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martes, 3 de diciembre de 2024

NANCY DEBS RAMOS. FORMAS DE MARCHARSE

Formas de marcharse
Nancy Debs Ramos
Imagen de cubierta de Rafael Trelles
Isla Negra Editores
Colección El Rostro y la Máscara
San Juan, Santo Domingo, 2024

 

DERIVAS

 


   La biografía personal de Nancy Debs Ramos parece alentar una celebración del nomadismo. Se escribe en movimiento continuo. Hija de madre española y padre libanés, nacida en Cuba, puertorriqueña de corazón y residente en Carolina del Norte (EE.UU), cursó una Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón en San Juan y ha dejado en su taller poemas, cuentos, artículos de prensa y microrrelatos, algunos de ellos reconocidos con importantes premios.
   Su entrega más reciente Formas de marcharse se publica en Isla Negra, la vitalista editorial caribeña dirigida por el poeta Carlos Roberto Gómez Beras, quien también impulsó la publicación del primer libro de minificciones y cuentos breves La fragilidad de las cosas (2018). Con aquella entrega, comenzaba a fluir un manantial narrativo que mantiene un cauce fuerte, como ratifican los casi treinta textos compilados en Formas de marcharse. La entrega  tiene una llamativa imagen de cubierta del artista Rafael Trelles que se inspira en las rutas expresivas de Franz Kafka. Aquel inolvidable insecto de la Metamorfosis calza un botín para salir al paso de la amanecida y pasear su nueva condición vital con un trazo figurativo que convierte las secuencias de la realidad en el definido desorden del asombro. También del escritor de Praga es la cita de apertura, cuyo enunciado tanto recuerda al decir lapidario de los aforismos: “Formas parte de mí, aunque no vuelva a verte nunca”.
  La cosecha argumental de Nancy Debs Ramos está ligado a ese cúmulo de absurdos y acontecimientos insólitos que la normalidad laboral deposita a diario sobre nuestros actos más elementales: comer, pasear, dormir, habitar las rutinas o trazar esas líneas difusas de las relaciones personales. Son estratos que también abordan temas actuales como los malos tratos, la soledad, el rumor violento de lo sesapacible o la pandemia.  Los relatos conviven con minihistorias de resolución inmediata que consiguen excelentes resultados narrativos en “La intrusa” o en “Rompecabezas”. Las tramas rastrean secuencias de vida, en las que se aposa la perplejidad como norte de nuestra condición transitoria. Así sucede en el cuento inicial “Buenos amigos”, donde la confusión siempre está cerca para sondean el sentido existencial del ser, o meditar sobre la remansada superficie de la amistad. Entender actitudes ajenas es ayudarnos a comprender al extraño que nos habita. Lo cotidiano no es un remanso transparente; muestra una superficie en vela, convulsionada por los guijarros del pensamiento. La incertidumbre del yo toma conciencia, sabe, que acecha el vuelo de una soledad involuntaria que obliga a percibir afinidades y coincidencias con los demás, y que desdobla los latidos del tiempo, unificando pretérito y ahora, o mirando la espera del futuro con ojos de escepticismo y desconfianza. 
  La escritora convierte a algunos escritores, como Raymond Carver, o artistas, como Rafael Trelles, en presencias narrativas, integradas con naturalidad en los estratos escriturales. El volumen toma el título de un cuento, fragmentado en dos momentos, que hace de la casa un personaje más que marca el destino de sus moradores con sus secretos en manos del tiempo. La experiencia vital desazona, parece que tuviera fecha de caducidad; y a ese estar siempre en el borde de lo vulnerable, donde la muerte descubre su verdad, dedica Nancy Debs Ramos cuentos como “Saber cuándo”, “No hablar” o “Gregorio Samsa lo sabía”.
  Otros textos descubre que la tranquilidad de lo diario depende de un hilo frágil que alguna contingencia rompe para siempre Así sucede en el relato inspirado en “casa tomada” de Cortázar, donde la epidemia provoca un encierro interminable que sólo concluye con la inesperada aparición de invencibles ejércitos de hormigas.
  Formas de marcharse sorprende por su heterogénea amalgama de asuntos; pero también por su empeño expresivo de narrar cada historia con una prosa limpia y comunicativa, poco contaminada de figuras retóricas y digresiones. Una dicción de calado emotivo para que afloren las incongruencias que rompen las costuras de la lógica. Como escribiera Elena Poniatowska y recoge en uno de sus cuentos Nancy Debs Ramos, la voz del escritor es la pregunta; el patrimonio de las palabras contiene la sencilla tarea de objetivar el conocimiento del ser y del mundo, de dar al calado sentimental de cada existencia sus sorprendentes versiones; aquello que convierte un acto anodino en una estela en vuelo de lo extraordinario.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE  
 
 



  

lunes, 6 de mayo de 2024

CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS. LA ESPINA QUE FLORECE

La espina que florece
Carlos Roberto Gómez Beras
Nota de contracubierta: Ana María Fuster-Lavin
Isla Negra Editores
Colección Filo de Fuego
San Juan, Puerto Rico, 2023


 
ASÍ ES LA ROSA
 
   Para quienes siguen desde hace tiempo, como es mi caso, el vitalismo creador de Carlos Roberto Gómez Beras (República Dominicana, 1959) no pasa inadvertida la persistente devoción por la poesía, la exacta fantasía de calado filosófico y la confidencia que hace del nombrar una paradoja simbólica. Con la escritura busca perfilar los trazos más frescos y transparentes de su yo personal; el sonido del agua. Desde el asombro del misterio y la profundidad ha ido naciendo un largo recorrido de publicaciones que ha obtenido numerosos reconocimientos y conforma un encendido relato de éxitos. El poeta, editor y catedrático, afincado en Puerto Rico desde 1964, ha conseguido en cinco ocasiones el Premio Nacional de Poesía y sus poemas se han trasladado a idiomas como el serbio, francés, inglés, alemán o estonio, asegurando de paso una presencia fuerte en revistas y antologías. Ana María Fuster-Lavin mide la dimensión expandida de estos versos y considera a su autor "una de las voces más genuinas y destacadas de la literatura antillana". 
   El poeta vuelve a conectar con la palabra poética con la entrega La espina que florece, un conjunto de más de sesenta poemas breves que se abre con este destello verbal de Blanca Varela: “Entre las cosas dios está allí, / sentado a la diestra de sí mismo”. Del estar entre cielo y tierra que observa a la distancia justa los elementos del universo y su génesis, con voluntad propia, nacen las travesías argumentales de  las composiciones, distribuidas en tres tramos orgánicos.
   El primero “Cielo” muestra un claro carácter enunciativo en el que reverberan los recuerdos de la contemplación donde se abrazan lo pagano y lo sagrado, la deidad incorpórea que respira en los estratos de la noche: “Dios trabaja para otros. / No descansa, como dijeron. / Por eso nos entregó el sueño / y un ángel para custodiar / ese espacio que nos ganamos / para ser frágiles como un ánfora.”  El necesario onirismo invita a traspasar límites físicos para percibir esa presencia fuerte e intocada, que trasciende el tiempo y cobija intacta la belleza “como la rosa de un poema”. Es una voz que convoca y absuelve la soledad dormida, que llama desde dentro. A veces no está. Entonces la mañana se hace frío y tiniebla. Muerte y olvido. El abierto vacío de una boca que no tiene palabras que pronunciar y oye respirar un tangible silencio ensimismado, sin ninguna certeza aparente. El sujeto siente su desvalimiento, percibe esas coordenadas que dejan la existencia en el centro de la nada. Es un monólogo sin luz. Una página en blanco, un lenguaje por descubrir, donde aferrarse en el oscuro caminar de la imaginación. El yo verbal en soledad es solo el reflejo de la rosa que nació del sueño. Una esperanza, un legado intangible de verdad y belleza. Una sed, un regreso, una espina que desgarra la piel “sola, dura e hiriente / abandonada a sí misma / como un recuerdo”
   La sección central “Axis” toma su nombre de la segunda vértebra de la columna, la que hace posible el movimiento de rotación de la cabeza. Ella simboliza el amor, “la vocación de ofrendar lo que deseamos”. El cuerpo se hace entonces puro molde que cobija el deseo. Es senda hacia la deidad, hecha paisaje interior, razón del imaginario, encuentro y caminar capaz de hacer posible la resurrección de lo vivido, el retorno al origen, la urgente necesidad de representar el papel de Lázaro. Fugaz y contingente, la memoria susurra con esquejes de lo vivido, con esas instantáneas capaces de borrar la ausencia y convocar el ciclo germinal de una nueva primavera. Así nace el poema, como un pájaro que vuela entre las manos, como el temblor cálido de la celebración de la nostalgia: “Tú me vislumbras como un hombre afiebrado / que busca entre pliegues tus humedales. / Yo me presiento ser el niño huérfano / que de tus senos rebosantes bebe la nostalgia. / Por eso, en este puente imaginado, cada noche, nos rendimos a la entrega malsana / de sabernos un cuerpo y una ausencia / que intentan cruzar ciegos una parábola”. Existir es marcar en pieles de arena una ruta de pasos perdidos; dar sentido a un peregrinaje que se pierde en la razón del misterio y hace de la duda una pulsión de búsqueda.
   Como si fuera otro espacio marcado por la geografía afectiva, el apartado final “Tierra” supone en el recorrido la persistencia del despertar. Como si el extravío encontrara un andén donde detenerse y pernoctar. El alma lava su cansancio, recupera la ingenuidad del niño, la clara senda del poema que se hace preguntas entre el amor y la incertidumbre y dispersa el vaho de los espejos. La pérdida impone su reguero de ausencias, hace del pretérito un estanque de imágenes posadas en las aguas dormidas del olvido. Falta el legado personal del pretérito, aquello que alguna vez fue nuestro y ahora se diluye en la prisa del tiempo, cambiando el plumaje de la noche.
   Algunos poemas de la sección habitan la razón de la escritura, desde la conciencia del poeta. Escribir es dar aliento, hacer de la palabra una grieta de vida, convertir en centro cada margen. Quien se viste de poema no busca la belleza intocada de la rosa sino el tantear de la espina que rasga la piel, que olvida el tedio de lo cotidiano en la hondura de gris de los espejos. La voluntad se hace intento; sabe que no hay más premios que persistir en ese oficio callado y laborioso de la contemplación. La naturaleza del yo es transitoria y efímera, camina hacia el atardecer y hace de la tristeza un himno que se apaga en la punta de la lengua.
  La poesía de Carlos Roberto Gómez Beras se empeña en comprender las voces fragmentarias que definen la propia identidad, esa cadencia que muestra en lo cotidiano incertidumbre y desamparo. Así va perfilando el empeño del yo en sus indagaciones en torno al enigma existencial y en la construcción de los sentimientos como una arquitectura de largo alcance. Es esencialismo expresivo. Poesía donde atardece despacio, con la sutil pincelada del misterio.



JOSÉ LUIS MORANTE



 


lunes, 31 de julio de 2023

ÁNGELES RIVAS (ed.) PAISAJES DEL INTERIOR

Paisajes del interior
Antología de mujeres poetas de la Patagonia
Ángeles Rivas (Editora)
Imagen de cubierta: Chino Leiva
Editorial Isla Negra
Colección Los Nuevos Caníbales
San Juan, Santo Domingo, 2023

 

CONO SUR

 
  La obra literaria de Ángeles Rivas (San Carlos de Bariloche, Patagonia, Argentina, 1968) poeta, periodista y docente, muestra un amplio despliegue de géneros que aglutina poesía, relato, ediciones críticas y artículos de interés literario y cultural. Nacida en los amplios espacios de la Patagonia argentina, la escritora nos deja, con imagen de cubierta de Chino Leiva, una compilación de voces femeninas de la región, en el imprescindible catálogo de la editorial caribeña Isla Negra.
 Una leve cita de Lionel Rivas Fabbri ubica el sur como espacio de asombro y utopía. Desde esa consideración, más introspectiva que geográfica, la escritora descubre signos diferenciales de una antología en la que conviven estéticas diversas tras las mismas características geofísicas. En la Patagonia, en palabras de la editora, “Escribir poesía en el sur de Argentina no solo involucra a los aspectos de la climatología sino, además, en esta acción del pensamiento está presente el clima social e histórico que se vive, convive y perdura en este territorio inhóspito, ventoso, frío, mágico, asombroso”. Además hay otra circunstancia esencial en esta muestra: la condición de mujer, común a las once voces seleccionadas. Es evidente que el discurrir histórico ha supuesto una larga lucha para adecuar el constructo social a las condiciones de igualdad de género, equivalencia en derechos humanos y posibilidades de realización identitaria en el decurso de los interminables procesos de mestizaje y colonización.
   La vasta realidad geográfica del cono sur no circunscribe el cauce argumental de las composiciones a un magma normalizado y monotemático. La poesía es una labor singular, con molde subjetivo y personal, donde cada taller busca su sentido místico y cotidiano al cauce existencial. De este modo, la palabra adquiere significación introspectiva y arraiga en el contexto fragmentado de la intimidad, ese territorio que despliega fronteras entre entorno y sujeto.
  Ángeles Rivas distribuye el material seleccionado de cada escritora sin el dogmatismo de la nota introductoria. Deja que los poemas hablen por sí mismos y añade como coda final de cada colaboración la biografía literaria. De este modo, la lectura de Paisajes del interior dibuja una cartografía que aglutina sendas expresivas de Liliana Ancalao, Marisa Godoy, Anamaría Mayol, Luciana Mellado, Romina Olivero, Gladys Peña, Aldana Pérez, Aixa Rava, Nanim Rekacz, María Cristina Venturini y Mónica Volonteri.
   El intimismo indagatorio de Liliana Ancalao busca respuestas y sentido al camino existencial y su vuelo leve. El sujeto verbal aprende pronto que las alas del yo son cicatrices en la espalda y que el color gris de la amanecida tiñe de lejanía cualquier sueño. Con amplio sustrato biográfico, la palabra poética de Liliana Ancalao propicia un retorno hacia el origen, refuerza la inmersión histórica en el paso colectivo para convertirse en una de las sendas centrales de la poesía mapuche.
  Marisa Godoy asienta su verdad expresiva en vértices como la identidad, el decurso temporal, la presencia del otro o la indeclinable vocación metaliteraria: “Escribir es reparar la herida fundamental”.
   De Anamaría Mayol resalta una sensibilidad cercana, con signos coloquiales, en la que toma cuerpo el quehacer de la memoria como veta transformadora del epitelio afectivo. En sus tramas argumentales cobra fuerza la antología de lo femenino. Ser mujer es oír en el tiempo un rumor imparable, un temblor que obliga a la conciencia a taponar grietas y transformar paisajes de invisibilidad y soledad perenne.
  Resalta el cauce emotivo y sentimental que duerme en los poemas de Luciana Mellado. El amor vertebra la identidad del sujeto, es una pulsión central de su existencia que alienta la búsqueda del otro y que percibe el resplandor del deseo. Pero también es un depositario de dolor y asperezas, de ese estar que hace de lo cotidiano un hilo umbilical con el frío. También Romina Olivero abre en sus poemas una ventana a los sentimientos, aunque alrededor se perciba un entorno nocturnal, como si los cuerpos navegaran por un río de aguas grises. Hay también una clara reivindicación del yo femenino para librarlo de los efectos secundarios de una sociedad patriarcal y cuajada de prejuicios. El contexto espacial aparece explícito en algunos poemas, donde la geografía sufre los rigores climáticos y postula un ambiente futurista inhabitable.
   El afán cognitivo reafirma el lenguaje de Gladys Peña; se trata de ver a través de las palabras. Así se conforma la propia identidad y se percibe la impronta nómada de un tiempo en marea continua que acerca el entorno natural y los elementos de un paisaje interior que asienta en sus manos el colmado balance del pasado como un oleaje sostenido.
   En el registro lírico de Aldana Pérez resalta ese caminar hacia adentro de los poemas. Con paso introspectivo, la poeta muestra la densa transparencia de las cosas y su misterio intacto. Se trata de intuir la hondura de un estar que cobija sensaciones y sombras, las incógnitas perennes de quien sale a la luz y nunca sabe qué itinerario es el que aguarda su caminar a solas.
   Aixa Rava deja hablar al recuerdo para que muestre su legado de asombro. En la evocación manifiesta sus aristas el entorno como marco asociado al despertar de la existencia. La poesía registra la condición temporal y el misterio que cobijan las formas aparentes. Existir es nombrar, intuir aquello que está a punto de despertar.
   En las ráfagas poéticas de Nanim Rekack el transitar social retorna con mirada crítica en un claro ejercicio de compromiso con lo colectivo. Pero también la subjetividad marca el ahora en los espejismos de la evocación a través del deseo y el cuerpo como celebración sensitiva.
   María Cristina Venturini se acerca a lo genesíaco para conocer la realidad en su estado primigenio. Así mismo hace del lenguaje una terapia capaz de diluir heridas y emociones y de traducir sentimientos para que ramifiquen y se expandan vivos como los estratos subterráneos de las raíces. Su poesía aglutina imágenes de sugerente expresividad sensorial.
   La selección se cierra con la mirada poética de Mónica Volonteri. El halo confidencial de su ideario poético explora el abrazo entre el yo plural siempre visto con mirada crítica, cuyos signos muestran un complejo mapa de disonancias, y la evocación de la experiencia biográfica con su semillero de decepciones que caminan entre la verdad y lo posible.
   En nota de contraportada, la poeta española Mónica Manrique de Lara resume el testimonio lírico de estas once voces escogidas como una indagación coral que se contempla en el espejo del paisaje. Un diálogo con un entorno natural, donde se oyen los pasos del tiempo, el extraño valor de la existencia, los motivos para seguir en pie. Poesía de disidencia y búsqueda que hace del poema una afirmación de vida, un territorio que aposa la mirada para que salga al aire la meditación evocadora de un paisaje interior.

JOSÉ LUIS MORANTE



 
   

viernes, 19 de julio de 2019

CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS. APOSENTO

Aposento
Carlos Roberto Gómez Beras
Isla Negra Editores
Colección Filo de Juego
San Juan, Puerto Rico, 2019, 2ª edición



VOLVER AL YO


   Catedrático universitario, editor de Isla Negra, uno de los pilares editoriales del Caribe, y poeta de profusa y reconocida travesía, Carlos Roberto Gómez Beras (República Dominicana, 1959) ha dejado en sus páginas de madurez entregas esenciales como Árbol (2017), salida reeditado un año después en serbio y castellano, cuya estética esencial y fragmentaria muestra un afán de búsqueda. Esa indagación en el lenguaje es también aplicable a su obra más reciente Aposento, denso volumen aparecido en la Colección Filo de juego. 
   El poeta sostiene que titular es un arte, un oficio que debe ejercitarse con extrema perfección porque supone el comienzo de ruta. El sustantivo “Aposento” del título alude a un hábitat cercano e intimista en el que se acomodan los rasgos internos,  más frágiles y personales del personaje poético. Ya en el poema “El ave”, compilado en el libro Solo el naufragio, se añade al nombre una semántica expansiva“… que en el sueño de un poeta / también hay aposento / para la ola que despierta / para el himno que florece (…)”. Entre las cuatro sílabas se encaja el rostro claro del asombro.
   La entrega inicia senda evocativa con unos versos de José Ángel Valente que subrayan el papel esencial de la memoria, ese itinerario hacia el origen  Cada identidad preserva un yo a resguardo en el trayecto vital, una presencia que es quemadura y testimonio. Con ese reflejo intacto se despliega el hilo argumental del primer poema. Sus versos airean una sensibilidad proclive al recuerdo que abre la mirada a vivencias autobiográficas, enriquecidas por el tacto mágico de la imaginación. La voz introspectiva recupera un pretérito moldeado por la ternura de la niñez. El protagonista poético desanda distancias hacia sí mismo por los caminos de la nostalgia con la esperanza de volver a ser Robertico, frágil presencia de la niñez asomada al misterio de la vida al paso. Recordar es dar cauce también a una línea de sombra que subraya la fugacidad y el espejismo; ser es encarnar una pieza en el tablero en manos del destino. Aquella epifanía, habitada por sentimientos y asombros, se va despojando en el cumplimiento de un sendero individual que convierte el ahora en un espacio de estragos y lejanía. De ese estar dan fe las palabras empeñadas en quebrar la sombra: “Contra ruina y cadáver / La palabra que hoy nos despierta. / Escribir  sobre el agua que fluye / porque somos cuerpo y despedida.”
   En la persistente suma de pasos, poco a poco, se oculta la luz para oír cada vez más nítido el rumor de la ceniza. El paisaje humano se hace árido, como si exigiera establecer un balance de sensaciones y olvidos; la filigrana de una estela vacía. Las palabras aluden con frecuencia a identidades familiares que tenían un claro significado existencial; por ejemplo la abuela Rosa, que abandonaba el balanceo de su mecedora para acoger en su estar “un corazón, una caricia y un cielo”. Entre esos rescates afectivos, propiciados por una fotografía o un simple recuerdo, también se vislumbra el lejano perfil del padre y su ausencia madrugadora: “Ayer soñé con mi padre. / Nunca su mirada fue tan horizonte. / Nunca su sonrisa fue tan río. / Nunca sus manos fueron tan caminos”; o la ensimismada biografía de Pepé, aquel tío que sufrió una realidad desapacible. Así se va completando la inasible trama del existir en el que cada vez adquiere más fuerza la percepción de la muerte; nada queda del niño perdido en la memoria. Ahora el yo es el depositario de una conciencia de finitud y cumplimiento, un constructor de dudas que se mira con la sensación de que pronto llegará la noche, como un denso paraguas crepuscular para borrar máscaras y apariencias, mientras las palabras dejan su saldo de gestos, miradas y retornos.
   En el cuerpo central de Aposento sobresale el poema “El bar de Yoryi”, una larga composición narrativa que despliega una emotiva educación sentimental. Se recrean indicios biográficos que marcan el paso a la autonomía juvenil. La pureza infantil y aquel mundo de claridad sentimental son abandonados en el rincón de la melancolía. La existencia ahora es un espacio de inquietud marcado por la mitología del deseo. Recuerdo que en la compilación Aún (1992-1989), que integra los cuatro primeros libros de Carlos Roberto Gómez Beras, se recogía este juicio del escritor y crítico dominicano José Alcántara Almanzor: “Estamos en presencia de una fuerza avasalladora, un universo sensorial en el que la mujer ocupa el centro indiscutible”. En la voz del deseo el cuerpo es un libro de panes, peces y palabras. Con el impulso de quien canta los signos del yo femenino se describen las circunvoluciones del amor, ese sentir que acorrala y desasosiega, que se hace meta y urgencia.
   Para quien concibe el lenguaje como patria del ser, es casi obligatorio el sustrato metapoético y la mirada a la experiencia literaria. En los poemas finales se cobija una filosofía de la creación que muestra un pensamiento pendular entre poeta y poema o entre la voluntad de la escritura  de dar a lo transitorio un espacio de permanencia.
   En la vasija rota del discurrir el poemario Aposento deja una perspectiva de continuidad. Muestra el perfil de la memoria, como quien explora en la piel los oscuros trazos de una cicatriz para resucitar lo perdido, para que no se apaguen las luces del recuerdo y dejen en el poema rastros de luz. La palabra se hace autobiografía, un territorio poético que enlaza tiempos e identidades como un largo puente, tendido en el vacío de ser.



     





viernes, 8 de julio de 2016

CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS. ERRATA DE FE

Errata de fe
Carlos Roberto Gómez Beras
Isla Negra Editores
San Juan, Puerto Rico, 2015 

LATIDOS DEL POEMA

  A pesar de los itinerarios de ida y vuelta de internet y de la voluntad de algunas editoriales por enlazar las dos orillas del castellano, el conocimiento poético en España de ámbitos geográficos como Cuba, República Dominicana o Puerto Rico es todavía muy parcial y fragmentario; sus autores tienen en el día a día poético una presencia limitada. Por ello resulta de interés sondear la obra lírica de Carlos Roberto Gómez Beras. El autor nace en República Dominicana en 1959 y se afinca desde la niñez en Puerto Rico. Allí arranca senda con un enfoque plural que aglutina su formación como catedrático, el quehacer en torno al libro como editor y un recorrido creador que ha merecido abundantes reconocimientos, la inclusión en relevantes antologías caribeñas y la versión de su corpus creador a distintos idiomas europeos.
  Su última salida es Errata de fe, un libro escrito con el tono cercano de lo autobiográfico. La obra aglutina varios apartados que definen una lección coherente sobre la existencia y un sustrato argumental donde la tradición actúa como poderoso reflector. En el tramo de inicio “Heridas como labios” toma sitio el poder germinativo del amor y su relación esencial entre trascurso vital y pensamiento. El puente hacia el otro requiere una realidad amplia, provista de escenarios connotativos. El motivo amoroso se encara con una perspectiva filosófica objetiva, que lo distancia de un yo concreto e individual y permite adquirir condensación intelectual a través de la literatura. Lugares como Troya o Ítaca recuerdan el sesgo del combate amoroso, las cicatrices y las pérdidas o el extravío del héroe en el regreso.
 Como  un sueño esperado e inaprensible, la identidad femenina es proximidad y distancia, concede razón de ser a las palabras para que se transformen en cántico y belleza. El amor es epifanía y deseo; es también olvido y memoria, como la estela leve de algún viaje que dejó en los sentidos la huella mínima de lo transitorio.
  El título del segundo bloque, “Ocho estudios incompletos” parece sugerir un tono reflexivo; los versos,  lúcidos y breves, buscan lo esencial, como si fuesen aforismos que hacen de la claridad un campo indagatorio. Leemos en uno de estos poemas: “La soledad del hombre es nadie. / La soledad de Dios es nunca. / La soledad sin ti es nada”. El trayecto amoroso se dibuja en los dedos del aire como una senda repleta de preguntas.
  El sujeto verbal que traza itinerarios para sus sentimientos no ignora que son inevitables las pérdidas, que en el devenir  buscan sitio “Las cosas que perdimos en el fuego”. El tiempo abre dudas y es necesario saber que la voluntad salva cuando en medio del camino la existencia postula si tiene sentido abrazar un horizonte  de tropiezos, huellas y derrumbes. Ese itinerario cognitivo hacia la otredad se expresa aquí: “Nací para arrojarme al abismo de los sentidos. / Amé hasta encontrar una huella fuera de mis sueños. / Morí en brazos ajenos para conocer la primavera. / Un cuerpo sin cicatrices es un mar sin estelas ni peces. “
  La coda final lleva por título “Fe de erratas”, como si el autor culminara un trayecto circular enlazando intimidad y lenguaje. En toda esta sección predomina el afán metaliterario. Es sabido que en la lírica moderna –en la línea de Rimbaud y Baudelaire- se ha hecho costumbre la relación interdiscursiva con el verbo y su potencia creadora. Los poemas de cierre practican en común este registro. Se abren con “Al lector”, un texto apelativo que busca una mirada cómplice; la literatura requiere una pupila involucrada, capaz de soportar en su identidad la condición de hermano y semejante, la certeza del error en los itinerarios del azar: “Solo la poesía nos desvela el cielo que hay en la caída”
  Carlos Roberto Gómez Beras hace del sentir un persistente elemento interior, asume la condición del vate que transciende la lógica de la razón para explorar huellas más profundas, para buscar los ecos de otras voces, para hacer de las palabras una declaración de fe en la que siga viva en el tiempo la estela de la propia biografía.