martes, 30 de mayo de 2017

JOSÉ LUIS CANCHO. LOS REFUGIOS DE LA MEMORIA

Los refugios de la memoria
José Luis Cancho
Papelesmínimos Narrativa
Madrid 2017

DISOLUCIÓN


   La memoria personal habla en pasado. Su arquitectura se ha ido alzando en el perdurar y no tiene otra raíz que las arenas movedizas del recuerdo. Sólidas o etéreas las secuencias vitales están ahí, como un magma sedentario; constituyen el patrimonio básico en la marcada estela de la identidad del sujeto. Ese afán de venir desde otro tiempo es la casilla de salida del texto autobiográfico Los refugios de la memoria de José Luis Cancho (Valladolid, 1952). Poeta, novelista, maestro durante una larga temporada, y residente en Pasaia, un municipio vasco, desde 1994, fundó las revistas Caballo Canalla a la Calle y Los infolios, la última junto al poeta y crítico Miguel Casado. Como narrador  escribió la trilogía El viajero junto al mar, Grietas e Indicios, que constituye una ficción autobiográfica introspectiva con muchos nexos de conexión entre el protagonista biográfico y el figurante verbal.
   También Los refugios de la memoria sondea el laberinto interior para recuperar los días de infancia y juventud, la militancia política, y solventar un balance literario con mirada crítica. Desde estas premisas entrelaza como centro narrativo el decurso individual con el tiempo histórico de los últimos años del franquismo. José Luis Cancho se integra muy pronto en los ambientes del compromiso y va a convertirse en un incansable activista de la oposición al régimen. Su militancia en la extrema izquierda, bien conocida por la policía política, marca un hito en los medios de comunicación de la época porque durante un interrogatorio cae al vacío al ser arrojado por la ventana de la comisaria. Sufre un gravísimo quebranto físico. Aquel ejercicio de brutalidad policial llevó a la denuncia de los torturadores – cuyos nombres y apellidos siguen ahí como ejemplos de horror e impunidad- y, tras la lenta recuperación hospitalaria, el militante es condenado a prisión, donde estará durante dos años, hasta la amnistía política decretada tras la muerte del dictador.
   Pero en la conquista de la libertad no hay ninguna épica porque sobreviene la decepción y la incertidumbre. El contexto social ha cambiado y la utopía revolucionaria se estrella contra un muro de intereses y contingencias circunstanciales que abre senda a la aplicación práctica del liberalismo burgués. Llega la soledad y esa voz clausurada que obligan a replantearse el rol del yo ante su vocación ética, mientras en la calle comienza la amanecida de la transición que obliga a pactos, acuerdos de mínimos y abundantes olvidos. Aquel gesto expansivo del compromiso languidece, y el estar cotidiano va ocultando la cabeza en la propia intimidad para sentirse ajeno al ideario que vertebró el discurrir biográfico durante tantos años.  Es la disolución, ir pisando sustratos de una realidad inadvertida en la que nada permanece como si cada instante fuese solo una espera pactada.
   Los refugios de la memoria es una reconstrucción que tiene una epidermis de tristeza –también de gratitud al puñado de sombras que hicieron solidario y habitable el trayecto-; quien se mira en el espejo lo hace con sincera desnudez, rechazando en todo momento el didactismo heroico o la mitificación. Cuando vuelve, como Ulises, es nadie. Queda un testigo que se mira a sí mismo con los ojos cansados del extraño: “Las imágenes giraban ante mí fundiéndose y superponiéndose como una noria desprovista de sentido, como en un movimiento sin progreso”. José Luis Cancho habla en voz baja de unos ideales que alentaron un sueño persona y que lo transformaron en “un lobo estepario”, un transeúnte sin casa ni ciudad, una sombra que ahora llega pujante y fuerte, con la precisa nitidez del destino cumplido, con ese halo que exige a los demás el abrazo entrañable de la complicidad y del respeto. Lo vivido conforma también una memoria colectiva, la estampa de una época donde rostros anónimos moldearon una esperanza, la brizna frágil de una amanecida.




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