viernes, 8 de julio de 2016

CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS. ERRATA DE FE

Errata de fe
Carlos Roberto Gómez Beras
Isla Negra Editores
San Juan, Puerto Rico, 2015 

LATIDOS DEL POEMA

  A pesar de los itinerarios de ida y vuelta de internet y la voluntad de algunas editoriales por enlazar las dos orillas del castellano, el conocimiento poético de ámbitos como Cuba, República Dominicana o Puerto Rico en España es parcial y fragmentario; sus autores tienen en el día a día poético una presencia limitada. Por ello resulta de interés sondear la obra lírica de Carlos Roberto Gómez Beras. El autor nace en República Dominicana en 1959 y se afinca desde la niñez en Puerto Rico. Allí arranca senda con un enfoque plural que aglutina su formación como catedrático, el quehacer en torno al libro como editor y un recorrido creador que ha merecido abundantes reconocimientos, su inclusión en relevantes antologías caribeñas y la versión de su obra a distintos idiomas europeos.
  Su última salida es Errata de fe, un libro escrito con el tono cercano de lo autobiográfico. La obra aglutina varios apartados que definen una lección coherente sobre la existencia y un sustrato argumental donde la tradición actúa como poderoso reflector. En el tramo de inicio “Heridas como labios” toma sitio el poder germinativo del amor y su relación esencial entre transcurso vital y pensamiento. El puente hacia el otro requiere una realidad más amplia por medio de escenarios cargados de connotaciones. El amor se encara en el tiempo con una perspectiva filosófica que distancia de un yo concreto e individual y permite adquirir a los sentimientos una condensación intelectual a través de la literatura. Lugares como Troya o Ítaca recuerdan el sesgo belicoso del combate amoroso, las cicatrices y las pérdidas o el extravío del héroe en el regreso.
 Como  un sueño esperado e inaprensible, la identidad femenina es proximidad y distancia, concede razón de ser a las palabras para que se transformen en cántico y belleza. El amor es epifanía y deseo y es también olvido y memoria, como la estela leve de algún viaje que dejó en los sentidos la huella mínima de lo transitorio.
  El título del segundo bloque, “Ocho estudios incompletos” parece sugerir un tono reflexivo; los versos,  lúcidos y breves, buscan lo esencial, como si fuesen aforismos que hacen de la claridad un campo indagatorio. Leemos en uno de estos poemas: “La soledad del hombre es nadie. / La soledad de Dios es nunca. / La soledad sin ti es nada”. El trayecto amoroso se dibuja en los dedos del aire como una senda repleta de preguntas.
  El sujeto verbal que traza itinerarios para sus sentimientos no ignora que son inevitables las pérdidas, que buscan sitio “Las cosas que perdimos en el fuego”. El tiempo abre dudas y es necesario saber que la voluntad salva cuando en medio del camino la existencia postula si tiene sentido abrazar un horizonte en la lejanía, cansado por tropiezos, huellas y derrumbes. Ese itinerario cognitivo hacia la otredad halla atinada expresión en estos versos: “Nací para arrojarme al abismo de los sentidos. / Amé hasta encontrar una huella fuera de mis sueños. / Morí en brazos ajenos para conocer la primavera. / Un cuerpo sin cicatrices es un mar sin estelas ni peces. “
  La coda final del largo poemario lleva por título “Fe de erratas”, como si el autor buscara un trayecto circular que enlazara el amor y el lenguaje. En toda esta sección predomina el afán metaliterario. Es sabido que en la lírica moderna –en la línea de Rimbaud y Baudelaire- se ha hecho costumbre la relación interdiscursiva con el lenguaje y su potencia creadora. Los poemas de cierre practican en común el registro verbal. Se abren con “Al lector”, un texto apelativo que busca una mirada cómplice; la literatura requiere un lector involucrado, capaz de soportar en la columna vertebral de su identidad la condición de hermano y semejante y la certeza del error en los itinerarios del azar: “Solo la poesía nos desvela el cielo que hay en la caída”
  Carlos Roberto Gómez Beras hace del sentir del poema un persistente elemento interior, asume la condición del poeta vate que transciende la lógica de las palabras para explorar huellas más profundas, para buscar los ecos de otras voces, para hacer de las palabras una declaración de fe en la que siga viva en el tiempo la estela de la propia biografía.

   



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