viernes, 23 de noviembre de 2018

JAVIER BOZALONGO. TODAS LAS LLUVIAS SON LA MISMA TORMENTA

Todas las lluvias son la misma tormenta
Javier Bozalongo
XXVIII Premio de Poesía Blas de Otero
Editorial Libros al Aire, Poesía
Cantabria, 2018 


PAPELES VIEJOS


   Aunque nacido en Tarragona en 1961, Javier Bozalongo, poeta y editor del sello Valpararaíso, protagoniza una significativa conexión cultural con el marco urbano de Granada, ciudad donde se asentó en el inicio de los años 90. Allí ha ido trazando un compacto trayecto creador que tiene como epifanía el poemario Líquida nostalgia (2001); pero no tarda en romper el cerco de otros géneros para explorar, junto a la poesía, el relato y el conciso decir del aforismo. Cierra camino hasta la fecha con Todas las lluvias son la misma tormenta, conjunto poético reconocido con el XXVIII Premio de Poesía Blas de Otero que impulsa la Concejalía de Educación, Cultura y Juventud del Ayuntamiento madrileño de Majadahonda.
   Desde el despertar de su escritura, Javierr Bozalongo muestra su sensibilidad desde una estética de línea clara, un decir contenido y sereno que hace del intimismo y la temporalidad núcleos argumentales básicos. Quien ocupa el mirador del poema siente la necesidad de pensarse a sí mismo y recubre los enunciados con una cálida dermis emotiva.
   Todas las lluvias son la misma tormenta muestra un avance orgánico dual, cuya primera sección sitúa como preludio unos versos elegíacos de Miquel Marti i Pol, magisterio atemporal de la lírica reflexiva. La palabra responde a la necesidad de cuestionamiento y sentido de un transitar por el ahora que convierte ilusiones y sueños en papeles amarillos, en viejos recuerdos enmohecidos por lo innecesario.
   Las vías habituales del existir del sujeto van acumulando los gastados reflejos de la pérdida; los estímulos que servían de apertura a la luz de amanecida van diluyendo sus contornos y convirtiendo a las presencias afectivas en desconocidos. El estar en soledad  invita al sujeto a volver la mirada hacia adentro, hacia el microcosmos de sentimientos que un día fueron patrimonio compartido. Llegan así esas cartas a desconocidas, como si el yo necesitase dejar constancia de un pretérito común, enaltecido por la memoria: “Pusiste tanto empeño en que cambiara, / que ni me reconozco ni recuerdo / a quien quise escribir estas palabras”.
   La condición mudable del sujeto no le libera de contradicciones, ni quita de sus manos abiertas el peso de la decepción. Solo los sentimientos son capaces de avivar una nueva senda, de hacer del tedio de los días un refugio hospitalario; en suma, dar al porvenir un poco de luz: “Abrir una ventana es un paso adelante, / la posibilidad de un pájaro a tu lado”. Aunque desde dentro se oiga una voz callada que recuerde que todo es transitorio, que ordenar ropas e ideas para que la casa muestre su luz encendida es una forma de aprender el arte de la huida, antes de que la presencia del yo se convierta en estatua de sal. De la calidez de sembrar esperanza para poner color al porvenir, habla el poema “Parte de accidente”, dedicado a Paula, una de las hijas del poeta: “Por más que las tormentas alarguen el invierno / en contra de la lógica de los calendarios, / por más que algunos días / jueguen al escondite con el amanecer, / siempre hay una mañana que estalla de repente / para que al fin sepamos que los cristales rotos / son la oportunidad / de mirar más lejos”.
   El poema sostiene el aire, se hace constancia de la brisa; es el sabor fuerte que queda en la boca tras el primer café de la mañana, la pulsión que anima a marcar senda. En el apartado segundo, “El resto de mi vida”, la solemne palabra existencial de Blas de Otero formula un nítido deseo de continuidad: “Aquí tenéis mi voz zarpando hacia el futuro”. La estela del yo se confirma como un proceso gradual y paciente en el que van germinando raíces y alas; son los enlaces que van concediendo a propósitos y cosas su dimensión exacta; nada es insignificante si es capaz de incidir en la búsqueda de su lugar exacto en los estadios de convivencia.
  Marca la construcción interna de esta sección por su fuerza verbal el poema NYC, con el que Javier Bozalongo se adquiere a la larga tradición del legado poético castellano que ha convertido la ciudad de los rascacielos en arquitectura habitable. La realidad urbana de la metrópolis es mucho más que un incontinente laberinto de aceras; promueve una sensación de plenitud que aglutina canto, intertextualidad, música y evocación. La ciudad habla fuerte para ajustar su relación con la percepción parcial de quien la recorre. El resultado es una pieza magnífica que casi por si sola justifica el libro.
   El poema sondea el concepto de ciudad con otros nombres propios; en la toponimia del poema se integran Venecia –otro arquetipo urbano prestigiado por la tradición literaria, y ahora expuesto al erosivo trasiego turístico-, Berlín, Dublín, o las desplegadas geografías inciertas de El Salvador, desolado por una eterna crisis económica y social que veda los accesos del futuro, o China. Ejemplo de cómo una historia milenaria, se ha orillado por las aguas del pragmatismo que sigue a pie juntillas la voracidad de los mercados. En esta sección se integra también la ciudad de Granada, el lugar propio del hablante lírico donde se marca la cronología de lo cotidiano.
   Como epílogo, el poeta indaga sobre el verdadero sentido del viaje: nunca es un desplazamiento espacial sino una incisión cognitiva en la que fluye el cauce experiencial.
  No hace mucho leía un aforismo de Felipe Benítez Reyes que argumentaba: “la verdadera escritura suele empezar sobre lo ya escrito”. Esa es la sensación que deja este nuevo libro de Javier Bozalongo; sus poemas son “palabras de familia tibiamente gastadas”, que hablan de una historia personal contenida en la que se refugia la conjetura del tiempo por venir, la frágil silueta de un ahora que hace de cada voluntad amanecida.







3 comentarios:

  1. He creído oportuno rescatar esta lectura del poemario de Javier Bozalongo porque esta tarde se presenta en Madrid, en la librería Alberti, estará el autor y seremos compañeros de ese diálogo con javier Bozalongo, Carmen Canet, crítica y aforista, y yo. un verdadero placer.

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  2. Que todo salga estupendo, me parece un poeta muy sugerente; así que esta tarde que los "pájaros estén de vuestro lado". Abrazos, poeta!!

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    1. Querido Luis, te respondo tras el evento; ha salido muy bien, aunque han venido menos amigos que otras veces; la poesía de Javier tiene rincones muy brillantes y un tono general que apuesta por la transparencia comunicativa. Es heredero natural del 50, esa generación que tú conoces con tanto rigor. Abrazo grande.

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