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Memoria y no Rafael Soler Huerga & Fierro Editores Colección Rayo Azul Madrid, 2024 |
VOCES, DENTRO
Rafael Soler (Valencia, 1947), poeta, narrador y docente que impartió clases, durante tres
décadas, en la Universidad Politécnica de Madrid, mantiene en su escritura una
larga carrera, rica y diversa, que aglutina seis ficciones largas, dos
compilaciones de relatos y media docena de entregas de poesía. Con el
título Vivir es un asunto personal, como si la escritura fuera
asidero permanente y semilla de todo, reunía su obra lírica en 2021, muy pocos
meses después dela ensimismada soledad de la pandemia. Pero la fértil madurez
del poeta sigue buscando savia en el árbol del lenguaje y saca a plena luz la
caligrafía evocadora de Memoria y no.
El título parece alimentar una contradicción léxica: suma la capacidad de
reconstrucción de la memoria, como legado y percepción panorámica de lo vivido,
y el adverbio de negación “no” que introduce un contraste, una pausa
transitoria frente a los brazos abiertos del pasado, como si la arqueología sin
costuras del ayer, como territorio básico de la identidad, necesitara también
explorar otras rutas, abiertas por el onirismo, la imaginación o los reflejos
plasmados en el cristal desvaído de los otros.
La composición “Toda una vida te lleva a ser mortal”, frase que
adquiere la forma sentenciosa de un aforismo filosófico, parece una justificación previa del papel esencial del
tiempo recobrado para encontrarse a uno mismo. Su planteamiento argumental integra
el recorrido desde la salida auroral hasta el ahora. El despertar vital es
anuncio y profecía. Se dispone, con afanosa aplicación, a repoblar el bosque
del presente, meta de madurez que aguarda en silencio la llegada de las
sombras, mientras mira despojos y cenizas.
La primera parte “Memoria”
integra las secciones “A reloj candente podríamos decir” y “Limpieza semanal
con un cuchillo”. Ambas comparten, pese a sus dimensiones asimétricas, una
clara raíz experimental, heredera de Vicente Huidobro, César Vallejo y el Lorca más surrealista.
Rafael Soler opta por un nítido desarraigo del trascurrir epocal. Camina a
solas, sin hilvanes generacionales. Busca una dicción singular, densa y
hermética. Amalgama en su pensamiento poético la intimidad confidencial de
quien se reconstruye en el espejo de enfrente, no pocas veces con verbo irónico.
Explora la sensibilidad profunda para que fluya un retorno que acerque las
coordenadas de la existencia. En ellas se muestra una significativa búsqueda de
nombres tachados, recuerdos y apropiaciones imaginarias que viajaban camino del
olvido. Desde la pertinente observación indagatoria, la vida transcurrida se
habita por una individualidad que sale al día; pronuncia convincentes
argumentaciones de la palabra para dar tinta y papel a la evocación, para que
adquiera cronología y sentido lo perdido.
La expresión “Limpieza semanal con un
cuchillo” da fuerza a un despojamiento extremo y sin concesiones. El trayecto
vital se desnuda y van emergiendo significativas presencias personales como la
madre, el abuelo o el hermano casi angélico. Se retorna a la sensibilidad auroral
de los días de infancia, esa esperanza de consumación y anhelo que miraba las
pisadas del tiempo y sus puntos suspensivos esperando el asombro. El arte de la
fuga ha hecho del trayecto un liviano depósito en el que caben secuencias de la
educación sentimental y aquellos figurantes que intercambiaron ámbitos y voces
hasta cruzar las puertas del frío, hasta forjar el extraño inventario de lo
vivido, la íntima derrota de quien cierra los ojos y siente entre las manos las migajas de nada:
“Lo que queda / después de los aplausos”.
La conmoción lírica del poema pronuncia en voz baja su indagación de la
nostalgia. Cuenta el temblor que encierran los brumosos secretos de los días,
convertidos en su deambular en “escombro y cuarentena / agrio piafar de lo
perdido”. Mientras el sujeto se afana en ese vano empeño de volver al origen en
su indagación de lo humano.
La segunda parte “Y No” acoge los poemas de “Pabellón cinco, al viento
los manteles”. Con fuerza admonitoria el lenguaje funde en el mismo abrazo
olvido y memoria. La conciencia en vela muestra un territorio de frontera entre
el escalofrío de lo cotidiano y la maleta gastada del discurrir onírico. Confinados
en un pabellón para convalecientes solitarios, los pasos tanteantes del
discurso asumen la intemperie del encierro. El lenguaje de la confidencia se
dispone a caligrafiar la incertidumbre en un paisaje de pacientes y batas
blancas. Quien habla en el poema y se pierde por senderos de grava es intruso
de una imagen que apenas reconoce. El poema de excelente título “Tengo una
ojiva nuclear en la nevera” subraya ese estar.
El espacio poético de Memoria
y no hace de la metáfora un instrumento expresivo esencial. Los poemas
clarifican el ligero equipaje del yo; los vestigios dormidos en un tránsito que
concluye en el vacío. Con emoción acogedora, el transitar y la identidad se
hacen coordenadas reflexivas. Desde esa percepción, siempre bajo la lluvia del
tiempo, se concreta el estar en una inabordable deriva. Se acumulan las
pérdidas. La conciencia se esmera en rescatar signos de claridad y desenredar
silencios. La lucha y el quehacer azaroso del yo preserva en la honda noche de
la memoria “la falsa pulcritud de los escombros”.
JOSÉ LUIS MORANTE