martes, 18 de agosto de 2026

RODOLFO SERRANO. HOTEL EN LAS AFUERAS

HOTEL EN LAS AFUERAS
Registro de viajeros
Rodolfo Serrano
Prólogo de José Luis Morante
Lastura ediciones
Madrid, 2025

 

DESDE EL PONIENTE

  
   Una luz amarilla y gastada alumbra la distancia entre la madurez y el camino de vuelta de la senectud. Es un recorrido vital que enseña a bajar la voz y moldea, en la esfera de todos los relojes, el instante gastado de un presente continuo. Ya no resulta necesaria la prisa. El ahora convierte su cronología en un lugar doméstico, una sala de estar con ventanas a la memoria y con tertulia sensitiva con el pasado. Lo vivido muda en constante página en reconstrucción, donde todo tiene la textura de lo contingente. Solo las cuestiones esenciales de cada ecuación diaria preservan las incógnitas sin resolver.
   La palabra poética se convierte en crónica vital. Mira, con los ojos casi cerrados, un futuro que se diluye lentamente, mientras sus pasos rezagados conducen a ninguna parte. Mañana es un horizonte especulativo, un tranquilo páramo mesetario ajeno al maquillaje ampuloso y grandilocuente de la celebración. El pensamiento secuencia su fluir apoyado en la lógica de lo real, en la percepción sensible que depara el juego de impresiones de lo cercano. Así que la poética se convierte en una invitación a la confidencia sobre los procesos vitales que conducen al escepticismo y la decepción, al umbral del olvido.
   Siempre que regreso al quehacer literario de Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947) el yo poemático muestra un cálido carácter confesional. El poema se convierte en un espejo privado que necesita ahondar en lo que permanece y en la validez de la experiencia. Los versos alumbran un espacio compartido, una senda llena de sensaciones que recorre los paisajes interiores de la naturaleza humana. La voz explora los rasgos del sujeto marcados en el tiempo e indaga en la identidad de quien sale a descubierta desde la meditación para acercarse a sí mismo.
   Abunda en el poemario Hotel en las afueras la soledad desnuda de quien hace recuento de algunos paraísos perdidos: el amor, la belleza, la pasión, el deseo o aquellas arquitecturas sentimentales que cobijaban sueños, ilusiones y esperanzas.  La voz de quien recapitula sobre la existencia como estela de adversidad y pérdida. Casi todo lo que tuvimos está detrás. El acontecer dibuja los relieves de un áspero mundo que muestra las cicatrices del trascurrir, mientras sobrevuela un aire denso, de melancolía y nostalgia. La felicidad parece una vivencia ajena, un reflejo fósil encerrado en resina. Como sugiere el título, se busca un refugio compartido, una trinchera a resguardo para suturar las heridas abiertas y proseguir ruta en el tablero de lo cotidiano, con la esperanza puesta en la evocación, aun cuando la memoria haya convertido en hábito la tristeza como ensimismada compañía. Toca vivir rebobinando fragmentos, siendo fiel en lo posible a los restos del naufragio.
  Los lectores que busquen la razón del poema en Hotel en las afueras percibirán en la sensibilidad de Rodolfo Serrano una nítida cercanía con los poemas de Raymond Carver, el poeta que vivía la esperanza como una función esencial de la conducta diaria, como la búsqueda de algo indefinido que detendría el tiempo, como sucede en los reductos visuales y el cromatismo frío de Edward Hopper. Añadiría también, en la afectuosa genealogía de magisterios, a Ángel González, el inolvidable poeta de la generación del medio siglo, autor de Palabra sobre palabra, y a Karmelo C. Iribarren, siempre aplicado en el terco quehacer de inventar al lenguaje una barra de bar con lluvia fuera, un centro indispensable de emoción. Son poetas que, en el deambular de la conciencia y en su capacidad de comprender, abren una ruta de salida, un minifundio que cura la cellisca desapacible de la soledad, un espacio de penumbra y sueño donde el camarero sabe los nombres de pila de sus parroquianos y deja la penúltima por cuenta de la casa.
    El cuerpo no se acostumbra nunca a dormir solo. Necesita el oxígeno del poema para buscar un hueco a los andenes solitarios donde solo la niebla espera la llegada del último tren; donde las habitaciones de una noche prestan la mano alzada de sus espejos a los desconocidos; o  marcan la silueta de un cuerpo tumefacto que muestra en su epidermis las magulladuras de los sueños que nunca alzarán vuelo. Cae la tarde; con el pulso tembloroso de la melancolía, una mano cansada escribe versos de amor y de nostalgia, historias de pasiones inventadas en las que se abrazan sombras invisibles.
   En los registros de la poesía meditativa nunca tienen problemas de convivencia la filosofía existencial, hecha de certezas provisionales, y la llama encendida de los sentimientos. La buena poesía nunca se sale por la tangente; es una suma al contado de latidos asimétricos, pensamientos y sueños dispuestos a arrimar el hombro a los muros de la realidad. Y esa lluvia de polen deja su evidente resultado en Hotel en las afueras, donde cada poema nombra con lucidez las páginas manoseadas de lo cotidiano. La conciencia del personaje lírico encaja con la vestimenta del perdedor. Alguien que se mueve a contracorriente, sin nadie al lado en quien depositar un brazo sobre el hombro. Apura a solas el cigarrillo de la resignación, como si entre la noche hubiera consumido una historia de amor que se diluye con la luz del día. Si duele, queda el poema, los silencios escritos que dicta el corazón. Cae la tarde y alguien escribe sobre la piel de la añoranza, mientras contempla el vuelo de algún pájaro sin nido. En su mirada, la encendida plenitud de quien aspira un resplandor de amanecida porque “la vida, y el poema y los amores / son, todo,  sombras, de la misma luz”.    
     
JOSÉ LUIS MORANTE



 

Rivas, primavera de 2024

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.