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| HOTEL EN LAS AFUERAS Registro de viajeros Rodolfo Serrano Prólogo de José Luis Morante Lastura ediciones Madrid, 2025 |
DESDE EL PONIENTE
Una luz amarilla y gastada alumbra la distancia entre la madurez y el
camino de vuelta de la senectud. Es un recorrido vital que enseña a bajar la
voz y moldea, en la esfera de todos los relojes, el instante gastado de un
presente continuo. Ya no resulta necesaria la prisa. El ahora convierte su
cronología en un lugar doméstico, una sala de estar con ventanas a la memoria y
con tertulia sensitiva con el pasado. Lo vivido muda en constante página en
reconstrucción, donde todo tiene la textura de lo contingente. Solo las
cuestiones esenciales de cada ecuación diaria preservan las incógnitas sin
resolver.
La palabra poética se convierte en crónica vital. Mira, con los ojos casi
cerrados, un futuro que se diluye lentamente, mientras sus pasos rezagados
conducen a ninguna parte. Mañana es un horizonte especulativo, un tranquilo
páramo mesetario ajeno al maquillaje ampuloso y grandilocuente de la
celebración. El pensamiento secuencia su fluir apoyado en la lógica de lo real,
en la percepción sensible que depara el juego de impresiones de lo cercano. Así
que la poética se convierte en una invitación a la confidencia sobre los
procesos vitales que conducen al escepticismo y la decepción, al umbral del
olvido.
Siempre que regreso al quehacer literario de Rodolfo Serrano
(Villamanta, Madrid, 1947) el yo poemático muestra un cálido carácter
confesional. El poema se convierte en un espejo privado que necesita ahondar en
lo que permanece y en la validez de la experiencia. Los versos alumbran un
espacio compartido, una senda llena de sensaciones que recorre los paisajes
interiores de la naturaleza humana. La voz explora los rasgos del sujeto
marcados en el tiempo e indaga en la identidad de quien sale a descubierta
desde la meditación para acercarse a sí mismo.
Abunda en el poemario Hotel en las
afueras la soledad desnuda de quien hace recuento de algunos paraísos
perdidos: el amor, la belleza, la pasión, el deseo o aquellas arquitecturas
sentimentales que cobijaban sueños, ilusiones y esperanzas. La voz de quien recapitula sobre la
existencia como estela de adversidad y pérdida. Casi todo lo que tuvimos está
detrás. El acontecer dibuja los relieves de un áspero mundo que muestra las cicatrices
del trascurrir, mientras sobrevuela un aire denso, de melancolía y nostalgia.
La felicidad parece una vivencia ajena, un reflejo fósil encerrado en resina. Como
sugiere el título, se busca un refugio compartido, una trinchera a resguardo
para suturar las heridas abiertas y proseguir ruta en el tablero de lo
cotidiano, con la esperanza puesta en la evocación, aun cuando la memoria haya
convertido en hábito la tristeza como ensimismada compañía. Toca vivir
rebobinando fragmentos, siendo fiel en lo posible a los restos del naufragio.
Los lectores que busquen la razón del poema en Hotel en las afueras percibirán en la sensibilidad de Rodolfo
Serrano una nítida cercanía con los poemas de Raymond Carver, el poeta que
vivía la esperanza como una función esencial de la conducta diaria, como la
búsqueda de algo indefinido que detendría el tiempo, como sucede en los
reductos visuales y el cromatismo frío de Edward Hopper. Añadiría también, en
la afectuosa genealogía de magisterios, a Ángel González, el inolvidable poeta
de la generación del medio siglo, autor de Palabra
sobre palabra, y a Karmelo C. Iribarren, siempre aplicado en el terco quehacer de inventar al lenguaje una barra de
bar con lluvia fuera, un centro indispensable de emoción. Son poetas que, en el
deambular de la conciencia y en su capacidad de comprender, abren una ruta de
salida, un minifundio que cura la cellisca desapacible de la soledad, un
espacio de penumbra y sueño donde el camarero sabe los nombres de pila de sus
parroquianos y deja la penúltima por cuenta de la casa.
El cuerpo no se acostumbra nunca a dormir
solo. Necesita el oxígeno del poema para buscar un hueco a los andenes
solitarios donde solo la niebla espera la llegada del último tren; donde las
habitaciones de una noche prestan la mano alzada de sus espejos a los
desconocidos; o marcan la silueta de un
cuerpo tumefacto que muestra en su epidermis las magulladuras de los sueños que
nunca alzarán vuelo. Cae la tarde; con el pulso tembloroso de la melancolía,
una mano cansada escribe versos de amor y de nostalgia, historias de pasiones
inventadas en las que se abrazan sombras invisibles.
En los registros de la poesía meditativa nunca tienen problemas de
convivencia la filosofía existencial, hecha de certezas provisionales, y la
llama encendida de los sentimientos. La buena poesía nunca se sale por la
tangente; es una suma al contado de latidos asimétricos, pensamientos y sueños
dispuestos a arrimar el hombro a los muros de la realidad. Y esa lluvia de
polen deja su evidente resultado en Hotel
en las afueras, donde cada poema nombra con lucidez las páginas manoseadas
de lo cotidiano. La conciencia del personaje lírico encaja con la vestimenta
del perdedor. Alguien que se mueve a contracorriente, sin nadie al lado en
quien depositar un brazo sobre el hombro. Apura a solas el cigarrillo de la
resignación, como si entre la noche hubiera consumido una historia de amor que
se diluye con la luz del día. Si duele, queda el poema, los silencios escritos
que dicta el corazón. Cae la tarde y alguien escribe sobre la piel de la
añoranza, mientras contempla el vuelo de algún pájaro sin nido. En su mirada,
la encendida plenitud de quien aspira un resplandor de amanecida porque “la
vida, y el poema y los amores / son, todo,
sombras, de la misma luz”.
JOSÉ LUIS MORANTE
Rivas, primavera de
2024

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