miércoles, 6 de octubre de 2021

ISMAEL CABEZAS. MÚSICA QUE ESCUCHARÉ CUANDO HAYAS MUERTO

Música que escucharé cuando hayas muerto
Ismael Cabezas
Prólogo de Carlos Serrato
La Garúa, Poesía
Barcelona, 2021


EN MITAD DE LA NOCHE

 
  El recorrido creador de Ismael Cabezas (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1969) congrega las entregas Paisaje para un ciego (2008), Pisadas en la nieve sucia (2015) y Sutura (2015), además de algunas composiciones de colaboración con los artistas plásticos Yeyo Argüez y Juan Carlos Bracho. Es, por tanto, protagonista de un caminar poético sosegado, por más que haya colaborado en un buen puñado de revistas literarias y haya impartido algunos talleres de creación.
   Desde la introducción “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” de Carlos Serrato se hace hincapié, con claro referente pavesiano, en que la palabra poética de Ismael Cabezas lleva consigo un enfoque que entrelaza la conciencia de finitud, el afán existencial de resistencia, la mirada introspectiva y una pesimista reflexión crítica sobre el estar temporal. Son estratos germinales que ratifican un decir elegíaco que encuentra entre las grietas del tránsito vital un caminar esperanzado, un destello callado de belleza en el epitelio crepuscular del frío. Eso es lo que corroboran también las dos citas que sirven de umbral. La de J. M. Caballero Bonald: “Porque logré sobrevivir lo escribo”, y la de Sharon Olds: "Yo compartí mis secretos / con vosotros, queridos extraños”.
   El conjunto verbal deja como amanecida la composición “Elogio de la belleza” cuya línea argumental recuerda la capacidad terapéutica del arte. Las palabras saben abrir sentidos, hacen del poema un refugio para habitar la intemperie. El poema se hace afán comunicativo y naturalidad expresiva, como es norma en la fuerza impulsora de Raymond Carver, uno de los magisterios de Ismael Cabezas, que se anima a practicar los círculos expansivos de la variación.
  La cita de José Ángel Cilleruelo “Un hombre es la ciudad en la que vive” anticipa el núcleo argumental de varios poemas donde el tedio urbano constituye un propicio escenario, impulsor de soledad y conciencia abrumadora del fracaso. En ellos adquiere recorrido una senda cognitiva que unifica percepciones y requiere la aceptación de que en ese espacio, donde conviven vulgaridad y miseria. En ese lugar no hay sitio para ninguna épica. En el apagado espacio de lo diario, la lectura  es un latido vitalista y regenerador, por el que la conciencia adquiere una identidad nueva. Cavafis, Trakl, Joan Margarit, José Mateos o Blas de Otero ayudan a esbozar la propia poética en la vigilia: “Sé, como bien les digo, muy poco sobre dioses: / sólo sé de hombres que escupen sangre de sufrir a solas”.
  La huella interior de la música de The  Smiths, Siouxsie y Chet Baker también construye sus propios recorridos argumentales. Las canciones alertan sobre un tiempo generacional contaminado por la dicción áspera de la derrota. De esta actitud estética deviene un ideario vital que tiene mucho de funambulista objetividad: “Cruzar el abismo o ser parte del abismo”.
   En los poemas de Música que escucharé cuando hayas muerto predomina una atmósfera nocturnal, hecha de grises y melancolía, como si el hecho de vivir solo fuera posible casi al raso. Ni siquiera la música o el arte, que guardan impolutos su carga de belleza y compañía, son capaces de anular la evidencia de lo transitorio. Estamos destinados a ser viejas fotografías que van perdiendo sus rasgos en el tiempo. El poema “Declaración” dibuja esa distancia que aleja la esperanza de un horizonte limpio y sosegado. Quien escribe siente en su caligrafia la oscura lógica del delirio: “Es todo cuanto puedo escribir, / inútiles palabras en mitad de la noche / sobre todo cuanto amé y odié”. El poema entonces se hace presagio y elegía, advierte sobre el paso cercano de la muerte, hace memoria de una vida triste, hecha al azar con palabras gastadas por el tiempo.    

JOSÉ LUIS MORANTE




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