jueves, 26 de septiembre de 2013

ANTONIO LUIS GINÉS.

Aprendiz
Antonio Luis Ginés
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2013

REGRESOS

 En el primer tramo de los años noventa se produjo en Córdoba una insólita cosecha literaria de nuevas voces. En un tramo temporal muy breve se editaron las entregas aurorales de autores que no tardaron en encontrar asiento en revistas y antologías, o vieron reconocidos sus poemas con premios importantes. Allí estaban nombres tan conocidos como Pablo García Casado o Juan Antonio Bernier. De aquella hornada procede Antonio Luis Ginés (Iznájar, Córdoba, 1967); el poeta comenzaba entonces un itinerario creador que cuenta con las entregas Cuando duermen los vecinos, Rutas exteriores, Animales perdidos, Picados suaves sobre el agua y Celador. Completan su tarea escritural el ejercicio de la crítica en el suplemento cultural de Cuadernos del Sur y el libro de relatos El fantástico hombre bala.
Son títulos que sitúan a Antonio Luis Ginés en una senda singularizada, que parte del realismo meditativo y que postula en su recorrido una estética indagatoria. El poema en su aparente estar denotativo trasciende situaciones cotidianas, dota a lo transitorio de un sentido nuevo a través de la palabra. 
Su fruto más reciente, Aprendiz es un conjunto de poemas que optan por la reflexión intimista para recuperar las huellas del pasado, con el habla confidente de lo autobiográfico. Es sabido que las conexiones entre la biografía real y los pormenores del sujeto textual son campo abonado para la digresión, pero a quien esto escribe el asunto le parece un problema menor porque lo que realmente importa es la verosimilitud de la puesta en escena y la emoción creada en el lector; realidad o ficción siempre comparten lindes.
El libro, con un tono sostenido que concede a los poemas la idea de una línea argumental unitaria reconstruye un tiempo de crecimiento cognitivo y aprendizaje sentimental en el que la casa del padre copa el horizonte de escritura. Con una cita de Roberto Juarroz que unifica pérdida y hallazgo arranca la primera sección del libro, “Raíz”, con un poema situacional, “Familia”, que marca el tono del poemario. Lo vivencial socaba el patrimonio afectivo, se hace de pérdidas y erosiones, deja las propias raíces a descubierto. Pero esas raíces están arraigadas en la zona más honda de la memoria y su intensidad conmueve a quien las descubre. La voz de  la elegía, como escribiera Antonio Machado, sirve para cantar lo que se pierde y sobre todo para preservan en un ahora de soledad e incertidumbre el necesario reguero de esperanza: “En la foto mi padre y mi madre. / Mi hermano y yo debajo. / Mi única religión es mi familia, / y ahora faltan ellos dos, nos queda / todo el trayecto a solas.”
El autor de Aprendiz elige el transparente discurrir de la confidencia para describir, con un estilo sobrio y evocativo, con trabajada sencillez, la historia personal reflejada en el azogue de la memoria. Ese testimonio del pasado no pretende trazar ninguna crónica objetiva sino el poso ético de secuencias con protagonistas cercanos que fijan las coordenadas sentimentales de la conciencia. Somos lo que perdimos.

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