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lunes, 29 de marzo de 2021

SUSANA BENET. FALSA PRIMAVERA

Falsa primavera
Susana Benet
Libros Canto y Cuento
Colección de Poesía
Jerez de la Frontera, 2021

  

FRESCA LUZ


   El cauce lírico de Susana Benet (Valencia, 1950) mantiene un sosegado fluir en voz alta, con amanecidas como Faro del Bosque, Lluvia menuda, Huellas de escarabajo, La Durmiente, La enredadera, Grillos y luna y Don de la noche. Son estaciones de un trayecto que expande delicada sensibilidad, acercamiento contemplativo al entorno natural, una forma expresiva que tiende las manos al propósito comunicativo, y un sustrato intimista de indagaciones reflexivas. En suma, las pulsaciones de una conciencia lúcida, atentas al vitalismo misterioso de cada momento, como si el poema fuese también una manera tensional de aprender lo secreto desde la imaginación y el lenguaje.  
   La hermosa colección de poesía que coordina José Mateos acoge, en este tiempo pandémico, la entrega Falsa primavera, cuyo epígrafe acrecienta una leve estela de desconcierto y espejismo en el carácter auroral de la estación, nunca exenta de un estar transitorio. Como es sabido, las citas encierran en sí mismas claves lectoras y predisponen al recorrido verbal. Susana Benet ha seleccionado un elenco diverso, Eloy Sánchez Rosillo, Jane Kenyon y Li Qingzhao, aunque conectado al percibir el entorno como un patrimonio sensitivo y dispuesto para la implicación sentimental.  
   En la poesía de Susana Benet la percepción mantiene un ritmo lento, de elaborada cercanía a los elementos del paisaje, siempre proclives a la trabazón entre mirada y reflexión especulativa. Lo mínimo es evocación y sugerencia, una propuesta interpretativa. Leemos en el poema de apertura “Flor púrpura”: “Tan pequeña y humilde, y sin embargo, / al fondo del abismo, el poderoso mar, / tendiéndose a sus pies, / con su elevado canto la acompaña”.
   Es inevitable asociar el taller literario de la autora con el cultivo de formas breves como haikus y  tankas, registros expresivos en los que Susana Benet es reconocido enclave esencial. En Falsa primavera de nuevo disfrutamos del cálido impacto de los esquemas japoneses y sus coordenadas indagatorias. De inmediato hallamos el devenir del tanka “Un año más / la flor de Pascua, el gato. / Pero esta vez / un espacio vacío, / el aire de una ausencia”; o la leve textura de estos haikus: “Motas de polvo. / Una brizna de luz / enciende el aire”, “Regreso a casa. / El color de la hiedra / ya no es el mismo”; “Mientras las riego / cabecean las hojas, / agradecidas”. También lo cotidiano se hace núcleo referencial del pensamiento estético que busca la profundidad matérica de lo elemental en una evocadora sugerencia. Siempre desde el despojamiento y la contención, las palabras desvelan el misterio de esa verdad sencilla que impulsa lo diario: “Pero no existe nada que no sea / una mínima parte de otro rostro / armónico, total, inabarcable”.
   En el proceso cognitivo del sujeto verbal, la mirada desempeña un papel básico. Percibir enlaza apertura y claridad, un entrelazado de quehaceres activos que se recoge en leves apuntes visuales, donde buscan el permanecer de las mutaciones, los pasos de un discurrir cambiante. Los días regalan fugaces pertenencias, mientras siguen caminando hacia adelante. Lo recuerda el poema “Mirada”: “Absurdo frenesí / que impulsa nuestros ojos / a girar y girar / en caprichosa danza, / mientras la mente absorta / se adentra en un profundo / vacío sin figuras”.
   Las hermosas instantáneas focalizan también la ausencia y nos dejan la callada presencia de José Luis Parra, íntima amistad de la escritora, que ha rescatado su poemario póstumo La hora del jardín. La meditación elegíaca “Humo” se adentra en el recuerdo y recupera los emotivos trazos de las tardes comunes: “No estás aquí, tan solo  queda / una delgada sombra / al lado de la mesa donde tú / antaño te sentabas”.  
   Los poemas de Falsa primavera son chispazos de luz fresca. Dan voz al pensamiento de un estar solitario, sacudido por ese vaivén de ráfagas heladas y esperanzas, que busca amparo a los altibajos existenciales en el interior de las palabras. Y lo hace a través de un lenguaje confidencial, introspectivo, atento a esos enlaces entre lo previsible y lo extraordinario que aprende las cosas desde dentro. Una primavera que se tiende al sol para aguardar el tiempo de los frutos.

JOSÉ LUIS MORANTE


jueves, 3 de diciembre de 2020

JOSÉ LUIS PARRA. LA HORA DEL JARDÍN

´La hora del jardín
José Luis Parra
Selección y prólogo de Susana Benet
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2020


  UN VASO DE AGUA


   Aunque nacido en Madrid en 1944, José Luis Parra hizo de Valencia y su entorno geográfico un refugio vital. Allí discurrió, instalado en Quart de Poblet, casi su existencia completa y fue gestando la vocación de escritura, que solo encuentra una salida tardía. Su primera publicación Más lisonjero me vi aparece en 1989 y abre un fértil sendero de publicaciones, integrado por las entregas Un hacha para el hielo (1994), Del otro lado de la cumbre (1996), La pérdida del reino (1997), Los dones suficientes (2000), Tiempo de renuncia (2004), De la frontera (2009) y el libro final entregado por el escritor Inclinándome, que se publicaría en 2012, el mismo año de su fallecimiento. Además de las estaciones mencionadas, el legado lírico dejaba las compilaciones Caldo de piedra y Abismos; y no tardaría en editarse el poemario La hojarasca (2016).  
   Con luminosos contornos, la obra dibujaba un absorbente destino de poeta nunca desvanecido. La singular personalidad del autor daba cuerpo a un emotivo diario sentimental; transcribía una sostenida disposición anímica para percibir el discurrir temporal desde la palabra, a través de un sencillo núcleo de temas capitales.
   Cuando parecía agotado el espacio poético de José Luis Parra llega a las estanterías de novedades La hora del jardín, un conjunto poético rescatado por la escritora y amiga íntima del poeta Susana Benet. En el prólogo al libro, la extraordinaria poeta contextualiza el origen de los textos. Proceden de los cuadernos duplicados que José Luis Parra, precavido, dejó en casa de Susana Benet, como si así ratificara la permanencia de los poemas. A ellos se añaden algunas piezas manuscritas y mecanografiadas, conservadas entre las páginas del diario. Queda así completa una nueva entrega, dispuesta en dos secciones orgánicas.
   La primera, “Diario del romántico” avanza desde un criterio cronológico y contiene piezas escritas entre 1987 y 2006. El título intensifica el sesgo autobiográfico de los poemas y su epitelio sentimental. Los textos dibujan con mano firme las derivas del yo subjetivo siempre náufrago de las aguas del tiempo: “No queda tiempo, no me queda / tiempo. Escribir es una sombra, / un silencio / de todo lo que quedará / por escribir “. Limpia, serena, sin el rostro brumoso de la erudición y del aderezo metafórico, la poesía de José Luis Parra enuncia con claridad sus magisterios y sus contradicciones dubitativas. Como en Pessoa, el ser es uno y múltiple, claridad y tiniebla, deseo y renuncia.
  Como una semilla nutricia, el amor convulsiona y transfunde la identidad. Es don inesperado y recuerdo, evocación que tiembla en los sentidos con una plenitud intensa, celebratoria, lúdica. El cuerpo habla desde la alegría, enaltece el encuentro carnal, estimula el ardor de la caricia y se hace estela del encuentro, necesario y urgente.
  En la disparidad argumental del apartado conviven  intimismo, apuntes sensoriales, el decurso de la educación sentimental, expandido entre la decepción, el escepticismo y la esperanza,  y el pensamiento ensimismado del solitario, con tanta lucidez expuesto en el poema “Buen provecho”: “Dejemos que la vida nos cocine / a fuego lento / y no nos queme. / Si somos un menú para la muerte / que encuentre nuestra mesa dispuesta y ordenada, /…”.   
  La sección final, que presta su epígrafe al libro, agrupa textos escritos desde 2006 a 2012, un intervalo de plena madurez crepuscular. Desde esa mirada otoñal, marcada por la conciencia de temporalidad, se escriben muchos de los poemas incluidos. Las horas dictan un presente continuo porque el futuro cada vez se presenta más como un espejismo. Llega el frío y es necesario buscar abrigo. En el reposo las palabras convierten el sereno transitar del pensamiento “en la casa sin lumbre del poema”. Desde el ser para la muerte, la poesía concede la felicidad cercana de un pequeño jardín frente al derrumbe de los sueños: “He sentido mis pies como raíces / hincándose en el suelo, excavando / con fiebre mineral, en las tinieblas. / También en primavera es más fértil la muerte”. Del contraste entre desolación y esperanza habla con fuerza renacida el tanka “Cerezos”: “Casi cegados / los ojos en la ciénaga, / tu piel caía; / pero viste aún el vuelo / en flor de los cerezos”.
   Como vasos de agua fresca, los poemas agrupados, con excelente montaje argumental de Susana Benet, en La hora del jardín tienen la caligrafía transparente de lo verdadero. Esa carga justa de emoción y misterio que pone mediodía en el áspero yermo del tiempo.     

JOSÉ LUIS MORANTE