lunes, 25 de octubre de 2021

JOSÉ MARÍA JURADO. CUARESMA

Cuaresma
José María Jurado García-Posada
Ilustraciones de Pámpano Vaca
Cypress Cultura
Sevilla, 2020 


ASCESIS
 
 
   Tras la bisagra intersecular, la década que inauguró el tiempo digital ha emplazado en sitio visible un mapa  de voces emergentes. Llega al ruedo poético sin quiebras ni estridencias, pero con la mano alzada de un quehacer fuerte, que busca con empeño lugar propio. A esa foto generacional pertenece José María Jurado García-Posada (Sevilla, 1974), ingeniero de telecomunicaciones, narrador, columnista de prensa y autor de los poemarios La memoria frágil, Plaza de toros, Tablero de sueños, Una copa de Haendel, Gusanos de seda, Que por mayo era por mayo y Herbario de sombras. Tan amplia cosecha consolida una propuesta entusiasta, seleccionada en varias antologías, donde es reconocible el paso natural por una senda que ahora completa el poemario Cuaresma, entrega que incorpora un aserto clarificador sobre la naturaleza de los textos: Cuarenta visiones en los desiertos del alma.
   Percibida la convicción del creyente cristiano y católico, escribe el pórtico Lorenzo Clemente. Se recuerda el significado transcendente de la Cuaresma, periodo litúrgico que arranca el Miércoles de Ceniza y concluye casi seis semanas después, el día de Jueves Santo, cuando se celebra la Última Cena de Jesús de Nazaret con sus discípulos, antes del prendimiento y la crucifixión. Quien escribe, deja ecos de su fe como un intervalo de penitencia y austeridad, como una toma de conciencia sobre la fragilidad humana y su necesidad de ascesis y despojamiento.
  Esta íntima cartografía, impregnada de significado teológico, encuentra en Cuaresma una acompasada sensibilidad poética que a menudo dialoga con la interpretación plástica de Pámpano Vaca, en una conjunción cómplice y enriquecedora. Sobre el perfil de esta escritura, el autor aborda su desarrollo en el apartado “Atrio”. Allí sintetiza el carácter visionario de estos cuarenta textos, nacidos en febrero de 2010, y en los que sobrevuela la primera manifestación de un cambio estético, una variación de credenciales de naturaleza lírica.
  Las secuencias iniciales trasmiten un tono de onirismo irreal, como si los estratos del afuera cercano hubiesen adquirido otra dimensión que convierte a los gestos tediosos en ventanas de descubrimientos. Los elementos cotidianos muestran en sus aparentes mutaciones un universo pleno de arquitectura y simetrías, una encarnadura de aspiraciones trascendentes y símbolos. El canto verbal se convierta en disposición afectiva y testimonial, desvelando la terquedad insomne de lo cotidiano. Así se escribe una nueva poética de la visión en la que confluyen realidad e imaginación, un pacto de especulaciones sensoriales que enlaza con la sinestesia cromática de la celebración litúrgica.
  La meditación sobre las secuencias diarias transforma su significado; el trayecto ofrece un balance de gestos olvidados. Quien los protagoniza es portador de un colmado equipaje hecho de cansancio y desaliento. Al cabo, en la consumación de lo cotidiano se cumple la certeza de que toda la materia encontrará su lugar exacto en el vertedero. Todo parece inmerso en la quietud de una larga espera, como si fuese inminente un cambio, una mudanza, una larga ascesis que está ahí, inadvertida, bajo el amparo del silencio. Aguarda su primer movimiento para bajar desde las laderas del sueño, tras el sonido estridente del despertador.
  El campo visual despliega situaciones, cambia de escenario y añade elementos azarosos que acuden al poema, pretendiendo descubrir el orden sedentario que oculta su epidermis, como si la poesía fuese capaz de convertir en sedimento perdurable el vitalismo ensimismado del tiempo.
  El avance lector en ocasiones mantiene la apariencia de un retablo en el que, junto a la presencia firme del sujeto verbal, deambulan otros protagonistas. Así sucede en la anotación del día XX, que supone un homenaje al quehacer laborioso de la identidad femenina, desdoblada en su papel de madre y docente en ejercicio, sorteando contingencias. Lo mismo sucede con la estela de sombras de la ciudad nocturna que dibuja el poema XXVI, donde se reconstruye alrededor un transparente espejo de la condición humana.
  El texto que clausura el desarrollo del libro anuncia un carácter cíclico para que la apertura y el final enlacen y pongan los trazos de cierre a un pensamiento visionario que se expresa mediante estelas indagatorias y sueños. Se añaden a manera de apéndice dos textos, recogidos en el apartado “Nártex” escritos con posterioridad, aunque partícipes de la misma cosmovisión que los precedentes. Incidiendo un poco más, si cabe, en la utillería barroca y en el acumulativo despliegue de percepciones sensoriales, tan evidente en la Semana santa sevillana.
   El poema en prosa es una estrategia expresiva mantenida en el tiempo por José María Jurado García-Posada. Los que conforman Cuaresma destacan por la fuerza de sus imágenes y el pulimiento extremo de su dicción al conformar un viaje en el tiempo, casi un cuaderno autobiográfico de sensaciones y reclamos oníricos en el delimitado andar de los cuarenta días. El poeta reconcilia el ánimo con un ejercicio de ascesis sobre las preguntas del yo que tienen como centro la fe; que miran el desangelado paisaje del ahora para percibir la compañía de la soledad, la superficie gris que empaña el horizonte.

JOSÉ LUIS MORANTE

   
 
                                                                    

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