Mostrando entradas con la etiqueta L. A. de Villena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta L. A. de Villena. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de enero de 2015

ÁNGEL PETISME. TREINTA AÑOS DE MÚSICA Y POESÍA



TESTIGO CON LÁPIZ: ÁNGEL PETISME EN EL ATENEO


    Ayer viernes, estuve en el Ateneo de Madrid, en el papel el papel de testigo con lápiz que ocupa un asiento difuso de las última filas. Desde allí, sin el micro encendido y el estrado con agualos actos literarios parecen más largos e imprevisibles, con un punto de tedio por la impuntualidad y la inquietud del calor tropical que tanto solivianta en aforos completos. Ángel Petisme, con treinta años de dedicación musical y literaria, presentaba, con nutrido acompañamiento, su poemario El lujo de la tristeza. El aragonés concita muchos afectos y la sala se llenó de inmediato. Los asistentes que no encontraron asiento reclamaban el traslado al salón de actos y un poco de luz para ver a los contertulios. Miguel Losada, responsable del ciclo de lecturas de la Cacharrería, puso excusas y orden y la presentación se inició con un cantautor feliz y con sonrisa grande. Estaba ufano con la respuesta del público, con el abrazo solidario de otros escritores y músicos, y con el verbo cálido de una mesa repleta. Mucha gente para hablar y más o menos prisa por plasmar en dos o tres pinceladas ingeniosas la relación personal y ese jugoso anecdotario de la memoria fiel. Tantos años en el camino han dejado una copiosa estela.
   En un acto tan emotivo, aumentó la temperatura sentimental del público el vídeo Mi gigante preferido, un trabajo muy bien resuelto dedicado a Alba, hija del poeta. Después tomaron la palabra Luis Eduardo Aute, Luis Antonio de Villena y Ángel Guinda. Aute, tímido, modesto y siempre al alba, recalcó afinidades con aquel joven cantautor seleccionado en la antología Postnovísimos que representaba la sensibilidad del rock y ensalzó la estatura de niño gigante; Ángel Guinda dejó una buena definición sobre el carácter del homenajeado: es un aglutinador de personas, comentó. Y Luis Antonio, con aire teatral, paró el reloj para viajar hasta los pasos de un Petisme juvenil que se ha ido haciendo autónomo y mayor entre libros y canciones. Luis Antonio es un conversador incansable y divertido.
  Llenaron los intermedios Ana Labordeta y Pilar Bastardes con una representativa selección de textos,  para clausurar con otra mesa formada, entre otros, por Fernando Beltrán y Raquel Lanseros. Fernando resumió el asunto en una troika aragonesa: “Goya, Buñuel, Petisme” (con permiso de otras troikas del valle del Ebro de igual altura), mientras que la belleza de Raquel Lanseros recurrió a la sensibilidad del hombre y a esa invitación a la alegría que aporta Ángel como razón de ser de cada encuentro. También hubo música en directo, móviles a pleno uso, foto de grupo, agenda abierta para citas cordiales y merecidas felicitaciones al autor de El lujo de la tristeza. Me traje además ese abrazo de Ángel Petisme al dedicarme su obra, mientras hablábamos de una lectura próxima en Rivas, programada en Covibar por Ricardo Virtanen.
   Después era muy tarde y hacía frío. Me refugié detrás de la bufanda y recorrí la luna de Madrid con Fernando Beltrán y la nostalgia común de amigos y viajes. En la autopista del regreso ví en el retrovisor la imagen de un acto para recordar. Ya en casa, abracé a Adela y puse en la mesa de trabajo de la buhardilla El lujo de la tristeza. Espera turno de lectura con mirada cómplice. He disfrutado estos años con la poesía de Petisme y  el poema "Ponle luz a este mundo" con el que cerró la cita del Ateneo me pareció extraordinario.
   En el azul de la cubierta, miro el título. Lo leo en voz alta y asiento. Es verdad, la tristeza todavía es un lujo al alcance de todos.