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jueves, 19 de noviembre de 2015

DAVID MINAYO. SOPORTAR LA NOCHE

Soportar la noche
David Minayo
Ediciones Vitruvio
Madrid, 2015

CUANDO LOS DÍAS

   El archivo literario de David Minayo (Madrid, 1981) se estrena en 2014 con un título que suena con la voz armónica de una etiqueta generacional, El amor en tiempos de los desguaces de coches. Esa carta epifánica amanecía en el catálogo de Vitrubio, editorial que impulsa de nuevo el segundo paso del madrileño, Soportar la noche. El poeta y narrador Benjamín Prado, una de las afinidades explícitas de este ideario de línea clara, firma el breve proemio en el que se resaltan algunos caracteres ya definidos en el inicio: espontaneidad y descaro en la dicción, empleo frecuente de la ironía, cadencia autobiográfica en los temas y esa sensación de verbo confesional que expanden las composiciones.
   La pautada advertencia al lector de Benjamín Prado sobre el enfoque comunicativo se refuerza con el empleo de otro nombre propio para la cita inicial, Mario Benedetti, otro magisterio del figurativismo y la rehumanización. Con ese afán de normalidad arranca un poemario cuyo eje argumental básico en el acontecer del sujeto que emprende un viaje introspectivo. En ese recorrido se van perfilando las pautas diarias del tejido sentimental: la compacta presencia del otro, el puñado de recuerdos que dormitan entre los pliegues del mapa personal y el empeño temporal que sitúa al sujeto en un doble plano, entre el pretérito y el ahora, aunque el amor permanezca como principio básico. Ese impulso requiere determinar su naturaleza elemental en la consideración del legado poético. Esa cuestión conceptual se aborda en el inicio: todo se reduce a la viva presencia del nosotros, al acto feliz y cotidiano de estar en compañía.
  La expresividad del discurso poético no es lineal. En su latido se mantiene en pie una carga simbólica que requiere lecturas nuevas: el ser tiene como signo inevitable la temporalidad. El hombre deja en la superficie su razón sentimental, su deseo de permanencia, como si esa vivencia propugnara una razón contra el olvido; signos elementales moldean una estación de cercanías. En el poema “Tu barrio es un equipo de fútbol” la contingencia de lo cotidiano se hace hábito, postula una forma de vida que da raíz a lo aparente como si cada gesto del hablante verbal formara parte de un discurso emotivo, de un poema habitado.
  Pero ese empeño tenaz de la palabra por construir una arquitectura perdurable tiene de frente un viento azaroso, capaz de transformar cada sueño en un páramo. Como en estos tiempos de redes sociales y mensajería instantánea, el chat se desactiva y el único mensaje que perdura en la bandeja de entrada es el olvido. Todo se ubica en la línea de sombras y hay que aprender a soportar la noche. El poeta escribe: “ Cuando la sombra esconde / sus propios / miedos / es sencillo / confundirse / apoyarse / pisar en falso / caer / soportar la noche / como la casa vacía intenta / deshabitarse / de sus fantasmas “. La soledad copa entonces el tiempo, se hace materia tangible, deja frente a los sentidos un pasillo oscuro para dar cobijo a los recuerdos.
  La voz ética no olvida echar una mirada en el espejo de los demás para entender la psicología compartida y los mecanismos de comportamiento colectivo en los que se pueden reflejar las causas y efectos de los propios pasos. de este modo, los enfoques del verso fluctúan en el propósito escritural y se aglutinan abundantes resquicios. A veces las palabras suenan con la contundencia lacónica del epitafio, como en el poema “Aprovecha”: “Has aprendido / que solo dos días / tendrán menos / de veinticuatro horas / y te queda uno”;  también la razón del poema se hace ironía y discurso estético, como sucede en “Cuatro discursos para escribir poesía”. Un trazo nuevo en la lírica de David Minayo es el sustrato cultural. Las referencias literarias se entreveran en muchos poemas, como si el atemporalismo clásico hiciese necesario una nueva lectura, una interpretación que anulase el aire de viejas fotografías marcadas por el tiempo; otra vez resuenan magisterios que retornan a la casa del presente.
  Pero es el intimismo quien marca la pauta final de un libro que recurre los ángulos cotidianos del trayecto existencial. Con voz serena el sujeto poético se refugia detrás de las palabras para aguantar a pie firme el sol y el frío, para pulir las asperezas que distancian, como si fuésemos juguetes de un dios frío que obliga, en las aceras de la brega diaria, a soportar la noche.

martes, 4 de febrero de 2014

DAVID MINAYO. CAMPO DE PRUEBAS.

David Minayo (Madrid, 1981)

CAMPO DE PRUEBAS

El amor en tiempos de los desguaces de coches
David Minayo
Ediciones Vitruvio, Madrid, 2014

   El primer libro de un poeta joven es un campo de pruebas donde el personaje poemático pisa el acelerador a fondo, para completar ese circuito mágico que mide la distancia entre poeta y lector. David Minayo (Madrid, 1981)  utiliza, a mi modo de ver, un título lúcido y contundente como carta de presentación: El amor en tiempos de los desguaces de coches.
   El epígrafe sugiere una introspección meditativa, un deseo de profundizar en los enlaces del yo y del otro en el transcurrir de un presente que funciona como cronología operativa y en un escenario en el que se diluye el espacio concreto para convertirse en un espacio multifuncional:  el ámbito de lo privado no está exento del laberinto urbano, su ventana no ignora el paisaje matérico de la ciudad y esas periferias donde se instalan los cementerios de coches, una imagen que disuelve el topos romántico para llenar el espacio afectivo de soledad, herrumbre y óxido.
  Esta salida a descubierta requiere una inmediata definición de la identidad del protagonista verbal: la afirmación se hace a contraluz. El ser asume la condición precaria de un ángel caído; conocerse es aceptar el vacío y el desmoronamiento, tomar conciencia de que las nubes azules se han disuelto. Sólo queda la voluntad de ser y de existir para habitar un mundo cercano, fragmentario y disperso.  En ese estado florece el yo múltiple, la necesidad de dar cobijo a la palabra “nosotros”, un plural capaz de superar el aislamiento y transformarse en voz coral, la voz de un hombre que no ignora su circunstancia histórica. Pero el tiempo doblega esa línea de afectos. La complicidad se diluye y el diálogo a dos voces se transforma en la crónica de un desamor que es sólo el fruto fértil de la soledad. Las palabras pronuncian con el son quejoso de la elegía; se canta lo perdido. Hablan de una realidad insulsa que ajusta sus coordenadas al vacío. La cronología marca un “tiempo de posguerra” – qué definición más brillante hace el aserto empleado por el poeta de cualquier derrota- en el que está enquistada la soledad, en el que lo vivido parece una etérea construcción imaginaria: “El amor no existe / más allá de los poetas. / No lo juzgues como algo real: / es un espejismo, una invención / que se vierte en las neuronas ".
   La incipiente propuesta de David Minayo resulta compacta y bien construida. En ella convive el tono meditativo –aunque sin esqueletos teóricos digresivos- y la voz conversacional, aderezada con un abundante despliegue de imágenes en torno a los sentimientos. En ella, el amor es un diálogo abierto, que busca en las palabras un cruce de caminos, la intersección de tiempos claros en los que hallar conocimiento y verdad.