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lunes, 18 de marzo de 2024

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2020, 2024 (2ª)

 

 LÍMITES DEL SER 

   La tarea poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero. Es una compilación de trayecto realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos; dibuja la personal travesía en el tiempo del ejercicio de humanismo impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, los límites del ser expuestos con expresión cotidiana, evocadora y reflexiva, donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de la temporalidad. Así se define un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que genera una estela de incertidumbres entre sujeto y entorno, convertido en dominio de lo contingente.
   El poeta entrega en  2020, complejo año de la pandemia que tanto transformó la condición de ser, el libro de poemas Aquí con nota indicativa que advierte sobre la entidad del proyecto. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más próximas son de 2020. Por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una consistencia diáfana, de contornos emotivos.
   El discurrir natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión de súbita nostalgia que recuerda que la palabra del hablante lírico está siempre condicionada por los estratos de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de apertura, cuajado de vivencias aurorales. Conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una senda de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia de la amanecida, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las dimensiones del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica, porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado, como conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis oscura del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, un protagonista con andamios nuevos que anula marcas gastadas de etiquetas tópicas.
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas van poblando la cartografía del recuerdo con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días en el reverso de la noche, esa fronda perecedera que abriga la condición de ser, que deja en la mirada el cálido fulgor de la belleza.


JOSÉ LUIS MORANTE


sábado, 30 de diciembre de 2023

CÉSAR RODRÍGUEZ DE SEPÚLVEDA. PÁJARO EN LA LUZ

Pájaro en la luz
César Rodríguez de Sepúlveda
Prólogo de Samuel Serrano Serrano
Mahalta Editorial
Ciudad Real, 2023

SOBRE LA RAMA


 
   La tardía aparición poética de César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968), profesor de educación secundaria en un instituto madrileño, poeta y traductor, ha impulsado en un intervalo temporal muy breve las entregas Luz del instante (2020), Noticia del asedio (2021), Oscuro vuelo (2022) y, en el cierre de año, Pájaro en la luz. Conforman una propuesta creadora donde se constata la persistencia temática centrada en lo existencial como concepto semántico ajeno a la implicación biográfica, la lealtad continua a una tradición de aliento clásico y el afán formal de una poesía de línea clara y empeño figurativo, con sólida cadencia musical, que prima la autonomía del poema frente a la coherencia unitaria del libro.
   La introducción de Samuel Serrano Serrano “Océanos de tiempo, instantes” evoca de inmediato esa condición germinal de la poesía como metafísica del instante, de la que hablara Gastón Bachelard en las páginas de El derecho de soñar. La persistente tarea del poeta es un empeño en dar vida a los sueños en vuelo de la imaginación que expanden nuestra existencia y marcan los pasos del taller. Sobre la senda interior del poemario, según apunta el prólogo, “asistimos al descubrimiento asombrado de la vida, a la angustiosa lucha con las palabras ante la página en blanco, a los primeros esfuerzos por emprender vuelo”, ya sea a través de la recuperación del mito como punto de partida, las referencias culturales, o desde las claves personales de la experiencia. Así se forja la oscura travesía hacia la transcendencia, el empeño del lenguaje por convertir lo fugaz en caligrafía resistente
  Tras las emotivas dedicatorias, la mirada indagatoria de Pájaro en la luz asienta como umbral la composición “Hermosa catástrofe”, un canto de celebración amorosa que proclama el alud de efectos secundarios que da pie a convertir el estado amoroso en tránsito perplejo hacia el caos. La palabra poética establece en el libro dos tramos, “Nociones de vuelo” y “Lectura de las sombras” con un similar número de composiciones. En el primero, la preocupación metaliteraria sirve de amanecida argumental. El poema “Mester de vidriería”, dedicado a Francisco Caro, poeta y director literario de Mahalta, reivindica el carácter artesano del arte, la búsqueda de la belleza desde la persistente voluntad creadora que proclama el trabajo continuo y el “no sé qué que queda balbuciendo” que sostiene, sin fatiga, en el aire: “Porque es toda belleza / el misterioso encuentro / de la lenta fatiga de los días / y una luz misteriosa que viene de muy lejos”.
   Se acumulan las instantáneas poéticas que emanan de la lectura y remiten a estratos de aliento clásico inspirados en la mitología helénica, la biblia o la contemplación artística. También la naturaleza postula secuencias animadas que propician el paso del poema, como sucede en “Elogio y elegía del vencejo”. Todos son ecos que zarandean el lenguaje y abren el rumor cálido de la poesía, la incansable tarea de seguir escribiendo.
    La ironía busca en el libro su rincón habitable para mostrar, sin el grito estridente del sarcasmo, un punto de vista que refleja el desasosiego del ahora contemporáneo. Así se constata en el poema “Fuera de juego”, basado en un símil entre la feroz competencia del deporte y el capitalismo. El poema, con excelente cambio de tercio en el cierre, asume las contradicciones de un estar alógico y desconcertante. 
   Los poemas recorren un abierto mapa de hilos argumentales. Clarifican un sólido patrimonio de intereses, desde la apatía de Bartleby y sus elusivas maniobras para llegar a la renuncia, al prolífico inventario de personajes de la literatura popular, o al esfuerzo del yo para desmigajar las instantáneas de lo cotidiano sin metafísica, en ese salón de estar de la ironía, marcado por la sombra y la extrañeza.
    Las composiciones del segundo apartado “Lecturas de las sombras” abren un mundo reflexivo sobre identidades líricas del canon clásico. El poema se convierte en homenaje y recuerdo, donde se oye, emotiva y densa, la voz de la memoria y el lirismo ensimismado de  la elegía, como leemos en “Una lápida más en Spoon River”.
  Pájaro en la luz muestra la vastedad cultural de César Rodríguez de Sepúlveda; es un libro que enaltece el perfil de un gran lector. Pero es también la fruta en sazón de una poética, plena de lucidez e inteligencia, que convierte los itinerarios del lenguaje en un tiralíneas dispuesto a dibujar contundentes metáforas, imágenes de cálido cromatismo y el eterno diálogo con la emoción de un verso claro empeñado en rescatar el luminoso ramaje de los sueños.

JOSÉ LUIS MORANTE



  

miércoles, 9 de noviembre de 2022

ANTONIO DEL CAMINO. LAS SEÑALES DEL TIEMPO

Las señales del tiempo
Antonio del Camino
Introito de Alfredo J. Ramos
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2022 

 

ATARDECIDA

 

   En la estela poética de Antonio del Camino (Talavera de la Reina, 1955) la evocación y el discurrir son dos esenciales itinerarios temáticos para descubrir la esencia del ser. Ambos aparecen en los poemas como espacios habitables, indicios fidedignos, que entrelazan pretérito y ahora. En Las señales del tiempo la voz elegíaca, ajena a cualquier sensiblería, sugiere a Alfredo J. Ramos la reflexión prologal “Por los caminos del tiempo y la memoria”. De nuevo encuentra continuidad un largo recorrido que ha ido dispersando en las aceras editoriales entregas como Para saber de mí (2015) o Paso a paso la vida (2017). Son libros dibujando una sensibilidad reconocible, donde se hace evidente la perfección formal, el sentido del ritmo, la incardinación entre personaje biográfico y hablante verbal  y la depurada cadencia léxica.
   En este quehacer las formas cerradas se definen como mirada continua al paso fuerte de la tradición y como propósito dialogal con el despeje enunciativo de la composición. Es importante también el subrayado de que experiencia real y palabras se tienden las manos; resguardan la cercanía de quienes caminan juntos y soportan con entereza los efectos del acontecer. En suma, sintetiza con nítida síntesis, el introito: “Las señales del tiempo es la apuesta de un poeta que, después de haber recorrido otros caminos y explorado territorios acaso más inhóspitos, en sus últimas obras se decanta por la claridad, la sencillez expresiva –aunque sin caer nunca en los arrabales del prosaísmo- la certeza de la duda sin enmascaramientos y el intento de ofrecer un relato inmediato de la experiencia…”.
   Como si tomara asiento en la amanecida, la sección “Albor” contiene un poema prólogo, de excelente concisión argumental, que da título al libro. El extraño que asienta su faz en el espejo muestra los trazos justos del discurrir; la suma de erosiones y rasgos mudables. Así comienza esa cronología vivencial que tiene en los primeros años su rescoldo más cálido con la presencia intacta de las identidades aurorales: la madre, el padre, los juegos infantiles, la abuela, el abuelo. Son capítulos intactos de la memoria que invitan a recorrer calles edénicas, esas rayuelas que forjan las casillas de la memoria. Son señales del tiempo que, al cabo de los años, configuran algún paisaje agónico, casi espejismos dando vuelo a realidades y sueños.
   Llega la juventud y con ella la educación sentimental que forja al hombre. No se retrata al yo concreto y circunspecto, asfixiado en su propia contingencia, sino el peso de la edad, aquella foto de grupo generacional que vivió el tiempo final del franquismo y los brotes aurorales de la democracia y, más tarde, lo que luego se llamaría transición. Nace así un maravilloso poema sociológico “Así éramos” que emociona y define, que visto en la distancia llena de indulgencia el corazón por esa mezcla de ingenuidad y ternura, Allí están los amigos para siempre, las lecturas, la jura de bandera, la certeza de transitar y otra ciudad, cobrando el velado amarillo de la lejanía.
   El mismo autor y varios de los críticos que se han acercado al ideario estético de Antonio del Camino recuerdan, de modo inevitable, el magisterio fuerte de Antonio Machado en el inestable zarandeo del tiempo. La voz cimera de la Generación del 98 ha iluminado la lírica de más calidad del siglo XX, aquella que se encuadra en la poesía social de la posguerra, en el grupo del Medio siglo y en los autores granadinos de la otra sentimentalidad que a principios de los años ochenta dan paso a la denominada poesía de la experiencia. De igual modo, Antonio del Camino vuelve a reflexionar sobre el devenir lírico del poeta; es verdad que todos vemos desde un lugar y un tiempo y ese contexto se percibe en el signo diferenciado y heterogéneo de cada creador, aunque también sean compartidos el enfoque fragmentario y el relativismo. En la interminable sucesión de causas y efectos, el pensamiento especula y busca coordenadas situacionales que le permitan trazar un comportamiento ético y un pautado cumplimiento del destino individual. Palabra y tiempo dan sentido al afán de decir, a esa senda en la que Antonio del Camino busca una expresión más luminosa y esencial, aunque con una evolución sin saltos significativos ni grandes rupturas. Temas y obsesiones se repiten en torno al lenguaje: el paisaje, la herida del tiempo, la introspección, el amor o la existencia cotidiana son los argumentos textuales que casi siempre encuentran un azul diáfano, sin la retórica hueca de lo innecesario: “¿Inspiración te llamas? Nada eres / sin el tesón final del artesano que a partir de tu voz desbroza el tiempo”.
   La sección final “Mientras atardece” deriva hacia una evocación  intimista que acoge indicios emotivos del sujeto, la casa y la infancia, ese proceso que muestra las mutaciones del entorno; el cambio es un modo de profundizar y entender; de aprender a vivir.
   Las señales del tiempo reflexiona sobre la experiencia de la temporalidad: “Este libro se asoma a mi memoria / transita por el tiempo y sus celadas, / por lejanos y nuevos laberintos / por los que va mi voz buscando luz”. Es un diálogo abierto en el que aflora la condición vulnerable de cualquier ser humano, esa fecha de caducidad que marca siempre nuestra huella y ese modo de ser asimilando que todo es nada, mudable recorrido de cercanías. Al cabo, en la travesía singular lo mejor es ser coherente con el propio destino y caminar hacia lo verdadero ligero de equipaje.


 
                                                                            JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 

jueves, 30 de junio de 2022

MARGA MAYORDOMO. YUKÓN. VERSOS MESTIZOS

Yukón
Versos mestizos
Marga Mayordomo
Prólogo de Julio Mas Alcaraz
Mahalta Editorial, Colección Adivinos
Castilla la Mancha, Ciudad Real, 2022

 

EXTRAÑAMIENTO


   Los asentamientos generacionales son espacios marcados por la urgencia, como si fuera preciso delimitar los nombres propios que definen una generación y el enjambre de idearios estéticos. Esta adicción a la taxonomía escritural desubica a los fuera de sitio, a esas presencias que salen en los extremos de la foto de grupo con trazos desenfocados y periféricos. Nace entonces la necesidad del rescate, el placer añadido del encuentro personal y la sensación de habitar una literatura a trasmano, singular, distinta.
   Marga Mayordomo, Licenciada en Antropología Americana, integrante del colectivo ConVersos y la Asociación de mujeres poetas Genialogías, ha desplegado en la última década un trayecto entre páginas que aglutina el cuaderno Con los huesos al aire, y los poemarios Dedos de Martini-Dry (2013) y Pájaros tattoo (2018). El retorno post-pandémico añade en el jovencísimo catálogo de Mahalta la entrega Yukón. Versos mestizos.
   No viene mal comenzar la lectura del libro con las coordenadas que traza en el prólogo Julio Mas Alcaraz, poeta, director y guionista. La introducción “la posmodernidad de la posmodernidad” resalta de inmediato el empeño de Marga Mayordomo de vadear riberas no convencionales y de explorar usos poéticos de riesgo; no se trata de buscar una originalidad en el desconcierto sino incidir en la capacidad germinal del lenguaje y sus posibilidades expresivas y formales. También de interés, sobre todo para la mirada crítica, me parece la nota de agradecimientos porque integra magisterios y afectos, un abanico de poetas, narradores y pensadores que conforma el telar personal y que deja un muestrario de afinidades e incisiones en el ideario expresivo.
    Marga Mayordomo recurre a Clarice Lispector para domesticar el torbellino de imágenes e incertidumbres que entrelaza el extrañamiento cotidiano: “No, no es fácil escribir… Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos” y se vuelca en el poemario con apartados matéricos que aluden a la conexión con el origen y a la capacidad de habitar una existencia trascendida en universos paralelos.
   La primera sección “Barro” comienza con una alusión cinematográfica “La chica danesa”, película dirigida en 2015 por Tom Hooper, sobre una pareja de artistas daneses, Einar y Gerda Wegener, que explora la transformación identitaria de Einar tras sustituir a la modelo femenina que su mujer, Gerda, debía pintar. Tras los exitosos retratos, ella anima a su marido a adoptar una apariencia femenina. Esta metamorfosis inesperada, habla de esa condición maleable del barro, capaz de adoptar cualquier forma. No sé si esta lectura de un cinéfilo convicto como yo cierra otras interpretaciones y sugerencias, creo que no, porque cada poema habla en su lectura con el intimismo singular de la confidencia en el mar desplegado del pensamiento. Lo mismo sucede en “Mandala” donde la fluidez del enunciado argumental se quiebra para dar al lenguaje un legado fónico en vuelo libre.
   Lo cotidiano encierra un tiempo en marcha en el que se asienta el legado cultural, como en el poema “Delirium”, pero también una ruptura del argumento lineal de la lógica que hace del fluir de la conciencia un magma informe de recuerdos, evocaciones y reconstrucciones mentales. El apartado muestra como hito principal el poema “Sobrevivientes”, una composición en fragmentos en la que sobresale la mirada social y las asimetrías de un periodo extraño que ubica en la periferia a los más frágiles y a su “cabalgata de sueños harapientos sucios”.
   En “fuego” la voz de A. Ginsberg abre senda al poema “Aullido”, aquel himno generacional beat, para explorar un intervalo de suelos líquidos, distopías, iphones y fake-news. En esta atmósfera encuentran sitio continuos referentes culturales y estelas del cine o los medios de comunicación que personifican los oscuros rincones de un presente contradictorio que no ha logrado superar la marginación y el subdesarrollo y que, sin embargo, ama lo paradójico y ha llenado la nube de poetas y de idearios vanguardistas. Contra la corrección se airea la bandera de Vallejo, poniendo el sosiego y la sensatez en el alambre y tomando cañas verbales con la revolución pendiente.
   Frente al libro unitario, Marga Mayordomo prefiere el fragmentarismo de lo diverso, las teselas aparentemente inconexas de vetas sueltas y yacimiento expandidos. En “Universos paralelos” conviven el homenaje musical de “Celia Cruz en Kinshasa” y ”Ractime (Billy Holiday)”, el intimismo confidencial de “Calima y hierba” y la recreación del teatro estático de Fernando Pessoa en el poema “El marinero”, junto a composiciones que reflejan un devenir temporal que nos moldea o el afán metaliterario para evitar decir lo obvio y hacer que la simplicidad habite la razón del lenguaje.
  Dos secciones “Hielo y “Agua” clausuran el poemario. Ambas comparten la subversión de sentido y dejan algunas claves expresivas como las del poema homónimo “Yukón” que reivindica la intensidad y el riesgo, el entorno salvaje, lejos del urbanismo domesticado y ese viaje continuo hacia el asombro y al brote germinal de quien renace. Lo lejano preserva identidades en el tiempo, formas de vida, equivalencias entre el yo y la naturaleza tan presentes en “Inuit”, “Aymara” y “Danzas mapuche”, a través de las edades en una intensa genealogía que enlaza lo colectivo con el destino concreto del hablante lírico en una suerte de mestizaje atemporal.
    Yukón. Versos mestizos es un poemario en el que la exploración lingüística se hace lugar central a través de una sintaxis fragmentada, el empleo de neologismos y dicciones foráneas y el uso en los versos de guiones dickinsonianos. Así subraya las posibilidades creadoras de Marga Mayordomo y su poesía proteica y hermética, proclive a la simbiosis y alejada del intimismo figurativo y la confidencia. Poesía del fluir y del viaje, de intensidad y riesgo; que no teme deambular por las sombras.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

 

viernes, 13 de mayo de 2022

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. BIENANDANZA

 Bienandanza
En las orillas del haiku
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós
Mahalta Ediciones
Castilla la Mancha, 2022

 

VUELOS Y NUBES 

 
 
   He mantenido durante años una cálida amistad con Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres, Asturias, 1947) Profesora Titular de la Facultad de Biología de la Universidad Complutense de Madrid y hemos coincidido algunas veces en eventos literarios en la capital, donde reside desde hace décadas. Y sin embargo he llegado muy tarde a su poesía, cuya amanecida se fecha en 2004 cuando aparece su libro Al son de las mareas, una obra que hallaría continuidad en más de media docena de títulos. Por eso urgía sondear su escritura en la nueva entrega Bienandanza que llega de la mano de la novísima editorial castellano-manchega Mahalta, con imagen de cubierta de la propia autora, que es también una notable fotógrafa.
   El libro, subtitulado En las orillas del haiku, clarifica de inmediato la naturaleza de su contenido poético. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós pone sus pasos en las aguas mansas de la tradición japonesa para hilvanar una estela de haikus distribuidos en cuatro apartados: “Esencias”, “Paisajes”, “Del paisaje, sus pobladores” y “Meses del año”. Las cuatro secciones se nutren del esquema habitual del haiku pero en sus contenidos vislumbramos los vuelos y nubes de enfoques plurales.
  El apartado inicial “Esencias” opta por el tono reflexivo, por ese viaje interior que lleva la percepción hasta el laberinto confidencial del sujeto para captar su esencia. Nada hay más complejo que descubrir entre lo contingente la zona germinal, el núcleo que define el transitar del tiempo más allá de las vivencias que depara el abrasivo efecto de los días. Hay un sostenido contraste ficcional entre la apariencia y la búsqueda ontológica de quien percibe: “Sobre la arena / transmutación de amor. / Místico encuentro.”, “Emana música. / Inagotable fuente / de la que bebo.”. De inmediato aflora la sensibilidad musical de la poeta y ese estar con los ojos cerrados que transforma la armonía en una voz que comparte. Todo se hace audición y melodía: “Sea la música / el canto de la Tierra / en comunión.”, “Cantan los pájaros. / Sinfonía romántica / mientras camino.”. Pero también se oye el pentagrama cálido de lo diario: “Por el camino / se proyectan las sombras / de los recuerdos”, o el apunte evocativo tan ligado al trayecto biográfico: “En el confín / de mi memoria: Hierba / carbón y mar”, “Pueblo minero, / bajo tu tierra negra / llanto y silencio”. Si la vida es camino es conveniente multiplicar los pasos y que la voluntad no dormite: “La soledad / es profunda raíz / que busca vida”.
   Los nombres del canon clásico japonés convertían al yo poético en mero testigo; se velaba lo autobiográfico para que resaltara pleno y fuerte el horizonte, un entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante. Como cálidas secuencias visuales llegan los textos de “Paisajes”: “Bajo el castaño / la niña mira al valle / y se estremece”, “Tras la tormenta / los trigos en el suelo, / lloran sus frutos”, “El agua humea. / Frío y niebla en diciembre. / Nadie en el mar”. En esos apuntes del entorno los ciclos estacionales acercan sus variaciones como síntomas del transcurso vital. Los haikus hilvanan argumentos desde los sentidos. Asumen el oficio de cronista del vaivén temporal, aunque de cuando en cuando no duden en transmitir sus destellos emotivos: “El faro azul / sobre roca en el mar. / ¡Qué desamparo! ".
   Ya he comentado en el inicio de esta mirada crítica que la escritora ha ejercido durante muchos años como profesora universitaria de Biología; no resulta difícil encontrar en el tercer apartado del libro “Del paisaje, sus pobladores” sendas afines con el periplo laboral y la fuerza vocacional de una ciencia que estudia los seres vivos y sus características, entornos y evolución natural: “Sus corazones / laten con la nobleza / de los humildes”, “Dejó su tierra / la lombriz. En la calle, / su cuerpo seco”, “Primeras flores. / Y no importa el invierno. / Vuelan abejas.”.
   Sirve de cierre el apartado “Meses del año” un asentimiento reflexivo sobre la cronología anual y sobre la naturaleza transitoria de sujeto y entorno que expande en cada periodo temporal sus señas de identidad: “Tirita enero. / Duermen hierbas y flores / bajo la nieve.”, “Si buscas mayo / lo hallarás escondido / entre mil flores”, “Dialogan nieblas / entre los vientos calmos. / Llega noviembre”, “Diciembre es gozne / que articula el amor / y la esperanza.”
    Isabel Fernández Bernaldo de Quirós articula en Bienandanza un hermoso relato visual, una narración escalonada de sensaciones que busca en cada secuencia una dicción limpia; esa plenitud de ángulos muertos que muestra la voz sosegada de la belleza, el misterio que deja en cada mirada unos hilos de luz. Los haikus optan por compartir la incertidumbre aleatoria del tiempo, y su peculiar manera de respirar la existencia desde el asombro de lo cotidiano, con el perfil nítido de una voluntad celebratoria ante el expandido jardín de la naturaleza.

  
                                                      JOSÉ LUIS MORANTE



 
 

martes, 9 de febrero de 2021

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Poesía
Ciudad Real, 2020 

  

COORDENADAS VITALES


   La labor poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero, una compilación de trayecto, realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos y dibuja la evolución en el discurrir del dinamismo literario impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, esa expresión cotidiana, evocadora y reflexiva donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de lo transitorio. Así se fortalece un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que propicia el diálogo entre sujeto y entorno, convertido en un refugio abierto.
   El poeta entrega ahora, en el complejo año de la pandemia que tanto ha transformado la condición de ser, el libro Aquí con una nota indicativa que advierte sobre la entidad literaria de esta obra. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más actuales son de 2020; por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una expresión diáfana, desnuda y emotiva.
   El paso natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión relevante que recuerda que la mañana del hablante lírico está siempre condicionada por las indefinidas líneas de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de claridad, cuajado de vivencias aurorales que conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra en las estrofas frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia del despertar, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las voces rumorosas del deambular vital. Cada amanecida es paradójica porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el venero manuscrito de la memoria, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  El cauce central del temporalismo desdibuja otras variaciones temáticas. Apenas se vislumbra el afán metaliterario que tanta fuerza cobrara en otros libros. En el apartado "Días y tierra" se retorna al espacio conjetural de la niñez. Los versos dibujan  un paisaje de claridad que hace de la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras una conversación del yo consigo. La escritura como expresión y conjetura resguarda lo vivido. Pone luz a otros días que ahora adquieren la dermis emotiva de los sueños.  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, construye andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas. En el tramo "Patio, y en ocasiones agosto" pasa a primer plano la casa familiar como ámbito privado que alberga hilos de vida, objetos personales y labores dormidas que enaltecen la esfera de lo cotidiano. Los muros alzan su solidez de refugio para albergar dentro esa sabiduría intangible de la observación, ese saber de instantes y emociones que sirven al poeta para sintetizar el clásico esquema del haiku en dos versos que mantienen el potencial expresivo. En "Respiraciones" se articula el dinamismo de lo diverso y la gratitud del poeta a quienes llevaron de la mano su palabra; ahí quedan los nombres de Ángel González o la estela agradecida de Nicolás del Hierro, como "una granazón de cereal". 
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas alzan andamios. Van poblando la cartografía del estar con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días, esa fronda que abriga la condición de ser.

JOSÉ LUIS MORANTE