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jueves, 17 de marzo de 2022

VÍCTOR GUÉDEZ.EL ARTE DENTRO DEL MARCO Y EL AFORISMO FRENTE AL ESPEJO

El arte dentro del marco
 y el aforismo frente al espejo
Víctor Guédez
Prólogo de Luis Pérez-Oramas
Oscar Todtmann editores
Caracas, Venezuela, 2022  

 

 VOCES INTERIORES DEL AFORISMO
 
 
  La amplitud de registros de Víctor Guédez (Caracas, 1945) concede a su travesía biográfica una vocación humanista e integradora. Realiza estudios de formación en Alemania y, tras el regreso a Venezuela, obtiene un pregrado en Ingeniería Mecánica, por la Universidad de los Andes. Cursará después la maestría en la misma especialidad. Educador, crítico de arte y consultor de empresas es autor de más de treinta libros dedicados a la Educación, la Gerencia y las Artes visuales. Una apuesta más de su incansable curiosidad investigadora es el estudio de las voces interiores del aforismo. Se vuelca en la concisa memoria del género en el volumen El arte dentro del marco y el aforismo frente al espejo, que lleva como pórtico una nítida evocación afectiva de Luis Pérez-Oramas. El prólogo es callado heredero de la admiración por quien ha despertado la conciencia estética y la vocación indagadora sobre los itinerarios del arte.
  Los esquejes reflexivos del decir breve no son una estación de llegada sino un amanecer que abre ruta; es pensamiento activo, consciente del singular misterio de cada  instante. Víctor Guédez reconoce el carácter simbólico e iluminador del título y comenta los diferentes recorridos que marcaron ruta hasta el viaje final, a partir de dos estrategias: la exploración semántica del minimalismo lacónico desde quienes lo practican y la compilación de textos monotemáticos, que ubican la escritura en “el marco” con una visualización expansiva y polivalente.  
  El estudio rastrea variaciones sobre el tema del aforismo, Algunas ya convertidas en cuestiones sin respuestas. Es el caso de la indefinición del decir breve, más allá de la extrema economía verbal. Al mismo tiempo, aborda los núcleos referenciales del pensamiento conciso siempre centrado en la profundidad de lo elemental. En esta confluencia de cuestiones se recuerda que el aforismo es humildad y sabiduría; como sugería Juan Ramón Jiménez, menos es más; el género se define siempre desde la carencia y nunca desde el exceso. Desde la contención y el despojamiento ha ido creciendo una terminología incansable, en la que han colaborado muchos aforistas con denominaciones particulares los aforismos son cohetes, voces, luciérnagas, pecios, pensamientos desmandados, migas de voz, fogonazos, microlitos, luciérnagas, minucias y relámpagos que ofrecen cobijo a todas las formas del laconismo. Con tono conclusivo, Víctor Guédez aleja el paso del aforismo de un dogmatismo autocomplaciente para acercar su función a la idea de un compartir solidario, así como la necesidad de irradiar una idea que alcance a quien más lo necesita”. El aforismo interacciona con su tiempo, crea una cosmovisión expresiva y alumbra un sistema de valores referenciales.
   El itinerario de textos seleccionados comienza con una compilación de piezas del escritor. Son aportes que muestran una visión del aforismo en el devenir creador que cimentan la semántica lacónica y su arquitectura interior: “Los aforismos son pequeñas sentencias sobre grandes ideas”; “El aforismo requiere de la reflexión para convencer, de lo emocional para conmover y de lo intuitivo para seducir”. En suma, una incansable meditación sobre el lenguaje que trasciende la voz concreta en su búsqueda de lo esencial.   
   Las voces antologadas proceden de distintas geografías culturales y diferentes ámbitos expresivos. Son chispazos interiores independientes que promueven visiones metaforísticas, en las que el pensamiento busca amparo en el propio interior. A través de un lenguaje de extrema precisión afloran los rasgos básicos de la estrategia expresiva: “Un aforismo es levadura para el sentido: una concisa disposición verbal que genera locuacidad para su reserva”” (Luis Miguel Isava). En otras reflexiones emana un lirismo que emparenta el minimalismo conciso con la creación poética: “Es un temblor que se recoge” (Alberto Hernández); “El aforismo es el trasluz de la hondonada” (Luna Benítez); “El aforismo no es el rayo: es la luz encendida que permanece en nuestro pensamiento” (Nelson Rivera). Y otras dan cuenta del carácter aleatorio de un género capaz de plegarse a las mutaciones de lo contingente: “El aforismo es una frase feliz, es una verdad irónica, es filosofía cristalizada, es una ética sutil, es un fragmento lúcido, es la ligereza de la gramática, es la elegancia de la sintaxis, es una agudeza memorable, es una autobiografía en una línea (…) es el erotismo de la inteligencia” (Ramón Eder); “Un destello de sentido que quiere ser verdad” (Luisa Elena Sucre). Aunque siempre conviene recordar que la economía extrema del aforismo es una forma de escuchar lo profundo, lo casi inexistente, por lo que toda contextualización teórica será subjetiva y limitada. Juan Ramón Jiménez evidenciaba esa condición paradójica del esquema conciso: ”Un aforismo ni afirma ni niega porque pone en crisis tanto a la afirmación como a la negación”,; también Karl Kraus insistió en esa inagotable suma de mutaciones: “un aforismo no coincide nunca con la verdad; es una media verdad o una verdad y media”.
   En esta prolija enciclopedia de pensamientos Víctor Guédez convierte el arte en núcleo reflexivo central. Como vehículo de revelación, explora su naturaleza para comprender los límites de la experiencia estética y su capacidad de metamorfosis ante un mundo sensible disgregado. La selección de citas subraya la incansable tarea del experto y una insólita profundidad de pensamiento que rastrea un extenso territorio de momentos culturales, idearios estéticos y pensadores. En suma, los caminos del arte en toda su plenitud e infinita variedad.
   Pero el impulso creativo sería estéril sin el rol diferencial del artista y su afán transitorio. Al autor dedica el ensayista un amplio inciso meditativo. La tarea de crear moldea la personalidad del creador y su deambular entre la contingencia. La plenitud y maduración se logra cuando aflora una singular manera de entender el mundo y convertir el arte en conciencia, hecha de paisajes internos y subjetivos. Como escribiera Oscar Wilde: “El verdadero artista no es el que procede del pensamiento a la forma, sino más bien de la forma al pensamiento y al sentimiento”. En esa búsqueda continua del creador, el riesgo y la transgresión son necesarios; constituyen pasos de acercamiento a lo intangible y, como afirmara Marcel Proust: “No debemos tener miedo de ir demasiado lejos, porque la verdad está más allá”.
   Los textos breves dedicados a la obra de arte recrean la definición de espacios y el análisis plural de sus posibilidades expresivas. Se trata de percibir, indagar y escuchar, lejos del mercantilismo, en ese proceso denso y complejo, donde el artista sale de sí mismo para mostrar la esencia de su obra, capaz de suscitar la emoción del espectador. Queda, por último, la valoración crítica, que cuestiona, interpreta, analiza y sugiere para volver a cuestionar todo el proceso creador. En la contención del aforismo habita la libertad de pensar, ese contacto entre lo previsible y lo extraordinario que aprende las cosas desde lo elemental. Que se despoja de sí mismo para habitar el vacío. Wallace Stevens condensó con acierto esta sabiduría intangible: “Ilumina fugazmente la nada que no hay y la nada que hay”.

JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 7 de julio de 2021

MARÍA ANTONIETA FLORES. LOS GOZOS DEL SUEÑO

Los gozos del sueño
María Antonieta Flores
Oscar Todtmann editores
Caracas, 2021
 

ENTRE SOMBRAS

    La escritora María Antonieta Flores (Caracas, 1960), poeta, ensayista, profesora universitaria y editora de la revista digital, fundada en 2004, El Cautivo, ha recorrido un largo itinerario personal con más de tres décadas de poesía. Su obra integra quince entregas, desde El señor de la muralla, estación poética nacida en el inicio de los años noventa, hasta Las conductas discretas, un libro de cierre en torno a la identidad marcada por la violencia doméstica. El cauce lírico conforma un quehacer reconocido con abundantes premios y presente en las principales antologías del país. Ahora añade Los gozos del sueño, un volumen impulsado por Oscar Todtmann editores en su colección de poesía. Desde la perspectiva del discurrir, el hábitat individual va acumulando, lentamente, sombras y desajustes que subrayan nuestra textura efímera. Lo visible envejece. La erosión lija contornos sometidos a un inacabable proceso de desgaste. Esta condición transitoria del ser encuentra voz en el apartado de amanecida, que María Antonieta Flores titula “En la ceniza” y engloba composiciones escritas entre 2016 y 2019. Nace así una palabra reflexiva, cuajada de sensaciones, dispuesta a ser portavoz de la voluntad firme del superviviente. El sujeto cuestiona la identidad fragmentada de lo matérico, empeñado en dejar en su sitio “los hilos desenhebrados”. En ese estar contempla realidades y apariciones que se hacen reflejos de un mundo interior o imaginario: “Entre las hojas de la siempreviva / un aparecido saluda con la mano abierta”. La evocación impulsa la primera persona para hacer fuerte la estela meditativa y el recuerdo de las pérdidas. El poema “Un día mi padre decidió morir” toma distancia de un hecho trágico para evitar la falacia patética. Los versos alumbran, en su desnudez, la aceptación del vacío; miran el precipicio abierto de la caducidad donde se asientan las desapariciones de los seres más queridos. Todo el tiempo del yo se ve marcado por el lenguaje abrupto del dolor y los signos de la desolación. La mirada interior deja volar los recuerdos asentados entre los pliegues de la memoria. También desde la conciencia de finitud se abren los estratos temáticos de otros poemas, en los que aflora el paso cambiado del presente sometido a derrumbes. Como símbolo de este ahora precario, llega el poema “Muy quebrado el hueso” que busca su argumento en la profanación y saqueo en 2016 de la tumba del narrador Rómulo Gallegos.  La perseverancia de la muerte fortalece el quehacer pensativo del yo. Quien observa intuye la callada labor de los elementos diarios. Su presencia simbólica es aprendizaje y experiencia, sereno empeño en dibujar caminos de entereza. La textura sentimental que propaga la muerte condiciona todo el entorno relacional. Argumenta un existir lastrado por la carencia. Vivir es recomponerse, soportar el hielo y recobrar  el aliento de la memoria para hilvanar fisuras. María Antonia Flores introduce un mínimo segundo apartado, formado por el poema “Los gozos del sueño” que da título al libro y acierta a sugerir la amanecida. Como un alba en pie, el tiempo invita a descubrir la alegría del comienzo tras una larga noche. Este retorno a la claridad del ánimo también persiste en los poemas de la sección “Como las candelas”. El lenguaje poético, en los repliegues íntimos de la existencia, parece un sueño recobrado. En la composición “Hermana luna” un fresco del muro sirve de referente al cauce abierto entre el deseo y la dicha. Aunque abundan las composiciones que mantienen su densidad introspectiva, otras fijan la mirada en la calle. Así, “Un cartón se moja bajo la lluvia”, donde se recupera la presencia del mendigo y su apresurada verticalidad para esconderse en la luz, o sortear peligros, esa distancia donde no falta con frecuencia el cielo de la catástrofe. El apartado, compuesto por poemas escritos entre 1995 y 2020,  promueve una fluida intersección temática, en la que se hace fuerte el íntimo espacio de lo doméstico. La casa cobija los cuerpos y se va llenando de las mutaciones calladas del discurrir, los pequeños hábitos marcados por la incertidumbre de un tiempo de carencia que exige aferrarse a los sentimientos y a la inadvertida épica de seguir caminando, sin dejarse derrotar por las sombras alojadas en los cristales.  Los gozos del sueño explora las contradicciones de un tiempo en el que el desasosiego es semilla germinal. El tiempo desnuda los afectos; requiere que las palabras guarden un entorno afectivo cuando la muerte acumula sus pasos, y que los latidos del yo muestren su empatía con las víctimas de la carencia en un presente gris, áspero hostil. La voz de María Antonieta Flores alienta un compromiso humanista y una épica íntima, tan necesaria para cobijarse en la superficie porosa de lo cotidiano. Poesía fértil, que busca en la grietas un resquicio de luz.

 

JOSÉ LUIS MORANTE


miércoles, 26 de diciembre de 2018

FEDOSY SANTAELLA. TATUAJES CRIMINALES RUSOS

Tatuajes criminales rusos
Fedosy Santaella
Oscar Todtmann editores
Caracas, Venezuela, 2018


CONVICTOS CON TATUAJES


   El quehacer lírico, como género literario, desde los albores del movimiento romántico convirtió la identidad del protagonista subjetivo en la zona centro del poema. Desde ese enfoque reducido se hace una valoración extrema del intimismo y se analiza, con profundidad y apasionamiento, la mutación del sujeto biográfico en personaje que actúa sobre un escenario verbal. Esta concepción del hecho poético abrió una producción de amplio cultivo generacional en la que se solaparon otras estrategias expresivas, como la poesía narrativa. A su rescate recurre Fedosy Santaella (Puerto Cabello, Estado Carabobo, Venezuela, 1970) al configurar los pretextos argumentales de su carta de presentación poética Tatuajes criminales rusos, un título de impacto al que viene bien, para ahuyentar cualquier desconcierto, las líneas interpretativas de Eleonora Requena y Jacqueline Goldberg: “La mayor parte de los tatuajes a los que se asoma este libro no son ficción. Quemaron la piel de auténticos criminales confinados en las cárceles de la Unión Soviética. Eran grito que marcaban territorio, ejercía poder y daba cuenta de las más íntimas historias de sus temibles portadores".
  La fuerza del escritor como creador de ficciones en libros de relatos y novelas es ampliamente conocida en la geografía peninsular donde se han publicado sus novelas Los nombres y El dedo de David Lynd, ambas por la editorial Pre-textos y ha conseguido reconocimientos como el Premio de novela corta Ciudad de Barbastro, contingencias que se añaden a una travesía literaria de amplia aceptación en Venezuela.
   Así que el libro de poemas enlaza sus puentes ficcionales con la poesía, aunque no olvida sus referentes en prosa. Así, Tatuajes criminales rusos usa como proemio una cita de A sangre fría, novela cumbre de Truman Capote. Las composiciones son una mirada en la grieta, un intento de preservar las voces marcadas por el dolor, la desesperación y el miedo de un puñado asimétrico de inquietantes presencias carcelarias. Esta reconstrucción desde la palabra busca una inmersión profunda en las simas abisales del prójimo. La poesía se convierte en un ejercicio de apropiación de otro latir, de los cuerpos cansados de esos convictos con tatuajes. Y lo hace sin poner distancias previsoras, estableciendo un lenguaje directo y en primera persona del cauce argumental, para que los versos testifiquen y zarandeen la memoria, se conviertan en el registro sentimental de una biografía abocada en el tiempo a cumplir un pacto con el encierro y el silencio.
   Cada sujeto es rastro de un destino marcado. ocupa un lugar escueto en algún círculo dantesco que dejó sobre el dintel la menor esperanza. Cuando se preguntan, las voces miran hacia el pasado, suenan lejos, como si buscasen esos espacios intactos donde fuese posible regresar. Todo lo vivido es huella y polvo, un lecho inane de hojarasca que dispersa la brisa, o que duerme la callada quietud de la melancolía. Son secuencias que se guardan dentro, pero también allí la luz está tapiada y ponen su tacto el frío y la inclemencia.
   Los soliloquios expresan esa larga conversación de la conciencia consigo misma. En las colonias de trabajo, el discurrir ha ido escribiendo en las dermis cuarteadas sombríos tatuajes que salvaguardan historias. Las imágenes encallan en el cuerpo para recordar por fuera, pero también por dentro, la quemadura de lo aprendido. Quien se lee a sí mismo está solo y las palabras que lo expresan no son suficientes. Por eso, los tatuajes son necesarios. Se convierten en una topografía de sangre; es la caligrafía desatinada de un párrafo vital que ahuyenta el temor de los que miran la piel cauterizada, o de los que bajan los párpados para acoger el sueño.
   En aquel encierro la felicidad no existe, es una palabra vacía, como el ojo perforado por la aguja de quien durmió a deshora. Aún así, no son pocos los que sueñan con el regreso, los que aspiran a una amanecida donde la luz lave los ojos y muestre la piel limpia.
   Los poemas de esta carta de presentación de Fedosy Santaella cuentan historias y llevan detrás un amplio proceso de documentación que ratifica lo anecdótico. Ensamblan un territorio de desolación donde la iconografía patibularia de las instituciones carcelarias rusas aporta un lenguaje marginal, críptico, pero de absoluta precisión para los iniciados. Descubren una realidad perturbadora en la que el estado, como poder omnímodo y totalitario, adquiere una fisionomía castradora frente al estar rebelde individual. Sus métodos condenan al repliegue en el yo, a la ausencia de todo; a la necesidad de saber que el hombre está solo. Las mansas sílabas de la palabra libertad son el rastro gastado de un sueño marginal.