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jueves, 19 de octubre de 2023

HIRAM BARRIOS. UN NAUFRAGIO PERMANENTE

Un naufragio permanente
Aforismos 2013-2023
Hiram Barrios
Collage de cubierta de Carmen Canet
Editorial Libros del Aire
Colección Alto Aire
Boo de Piélago, Cantabria, 2023

 

LA DUDA EN PIE

  

   El lector persistente suele plantearse esas dudas inquietas que empujan al libro. Advierte que entre las páginas buscan sitio dos posturas confrontadas en torno al quehacer creador: la aceptación o el cuestionamiento. De la primera nace una literatura enunciativa y sedentaria, satisfecha con los trazos que guarda la cortesía del espejo; que hace de la realidad llanura propicia para que todo emprenda un itinerario natural, un inventario de hábitos sin variaciones, los previsibles acordes de un pentagrama amarillento. Nace de la segunda postura –el cuestionamiento- una búsqueda continua, un viaje sobre el pavimento mojado de las palabras, un sitio donde todo en la página es fragmentario y mudable. Y aquí, como un zapador en la trinchera, deja su rastro el aforismo, la concisión introspectiva que no teme el salto al vacío ni el fondo sombrío de la hendidura.
   Hiram Barrios (Ciudad de México, 1983) hace mucho tiempo que forma parte de la eclosión aforística peninsular. Su escritura refleja un perfil plural que integra la edición creativa, la práctica de la traducción al italiano y el ejercicio de la docencia como catedrático universitario. Completó su formación en Letras y se especializó en Literatura Mexicana por la UAM. Comenzó pronto a difundir  creaciones y su fértil producción se expande en publicaciones de Hispanoamérica y Europa mediterránea. Desde el italiano, ha volcado al español a Edoardo Sanguineti, R. Roversi, Donato di Poce y Fabrizio Caramagna. Preparó Voces paranoicas, antología bilingüe de Eros Alesi (2013) y trabajos como El monstruo y otras mariposas (Ensayo, 2013) y Apócrifo, entrega de aforismos de 2014. Un año después editó Lapidario, balance de aforistas mexicanos que tuvo en España una extraordinaria repercusión, y en 2019 editó Aforistas mexicanos actuales. En Disparos al aire. Antología del aforismo en Hispanoamérica (Trea, 2022), otro hito del ensayista, reúne las voces esenciales de la escritura abreviada en América Central y América del Sur. Tantos aciertos le otorgan un lugar de relevancia entre los especialistas de la microliteratura.
   Como aclara de inmediato la mínima nota de autor, Un naufragio permanente. Aforismos (2013-2023) compila una selección concisa de una década, revisando y ampliando el material publicado en las entregas Apócrifo (2014, 2018), Artimañas (2021), junto a una representación textual de la antología Silenzi scritti. Aforismi. Antología Bilingüe Italiano-Spagnolo (2020) y un conjunto de inéditos “de corte experimental”, según el sugerente etiquetado del escritor.
   Antes de vadear por los ejes temáticos del decir breve, quiero resaltar la atractiva cubierta de Carmen Canet, otro de los nombres centrales del aforismo actual y directora de la colección Alto Aire. La escritora de Granada nos deja un collage cuajado de color, afín a la sensibilidad impresionista. También sorprende, como sucede en algunos libros del aforista Ramón Eder, la mínima ilustración monocromática de “Autorretrato”y el punto de ironía visual de la caricatura.
   Hiram Barrios ha definido el habla lacónica como una suerte de épica postmoderna. Una perseverante tarea para descubrir lo esencial, las formas ideales en un transitar proclive al desaliño de la banalidad, a los espejismos del presente y su particular geografía de saldos. De este modo, en el caminar de la creación, “el aforismo es atajo”. En él conviven el epitelio humanista y la reflexión donde respira el fluir de la conciencia: “El fracaso, cuando es contundente y sin aspavientos, tiene mucha dignidad”, “El aforismo no busca educar. Por eso es tan aleccionador”, “El aforismo sabotea la moraleja”. Este parco análisis de la naturaleza indagatoria del aforismo sirve de entrada a una compilación de textos mínimos donde la dispersión temática funciona como punto de encuentro. La curiosidad intelectual testimonia la diversidad; de este modo en los diferentes capítulos de Un naufragio permanente se escucha el rumor inquieto de una percepción en vigilia. Quien escribe mira, sondea las respuestas del silencio. El sujeto verbal personifica el lugar de la escucha. Camina a solas con su pensamiento. Dialoga consigo sin buscar respuestas. Deja que los enunciados sentenciosos dibujen el paisaje estacional de la interpretación. Al cabo: “Intrincar los enigmas tiene más sentido que tratar de resolverlos”.
   De cuando en cuando el habla lacónica sugiere un relato con personajes y argumento que se resuelve con la inmediatez de una microhistoria: “Niñería. Quería a toda costa ser un hombre”, “El choque. Caminé varios días para perderme; ¡ingrato destino!: terminé encontrándome”. Otras veces fecunda una grieta mental sobre la escritura, como sucede en el apartado “Tachaduras”. Allí lo metaliterario muestra una realidad cercana y transparente, que se mira en las aguas de la tradición y desmiente las propias certezas convocando al “Arte de borrar”: “Escribir y pensar son operaciones distintas. Pensar y borrar son la misma cosa”, “Borra las huellas para que las puedan seguir”.
  Un naufragio permanente recurre a rótulos orientadores para dar a su contenido la apariencia de un viaje reflexivo por andenes desperdigados. “Epitafios” ahonda en esa escritura que busca permanencia más allá de la finitud. Si el nihilista, como asevera un aforismo, es víctima propicia de su propio vacío, personifica también lo paradójico, el hecho de confrontar una realidad y su reflejo, de ubicar al escritor frente a su obra: “El librepensador. Luchaba por la verdad. Su obra lo desmintió”.
  Para quien esto escribe la sección “Manuscrito hallado en una botella” contiene una buena compilación de aforismos excelentes. Dejo una muestra: “La evolución es un fraude. Fracasamos como animales”, “No hay filosofía que pueda salvarte de ti”, “La inteligencia explica; la memoria implica”, o el esqueje verbal que inspira el título del conjunto: “La vida es un naufragio permanente; nunca dejas de hundirte”.
  Hiram Barrios sondea modelos expresivos formales para evitar la pulsión reiterativa de la frase aforística. En “El caminante y su sombra”, dedicado a Manuel Neila, otro gran impulsor del aforismo, ensaya la forma dialogal y el desdoblamiento entre enunciado y respuesta para que los aforismos personifiquen silencios escritos. En “Artimañas” y “Los hechizos de la noche” el destello conciso mantiene densidad reflexiva en su naturaleza filosófica, recordando el didáctico consejo de Nicolás Gómez Dávila: “Escribir corto, para concluir antes de hastiar”. Y en “Autoservicio” se extrema la apariencia gráfica, como si el escritor convocara la perplejidad del lector para completar los mínimos enigmas expresivos. También acentúa su apariencia de caligrama la secuencia verbal “Cuatro claves y un distractor” con disposiciones visuales aleatorias para cada uno de los textos que parecen conceder al mensaje un segundo plano.
  Cada antología es un muestrario de fragmentos que trata de convertirse, desde la brújula del azar, en un todo unitario. Un naufragio permanente aspira a ser una caja de resonancia en el tiempo, la bitácora de un itinerario que ha hecho del decir breve una estrategia expresiva testimonial y directa, en continuo peregrinaje interior, donde todo está en discusión. Sólo la duda sigue en pie.
 
 JOSÉ LUIS MORANTE





viernes, 23 de noviembre de 2018

JAVIER BOZALONGO. TODAS LAS LLUVIAS SON LA MISMA TORMENTA

Todas las lluvias son la misma tormenta
Javier Bozalongo
XXVIII Premio de Poesía Blas de Otero
Editorial Libros al Aire, Poesía
Cantabria, 2018 


PAPELES VIEJOS


   Aunque nacido en Tarragona en 1961, Javier Bozalongo, poeta y editor del sello Valpararaíso, protagoniza una significativa conexión cultural con el marco urbano de Granada, ciudad donde se asentó en el inicio de los años 90. Allí ha ido trazando un compacto trayecto creador que tiene como epifanía el poemario Líquida nostalgia (2001); pero no tarda en romper el cerco de otros géneros para explorar, junto a la poesía, el relato y el conciso decir del aforismo. Cierra camino hasta la fecha con Todas las lluvias son la misma tormenta, conjunto poético reconocido con el XXVIII Premio de Poesía Blas de Otero que impulsa la Concejalía de Educación, Cultura y Juventud del Ayuntamiento madrileño de Majadahonda.
   Desde el despertar de su escritura, Javierr Bozalongo muestra su sensibilidad desde una estética de línea clara, un decir contenido y sereno que hace del intimismo y la temporalidad núcleos argumentales básicos. Quien ocupa el mirador del poema siente la necesidad de pensarse a sí mismo y recubre los enunciados con una cálida dermis emotiva.
   Todas las lluvias son la misma tormenta muestra un avance orgánico dual, cuya primera sección sitúa como preludio unos versos elegíacos de Miquel Marti i Pol, magisterio atemporal de la lírica reflexiva. La palabra responde a la necesidad de cuestionamiento y sentido de un transitar por el ahora que convierte ilusiones y sueños en papeles amarillos, en viejos recuerdos enmohecidos por lo innecesario.
   Las vías habituales del existir del sujeto van acumulando los gastados reflejos de la pérdida; los estímulos que servían de apertura a la luz de amanecida van diluyendo sus contornos y convirtiendo a las presencias afectivas en desconocidos. El estar en soledad  invita al sujeto a volver la mirada hacia adentro, hacia el microcosmos de sentimientos que un día fueron patrimonio compartido. Llegan así esas cartas a desconocidas, como si el yo necesitase dejar constancia de un pretérito común, enaltecido por la memoria: “Pusiste tanto empeño en que cambiara, / que ni me reconozco ni recuerdo / a quien quise escribir estas palabras”.
   La condición mudable del sujeto no le libera de contradicciones, ni quita de sus manos abiertas el peso de la decepción. Solo los sentimientos son capaces de avivar una nueva senda, de hacer del tedio de los días un refugio hospitalario; en suma, dar al porvenir un poco de luz: “Abrir una ventana es un paso adelante, / la posibilidad de un pájaro a tu lado”. Aunque desde dentro se oiga una voz callada que recuerde que todo es transitorio, que ordenar ropas e ideas para que la casa muestre su luz encendida es una forma de aprender el arte de la huida, antes de que la presencia del yo se convierta en estatua de sal. De la calidez de sembrar esperanza para poner color al porvenir, habla el poema “Parte de accidente”, dedicado a Paula, una de las hijas del poeta: “Por más que las tormentas alarguen el invierno / en contra de la lógica de los calendarios, / por más que algunos días / jueguen al escondite con el amanecer, / siempre hay una mañana que estalla de repente / para que al fin sepamos que los cristales rotos / son la oportunidad / de mirar más lejos”.
   El poema sostiene el aire, se hace constancia de la brisa; es el sabor fuerte que queda en la boca tras el primer café de la mañana, la pulsión que anima a marcar senda. En el apartado segundo, “El resto de mi vida”, la solemne palabra existencial de Blas de Otero formula un nítido deseo de continuidad: “Aquí tenéis mi voz zarpando hacia el futuro”. La estela del yo se confirma como un proceso gradual y paciente en el que van germinando raíces y alas; son los enlaces que van concediendo a propósitos y cosas su dimensión exacta; nada es insignificante si es capaz de incidir en la búsqueda de su lugar exacto en los estadios de convivencia.
  Marca la construcción interna de esta sección por su fuerza verbal el poema NYC, con el que Javier Bozalongo se adquiere a la larga tradición del legado poético castellano que ha convertido la ciudad de los rascacielos en arquitectura habitable. La realidad urbana de la metrópolis es mucho más que un incontinente laberinto de aceras; promueve una sensación de plenitud que aglutina canto, intertextualidad, música y evocación. La ciudad habla fuerte para ajustar su relación con la percepción parcial de quien la recorre. El resultado es una pieza magnífica que casi por si sola justifica el libro.
   El poema sondea el concepto de ciudad con otros nombres propios; en la toponimia del poema se integran Venecia –otro arquetipo urbano prestigiado por la tradición literaria, y ahora expuesto al erosivo trasiego turístico-, Berlín, Dublín, o las desplegadas geografías inciertas de El Salvador, desolado por una eterna crisis económica y social que veda los accesos del futuro, o China. Ejemplo de cómo una historia milenaria, se ha orillado por las aguas del pragmatismo que sigue a pie juntillas la voracidad de los mercados. En esta sección se integra también la ciudad de Granada, el lugar propio del hablante lírico donde se marca la cronología de lo cotidiano.
   Como epílogo, el poeta indaga sobre el verdadero sentido del viaje: nunca es un desplazamiento espacial sino una incisión cognitiva en la que fluye el cauce experiencial.
  No hace mucho leía un aforismo de Felipe Benítez Reyes que argumentaba: “la verdadera escritura suele empezar sobre lo ya escrito”. Esa es la sensación que deja este nuevo libro de Javier Bozalongo; sus poemas son “palabras de familia tibiamente gastadas”, que hablan de una historia personal contenida en la que se refugia la conjetura del tiempo por venir, la frágil silueta de un ahora que hace de cada voluntad amanecida.