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LA CRÍTICA COMO PLACER LECTOR
En su tarea de hacer lectores, la
crítica traza juicios sobre la realidad literaria, pero también construye trampantojos y confunde al lector cuando
se pliega a intereses editoriales concretos; el crítico entonces se convierte
en un hacendoso comercial que puerta a puerta enaltece las invisibles
cualidades de un producto.
Ya he comentado en varios sitios
las razones privadas que justifican mi dedicación a la crítica. La lectura
frecuente de autores como Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Jaime Gil de Biedma o
Luis Cernuda propician la idea de que la escritura de varios géneros convive
sin problemas de vecindario y es un hecho natural en la tradición literaria.
Poesía y crítica en mi caso se ensamblan sin disidencias; la crítica no es un
subproducto, prolonga el pensamiento teórico dedicado a mi propia poesía.
El quehacer crítico debe ejercerse sin ningún dogmatismo, sabiendo que
la obra literaria tiene un sentido plural y que los aportes de nuestra visión
analítica tienen una vigencia limitada y parcial. El crítico es un lector
intuitivo que poco a poco completa una personalidad intelectual.
El ejercicio de la crítica me ha deparado momentos de gran felicidad y
ese es uno de sus efectos más reseñables; casi tanto como algunos sujetos comunes
de carne y hueso, ha marcado mi vida el persistente contacto con identidades imaginarias
con un alto poder de persuasión que han clarificado y dado consistencia a las
relaciones de mi yo con los otros.
En tiempos
de incurable
materialismo es hermoso pensar que la lectura nos concede la posibilidad de construir un abismo; de sustituir el mundo real por un mundo ficticio.
(Apuntes sobre la crítica)
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