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miércoles, 26 de diciembre de 2018

FEDOSY SANTAELLA. TATUAJES CRIMINALES RUSOS

Tatuajes criminales rusos
Fedosy Santaella
Oscar Todtmann editores
Caracas, Venezuela, 2018


CONVICTOS CON TATUAJES


   El quehacer lírico, como género literario, desde los albores del movimiento romántico convirtió la identidad del protagonista subjetivo en la zona centro del poema. Desde ese enfoque reducido se hace una valoración extrema del intimismo y se analiza, con profundidad y apasionamiento, la mutación del sujeto biográfico en personaje que actúa sobre un escenario verbal. Esta concepción del hecho poético abrió una producción de amplio cultivo generacional en la que se solaparon otras estrategias expresivas, como la poesía narrativa. A su rescate recurre Fedosy Santaella (Puerto Cabello, Estado Carabobo, Venezuela, 1970) al configurar los pretextos argumentales de su carta de presentación poética Tatuajes criminales rusos, un título de impacto al que viene bien, para ahuyentar cualquier desconcierto, las líneas interpretativas de Eleonora Requena y Jacqueline Goldberg: “La mayor parte de los tatuajes a los que se asoma este libro no son ficción. Quemaron la piel de auténticos criminales confinados en las cárceles de la Unión Soviética. Eran grito que marcaban territorio, ejercía poder y daba cuenta de las más íntimas historias de sus temibles portadores".
  La fuerza del escritor como creador de ficciones en libros de relatos y novelas es ampliamente conocida en la geografía peninsular donde se han publicado sus novelas Los nombres y El dedo de David Lynd, ambas por la editorial Pre-textos y ha conseguido reconocimientos como el Premio de novela corta Ciudad de Barbastro, contingencias que se añaden a una travesía literaria de amplia aceptación en Venezuela.
   Así que el libro de poemas enlaza sus puentes ficcionales con la poesía, aunque no olvida sus referentes en prosa. Así, Tatuajes criminales rusos usa como proemio una cita de A sangre fría, novela cumbre de Truman Capote. Las composiciones son una mirada en la grieta, un intento de preservar las voces marcadas por el dolor, la desesperación y el miedo de un puñado asimétrico de inquietantes presencias carcelarias. Esta reconstrucción desde la palabra busca una inmersión profunda en las simas abisales del prójimo. La poesía se convierte en un ejercicio de apropiación de otro latir, de los cuerpos cansados de esos convictos con tatuajes. Y lo hace sin poner distancias previsoras, estableciendo un lenguaje directo y en primera persona del cauce argumental, para que los versos testifiquen y zarandeen la memoria, se conviertan en el registro sentimental de una biografía abocada en el tiempo a cumplir un pacto con el encierro y el silencio.
   Cada sujeto es rastro de un destino marcado. ocupa un lugar escueto en algún círculo dantesco que dejó sobre el dintel la menor esperanza. Cuando se preguntan, las voces miran hacia el pasado, suenan lejos, como si buscasen esos espacios intactos donde fuese posible regresar. Todo lo vivido es huella y polvo, un lecho inane de hojarasca que dispersa la brisa, o que duerme la callada quietud de la melancolía. Son secuencias que se guardan dentro, pero también allí la luz está tapiada y ponen su tacto el frío y la inclemencia.
   Los soliloquios expresan esa larga conversación de la conciencia consigo misma. En las colonias de trabajo, el discurrir ha ido escribiendo en las dermis cuarteadas sombríos tatuajes que salvaguardan historias. Las imágenes encallan en el cuerpo para recordar por fuera, pero también por dentro, la quemadura de lo aprendido. Quien se lee a sí mismo está solo y las palabras que lo expresan no son suficientes. Por eso, los tatuajes son necesarios. Se convierten en una topografía de sangre; es la caligrafía desatinada de un párrafo vital que ahuyenta el temor de los que miran la piel cauterizada, o de los que bajan los párpados para acoger el sueño.
   En aquel encierro la felicidad no existe, es una palabra vacía, como el ojo perforado por la aguja de quien durmió a deshora. Aún así, no son pocos los que sueñan con el regreso, los que aspiran a una amanecida donde la luz lave los ojos y muestre la piel limpia.
   Los poemas de esta carta de presentación de Fedosy Santaella cuentan historias y llevan detrás un amplio proceso de documentación que ratifica lo anecdótico. Ensamblan un territorio de desolación donde la iconografía patibularia de las instituciones carcelarias rusas aporta un lenguaje marginal, críptico, pero de absoluta precisión para los iniciados. Descubren una realidad perturbadora en la que el estado, como poder omnímodo y totalitario, adquiere una fisionomía castradora frente al estar rebelde individual. Sus métodos condenan al repliegue en el yo, a la ausencia de todo; a la necesidad de saber que el hombre está solo. Las mansas sílabas de la palabra libertad son el rastro gastado de un sueño marginal.     


jueves, 5 de abril de 2018

MIGUEL MARCOTRIGLIANO L. (Compilación) NUESTROS MÁS CERCANOS PARIENTES

Nuestros más cercanos parientes
Breve antología del cuento venezolano de los últimos 25 años
Miguel Marcotrigliano L. (Compilación)
Kalathos Ediciones, Madrid, 2017


RELATOS DESDE VENEZUELA

  Miguel Marcotrigiano L. compila la madurez expresiva y formal del relato venezolano contemporáneo, escrito en el último cuarto de siglo. Busca definir trazos en la cosecha de treinta y tres autores que conecta con las inquietudes argumentales de un tiempo convulso y sin vertientes estéticas vertebradoras. En el recorrido histórico de Venezuela, el cuento ha sido uno de los géneros más fértiles del siglo XX y su expansión prosigue, desatada, en el universo digital de internet. Sus estrategias propician campos argumentales abiertos, solo configurados por la querencia creadora. Desde ese principio básico de todo cuento, se recuerda en el prólogo de esta selección que: “Si la literatura es búsqueda de sí mismo, la produzcamos o no, el cuento debe ser una historia que nos refleja, nos espejea y nos interroga. Para un venezolano el cuento de nuestro país debe ser un espacio ideal, propio, donde nos reconocemos”.
  El cierre de siglo abocó en una situación de crisis económica social y política que deja en el exterior la imagen de una nación fragmentada socialmente e inmersa en graves conflictos; pero la literatura no se configura como crónica testimonial del momento histórico en el que se produce sino como interpretación de lo contingente, siempre abocada a la subjetividad del autor. Los textos, por tanto, se defienden solos; se incorporan a este muestrario vivo al amparo de un criterio antológico que vislumbra la culminación de procesos de taller.
   Exenta de aparato crítico y del perfil biográfico de cada antologado, la muestra se configura como un conjunto aluvional, con treinta y tres aportaciones. Ya se ha comentado que no hay una línea estética uniforme; el itinerario se va gestando al paso, sin más coordenadas situacionales que las integradas en la maleable alquimia ficcional.
  Los puntos de anclaje del relato son muy diversos. Así, el cuento de apertura, firmado por Víctor Alarcón (Caracas, 1985) aparece como una crónica amorosa y excesiva, en la que se refleja el ambiente nocturnal de la música en directo. Un ambiente habitado por personajes pintorescos que se definen por una sintaxis hiperrealista, en la que se integran giros y expresiones de lo marginal. Pero el contraste es inmediato y el mínimo cuento de José Tomás Angola Heredia, “La cometa del mundo” aloja una historia intimista en la que asoman dos actitudes contrapuestas, la inocente perplejidad de la infancia y el sesgo violento y desatado del sicario, abordando con eficacia, sin conciencia, el trabajo sucio.
  Hay temáticas como la violencia o el sexo cuyo tratamiento explícito suele causar una notable convulsión en el lector. Recuerdan en sus lindes verbales a los itinerarios del realismo sucio y a otras etiquetas estéticas que añaden claves complementarias como el sentido crítico, la ironía o el sarcasmo. En ese registro se sitúa la aportación ficcional de Mardon Arismendi (El Tesoro, Barinas, 1986), ejemplo de desbocamiento imaginativo y de bifurcación argumental. El cuento encuentra en Krina Ver (Polonia, 1948) casi un negativo, por su clasicismo intimista que acerca la pieza a la narración neorromántica.
   El mínimo fruto de Laura Gracco (Barquisimeto, 1960)  traza una perspectiva tenebrista de un país cuyo nombre no se verbaliza, pero que remite de inmediato a una geografía concreta y a ese paréntesis cronológico en el que los sueños se desvanecen porque no es posible el regreso. "Esto", como nombre simbólico, evoca en su totalidad el espacio de incertidumbre en el que tanta gente ha perdido la luz de amanecida o se ha visto avocada a un exilio interminable. Otra dimensión abre “Taxidermia”, el cuento de Fedosy Santaella, uno de los cultivadores más relevantes del género en Venezuela por los títulos publicados y las distinciones conseguidas. El texto seleccionado entremezcla erudición cinéfila y vuelo imaginativo para ampliar la realidad cotidiana con contingencias insólitas que van creando meandros en el trazado del relato, como si realidad e imaginación dialogaran de manera incansable en las percepciones individuales. Emotivo y pleno de fuerza resulta el cuento sobre la identidad y el sabotaje amoroso de Fernando Vanegas (San Cristóbal, 1939). El desamor y la soledad logran una expresión pautada con gran acierto en el dibujo del personaje principal y su caminar en el deseo de ser otro.
  No procede resumir aquí los puntos cardinales de todos los componentes de este inventario, pero sí explorar el aire que profesan las voces creadoras; desemboca en un rico catálogo de recovecos expresivos y originales. Cada material extiende una voz nítida y personal que comparte sueños e inquietudes, afronta  temas básicos de lo cotidiano, y da hilo a la conciencia de ser y sentir.
  Las ficciones contienen la experiencia de la vida al paso. Van moldeando autobiografías imaginarias y conmovedoras vivencias en un marco que casi nunca es localista y preciso. Sus sendas entrelazan sensaciones dispares: desde el lirismo de los sentimientos hasta la llaga profunda del desencanto, incapaz de superar las erosiones. De este modo, la muestra marca las pulsaciones del relato. Dibuja un país que nunca se ofrece como escenario exótico sino como ventana donde la realidad también cierra los ojos, u olvida las connotaciones mágicas de la idealización.
   Desde el cuento como ejercicio expositivo, la vida tiende a lo difuso y a lo inexistente. Se muestra como un mero ejercicio de supervivencia en el que es necesario encontrar respuestas, despertar en la amanecida una razón de ser.