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Dedicatorias de José Hierro Rivas Vaciamadrid Fotografía de Adela Sánchez Santana |
UNA
DEDICATORIA PERSONAL EN AGENDA
La niebla de los años no ha borrado un encuadre visual ambientado en la
madrileña feria del libro, a principios de los años noventa. Por los
alrededores de las casetas, espejea la circular grisura de algún charco. Después
de la lluvia, el cielo viste un impecable traje azul y una corbata de claridad.
El animado ir y venir de los transeúntes se multiplica ante los mostradores abrumados
de libros, repletos de portadas coloristas. Es por la tarde, pero quedan todavía
dos o tres horas para el ocaso. Conocidos autores firman ejemplares de reediciones
y novedades. En una de las casetas está José Hierro. Frente a él, una fila de
animados lectores aguarda con paciencia una dedicatoria personal. La espera es
gozo que enaltece el inminente diálogo con el escritor. Una intuición vislumbra
que aquel hecho anecdótico es una reducida semilla para el recuerdo. Las
dedicatorias de José Hierro no son apresuradas ni circunstanciales; la
receptiva sensibilidad del poeta se afana en hacer de cada firma un asunto doméstico,
cuajado de complicidad. Compro Agenda.
Es una publicación cuidada, aparecida en Ediciones Prensa de la Ciudad, de
portada celeste y pasta dura, según diseño de Fernando de Miguel. Pilota la
colección José Antonio Gabriel y Galán. Cuando me llega el turno, hablamos unos
minutos; los suficientes para aseverar que la poesía no existe de espaldas al
lector y que el verso adquiere su pleno significado si se integra en el mundo
intelectivo y sentimental de quien lo lee. Vuelvo al libro. Sobre la tercera
página la mano del poeta se esmera en concluir una minúscula marina con aguados
trazos y mínimos elementos: una cercana línea de horizonte, un mar de olas sosegadas,
la oronda inmovilidad de un gran sol amarillo de bordes difuminados y tres esqueletos
de barcazas, con mástiles enhiestos. Me despide el poeta con gesto afectuoso.
Un instante después ya no existo para su concentración, vuelvo a la multitud; a
distancia contemplo como una y otra vez José Hierro repite actitud legando a cada uno de aquellos
militantes del entusiasmo el peculiar tesoro de un trabajo plástico.
Ya en casa, pienso que hace muchos años que la poesía de José Hierro
tiene una estancia alquilada en mi memoria. La comparte con media docena de
nombres de la primera promoción de posguerra; es un territorio que no han
colonizado autores posteriores. Me gusta el poeta social José Hierro, el que
afirma reiteradamente que el dolor es la conciencia de estar vivo, el que
caligrafía el contexto histórico en el que ha nacido, el que testimonia un ámbito
de miseria y no se encierra en la confortable sala de espera del esteticismo ni
pone a dormitar su conciencia crítica. Así se ha ido gestando esa biografía que
comienza en Madrid, el 3 de abril de 1922 pero que se vincula a Cantabria con
una fuerza indeclinable porque apenas dos años más tarde, por asuntos laborales
del padre, la familia se traslada a Santander.
Cuando en una andadura se manifiesta la preferencia por una parada
concreta, se corre el riesgo de que los demás nos bauticen como dogmáticos y
excluyentes. En el caso de Hierro uno no puede serlo porque conozco la urdimbre
que entrelaza ética y estética y sé que los versos se condimentan con la
experiencia de lo cotidiano. Rastreo en el recordatorio varios momentos
biográficos: al finalizar la guerra civil su apoyo a un grupo de presos y su
pertenencia a una organización clandestina origina su encarcelamiento hasta
1944. Después se traslada a Valencia donde realiza trabajos editoriales y más
tarde crítica de pintura. Ya en Santander, participa en la creación de la
revista Proel y en 1947 publica su
libro auroral Tierra sin nosotros.
Desde 1952 colabora en un programa radiofónico y compagina este quehacer con la
escritura de Las piedras en el viento,
Quinta del 42 y Cuanto sé de mí.
Hasta 1991 no publica Agenda.
Han transcurrido veintisiete años de silencio y el poemario se espera con una
inusitada expectación que el libro no desmerece en absoluto. Es una obra de
madurez que ha ido goteando composiciones por antologías y revistas.
El epígrafe agenda nos sugiere
un instrumento de conocimiento, un espacio de representación que busca
profundizar en la vida propia y en la ajena mediante anotaciones sistemáticas.
El libro no se aleja mucho de este postulado. En algún momento tiene una
configuración metaliteraria. Su temática reflexiva sobre la escritura se prologa con una composición que equipara
la labor del poeta y la del entomólogo; ambos oficios persiguen una apariencia
de vida. El poeta rescata lo transitorio desde la palabra; el entomólogo da a
la contemplación de la muerte la apariencia natural del latido. El argumento es
la defensa de una vieja idea: el arte como sustitutivo de la vida. Hay en
“Elementos para un poema” una definición clarificadora: “los cirujanos de la
estilística, del formalismo, del estructuralismo, sajan, separan y analizan
para demostrar lo que está claro: que el poeta es aquel que dice más de lo que dice (significantes y significados; que
las palabras cautivan antes de que captemos su sentido”.
En el primer apartado predomina lo espacial; una y otra vez se dan cita
nombres geográficos de un itinerario soñado cuya significación se nos escapa
porque es un desplazamiento alógico, hacia el interior y hacia el exterior. El
interior archiva el umbral del pasado, la música que hiberna en el silencio, la
cárcel, el frío, el desvalimiento y el recinto natural de la infancia; un
compendio de imágenes que retratan al
hombre desde dentro.
La segunda sección de Agenda, subtitulada intermedio sombrío tiene la peculiaridad formal
de la prosa poética que incrementa el signo meditativo y ensayístico de las
cinco composiciones. En realidad es un único poema fragmentario a partir del
cual se hace un análisis del destino del hombre que recuerda a un recurso de
semejanza: la sinécdoque. La cabeza es el individuo, el individuo la especie;
la subjetividad de un individuo vive en tono menor un destino colectivo marcado
en la intemperie del tiempo.
En la tercera parte, bajo el epígrafe
“Nombres propios” conviven personajes que habitan en el envés del calendario,
lejos del cansancio de las horas. En una ciudad atemporal conviven personajes
trasmutados en símbolos: Pablo Iglesias, Joan Miró, Brahms, Verdi, Chopin y
George Sand… Son los habitantes del arte, moradores censados, que han
trascendido con su legado artístico y vital el concluso paréntesis de una
existencia.
En el epílogo nuevamente irrumpe la resignación y el acatamiento a las
reglas del juego: la casa, arquetipo de hospitalidad, permanencia y firmeza, va
firmando su inadvertida rendición ante el desengaño de la madurez, igual que un
cuerpo va sumando advertencias del declive y sus arrugas certifican la ceniza y
la sombra de los días.
Agenda reitera claves
sustanciales del pensamiento estético del poeta: hay onirismo y preocupación
existencialista, se descubren avatares históricos que están en la raíz de la
angustia de ser y se vuelve al entorno del ahora. Hay intimismo confesional y
esos sustantivos que sobrevuelan coordenadas espaciales y temporales.
Siete años después firma Cuaderno
de Nueva York, el título que supone el reconocimiento universal de una obra
que trasciende etiquetas. Ya se ha teorizado muchas veces sobre esos polos
críticos llamados alucinación y reportaje que constituyen un binomio
paradójico; esta concepción resquebrajada tiene fronteras imprecisas que a
veces se confunden o se superponen en lo que Aurora de Albornoz ha denominado
realidad alucinada, un término que restaura la identidad lírica de Hierro. Todo
poeta es plural y en su personalidad convergen una diversidad de voces y
registros. Cuaderno de Nueva York
será el detonante de una serie de inacabables reconocimientos públicos y
privados y una catarata de vanidades que el poeta tolera con la mirada llena de
escepticismo porque sabe que cualquier viaje existencial es la crónica de un
tiempo de derrotas; la vida no se hace de descubrimientos sino de pérdidas. El
brillo de la mirada encierra una radical desolación.
El destino se empeña en lo
celebratorio y José Hierro es elegido miembro de la Real Academia para ocupar
el sillón G. Pero su discurso de ingreso nunca se hizo público como si no
quisiera despedirse, como si la última palabra tuviera siempre la posibilidad
de ser pronunciada para revelar lo que no sabe. Hoy la sombra de Hierro,
vitalista y tenaz, moja de nuevo la punta del rotulador en una copa de aguardiente
para inventar, con la mesura de una tarde de feria, la puesta en escena de una
dedicatoria personal.