lunes, 2 de enero de 2023

JOSÉ HIERRO. UNA DEDICATORIA PERSONAL

Dedicatorias de José Hierro
Rivas Vaciamadrid
Fotografía
de 
Adela Sánchez Santana

 

  

                                   UNA DEDICATORIA PERSONAL EN AGENDA

 

   La niebla de los años no ha borrado un encuadre visual ambientado en la madrileña feria del libro, a principios de los años noventa. Por los alrededores de las casetas, espejea la circular grisura de algún charco. Después de la lluvia, el cielo viste un impecable traje azul y una corbata de claridad. El animado ir y venir de los transeúntes se multiplica ante los mostradores abrumados de libros, repletos de portadas coloristas. Es por la tarde, pero quedan todavía dos o tres horas para el ocaso. Conocidos autores firman ejemplares de reediciones y novedades. En una de las casetas está José Hierro. Frente a él, una fila de animados lectores aguarda con paciencia una dedicatoria personal. La espera es gozo que enaltece el inminente diálogo con el escritor. Una intuición vislumbra que aquel hecho anecdótico es una reducida semilla para el recuerdo. Las dedicatorias de José Hierro no son apresuradas ni circunstanciales; la receptiva sensibilidad del poeta se afana en hacer de cada firma un asunto doméstico, cuajado de complicidad. Compro Agenda. Es una publicación cuidada, aparecida en Ediciones Prensa de la Ciudad, de portada celeste y pasta dura, según diseño de Fernando de Miguel. Pilota la colección José Antonio Gabriel y Galán. Cuando me llega el turno, hablamos unos minutos; los suficientes para aseverar que la poesía no existe de espaldas al lector y que el verso adquiere su pleno significado si se integra en el mundo intelectivo y sentimental de quien lo lee. Vuelvo al libro. Sobre la tercera página la mano del poeta se esmera en concluir una minúscula marina con aguados trazos y mínimos elementos: una cercana línea de horizonte, un mar de olas sosegadas, la oronda inmovilidad de un gran sol amarillo de bordes difuminados y tres esqueletos de barcazas, con mástiles enhiestos. Me despide el poeta con gesto afectuoso. Un instante después ya no existo para su concentración, vuelvo a la multitud; a distancia contemplo como una y otra vez José Hierro  repite actitud legando a cada uno de aquellos militantes del entusiasmo el peculiar tesoro de un trabajo plástico.
   Ya en casa, pienso que hace muchos años que la poesía de José Hierro tiene una estancia alquilada en mi memoria. La comparte con media docena de nombres de la primera promoción de posguerra; es un territorio que no han colonizado autores posteriores. Me gusta el poeta social José Hierro, el que afirma reiteradamente que el dolor es la conciencia de estar vivo, el que caligrafía el contexto histórico en el que ha nacido, el que testimonia un ámbito de miseria y no se encierra en la confortable sala de espera del esteticismo ni pone a dormitar su conciencia crítica. Así se ha ido gestando esa biografía que comienza en Madrid, el 3 de abril de 1922 pero que se vincula a Cantabria con una fuerza indeclinable porque apenas dos años más tarde, por asuntos laborales del padre, la familia se traslada a Santander.
   Cuando en una andadura se manifiesta la preferencia por una parada concreta, se corre el riesgo de que los demás nos bauticen como dogmáticos y excluyentes. En el caso de Hierro uno no puede serlo porque conozco la urdimbre que entrelaza ética y estética y sé que los versos se condimentan con la experiencia de lo cotidiano. Rastreo en el recordatorio varios momentos biográficos: al finalizar la guerra civil su apoyo a un grupo de presos y su pertenencia a una organización clandestina origina su encarcelamiento hasta 1944. Después se traslada a Valencia donde realiza trabajos editoriales y más tarde crítica de pintura. Ya en Santander, participa en la creación de la revista Proel y en 1947 publica su libro auroral Tierra sin nosotros. Desde 1952 colabora en un programa radiofónico y compagina este quehacer con la escritura de Las piedras en el viento, Quinta del 42 y Cuanto sé de mí.
   Hasta 1991 no publica Agenda. Han transcurrido veintisiete años de silencio y el poemario se espera con una inusitada expectación que el libro no desmerece en absoluto. Es una obra de madurez que ha ido goteando composiciones por antologías y revistas.
   El epígrafe agenda nos sugiere un instrumento de conocimiento, un espacio de representación que busca profundizar en la vida propia y en la ajena mediante anotaciones sistemáticas. El libro no se aleja mucho de este postulado. En algún momento tiene una configuración metaliteraria. Su temática reflexiva sobre la escritura  se prologa con una composición que equipara la labor del poeta y la del entomólogo; ambos oficios persiguen una apariencia de vida. El poeta rescata lo transitorio desde la palabra; el entomólogo da a la contemplación de la muerte la apariencia natural del latido. El argumento es la defensa de una vieja idea: el arte como sustitutivo de la vida. Hay en “Elementos para un poema” una definición clarificadora: “los cirujanos de la estilística, del formalismo, del estructuralismo, sajan, separan y analizan para demostrar lo que está claro: que el poeta es aquel que dice más de lo  que dice (significantes y significados; que las palabras cautivan antes de que captemos su sentido”.
   En el primer apartado predomina lo espacial; una y otra vez se dan cita nombres geográficos de un itinerario soñado cuya significación se nos escapa porque es un desplazamiento alógico, hacia el interior y hacia el exterior. El interior archiva el umbral del pasado, la música que hiberna en el silencio, la cárcel, el frío, el desvalimiento y el recinto natural de la infancia; un compendio de imágenes que retratan  al hombre desde dentro.
    La segunda sección de Agenda, subtitulada intermedio sombrío tiene la peculiaridad formal de la prosa poética que incrementa el signo meditativo y ensayístico de las cinco composiciones. En realidad es un único poema fragmentario a partir del cual se hace un análisis del destino del hombre que recuerda a un recurso de semejanza: la sinécdoque. La cabeza es el individuo, el individuo la especie; la subjetividad de un individuo vive en tono menor un destino colectivo marcado en la intemperie del tiempo.
    En la tercera parte, bajo el epígrafe “Nombres propios” conviven personajes que habitan en el envés del calendario, lejos del cansancio de las horas. En una ciudad atemporal conviven personajes trasmutados en símbolos: Pablo Iglesias, Joan Miró, Brahms, Verdi, Chopin y George Sand… Son los habitantes del arte, moradores censados, que han trascendido con su legado artístico y vital el concluso paréntesis de una existencia.
   En el epílogo nuevamente irrumpe la resignación y el acatamiento a las reglas del juego: la casa, arquetipo de hospitalidad, permanencia y firmeza, va firmando su inadvertida rendición ante el desengaño de la madurez, igual que un cuerpo va sumando advertencias del declive y sus arrugas certifican la ceniza y la sombra de los días.
   Agenda reitera claves sustanciales del pensamiento estético del poeta: hay onirismo y preocupación existencialista, se descubren avatares históricos que están en la raíz de la angustia de ser y se vuelve al entorno del ahora. Hay intimismo confesional y esos sustantivos que sobrevuelan coordenadas espaciales y temporales.
   Siete años después firma Cuaderno de Nueva York, el título que supone el reconocimiento universal de una obra que trasciende etiquetas. Ya se ha teorizado muchas veces sobre esos polos críticos llamados alucinación y reportaje que constituyen un binomio paradójico; esta concepción resquebrajada tiene fronteras imprecisas que a veces se confunden o se superponen en lo que Aurora de Albornoz ha denominado realidad alucinada, un término que restaura la identidad lírica de Hierro. Todo poeta es plural y en su personalidad convergen una diversidad de voces y registros. Cuaderno de Nueva York será el detonante de una serie de inacabables reconocimientos públicos y privados y una catarata de vanidades que el poeta tolera con la mirada llena de escepticismo porque sabe que cualquier viaje existencial es la crónica de un tiempo de derrotas; la vida no se hace de descubrimientos sino de pérdidas. El brillo de la mirada encierra una radical desolación.
    El destino se empeña en lo celebratorio y José Hierro es elegido miembro de la Real Academia para ocupar el sillón G. Pero su discurso de ingreso nunca se hizo público como si no quisiera despedirse, como si la última palabra tuviera siempre la posibilidad de ser pronunciada para revelar lo que no sabe. Hoy la sombra de Hierro, vitalista y tenaz, moja de nuevo la punta del rotulador en una copa de aguardiente para inventar, con la mesura de una tarde de feria, la puesta en escena de una dedicatoria personal.


JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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