lunes, 18 de marzo de 2024

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2020, 2024 (2ª)

 

 LÍMITES DEL SER 

   La tarea poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero. Es una compilación de trayecto realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos; dibuja la personal travesía en el tiempo del ejercicio de humanismo impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, los límites del ser expuestos con expresión cotidiana, evocadora y reflexiva, donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de la temporalidad. Así se define un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que genera una estela de incertidumbres entre sujeto y entorno, convertido en dominio de lo contingente.
   El poeta entrega en  2020, complejo año de la pandemia que tanto transformó la condición de ser, el libro de poemas Aquí con nota indicativa que advierte sobre la entidad del proyecto. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más próximas son de 2020. Por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una consistencia diáfana, de contornos emotivos.
   El discurrir natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión de súbita nostalgia que recuerda que la palabra del hablante lírico está siempre condicionada por los estratos de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de apertura, cuajado de vivencias aurorales. Conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una senda de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia de la amanecida, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las dimensiones del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica, porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado, como conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis oscura del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, un protagonista con andamios nuevos que anula marcas gastadas de etiquetas tópicas.
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas van poblando la cartografía del recuerdo con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días en el reverso de la noche, esa fronda perecedera que abriga la condición de ser, que deja en la mirada el cálido fulgor de la belleza.


JOSÉ LUIS MORANTE


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.