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lunes, 11 de mayo de 2026

KARMELO C. IRIBARREN. DIARIO DE K.

Diario de K (2010-2022)
Karmelo C. Iribarren
Prólogo de José Luis Cancho
Editorial Papeles Mínimos / Narrativa
Madrid, 2022 

 

IR TIRANDO

 

   El despliegue poético de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) se compiló en el volumen Poesías completas (1993-2019), editado en 2020 por Visor, la misma editorial que ha impulsado la publicación de las últimas entregas del poeta, Un lugar difícil (2019), El escenario (2021) y La última del domingo (2024). Estas salidas culminan un basamento de sólido anclaje que ubica al autor en la primera fila del espacio poético contemporáneo. El discurrir lírico convive con otro registro literario, la autobiografía, presente en la entrega Diario de K. (2014), una obra en prosa en torno al extrañamiento de lo cotidiano en la que el yo poético se convierte en espectador de un tiempo existencial.  El despertar genera relieves, fragmentos y mutaciones. Da singularidad a la oscura pequeñez de lo diario.
   El poeta, escritor de diarios y novelista José Luis Cancho alerta en el prólogo que el paisaje verbal del ideario realista no es un ejercicio de mimetismo sino una reconstrucción nacida de la contemplación de lo inmediato. Los paseos de Karmelo C. Iribarren por el barrio viejo de San Sebastián prodigan una mirada nómada, dispuesta a la percepción sensorial, la captura estética y la reflexión crítica. Así nace ese diálogo confidencial entre escritura testimonial y representación artística. Un cauce de largo recorrido que constituye el venero básico de Diario de K. “un libro escrito contra la banalidad y la pérdida de la realidad, pero también contra las diatribas campanudas, contra las retóricas inanes”.
  De inmediato se percibe que el diario de Karmelo C. Iribarren desdeña normas básicas del convencionalismo autobiográfico. Las anotaciones no están fechadas ni buscan la ubicación urgente de la verosimilitud espacial. Como resalta la cita de Josep Pla: “la vida es una cosa complicada y difícil, imposible de definir, que consiste en ir tirando”. Tampoco los textos tienen la naturaleza enunciativa de quien describe lo que pasa en la calle y cuenta un recuerdo o una situación, sino que, con frecuencia, emplean, en su léxico coloquial, el preciso formato del aforismo: “El futuro nunca es para tanto, y a veces es peor”, “El desconfiado te mira siempre por la mirilla”, “Lo importante suele pasar ante nuestros ojos, pero de incógnito”, “Para vivir no se necesita demasiado, pero siempre hay algo que nos falta”, “No pienso como tú porque pienso. Piénsalo”. . Alguna vez, conversando con el poeta por algún proyecto literario común, Karmelo C. Iribarren argumentaba que no sabía si era aforista; naturalmente, las teselas de Diario de K. dibujan con escueta precisión el perfil aforístico del poeta, esa música de fondo que une pensamiento y poesía y clarifica que el escritor no es solo un aforista sino uno de los mejores del momento, dispuesto a reclamar sitio en cualquier antología del género.
   Recuerda el donostiarra que “La intimidad es como el universo, no tiene límites, todo es apasionado afán de búsqueda y de descubrimiento en ella”. Este pensamiento convierte en ejes de cada texto  la emoción, el monólogo interior intimista y el uso de una voz compartida con el hombre de la calle que conserva la apostura y el sentido del humor, también en ese tiempo de relleno del fin de jornada, que hace del día una página reiterativa, desalentada.
  El avance del diario opta por la cercanía, con un paso figurativo y coloquial, alejado de la abstracción conceptual, tendente a emplear la ironía como recurso distanciador: “Hay gente que se entusiasma hablando de la muerte. Suelen ser tipos de tez pálida, pelo lacio, graso, onanismo compulsivo e inclinaciones filosóficas”, “iba de escritor maldito, pero se veía enseguida que solo bajaba a los infiernos el fin de semana, y que lo hacía en ascensor, sin riesgo ninguno”. En esta literatura de ficción, con apariencia de página realista y autobiográfica, es frecuente la mirada a la propia escritura. La autocrítica desbroza, comparte propósitos, advierte de los recodos y meandros del hecho creador. Supone también una rehumanización de lo literario que da coherencia y naturalidad al discurrir de la página: “Gran parte de mi poesía puede definirse como “el intento fracasado de atrapar la inapresable lírica de un entusiasmo que se apaga”. Quien habla en el texto, huye de la complacencia, enlaza impresiones con la mirada observadora del lector, hace suya esa distancia que media entre realidad y propósito. Esta preocupación metaliteraria afecta también a la consideración del propio diario como estrategia expresiva que aglutina una filosofía vital. Las anotaciones, más allá de su epitelio contingente, guardan la pasión por el saber y el conocimiento de los rincones de la propia identidad; son indagación, búsqueda, camino.
  En los pasos autobiográficos de Karmelo C. Iribarren la desmitificación es una tarea continua. Conviene reajustar el punto de fuga de lo solemne y contemplar las cosas a tamaño natural; o mejor: entre la niebla, para borrar un poco las asimetrías y claroscuros de la identidad. Los textos sugieren autenticidad; la esencia narrativa perfila y humaniza. En los fragmentos de Diario de K. (2010-2022) se encierra el sentido filosófico de quien aspira a sobrevivir entre personajes enfermos de normalidad; gente nómada que deambula por el filo de un derrumbe inminente, antes de perderse en algún punto oscuro del pasado. Todos participan de la condición del indeciso, de quien baraja asentimientos y dudas, pero nunca renuncia a una ética contundente y aséptica, incluso en medio de ninguna parte. El hablante del diario sabe que la superficie de lo real es una zona de riesgo.

JOSÉ LUIS MORANTE






  
 
 
 
 
  

lunes, 4 de julio de 2022

KARMELO C. IRIBARREN. DIARIO DE K. (2010-2022)

Diario de K.
(2010-2022)
Karmelo C. Iribarren
Prólogo de José Luis Cancho
Editorial Papeles Mínimos, Narrativa
Madrid, 2022

 

IR TIRANDO


   El despliegue poético de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) se compiló en el volumen Poesías completas (1993-2019) editado en 2020 por Visor, la misma editorial que ha impulsado la publicación de las últimas entregas del poeta, Un lugar difícil (2019) y El escenario (2021). Estas salidas culminan un basamento de sólido anclaje que ubica al autor en la primera fila del espacio poético contemporáneo. El discurrir lírico convive con otro registro, la autobiografía, presente en la entrega Diario de K. (2014), una obra en prosa en torno al extrañamiento de lo cotidiano en la que el yo poético se convierte en espectador de un tiempo existencial.  El despertar genera relieves, fragmentos y mutaciones y da singularidad a la oscura pequeñez de lo diario.
   El poeta y novelista José Luis Cancho alerta en el prólogo que el paisaje verbal del ideario realista no es un ejercicio de mimetismo sino una reconstrucción nacida de la contemplación de lo inmediato. Los paseos de Karmelo C. Iribarren por el barrio viejo de San Sebastián prodigan una mirada nómada, dispuesta a la percepción sensorial, la captura estética y la reflexión crítica. Así nace ese diálogo confidencial entre escritura testimonial y representación artística, un cauce de largo recorrido que constituye el venero básico de Diario de K. “un libro escrito contra la banalidad y la pérdida de la realidad, pero también contra las diatribas campanudas, contra las retóricas inanes”.
  De inmediato se percibe que el diario de Karmelo C. Iribarren desdeña normas básicas del convencionalismo autobiográfico. Las anotaciones no están fechadas ni buscan la ubicación urgente de la verosimilitud espacial. Como resalta la cita de Josep Pla: “la vida es una cosa complicada y difícil, imposible de definir, que consiste en ir tirando”. Tampoco los textos tienen la naturaleza enunciativa de quien describe lo que pasa en la calle y cuenta un recuerdo o una situación, sino que, con frecuencia, emplean en su léxico coloquial el preciso formato del aforismo: “El futuro nunca es para tanto, y a veces es peor”, “El desconfiado te mira siempre por la mirilla”, “Lo importante suele pasar ante nuestros ojos, pero de incógnito”, “Para vivir no se necesita demasiado, pero siempre hay algo que nos falta”, “No pienso como tú porque pienso. Piénsalo”. Alguna vez, conversando con el poeta por un proyecto literario común, Karmelo C. Iribarren argumentaba que no sabía si era aforista; naturalmente, las teselas de Diario de K. dibujan con escueta precisión el perfil aforístico del escritor, esa música de fondo que une pensamiento y poesía y clarifica que el escritor no es solo un aforista sino uno de los mejores, dispuesto a reclamar sitio en cualquier antología del género.
   Recuerda que “La intimidad es como el universo, no tiene límites, todo es apasionado afán de búsqueda y de descubrimiento en ella”. Este pensamiento convierte en ejes de cada texto  la emoción, el monólogo interior intimista y el uso de una voz compartida con el hombre de la calle, que conserva la apostura y el sentido del humor también en ese tiempo de relleno del fin de jornada, que hace del día una página sin aliento y reiterativa.
  El avance del diario opta por la cercanía, con un paso figurativo y cercano, alejado de la abstracción conceptual, tendente a emplear la ironía como recurso distanciador: “Hay gente que se entusiasma hablando de la muerte. Suelen ser tipos de tez pálida, pelo lacio, graso, onanismo compulsivo e inclinaciones filosóficas”, “iba de escritor maldito, pero se veía enseguida que solo bajaba a los infiernos el fin de semana, y que lo hacía en ascensor, sin riesgo ninguno”. En esta literatura de ficción autobiográfica es frecuente la mirada a la propia escritura. La autocrítica desbroza, comparte propósitos, advierte de los recodos y meandros del hecho creador. Supone también una rehumanización de lo literario que da coherencia y naturalidad al discurrir de la página: “Gran parte de mi poesía puede definirse como “el intento fracasado de atrapar la inapresable lírica de un entusiasmo que se apaga”. Quien habla en el texto, huye de la complacencia, enlaza impresiones con la mirada observadora del lector, hace suya esa distancia que media entre realidad y propósito. Esta preocupación metaliteraria afecta también a la consideración del propio diario como estrategia expresiva que aglutina una filosofía vital. Las anotaciones, más allá de su epitelio contingente, guardan la pasión por el saber y el conocimiento de los rincones de la propia identidad; son indagación continua, búsqueda, camino.
  En los pasos autobiográficos de Karmelo C. Iribarren la desmitificación es una tarea constante. Conviene reajustar el punto de fuga de lo solemne y contemplar las cosas a tamaño natural; o mejor: entre la niebla, para borrar un poco las asimetrías y claroscuros de lo contingente. Los textos sugieren autenticidad; la esencia narrativa perfila y humaniza. En los fragmentos de Diario de K. (2010-2022) se encierra el sentido filosófico de quien aspira a sobrevivir entre personajes normales, sin épica; gente nómada que deambula por el filo de un derrumbe inminente, antes de perderse en algún punto oscuro del tiempo. Todos participan de la condición de un yo indeciso, de quien baraja asentimientos y dudas, pero nunca renuncia a una ética contundente y aséptica, incluso en medio de ninguna parte.
  El hablante del diario sabe que la existencia propicia continuos descubrimientos y que se trata de caminar al paso, de conversar con  una intensidad sin riesgo, de sostener entre la arquitectura de la memoria, sin alardes, unos hilos de vida, unos días de sol.

JOSÉ LUIS MORANTE



martes, 30 de mayo de 2017

JOSÉ LUIS CANCHO. LOS REFUGIOS DE LA MEMORIA

Los refugios de la memoria
José Luis Cancho
Papelesmínimos Narrativa
Madrid 2017

DISOLUCIÓN


   La memoria personal habla en pasado. Su arquitectura se ha ido alzando en el perdurar y no tiene otra raíz que las arenas movedizas del recuerdo. Sólidas o etéreas las secuencias vitales están ahí, como un magma sedentario; constituyen el patrimonio básico en la marcada estela de la identidad del sujeto. Ese afán de venir desde otro tiempo es la casilla de salida del texto autobiográfico Los refugios de la memoria de José Luis Cancho (Valladolid, 1952). Poeta, novelista, maestro durante una larga temporada, y residente en Pasaia, un municipio vasco, desde 1994, fundó las revistas Caballo Canalla a la Calle y Los infolios, la última junto al poeta y crítico Miguel Casado. Como narrador  escribió la trilogía El viajero junto al mar, Grietas e Indicios, que constituye una ficción autobiográfica introspectiva con muchos nexos de conexión entre el protagonista biográfico y el figurante verbal.
   También Los refugios de la memoria sondea el laberinto interior para recuperar los días de infancia y juventud, la militancia política, y solventar un balance literario con mirada crítica. Desde estas premisas entrelaza como centro narrativo el decurso individual con el tiempo histórico de los últimos años del franquismo. José Luis Cancho se integra muy pronto en los ambientes del compromiso y va a convertirse en un incansable activista de la oposición al régimen. Su militancia en la extrema izquierda, bien conocida por la policía política, marca un hito en los medios de comunicación de la época porque durante un interrogatorio cae al vacío al ser arrojado por la ventana de la comisaria. Sufre un gravísimo quebranto físico. Aquel ejercicio de brutalidad policial llevó a la denuncia de los torturadores – cuyos nombres y apellidos siguen ahí como ejemplos de horror e impunidad- y, tras la lenta recuperación hospitalaria, el militante es condenado a prisión, donde estará durante dos años, hasta la amnistía política decretada tras la muerte del dictador.
   Pero en la conquista de la libertad no hay ninguna épica porque sobreviene la decepción y la incertidumbre. El contexto social ha cambiado y la utopía revolucionaria se estrella contra un muro de intereses y contingencias circunstanciales que abre senda a la aplicación práctica del liberalismo burgués. Llega la soledad y esa voz clausurada que obligan a replantearse el rol del yo ante su vocación ética, mientras en la calle comienza la amanecida de la transición que obliga a pactos, acuerdos de mínimos y abundantes olvidos. Aquel gesto expansivo del compromiso languidece, y el estar cotidiano va ocultando la cabeza en la propia intimidad para sentirse ajeno al ideario que vertebró el discurrir biográfico durante tantos años.  Es la disolución, ir pisando sustratos de una realidad inadvertida en la que nada permanece como si cada instante fuese solo una espera pactada.
   Los refugios de la memoria es una reconstrucción que tiene una epidermis de tristeza –también de gratitud al puñado de sombras que hicieron solidario y habitable el trayecto-; quien se mira en el espejo lo hace con sincera desnudez, rechazando en todo momento el didactismo heroico o la mitificación. Cuando vuelve, como Ulises, es nadie. Queda un testigo que se mira a sí mismo con los ojos cansados del extraño: “Las imágenes giraban ante mí fundiéndose y superponiéndose como una noria desprovista de sentido, como en un movimiento sin progreso”. José Luis Cancho habla en voz baja de unos ideales que alentaron un sueño persona y que lo transformaron en “un lobo estepario”, un transeúnte sin casa ni ciudad, una sombra que ahora llega pujante y fuerte, con la precisa nitidez del destino cumplido, con ese halo que exige a los demás el abrazo entrañable de la complicidad y del respeto. Lo vivido conforma también una memoria colectiva, la estampa de una época donde rostros anónimos moldearon una esperanza, la brizna frágil de una amanecida.