidad que adquiere el brillo de lo insólito que contradice el gregarismo y la costumbre e invita a celebrar en lo diario unos hilos de luz y de belleza.
  Ese mundo de héroes e ideales está presente también en el alboroto gráfico de los tebeos de infancia. De aquel inventario de buenos y malos que abren trinchera, aflora el vigor justiciero de El guerrero del antifaz, la musculatura selvática de Tarzán o los fragmentos existenciales anudados en la memoria que viajan al pretérito para buscar recuerdos y rincones de un perido que hoy surge renovado y maltrecho, calado en su textura por la lluvia del tiempo y la ironía.
  El poema “Desahuciados del alba” postula un recorrido iniciático por la intrahistoria personal. Era un mundo de hábitos marcados por el estar de un niño que iba perdiendo su mirada limpia de infancia, con héroes y sueños, para buscar las huelas de un futuro habitable en el silencio gris de los años ochenta.
   Si el apartado inicial entronca las vivencias del hablante lírico con un entorno idealizado, que preservaba la inocencia, en “Bella dama  sans merci”, expresión derivada del conocido poema de John Keats escrito en 1819, llega un tiempo nuevo en el que se cobija la nostalgia, como en los pulcros versos musicales del poema “Nocturno”, y emerge la conciencia de finitud; cada instancia de mediodía y plenitud es una estela en el agua que no tarda en borrarse, el sedimento de unas ruinas históricas que muestra en sus formas erosionadas el paso diluido del pasado. O la emotiva voz de la elegía, tan presente en el poema “Cascada de la Araña”, como homenaje y despedida al amigo ausente.
   No pasan inadvertidos los referentes literarios: el mundo de Virginia Woolf  en “piedras en los bolsillos”, la levedad desdichada y nihilista de Alejandra Pizarnik, o la coda conclusiva de Cesare Pavese ante el rostro preclaro de la muerte. También el arte, como forma cercana del lenguaje, pasa a primer plano en el apartado “La luz y la palabra”. El quehacer del artista se gesta como una forma de explorar la belleza plástica, o como una estrategia expresiva, capaz de hacer de la obra de arte una trinchera contra el extravío y el silencio.
   Toda expresión literaria es una búsqueda de la verdad en la mentira, un poder regenerador que enmienda máculas. Desde ese propósito nacen los hermosos versos de “verdad de la mentira” cuyo cierre sugiere una poética que justifica el empeño de tinta del escritor a solas, esa sed de verdad que enmienda el páramo estéril de lo diario.
   Con un amplio pertrecho de experiencia lectora, César Rodríguez de Sepúlveda firma Luz del instante, un primer libro que sorprende por su pulido formal, la dicción de aliento clásico y un discurso poético que entremezcla sincretismo lector y biografía para dejarnos una realidad ficcional, verosímil. Un mundo moldeado por el quehacer versal que refleja en sus horas el latido silente del pasado y las incertidumbres de un ahora escurridizo y turbio. Luz del instante es hoguera encendida, el logrado inicio de una travesía que habremos de seguir con interés.  

      
    

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