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| Los Invernaderos (Madrid-Río) |
RETRATO CON NIEBLA
De nieve la cabeza, boca tensa,
ojos semicerrados, casi un viejo
que tiembla, tose, quiebra su entrecejo
y pincela de gris su niebla densa.
Terca sombra de mí, actor minúsculo
en las fugaces tablas de la vida.
Tiza y pizarra ayer, escuela huida;
iluso contraluz, pronto crepúsculo.
Oscuro grifo del amanecer.
Letras de luz en la palabra paz,
futuro por venir, renglón absorto
que busca recorrido para ser.
Pasos inciertos del sentir tenaz
en un soneto que se queda corto.
JOSÉ LUIS MORANTE
LECTURA DE FÉLIX MARAÑA
El poeta sitúa al personaje, a la persona objetiva, en la
vía esmarrita. Pero no se aturde, sino que encara el tránsito, el rito
de paso con un exquisito sentido del humor: he ahí el último endecasílabo, que
recuerda cultamente a su primogenitura, “un soneto me manda hacer Violante”,
del padre Lope, también llamado Félix, será por algo. El poeta es profesor,
marca, como el cantero en la piedra de las catedrales y palacios del Medioevo,
su seña, que retrata su trayectoria, ahora que el jubileo se traduce por
crepúsculo, por no llamarlo vejez. El poeta convive con su sombra terca, porque
la sombra es un invento, como la conciencia, que viene de marca, al nacer, en
la primera señal del cantero, y se adhiere como un herpes espiritual al
sistema. Y hay en esa vejez, que antes se llamaba ancianidad, un plus de
madurez, que le advierte que, entre la niebla, y con los ojos semicerrados,
también se atisba algún rayo de luz. El poeta es contemplación, “renglón
absorto”, que nos recuerda algún pasaje analítico de Gaston Bachelar. Y aspira
a ser, a realizar en un recorrido, para el que un soneto (he ahí el rasgo de
humor que remata y salva al soneto, y lo salva porque lo corona), recorrido,
digo, para el que el soneto, se queda corto.