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jueves, 29 de diciembre de 2016

ÁNGEL PETISME. EL DINERO ES UN PERRO QUE NO PIDE CARICIAS

El dinero es un perro que no pide caricias
Ángel Petisme
Premio Miguel Labordeta 2015
D. de Educación, Cultura y Deporte
Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2016
DENUNCIA Y COMPROMISO

   Cuando recorro las calles literarias de Ángel Petisme lo hago siempre con la imagen del poeta junto a una guitarra, como si no fuera posible entender la textura de su obra sin el tacto firme de la música. Y recuerdo de paso aquella  reflexión de Juan Ramón Jiménez recogida en Ideolojía, título global de sus aforismos: “El paisaje del músico está todo hecho de vagas ondas líricas que van y vienen; el del poeta tiene la imprecisión del ensueño de las palabras”. Así que el aragonés unifica una realidad creadora implicada en esa doble condición.
   No sorprenderá al interlocutor habitual de Ángel Petisme el uso de un rótulo tan explícito para esta entrega, El dinero es un perro que no pide caricias. En su médula está la aseveración de un modo de vida que hace de lo material el centro giratorio de la existencia. Así funcionan los engranajes aceitosos de la sociedad capitalista que basa su fulgor en la desigualdad social y en la concentración de la riqueza en unas pocas manos, unos protagonistas jerárquicos que, además, tienen el control político, social e informativo de toda la estructura colectiva. Esta situación mantiene un equilibrio moroso que solo despierta con la denuncia y el compromiso activo. Y a ello se aplica en palabras y poemas Ángel Petisme, para quien el lenguaje no es un florecer de enunciados gratuitos sino una toma de posición, el suelo de cultivo donde cavar trincheras reivindicativas.
  Así lo constata, sin aderezos retóricos pero con un amplio bagaje culturalista, esta salida reconocida con el Premio Miguel Labordeta. El libro aglutina cuatro composiciones largas que sugieren ciclos estacionales narrativos. El de amanecida “Un minuto caliente” –título de una canción de Red Hor Chili Peppers- es un largo recorrido personal en torno a la música como gesto activo y a sus principales protagonistas, según mantiene el cristal transparente de la memoria del poeta: los versos miran el gastado traje de la historia para hallar el principio de esos desajustes que generan, desde su amanecida, sábanas de sombra y oscuridad sostenida. El paso argumental traza una senda, deja al descubierto las voces de los que iniciaron desde la música un largo lamento acusatorio, un mantra plural que suena en el tiempo entonado por gargantas que forman parte de un único coro. Nadie se queda solo porque suena una voz de multitudes, un reguero de música que llena el camarote de la soledad, mientras enseña que los trovadores perviven, aunque no estén, como si fueran impasibles compañeros generacionales, las mejores mentes, las que abren senda para que otros prosigan en la búsqueda de sensaciones para ser felices, al menos por un día. Un discurrir del tiempo hecho canción que asiente a pronunciar las sílabas culpables de una verdad furiosa, que parece sin más un largo aullido contenido en la letra de una canción lejana: Tu sueño del futuro es un proyecto comercial.
 Si el primer poema era una larga evocación de nombres propios que hicieron de la música una estrategia de resistencia activa, el segundo, “Dinero y poesía” proclama un análisis que contrapone dos realidades antitéticas cuya naturaleza es un vivero de confrontación continua. Dinero y poesía se miran con desprecio y solo se soportan si cada una de ellas cierra los ojos y respira en otra parte. La poesía –la verdadera poesía, no la complaciente palabra lírica de los adaptados- busca un espacio atemporal e intangible, mientras el dinero asienta su fortaleza en lo matérico y en la complicidad de un submundo infectado. Entre las dos quedan al paso sus estrategias de afirmación sobre las que cada conciencia debe definirse, sin interferencias.
   En esta inmersión en el acontecer del dinero que va gestándose en las distintas civilizaciones desde el metal noble hasta el papel, también hay sitio para lo autobiográfico y para la evolución mudable del lugar propio. La revolución en cualquier faceta de la creación o de la existencia pasa por la de uno mismo como afirmaba Wittgestein: “revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo”.
   El poeta forma parte de un entorno crecido en el acontecer. Zaragoza es lugar colectivo que en sus etapas ha ido acogiendo el laboreo de pueblos y civilizaciones hasta construir una gran babel donde el presente es reflejo tedioso de los mismos desajustes que muestran otros sitios. La ciudad requiere hacer sitio a la utopía y poner en sus calles un sitio al sol, renacido y diáfano como un monte perdido antes del diluvio que ha borrado de sus muros cualquier síntoma de decadencia. Conviene reencarnarse en el espíritu de Rimbaud y Baudelaire, modelos del espíritu decadente, y protagonizar esa ruptura con lo viejo y manido y asumir ese afán de contenido social de la escritura que reivindica el compromiso del poeta con su tiempo histórico.
   Esa belleza gastada por el tiempo, como el cabo de una vela, de la ciudad deshabitada  se contrapone con el hermoso plano urbano de Venecia, paradigma de celo arquitectónico. Así la ciudad se convierte en destino final para la huida que permite ausentarse del tiempo y escuchar sus ecos como si fuera una gran ilusión, un espejismo ajeno a lo real en el que es posible no morir de belleza sino de verdad.
   Cierra el libro un título propicio a la estridencia, “Revolución”. La voz verbal no quiere que su sonido llegue mitigado y escueto hasta la página sino que se convierta en pancarta y recorra las calles del siglo XXI. Los versos proclaman su homenaje a los días de acampada en Sol y a aquel espíritu que inundó las aceras de Madrid para proclamar su ilusión por un cambio real y una sociedad distinta en el que las voces proclaman a coro que “sí se puede”, desde una crítica severa y expresada con un lenguaje cotidiano: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir,  / decía una pintada junto a la boca / del metro.  Dormimos bien poco aquellas noches: / estábamos soñando el futuro con los ojos abiertos”
  El dinero es un perro que no pide caricias es una cuerda tendida entre el compromiso y la revolución. Sus versos no quieren asentarse en el cuerpo de letra de la página escrita por la caligrafía del sosiego que habla de integración y conformismo. Busca un muro donde dejar su aullido, donde asentar las huellas de un tiempo marcado por la crisis, que excluye, ignora, y desahucia. La de Ángel Petisme es una poesía en voz alta, una riada expandida y fuerte, con una profunda veta de humanidad, que pone de relieve el empuje incansable de una conciencia activa.


sábado, 24 de enero de 2015

ÁNGEL PETISME. TREINTA AÑOS DE MÚSICA Y POESÍA



TESTIGO CON LÁPIZ: ÁNGEL PETISME EN EL ATENEO


    Ayer viernes, estuve en el Ateneo de Madrid, en el papel el papel de testigo con lápiz que ocupa un asiento difuso de las última filas. Desde allí, sin el micro encendido y el estrado con agualos actos literarios parecen más largos e imprevisibles, con un punto de tedio por la impuntualidad y la inquietud del calor tropical que tanto solivianta en aforos completos. Ángel Petisme, con treinta años de dedicación musical y literaria, presentaba, con nutrido acompañamiento, su poemario El lujo de la tristeza. El aragonés concita muchos afectos y la sala se llenó de inmediato. Los asistentes que no encontraron asiento reclamaban el traslado al salón de actos y un poco de luz para ver a los contertulios. Miguel Losada, responsable del ciclo de lecturas de la Cacharrería, puso excusas y orden y la presentación se inició con un cantautor feliz y con sonrisa grande. Estaba ufano con la respuesta del público, con el abrazo solidario de otros escritores y músicos, y con el verbo cálido de una mesa repleta. Mucha gente para hablar y más o menos prisa por plasmar en dos o tres pinceladas ingeniosas la relación personal y ese jugoso anecdotario de la memoria fiel. Tantos años en el camino han dejado una copiosa estela.
   En un acto tan emotivo, aumentó la temperatura sentimental del público el vídeo Mi gigante preferido, un trabajo muy bien resuelto dedicado a Alba, hija del poeta. Después tomaron la palabra Luis Eduardo Aute, Luis Antonio de Villena y Ángel Guinda. Aute, tímido, modesto y siempre al alba, recalcó afinidades con aquel joven cantautor seleccionado en la antología Postnovísimos que representaba la sensibilidad del rock y ensalzó la estatura de niño gigante; Ángel Guinda dejó una buena definición sobre el carácter del homenajeado: es un aglutinador de personas, comentó. Y Luis Antonio, con aire teatral, paró el reloj para viajar hasta los pasos de un Petisme juvenil que se ha ido haciendo autónomo y mayor entre libros y canciones. Luis Antonio es un conversador incansable y divertido.
  Llenaron los intermedios Ana Labordeta y Pilar Bastardes con una representativa selección de textos,  para clausurar con otra mesa formada, entre otros, por Fernando Beltrán y Raquel Lanseros. Fernando resumió el asunto en una troika aragonesa: “Goya, Buñuel, Petisme” (con permiso de otras troikas del valle del Ebro de igual altura), mientras que la belleza de Raquel Lanseros recurrió a la sensibilidad del hombre y a esa invitación a la alegría que aporta Ángel como razón de ser de cada encuentro. También hubo música en directo, móviles a pleno uso, foto de grupo, agenda abierta para citas cordiales y merecidas felicitaciones al autor de El lujo de la tristeza. Me traje además ese abrazo de Ángel Petisme al dedicarme su obra, mientras hablábamos de una lectura próxima en Rivas, programada en Covibar por Ricardo Virtanen.
   Después era muy tarde y hacía frío. Me refugié detrás de la bufanda y recorrí la luna de Madrid con Fernando Beltrán y la nostalgia común de amigos y viajes. En la autopista del regreso ví en el retrovisor la imagen de un acto para recordar. Ya en casa, abracé a Adela y puse en la mesa de trabajo de la buhardilla El lujo de la tristeza. Espera turno de lectura con mirada cómplice. He disfrutado estos años con la poesía de Petisme y  el poema "Ponle luz a este mundo" con el que cerró la cita del Ateneo me pareció extraordinario.
   En el azul de la cubierta, miro el título. Lo leo en voz alta y asiento. Es verdad, la tristeza todavía es un lujo al alcance de todos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

ÁNGEL PETISME, MINISTRO DE LA FELICIDAD.

Ángel Petisme

ÁNGEL PETISME, MINISTRO DE LA FELICIDAD.
 

  Siempre percibo una continua voluntad de equilibrio entre música y poesía, acaso porque pertenezco a una generación que creció con trencas, pelo largo y cantautores que hicieron de Quevedo, Antonio Machado y Blas de Otero rimosos estribillos para corear en multitud.
   Ángel Petisme (Calatayud, Zaragoza, 1961), poeta y músico, publicó su fruto más temprano, Cosmética y terror, en 1984. Era una década de tanteos, abierta a lo dispar, donde se fueron fortaleciendo dos etiquetas críticas: la poesía figurativa y la del silencio. La primera admitía una interpretación plural. A ella se suma el camino poético de Petisme que aporta como "dni" “la sensibilidad del rock”. Así definió el ideario del aragonés el antólogo Luis Antonio de Villena al incluirlo en la antología Postnovísimos. Los versos de Änegl Petisme dibujan el grafitti de una silueta urbana, con cicatrices como la incomunicación, la crítica social, la deshumanización de lo cotidiano y ese deambular del yo biográfico en busca de para sobrevivir. Son señas argumentales que se reiteran en el recorrido formado por los libros  El océano de las escrituras, Habitación salvaje,  Amor y cartografía, Constelaciones al abrir una nevera y el desierto avanza. Para quien esto escribe, el título más afortunado de esta etapa es Buenos días, colesterol, ganador del Premio Sial, con el que abría el nuevo siglo y una laboriosa etapa que afianza un surco de envidiable fertilidad. El último fruto, El lujo de la tristeza, acaba de llegar a las librerías de la mano de la editorial Olifante.
   Ángel Petisme es un creador binario. Al mismo tiempo que firmaba versos iba grabando la discografía. Una producción sonora  integrada por más de una docena de títulos, entre aquel disco tempranero, La habitación salvaje, y su trabajo musical más inmediato, El ministerio de la felicidad, presentado en Madrid el jueves 9 de octubre. No fui al concierto. Mis disculpas y un catálogo de excusas: llovía mucho, tenía el coche en el taller y el transporte público de vuelta a Rivas en horario nocturno es irregular. Al día siguiente daba clases en el instituto a primera hora, así que dormí mal, con una abrumadora sensación de culpa, como si hubiese fallado a Ángel en un día especial.
   Buscaré el libro y una tarde común para hablar con Ángel de esas aristas de la realidad que se pierden por los callejones del poema, con el traje manchado de lo laborable.  La existencia muestra frecuencias disonantes y razones para la pancarta y es de agradecer que siga abierto un ministerio de la felicidad donde nos concedan audiencia a la gente común, sin la solemnidad de la corbata y sin las agendas de cuero del ejecutivo que utiliza las tarjetas opacas de la corrupción. Ángel Petisme, aquel niño que llegó a Zaragoza a los ocho años, el que fue creciendo en el bachillerato y se decantó por Filología Hispánica, aquel joven que se hizo músico en los años ochenta, con la movida madrileña que tanto jaleaba Tierno Galván y tanto preocupaba al azulado concejal Matanzo, fue desgranando versos y canciones por geografías aleatorias. Es la biografía al paso del poeta Ángel Petisme, el mismo que ahora sigue en la ventanilla del ministerio de la felicidad, con el papel timbrado del optimista, sin horarios de cierre.
  Un abrazo, poeta, desde Rivas.